EL DESALOJO
Cuando uno ve pasar a los viudos de la Blondie en las van de acercamiento, esas que salen de la disco clausurada hasta La Berenjena de Agustinas, es como estar ante un cortejo fúnebre. No sólo por el rigor mortis de los muchachos de negro, rímel y caras pálidas, si no por la pena que les produjo el abrupto cierre del clásico local.
"Se trata de un balcón de 3 por 2 metros construido hace 12 años, que está en desuso. Pero como no aparece en los planos originales, la alcaldía clausuró el local", dice Daniel Sánchez, el dueño de la Blondie.

Por eso los chicos que aman estar tristes, culpan de su nueva pena al alcalde. Porque si a un padre le cuesta entender por qué su hijo se viste con sotanas para ir a bailar el fin de semana o por qué usa lentes de contacto blancos, apenas se puede intuir el dolor de un fan de la Blondie que se queda sin su baticueva de un día para otro.
Lo mismo le pasó a rockeros y cumbiancheros. Unas cuadras más abajo y durante la misma semana, el Estadio Víctor Jara también fue clausurado por la dirección de obras municipales. Lo hicieron sólo horas después de que carabineros y ordenanzas del alcalde Zalaquett le pusieran candado al Galpón homónimo de la Plaza Brasil. Ese donde esta década revivió la cumbia, de mano de Chico Trujillo,Juana Fe y la Banda Conmoción.

De ahí que algunos acusaran a la alcaldía UDI: “Claramente hay una suerte de persecución política e ideológica ligada directamente a las agrupaciones que realizan actividades ahí y sus fines. Aunque no desconozco algunas falencias o debilidades, que claramente hacen que haya algún tipo de dificultades”, dice María Paz Castillo, una asidua al Galpón como ella misma se define, y parte de esa red que reaccionó instantes después de que se cerró el Galpón con páginas de Facebook,fotologs y murgas de protesta. Los que la llevan en la ciudad aseguran que no se trata de una redada anti-brit ni una encerrona política, sino de una “gran coincidencia porque desde hace tiempo se viene advirtiendo a estos locales sobre algunas deficiencias en seguridad”, cuenta el concejal UDI Jorge Alessandri.

“Si hay un incendio o se cae una plancha del techo, el primero en irse preso es el director de obras y el alcalde. Nadie quiere un Cromagnón en Chile. Esa vez muchos jóvenes murieron horriblemente durante un recital en un local que no estaba al día en la norma. Hubo 500 muertos y el alcalde no va a arriesgarse a eso”, recuerda sobre el fatídico accidenteocurrido en Argentina el 2005. Uno que se produjo por una combinación fatal: problemas en las puertas de escape y lanzar fuegos artificiales al interior de un lugar techado.
Esto último, lo de las bengalas, es algo que en décadas de funcionamiento -y hasta el cierre de esta edición- jamás había ocurrido en ninguno de los tres lugares clausurados: Ni en la Blondie, ni en el Galpón Víctor Jara ni en el estadio del mismo nombre.

EL FIN DE LA FIESTA
Originalmente la Blondie era el Teatro Alessandri, un cine de barrio en el que alguna vez a los 10 años, y en plena cimarra, traté de entrar a ver Indiana Jones y el Templo de la Perdición , pero no me dejaron por andar con uniforme. Tiempo después programaban esas películas de 3 por $1.000 para “caballeros con reparos”.
Recién conocí la Blondie, un local que hasta su reciente cierre llevaba 16 años funcionando, para un recital de la banda argentina Turf en el 2002.

Como reducto de tolerancia y vanguardia musical, la disco revivió las famosas fiestas Spándex, que la convirtieron en la baticueva del lado oscuro de eso que hoy conocemos como tribus urbanas.
También crearon marcas registradas como las fiestas Old Wave, las Noches de Divas, Concilios Góticos y las repugnantes fiestas Kitsch. (Más sobre la Blondie acá).El pulso mismo de la historia de Santiago dark en una catacumba.
En la misma estación ULA, existe desde 1949 el ex Estadio Chile, ese donde los militares le arrancaron las uñas al intérprete de Te Recuerdo Amanda. Ahí tocaron en el mismo mes Lou Reed, Spinetta y Divididos, según mi colección de tickets gratis para periodista. Ahí han pasado de Deftones y Strokes a White Stripes y Cypress Hill.

Aunque es administrado por Chiledeportes y funcionó sin problemas durante décadas, el estadio Víctor Jara no podrá realizar eventos que reúnan a más de 5 mil personas.
"Técnicamente posee todos los argumentos para efectuar el cierre ya que tampoco cuenta con las condiciones de obras y seguridad para albergar eventos masivos” dijo el alcalde Zalaquett a través de un comunicado sobre la inhabilitación. Una que podría revertirse con una inversiónque ascendería a unos mil millones de pesos.
Con esa plata estaríamos listos para un AC/DC sinfónico.
Del trío de clausuras, el lugar más joven es el Galpón Victor Jara, uno que nació tras las negativas de convertir el ex Estadio Chile en un centro cultural, y que en sólo seis años se convirtió en el epicentro del renacer de la cumbia nacional.
El escenario que inauguraron Santiago del Nuevo Extremo, Los Jaivas, Los Prisioneros, Fulano y don Lalo Parra entre otros, fue cerrado porque no ha actualizado puertas de escape. Además la “ambigua” patente de Peña Folclórica que tiene hoy le juega en contra. En la práctica debería contar con una patente de cabaret, nos cuenta su administración.
El problema es que ese trámite exige debatir primero si Chico Trujillo, Gepe o Chinchín Tirapié son rock o folklore, para recién ver si procede el cambio de patente. Mientras tanto, el Galpón se convirtió en el noctámbulo vecino, que despertó molestias entre los habitantes del barrio, quienes lo culpan de todos los males que rodean a la Plaza Brasil, esa que amanece regada con botellas.

Gloria König, directora de la Fundación Víctor Jara, fuma junto a una vitrina que parece sacada de esas tiendas pitucas de Alonso de Córdova. Me muestra que dentro están el poncho, las espuelas y la guitarra del folclorista:
“Un día un carabinero me pidió explicaciones por un detenido en una gresca en la Alameda. Él aseguraba que venía del Galpón. ‘Ustedes son conflictivos’ me dijo, y aunque no pongo en duda que no haya ocurrido eso alguna vez, te digo que si alguna vez pasó, eso debió ser una situación excepcional.

No se debe usar al Galpón como foco generador de conflictos. En una reunión con Carabineros pregunté: Cuándo ha habido alguna vez, dentro del Galpón o la Fundación algún desmán o hecho que haya sido incontrolable? Y la respuesta fue absoluta: nunca”.
Lo mismo alega Daniel Sánchez. El dueño de la Blondie hace memoria sobre el único parte que le han sacado fue por un blondífago ebrio, empadronado por carabineros hace cinco años, pero de ahí a temer un Cromagnón chileno, difícil, dice:
“¡Jamás!. En 16 años de funcionamiento nunca hemos tenido algún accidente de ese tipo y eso está comprobado. Como Blondie era un cine antiguo, está construido de hormigón y acero con los estándares de los mismos edificios que están de pie hasta hoy”, dice. El balcón de la polémica y que movilizó el cierre, es una tarima que ni siquiera cuenta con escaleras para llegar a ella y que fue sacada hace varios días ya.

LA RUTA DE LA QUEJA
En los tres casos expuestos, inspecciones acordadas en el concejo municipal, revelaron que como no se tramitó la recepción final de la obra -la firma de la autoridad que le da el visto bueno a una construcción definitiva-se procedió a clausurar.
El concejal UDI Jorge Alessandri explica que cerrar una disco o una botillería no es una facultad privativa del alcalde sino “Una decisión administrativa que se consulta al consejo municipal en reuniones abiertas”. Sesiones que se publican como la cartelera de esos programas de jueces de la TV, y a los que asisten los vecinos antiguos y no tú, joven colérico, que prefieres unirte a causas de facebook.

“Los jóvenes participan bastante poco de la vida municipal”, lamenta nuestro concejal amigo. Me dice –sin ironía alguna- que probablemente se debe a la falta de organización de los lolos o a demasiadas horas de estudio.
-Eeeehm. Sí, es probable -le respondo.
Porque la situación es así: quienes se mueven para llevar a la municipalidad la queja contra quienes perturben la tranquilidad del vecindario son en la práctica las Juntas de Vecinos, Comités de seguridad, Clubes de ancianos y deportivos.
Todas esas organizaciones del barrio donde te da lata participar, conocen mejor que tú la Matrix y canalizan su molestia hacia la municipalidad, mediante un poder que ellos llaman “el conducto regular”.
Ese “conducto regular” lo reciben concejales y alcaldes a través de una serie de formularios, burocracia y ventanillas donde las personas expresan su derecho a pataleo.
El trámite de la queja se lleva a la oficina de Gestión Comunitaria en la Municipalidad. Después se discute en una asamblea abierta (a la que cualquier persona puede asistir) y finalmente llega al despacho de quién concreta la inspección oficial. Ahí, se discuten las razones para convertir la inquietud inicial de un grupo de tiernas abuelitas en el cierre o la clausura de tu club social favorito. Un derecho ciudadano básico.
La señora Patricia Pardo, Presidenta de la Unidad Vecinal Número 3 de Calle Maturana habla con ese tono ceremonioso de las voces en off de los trailers de cine y narra una situación que es de thriller:

“Cuando un vecino está incómodo como residente. Cuando se ve que el barrio ha cambiado. Cuando te das cuenta que ha habido un aumento excesivo de patentes de alcoholes... Lugares como Blondie, Galpón Víctor Jara, Entrelatas, Burdeos, Rapa Nui, el famoso barrio universitario, aparecen como el foco del escándalo.
¿Quién es el responsable?, ¿El municipio que expende la patente? ¿El estudiante universitario que bebe hasta altas horas? ¿El comerciante que le vende indiscriminadamente? ¿El residente que tiene temor de denunciar?..¿Quién?”.
Mi primera impresión es que la señora Patricia puede enumerar más “picadas universitarias” que yo. No sé si algo anda mal conmigo o he comido muy pocas chorrillanas en el Barrio Universitario de Santiago Centro, pero algo está claro: ¿Quién se hace responsable?

¿DONDE ESTAN LOS JÓVENES?
”Quizás no han aprendido a hacerlo de la forma normal, que es planteárselo a la autoridad”, reflexiona el concejal Alessandri, sobre la ausiencia de los afectados, en la toma de decisiones.
Quizás sí te dieras una vuelta por las asambleas o le echaras un ojo a la página web de la comuna te enterarías de cómo avanza la petición de baños químicos para la feria libre del barrio o la idea de enrejar el Parque Forestal.Quizás podrías reunir a personas interesadas en revertir una medida que te afecta, como la clausura de una disco, ponte tú.
 Henry, por ejemplo, tiene 34 años pero sigue carreteando en la Blondie. Es Product Manager de una empresa donde usa terno y corbata. Hoy patea la perra por el cierre del local.
Después de acordarse de toda la familia del alcalde, me dice que le gusta salir a bailar en sitios donde no hay pachanga ni reggetón. “He ido a Casa Milá, a carretear a la Plaza San Enrique y vi atados, peleas, me sentí agredido más de una vez y hasta me rompieron los focos del auto. Pero en Blondie jamás me pasó nada, nunca tuve un problema, nunca vi tanta tolerancia y buena onda. Ni un problema, no entiendo por qué se cerró”, alega.

Se enteró por los incontables fotologs, páginas de facebooky twitteos que protestan por estas medidas.
Sánchez, el dueño de la Blondie cuenta 20 mil nicks de apoyo en la web y se sorprende de la convocatoria. La Fundación Víctor Jara por su parte, cuelga el llamado a la acción virtual en su MySpace y desde ahí se conecta con los otros fans de facebook que también son miles.
Gloria me dice que las nuevas tecnologías de la información fueron fundamentales para dar a conocer el cierre. Que la primera reacción fue subir el hecho a la bitácora web del Galpón, de ahí a leerlo en Twitter y al Facebook hubo un clik.

Todo eso se mezcló con las decenas de páginas de “Qué le harías a Zalaquett”o “No al cierre de la Blondie”y se armaron batucadas en la plaza.
“Es más rápido que hacerlo en la página y empezamos a recibir de inmediato montones de mails de apoyo. Esa noche, mientras estábamos reunidos con el alcalde había muchísima gente dispuesta a movilizarse”. Esa red que se armó no fue un hecho inédito, dice Gloria, y recuerda que algo parecido sucedió cuando juntaron 15 mil firmas (en dos días) para evitar que se cerrara el caso de la muerte del folclorista.
Pero si tomas en cuenta que Santiago tiene un 60% de población mayor de 50 años, comprenderás que eso es una clara mayoría cuando se trata de quién pesa más a la hora de reclamar:
¿La queja formal con bonita letra de la junta de vecinos, con papel de calco y cien firmas? ¿O tu campaña para des-clausurar tu antro favorito a través de Facebook, Fotolog o stencils pintados en las casas de las mismas damas? Para la autoridad, la respuesta es obvia.

De parte de los chicos que clickean desde casa, algo de mea culpa hay. María Paz: “Me parece bueno el uso de las tecnologías en este sentido, ya que permite la rapidez, casi inmediatez, de congregarse. Claro, también impide que todo sea más concreto a la hora de comprometerse”.
Más ruido que nueces detecta Henry: “Que suceda toda esta convocatoria es positivo porque demuestra que existe un mercado interesado real, pero virtual. Pero es fácil postear en Facebook y no hacer cosas concretas”. Al respecto propone dejar de lado el nick y mostrarse: “No hablo de marchas ni esas cosas, sino de firmar con nombre y apellido para apoyar de verdad”, dice.

UN PROBLEMA PATENTE
La normativa de seguridad que cerró la Blondie y el Ex Estadio Chile, es la misma que obligó al cierre de un par de iglesias evangélicas, bancos u oficinas de gobierno. Todas ellas se normalizan una vez arreglada la observación, cuenta Alessandri.
Respecto a los locales, la autoridad revela que no existe sobre ellos “ninguna queja que hable de ruidos molestos como tal”, ya que están rodeados de locales comerciales. Aclara que el problema para los vecinos se trata del desorden derivado, ese que aparece de madrugada.
¿Pero eso nace en esos locales, o más bien afuera de ellos?

“El problema son los mismos personajes de siempre que nunca entran al Galpón ni a los bares, pero se quedan a carretear afuera del Víctor Jara. La gente sale de la tocata como a las 5 y se va para su casa, pero estos otros son los que dejan las cagadas”, dice Jade (17), un joven homeless del barrio.
Él vivió bajo los juegos de la Plaza Brasil por tres años, hasta que fue desalojado de ahí. Ahora vive en una carpa junto a una iglesia que está punto de derrumbarse junto a su quiltro “Cholo”. No carretea en el Galpón ni es cliente habitual de los locales porque no tiene plata, pero suele estar más tiempo del que le gustaría en esa calle:
Cuenta que ha visto desde un degollamiento en Maturana con Compañía hasta una turba volcando un taxi sólo por diversión. “Creo que falta contingente de carabineros y sobran patentes de alcohol a esa hora y en general es una responsabilidad compartida entre la municipalidad, los locales y los cabros que se divierten así”, dice.

LA ALEGRÍA SE VA
El concejal Alessandri también está a la cabeza de una iniciativa que pretende congelar de una vez la autorización de más patentes en la comuna de Santiago porque “para clausurar una patente nos demoramos uno o dos meses y, por otro lado, se otorgan quince nuevas a la semana. La velocidad de otorgamiento no tiene ninguna relación con la velocidad de clausura”.
Mientras tanto, los afiches invitan a seguir carreteando en el Galpón o en la Blondie provisoria de La Berenjena.
Mientras tanto, el poder de arreglar las cosas sigue siendo derecho de cualquiera que se sienta afectado por las medidas municipales o por los efectos no deseados de la fiesta. Ese derecho a vivir en paz, que es el derecho a alegar para dos tipos de ciudadanos:
Los que alegan desde el PC, mandan forwards mientras les cierran el Concilio Gótico o la pachanga villera, y los tatitas del barrio que están chatos, y que aunque no cachen que es la wifi son más avispados y se dan la vuelta larga: cachan por ejemplo, que los miércoles a las 16:00 hay reuniones de concejo donde puedes levantar la mano y plantearle al alcalde sus atados.
Hasta entonces, el marcador sigue así:
Tatas= 1, Estos jóvenes modernos= 0
La señora Patricia, jefa del barrio, propone más diálogo desde la Junta de Vecinos en Maturana. “Los viejos le tenemos miedo a los jóvenes y eso no puede ser, nosotros también fuimos jóvenes. Hay tribus urbanas que están demasiado fuertes en su opinión y nos falta ese espacio para que nos reencontremos”.

Henry, el blondífago sigue esperando ese reencuentro en el dance hall de su disco favorita. Se acuerda de la emoción del recital de Depeche Mode el 94. Dos semanas después en el lanzamiento del DVD de la banda, se reconoció entre el público del concierto en Chile, vacilando a toda pantalla gigante en Blondie.
“En Blondie” dice, como si hablara de la polola que lo acompaña. Una chica bonita que perfectamente podría estar vacilando en el Galpón o tomándose una cerveza en el Baires.
“¿Por qué si hay gente que le gustan los topless del centro en calle San Antonio no se los cierran? No tengo nada contra ellos, está bien que les gusten los topless, a mí me gusta mi música. Pero ¿por qué le cierran un lugar de encuentro a quienes les gusta pasarlo bien ahí? No lo entiendo”.
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