Lady GaGa ya no sorprende tanto por sus vestidos ni por sus pelucas, sino por cómo conquistó la industria del pop. Por cómo logró convertir en oro todo lo que publica en internet: sus videos acumulan más de mil millones de reproducciones en Youtube, transformándose en la artista más vista en la historia del sitio. Lo que sorprende a estas alturas es cómo -más allá de sus canciones- Lady GaGa se transformó en la mega diva del nuevo siglo. Porque ganar en el mundo de la música pop no sólo significa robarse muchos Grammys, ser nombrada directora creativa de la Polaroid o convertirse en un ícono fashion: eso se logra cuando hasta tu abuelita ha visto un video de Lady GaGa en las pantallas del Metro de Santiago. ¿Cómo lo hizo?
"De atrás pica el indie, Volumen 3: Folk", un disco para los lectores Zona con 9 tracks. De Natalia Molina a Camila Moreno.
¿QUÉ ES LADY GAGA?
Sólo el freak más enciclopédico de la historia del pop podría reconocer a Stefani Germanotta como autora de canciones para New Kids On The Block y Britney Spears. Resulta más fácil saber que Germanotta es la mujer que interpreta el papel de Lady GaGa, la desconocida identidad detrás de esa superheroína esperpéntica y robótica, que se ha coronado como la diva pop del nuevo siglo. La mujer que se pintó un rayo azul en la cara, se vistió como una fashion adicta/travesti de estilos, y revivió una fiesta llena de zombies encañados para decirles que siguieran bailando.
Entonces la nueva “queer queen” de los clubes de Londres y NY saltó a las pistas de baile del mundo, por primera vez.
Lo llamativo es que al ver por primera vez el clip de Just Dance, Lady GaGa no parece muy digna ni muy especial como para ganarse un lugar en el platinado mundo de los íconos pop. La canción nos muestra a una rubia igual a todas las que conocimos, pero muy disfrazada. Un inicio vulgar para un disco vulgar: The Fame, su debut.
¿Qué pasó entonces para que esta clonación de otras cantantes instalara su mundo “GaGa” a nivel global? Las claves están en sus videos, eso es obvio. Es en la evolución que se ve en ellos -de ser una más en la fiesta en Just Dance, encarnando esa promesa de la época de que todos podemos ser estrellas, a la fantasía cinematográfica de "Telephone"- donde se encierran las pistas de por qué Lady GaGa se convirtió en la mega diva, superando a mejores cantantes como Beyoncé, Rihanna, Amy Winehouse o Katty Perry.
Si hay algo claro en esta historia es que no sabemos quién es Lady GaGa. Es decir, podemos buscar en sus archivos familiares y sacar a relucir su pasado, pero nunca sabremos quién es Lady GaGa. Porque ella no existe. Porque es un personaje hecho a la medida de su época. Una imagen llamativa y vacua.
En otras palabras; si de Beyoncé o Rihanna sabemos todo, de Lady GaGa sólo sabemos lo que conviene saber de ella: que es rubia, blanca y flaca. Que tiene escándalos pasajeros como sus semidesnudos en revistas, que sus trajes no la dejan respirar cuando viaja en avión o que se desmaya en los conciertos porque está muy cansada. Pero ¿quién es realmente Lady GaGa?
A diferencia de sus compañeras de generación que parecen atrapadas en una doble vida de artistas y seres comunes y corrientes, GaGa siempre es el álter ego de Stefani Germanotta: nunca se le puede ver si no es disfrazada y con kilos de maquillaje, protegida por guardaespaldas. Eso es una característica que la desmarca del resto, y es un arma que ha pulido día a día. Lady GaGa es una parodia de sí misma, del pop, de la época. Un simulacro.
Buena parte del imaginario “GaGa” está en el video de Paparazzi. La canción no suena a hit inmediato, pero es el single que dio forma a todo lo que venía pasando con ella: ahí están sus trajes tan exagerados como su “histrionismo”, bajo la dirección de Jonas Åkerlund.
Sexo, mansiones, ropa estrafalaria, mucho látex y la iniciación oficial de ese personaje que es la rubia: una mujer dispuesta a todo por alcanzar la fama. El video –que hoy se acerca a las catorce millones de vistas en YouTube- instaló algo que es un mérito para los tiempos que corren: resucitar el gusto por los videoclips, algo de lo que ningún cantante pop en los últimos años puede presumir al nivel de GaGa.
Jugar con la idea de lo inalcanzable es uno de los morbos que más mueve al pop y ella lo entendió desde un principio. Tres décadas antes Madonna se dio cuenta de eso y nunca bajó la cortina del espectáculo (al menos en su mejor época): su personaje sigue sobreviviendo hasta ahora. Michael Jackson murió en vida devorado por sí mismo, cuando descubrimos que la persona era infinitamente más freak que el personaje. Entonces llegaron los 90s y el pop se volvió una mala palabra. Hasta Britney.
A fines de los 90s la ex chiquilla Disney nos vendió su conservadurismo en formato pop. Hasta que la tele realidad se tomó la cultura mundial –de los realities televisivos al renacer de la poderosa farándula- y Spears se convirtió en un sacrificio, en la virgen lanzada a las fauces del volcán mediático.Y llegó el nuevo siglo.
Actualmente a nadie la importa si una cantante es virgen o si se ha operado (como pasaba con Britney), si cree en Dios (pensemos en Madonna) o si de verdad tiene talento para cantar (pensemos en cualquiera). Ahora se tiene que ser personaje día y noche, jugar siempre con el límite de lo permitido pero sin necesidad de insinuar nuevos sonidos ni temáticas al momento de escribir canciones.
Como nunca, lo que hoy se necesita es un payaso dispuesto a hacer el loco todo el día. Es esa realidad la que coronó a Lady GaGa como la primera gran figura del pop del nuevo siglo: una especie de Marilyn Manson mutado al pop, sin contenidos polémicos reales. El triunfo de la forma sobre el fondo, de la imagen sobre el discurso. Eso, aunque ella juegue a lo contrario.
Esto se vio más que consagrado en Bad Romance, el mega hit con que lanzó The Fame Moster, la reedición de primer disco. En su video, Lady GaGa se vuelve a mostrar como el prototipo de mujer heterosexual-rubia-tradicional y llena de lujuria, pero también como una mina de oro: una imagen potente pero vaciada de contenido, que la convierte en el cartel publicitario perfecto. Otra de las claves de su éxito.
Marcas de computadores, de alcohol, de lentes, de equipos de sonido, ropa de Alexander McQueen, todo incorporado en un mismo mensaje. A estas alturas el mundo ya no hacía otra cosa de hablar de ella y, hasta el cierre de esta edición, el video supera las 168 millones de vistas en la red. Al mismo tiempo, GaGa ya no era vista como una cantante más, sino como la líder del pop del nuevo milenio. Incluso Pitchfork se rindió ante ella, y calificó con un generoso 7,8 (de 10) a The Fame Monster.
¿Videos con típicas referencias al sexo, a las fiestas, a estar borracho, al lujo, a supuestas bisexualidades? Si lo pensamos bien, todo eso es lo políticamente correcto para una joven del siglo XXI. Entonces, ¿qué hace que estemos hablando de ella? ¿Sólo sus videos? No, claro que no. A eso hay que agregarle amplias cuotas de misterio y sexo. La última de las claves de su éxito.
Sin un pelo de tonta, Lady GaGa ha sabido sacar provecho del escenario informativo de la música pop actual que funciona como un S.Q.P, pero evitando ser devorada por él. Ante los medios la cantante es un show itinerante. Su juego es estar disfrazada todo el día -convirtiéndose de paso en un “ícono” para los diseñadores-, ocultando a la verdadera joven que hay detrás.
Ese “algo” que se oculta llamará la atención hoy, mañana y pasado mañana. Por eso Lady GaGa se presenta ante el público como una máquina imparable de espectáculo: el más comentado y más absurdo de todos estos montajes fue su supuesto hermafroditismo. Fue tanta la polémica que durante el año pasado la cantante tuvo que “aclarar” en sus conciertos que no tenía pene.
Eso es jugar con el límite como ninguna otra cantante lo había hecho, demostrando que cuando le conviene no le preocupa reírse de sí misma, sobre todo si el chiste tiene que ver con algo genital. Es como Katty Perry, que quiso cruzar la raya cantando I kissed a girl, pero con mucho más efecto mediático.
Lady GaGa se pasea por los extremos en estos temas sexuales, montando un circo que no duerme, declarando tener una supuesta libido arrolladora, jugando con la idea de la homosexualidad como pocas, pero sin cruzar nunca la frontera.
El video de Telephone (otra vez dirigido por Jonas Åkerlund) es una señal muy clara de sus juegos con el límite. Durante los nueve minutos que dura el clip vemos a Lady GaGa desfilar con diversos vestidos y peinados, pero también hay constantes referencias al lesbianismo, todo adornado como si se tratara de una lucha feminista.
Beyoncé también aparece en él, con un rol inédito en su carrera, prestándose para un juego que le conviene pero que no puede sostener si pensamos en Jay-Z. La “inexistente” Lady GaGa en cambio puede darse el lujo de personificar a la heroína bisexual, y hasta venderse como una potencial miembro de las minorías, logrando de paso el éxito, que es lo que importa.
En menos de un mes el video ha sido visto por más de 13 millones de personas, y en Estados Unidos fue todo un suceso después de que su estreno se retrasara una semana. Eso es meterse el mundo en el bolsillo sin una gran canción y sin modificar en nada la idea tradicional de cantante blanca, rubia, delgada y sexy.
A fin de cuentas, la fantasía de una ambivalencia sexual en la cantante es una idea que sólo funciona a la perfección en el terreno de las declaraciones, esas que buscan un espacio en los titulares de la prensa musical conservadora que se “asombra” ante un video como Telephone. La verdad es que esta supuesta bisexualidad, nunca ocupará un lugar en el plano musical: al romper esa frontera Lady GaGa abriría demasiadas sospechas, impidiendo su ascenso dentro del linaje de la música popular.
Por eso vale preguntarse qué coronamos cuando coronamos a Lady GaGa como estrella del pop actual. ¿Qué se promueve y qué se oculta debajo de tantas horas de peluquería y vestuario? Ni sofisticación ni a una genio, eso está claro. ¿Un nuevo modelo de negocios? Es posible, ya sabemos de los constantes cambios en la industria musical. ¿Una esperanza para el pop? Hasta la pregunta es tonta. Lo que se puede ver es que con Lady GaGa se resumen los hitos más importantes de la última década:
Todo debe ser llevado a la pantalla y nada existe si no es en la telerealidad. El sexo como arma ya no funciona si es simple provocación, pues el público está más cercano al pokemonismo que a las tradiciones virginales. Se debe ser espectáculo y simulacro las 24 horas del día.
Lady GaGa ganó por aplicar estas leyes con virtuosismo, y de seguro será un plan que muchos comenzarán –o ya comenzaron- a aplicar al pie de la letra.
2.- Rufus Wainwright: "Cigarettes and chocolate milk"
3.- Bach: "B minor mass"
4.- Sufjan Stevens: "Chicago"
5.- Gillian Welch: "Everything Is Free"
Último comentario: Coni escribió...
Muy bueno el reportaje.
Primero quiero aclarar q yo no soy ninguna vanguardista que anda siguiendo la moda, recién a fines del año pasado me enteré de este personaje, Lagy Gaga, antes no tenía ni la menor idea ...