SE VIENE LA NOCHE
Juan Carlos Farías (41) se pasea inquieto entre los rincones de su pequeño imperio. Es viernes en la tarde y todo parece funcionar a la perfección en el restaurant La Tuna. Las garzonas se pasean luciendo los peinados y uniformes que vestirán hasta pasadas las cinco de la mañana, confirmando una a una las más de cien reservas que tiene para esta noche. Dos sonidistas chequean los últimos detalles del número estelar del fin de semana, unos habitués del local: La Noche.
Todo en orden, hasta que Farías observa a un integrante del staff de la banda: un veinteañero rastafari que viste shorts negros y zapatillas sin calcetines. Suficiente como para romper sus nervios por un rato.
- "Compadre, usted no puede estar así acá. Usted sabe que esto no es al lote. Se lo digo en buena onda, pero tiene una hora para ir a su casa y cambiarse de ropa".

Un par de horas más tarde es el turno de la prueba de sonido. Refugiados en su camarín, La Noche se niega a salir: la semana pasada una falla eléctrica con el micrófono provocó que Américo y una fan, recibieran una pequeña descarga eléctrica en medio de la actuación. Nada grave, pero suficiente como para asustar a Leo Rey y compañía.
-"Esto no lo voy a permitir. No pueden agrandarse ahora" grita Farías, volviendo del camarín de la banda. "Aquí hay un compromiso firmado y trescientas personas que están esperando para verlos. Que no se les olvide dónde partieron".

La Noche no lo olvida. A comienzos del 2007 Farías estaba en las dependencias de Guyani Producciones -un sello especializado en música tropical- cuando escuchó por primera vez Amor Entre Sábanas (2006), el disco con que el grupo volvía después de cuatro años de silencio. Y los llevó a tocar a su local.
El primer concierto fue un fracaso: apenas llegaron 150 personas a ver a La Noche. Pero con más intuición que sapiencia musical, Farías los transformó en el número estelar de su restaurante. Al poco tiempo hits como "Que nadie se entere", comenzaban a reventar las radios populares. El mismo proceso se repitió con un solista que se había separado de su grupo sound -Alegría- e intentaba partir casi de cero: Américo.

"Nunca he conocido a alguien con mejor oído que Juan Carlos", dice un garzón del lugar. "La cantidad de bandas que le envían demos es inimaginable. Puede que no tenga un conocimiento musical acabado, pero es capaz de escuchar una canción y dice ‘este cabro va a ser bueno’. Apuesta por ellos y gana".
En los últimos tres años, La Tuna se convirtió en el CBGB chileno de la cumbia popular; el epicentro donde tocan semanalmente las bandas tropicales que escalan desde las comunas periféricas a la Quinta Vergara. Si la haces en La Tuna, la haces en el mundo popular santiaguino. Como Los Charros de Lumaco, otros predilectos del local, un grupo de rancheras que en plena crisis discográfica vendió 30 mil copias con su álbum Nosotros Somos Los Charros (2007).

El hombre detrás de La Tuna es Farías, un productor autodidacta de baja estatura y cabello en éxodo. La antítesis al manager glamoroso. Uno que pese a que factura varios millones mensuales, esta tarde viste con una camisa rosada imitación Lacoste que le costó seis lucas en el Persa. A años luz de los BlackBerry, su único instrumento para coordinar los shows es un celular jurásico que suena cada cinco minutos.
"Yo no me doy grandes lujos. Para mí, lo más importante es el ahorro" dice, mientras se pasea por los quioscos buscando un ejemplar de La Cuarta. "¿Para qué voy a andar ostentando y comprándome ropa cara? Te creo si fuera alto y musculoso, pero, en mi caso, no hace mucho la diferencia... Yo no entiendo a la gente que no tiene calle. Cuando ves festivales como el de Olmué, te das cuenta que los organizadores no cachan nada y pasan encerrados en sus propias oficinas. O sea, uno de los últimos tenía como artista invitada a Denisse Malebrán. ¡Qué lata más grande! Por eso yo siempre digo: si me pusieran a cargo de la parrilla programática del Festival de Viña, la rompería. Que no te quepa la menor duda".
Te lo dice Farías. Porque calle, él tiene de sobra.

LA LEY DE LA CALLE
Farías recuerda exactamente cuándo y dónde tocó fondo: ocurrió a comienzos de los '90, mucho antes de transformarse en un empresario exitoso, cuando vendía ropa y joyas en los saunas, cabarets y restoranes bailables del centro. Entre oficinistas anfetaminados que pasaban a "relajarse" después de sus trabajos, una noche Farías decidió carretear con dos desconocidos que le ofrecieron una línea de cocaína "con 99% de pureza”.
"Pese a que no era un adicto y compraba re’poco, le hacía todos los fines de semana... Recuerdo que esa huevada me aceleró mucho, pensé que me iba a morir. Y eso me dejó marcado. De ahí nunca más probé nada, ni siquiera un cigarro. Y ya han pasado 18 años".
Desde entonces Farías forjó un principio inquebrantable: los vicios nunca se juntan con el trabajo. Por eso cualquier banda que se presente en La Tuna debe seguir un férreo decálogo de reglas. Entre ellas; no tomar una gota de alcohol en el backstage, no entrar con ningún familiar o polola (si es que van, tienen que pagar su entrada), y el más importante de todos: nunca un músico puede meterse con una fan del público –“es una clienta menos”, explica-. Cualquier falta de aquellas, es causal inmediata de eliminación en su lista de contactos.

"Si yo trabajo en una oficina y me tomo un trago, se vería pésimo. ¿Por qué un músico se puede tomar un copete si se supone son profesionales?", dice Farías. "Por eso no llevo grupos sound. Trabajé con ellos al comienzo, pero siempre andaban curados. Ahora tú ves que las bandas andan con su manager, su webmaster y un tipo que los asesora en las pintas. Esto es profesional".
Hijo de un padre suplementero y una madre dueña de casa, el mayor sueño infantil de Farías era tener plata: quería conocer esas piscinas con olas artificiales típicas de parques de atracciones como Disney, que veía en la tele. Por eso dejó el colegio en tercero medio y partió con su carretón a las ferias de su comuna -Quinta Normal- para llevarle las bolsas a las señoras. Luego vinieron décadas de bagaje callejero y ahorro. Hasta que agarró la concesión de un restaurante quebrado en el Parque O’Higgins. Se llamaba La Tuna.

¿DÓNDE ESTABA ELISA? PASÁNDOLO BIEN EN LA TUNA
Es una calurosa mañana en pleno Paseo Huérfanos y Farías habla a la velocidad de la luz ante las cámaras del programa Gente como tú de CHV. En sus manos sostiene un cartel fabricado por él, donde denuncia la presunta estafa de un banco, tras la desaparición de varios millones en su cuenta corriente. "Aquí hay algo muy turbio y me cagaron los que hacen los traspasos", dice con voz irritada.
A su lado lo acompaña su fiel mano derecha: Aldo Duque, un abogado que viste sombrero y un impecable traje blanco a lo Dick Tracy, con una amplia lista de clientes que va desde Augusto Pinochet Hiriart a Anita Alvarado. El mismo que saca de apuros a Farías, cuando alguna municipalidad lo vuelve a multar por empapelar las murallas con afiches.

"Yo siempre digo que no soy un peligro a la sociedad, sino que a la suciedad. Probablemente soy el tipo que tiene más multas en la historia de este país, pero es ridículo que te lleven preso por eso. Hace un año debería cumplir reclusión nocturna, pero no he ido nunca. Al final, yo pego afiches para trabajar y dar trabajo. A los políticos que se roban toda la plata, nadie les dice nada".
Farías lo dice sentado en un taxi que cruza a la altura del metro Los Héroes. Mira por la ventana y contempla una de sus célebres creaciones que aún sobrevive: un cartel con la leyenda “¿Dónde estaba Elisa? Pasándolo bien en La Tuna”, que mandó a diseñar en plena psicosis colectiva por la teleserie -para evitar demandas del canal, puso un "beth" abajo de Elisa-. Farías lo señala con el mismo orgullo que tiene un artista feliz ante su obra recién terminada.

Otros grandes hits que empapelaron la ciudad: Pinto Durán repleto de afiches que proclamaban a Bielsa Presidente. El que anunciaba la aparición de Angélica Sepúlveda en La Tuna apenas salió del reality 1810 -finalmente la “ex nueva fiera” ofreció en el restaurante un concierto junto a Los Charros de Lumaco-. Leonardo Farkas vistiendo una banda presidencial. Quizás el más célebre.
"¿La verdad? Lo hago mitad en hueveo y mitad admiración. Imagínate: hacer esos carteles me costó 120 lucas y vinieron de todos los canales a entrevistarme”, dice Farías sobre sus campañas callejeras: la base de la estrategia con la que revivió La Tuna, cuando en 2005 le cerraron el local del Parque O’Higgins, por contribuciones impagas que se arrastraban de los anteriores dueños. "Quedé a poto pelao", dice Farías.
Entonces llegó a un galpón casi en la esquina de Mapocho con General Velásquez. Un lugar donde se encontró con una montaña de basura que llegaba hasta el techo y decenas de ratones que saltaban por encima de tus zapatos.

Ese mismo día fue a buscar una pala a su casa y comenzó a limpiar el lugar solo. Y tras varias semanas de trabajo y tres limpiezas generales, salió a las calles para anunciar el cambio de lugar. Con el tiempo, el restaurante revivió gracias a la campaña viral por los añejos muros de la ciudad y el oído de Farías.
"La cumbia es nuestro verdadero ritmo nacional. ¿Tú sabís bailar cueca? Te apuesto que no. Pero bailando cumbia la rompes. Y la explicación en simple: la cumbia es popular, está en todos lados. La salsa la quisieron importar en un momento, pero requiere de mucha técnica… Por eso siempre aposté por el auge de la música tropical en Chile. ¡Si antes no existía! La prueba es que, paralelamente, surgió todo un movimiento de bandascomo Chico Trujilloy La Banda Conmoción,enfocadas a un público más universitario".

FIEBRE DE VIERNES POR LA NOCHE
Es un viernes cerca de las nueve de la noche y la fila que espera el ingreso a La Tuna da vuelta la cuadra. En el público hay de todo: empresarios de La Vega, jóvenes oficinistas de La Florida, dueñas de casa, parejas peloláis que decidieron atravesar varias comunas únicamente "para ver a Leo Rey".
(En el salón VIP de La Tuna, Aldo Duque, el abogado a lo Dick Tracy, agrega otro grupo: el de los hombres casados que llevan a comer a sus amantes. Aunque esos llegan más tarde).
"Para mí, es una oportunidad única de estar cerca de gente de la tele. Aquí vi por primera vez a La Noche, muchas veces antes que llegaran al Festival de Viña el 2009" dice Genaro, un estudiante de 23. "Yo vengo a comer, pasarlo bien y ver a la Cindy”.
-¿Es un nuevo grupo?, pregunto.
-“No, es una garzona entera rica" responde Paul, oficinista de 28.
“A mi marido no le gusta el carrete, así que vengo, bailo como loca y no hay flaites. Esa seguridad me encanta" dice Alejandra, dueña de casa de 31.

Aldo Duque: "Al final, la gente no paga por la comida, sino por la experiencia. Yo siempre digo que La Tuna es como un collage citadino. Un lugar heterogéneo donde confluyen todos los estamentos. Por eso es tan único".
Mientras la orquesta bailable de La Tuna abre la noche con canciones de Vicentico, Juan Carlos Farías espera sentado en el salón VIP. Un pequeño refugio donde sólo pueden entrar sus más cercanos, decorado con colores rojos, sillones de cuero y un televisor grande. La pantalla muestra un "casting" de Roberto Dueñas a modelos argentinas en Primer Plano, donde mide manualmente sus traseros y pechugas. Aldo Duque sonríe y a su lado, Rodolfo Navech se cambia de ropa antes de entrar a escena y cantar un breve mix de hits ochenteros.

Afuera, cerca de trescientas personas repletan los dos primeros pisos de La Tuna. Esta noche la parrillada simple está a 30 mil pesos y, si uno quiere agregar una botella de pisco tiene que desembolsar otros 20 mil. Farías: " Yo soy de la idea de vender caro y que se tomen una, a que sea todo barato y se curen. Prefiero que los huevones digan 'puta la huevada cara' a que digan 'puta la huevada picante'.
¿Y cómo te proyectas de aquí a diez años?
“Quiero seguir en esto hasta que me muera. Es lo que más me gusta. El teléfono me suena todos los días. Me llaman artistas, grupos y ahora La Tuna es un lugar consolidado donde muchas bandas quieren pasar. Pero ya no puedes llevar a Juanito Pérez. Yo sé que lo que ves acá es efímero. El día de mañana La Noche va a estar en otra y entonces habrá otro grupo que la va a romper en la radio. Y ahí tengo que estar yo, listo para descubrirlos”.

Pasada las 12:00 PM sube al escenario La Noche. Es el momento en que el público abandona las mesas y se concentra en las primeras filas de la pista, mientras decenas de flashes salen de sus celulares.
Antes de que suene "Mentiroso", la banda da la gran primicia: se acaba de confirmar su presencia en el Festival de Viña por segundo año consecutivo. Hay aplausos y gritos cerrados. Una veinteañera le grita desaforada al acordeonista Álex, hasta que éste le responde con un beso. Sus amigas la sacan del tumulto segundos antes que se desmaye.
Mientras todo el mundo baila, Juan Carlos Farías disfruta de su propio imperio en el VIP. Como una película que ya ha visto mil veces, espera su final en silencio. Mañana empieza otro día y hay que levantarse temprano.
Crédito foto afiche Farkas: Kallejero.wordpress.com
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