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LOS NOVENTAS YA NO NOS QUIEREN
La historia de un dealer que, en un futuro no muy lejano, trafica una droga que permite olvidar los recuerdos no deseados. De eso trata Tokio ya no nos quiere, la novela que Ray Loriga escribió en 1999 cuando de a poco iba dejando su aureola de escritor “cool” noventero. La misma que por estos días, gracias a una reedición, vuelve a aparecer en librerías chilenas. Un libro que merece ser leído y que supera con creces, su prescindible obra anterior. Sorteamos un ejemplar entre los que comenten.
Por Antonio Díaz Oliva

SMELLS LIKE 90S SPIRIT
Nunca entendí del todo la adulación generada por Héroes (1993), la segunda novela de Loriga luego del éxito de Lo peor de todo (1991). La trama, creo, (porque aún tengo mis dudas) trata sobre un tipo encerrado en la pieza de un hotel.
El tipo está en un estado de catarsis o algo así. Alucina, sueña, delira. Cuenta historias, pero sobre todo, cita canciones y actores de cine como John Belushi o River Phoenix. En resumen, arma su mundo a partir de la imaginación y de la cultura popular que tiene. Todo desde la habitación donde está.
“Es fácil explicar el fenómeno: Cuando salió, a mitad de los 90, Héroes nos pareció más un disco que un libro”, escribió hace un par de años Álvaro Bisamaen su columna Elcomelibros.
Pues bien, para quienes en mitad de los 90 aún éramos críos, Loriga nunca tuvo una carga sentimental, como sí lo tuvo para los veinteañeros de la época. Esos que crecieron en un mundo pre-wiki, y que creían, como la novela, que bombardear citas pop era un valor en sí mismo.
Para muchos que comenzaron a leerlo en esa década ayudados por la Zona de Contacto en su versión en papel, Loriga (1967) se convirtió en un referente. Pero para los que en esa época éramos unos niños, el español no caló muy hondo. Ahí estaban otros escritores que hacía muchísimo mejor lo que Loriga pretendía hacer:
Rodrigo Fresán quien se despachó la trilogía Historia argentina (1991), Vida de santos (1993) y Trabajos manuales (1994); Juan Forn con los notables relatos de Nadar de noche (1991) que marcaron pauta especialmente en Chile (cosa de leer la antología Cuentos con Walkman, 1993) o Alberto Fuguetcon su dupla de novelas a lo Easton Elliscomo Mala onda (1991) y Por favor rebobinar (1998) las cuales hoy, misteriosamente, son parte de las lecturas obligatorias en los colegios nacionales.
Y por eso —por lo menos para quien escribe— Héroes siempre tuvo el efecto de El almuerzo al desnudo (1959): Un libro hype que todos leen, comentan y se pasan de mano en mano. Un libro que termina engrupiendo a tu círculo de amigos.
Pero seamos claros: La obra de William S. Burroughs no es más que un yonqui delirando frente a una máquina de escribir. No hay segundas lecturas, todas esas teorías de que lo hecho por Burroughs es un poema a la Generación Beatnik no es más que otro delirio.
Lo mismo pasa con Héroes y su supuesta representatividad de los miedos y sueños de los 90. Un libro que –como el de Burroughs- brilló más por sus elementos extra literarios.
Porque en los 90s Loriga parecía encarnar todo lo “cool” –otra palabra en desuso- de la época: Sus fotos con lentes a lo Jim Morrison, sus tatuajes, ligarse a una bellísima rockera como Christina Rosenvinge. El tipo que se codeaba con Pedro Almodóvar (trabajaron juntos en el guión de Carne trémula, 1997) y le pagó un café a Dylan,convirtiéndose de paso en uno de los pocos que le ha sacado una sonrisa al viejo Bob.
Más tarde traté con El hombre que inventó Manhattan (2004), relatos que Loriga creó en el período que vivió en Estados Unidos y que, la verdad sea dicha, podrían haber sido firmados por un escritor gringo promedio. Historias sobre vidas mínimas que se cruzan en Manhattan y otros lugares de Nueva York. Una historia coral que no se decide si ser un puñado de cuentos o una novela interconectada, que no interconecta nunca.
Lo que sí agrada de El hombre que inventó Manhattan es que por lo menos hay una línea dramática. Pero tampoco es la gran obra de una de las promesas de la literatura española. Y el peso literario de Loriga, por lo menos para mí, seguía siendo una incógnita. Por lo menos hasta que una roída edición de Tokio ya no nos quiere (uno de esos golpes de suerte que uno encuentra en saldos) cayó en mis manos.
Lee un trozo de “El hombre que inventó Manhattan” acá.

PERDIDOS EN TOKIO
“La memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier cosa”, dice el protagonista de Tokio ya no nos quiere (1999). Páginas más adelante agrega algo eufórico: “¿No es estúpida esa fe que la gente deposita en el pasado, como si el pasado fuera más cierto que el presente o el futuro?”.
El personaje principal (que en ningún momento sabemos cómo se llama) es un dealer. Trafica una sustancia que permite olvidar los recuerdos no deseados. Su trabajo, eso sí, no es aislado; todo es parte de una empresa que lucra con la droga, una multinacional que despacha pedidos en todo el mundo .
Y el protagonista, digamos, no le es muy fiel a la empresa. Desde hace un tiempo que le llegan recados de que no está haciendo muy bien la pega. De que consume el producto que debe vender. Pero él no toma en cuenta los avisos porque, ¿para qué molestarse en recordar algo si podemos olvidarlo?
“En noches así siempre se anda uno preguntando cuánto ha olvidado y cuánto de todo esto va a recordar en el futuro”, dice. Y luego se toma la droga, además de algunos antidepresivos, y se tira descansar en la suite de un hotel en Bangkok. Y ahí, echado y dopado, se da cuenta de que, a fin de cuentas, más que el proveedor se ha vuelto un dependiente más de la droga.

LOCURA ESPACIAL
En Tokio ya no nos quiere, para algunos una anómala novela de ciencia ficción, hay grandes aciertos de Loriga. En lugar de quedarse en las luces de neón y las borracheras poéticas, saca su personaje a mundos exteriores e interiores bastante inusuales. Le pone un telón de fondo pre-apocalíptico y lo hace recorrer terrenos inhóspitos.
Se salta los telones de fondo que uno se podría esperar de un escritor que se catalogó de “noventero”; lugares clichés como Nueva York y sus luces de neón o los restos de la “movida madrileña”, que repletaron su obra anterior.
Acá nos lleva a lugares como Tucson y Phoenix en el desierto de Arizona, donde “los abducidos se reúnen una vez al año para intercambiar detalles sobre sus experiencias a bordo de naves extraterrestres”; el Berlín decadente que remite al mismo sitio donde Bowiey Leonard Coheniban a refugiarse en los 70 y 80; ciudades del sudeste asiático como Bangkok o Ho Chi Minh en las que la prostitución y la sobrepoblación son un detalle más de una postal tercermundista, por donde se mueven los “asesinos de asesinos de memoria. Promises keepers”.

Y esos asesinos de asesinos de memoria son los que persiguen a los dealers. Son los que están en contra de que se consuma una droga que permite olvidar los recuerdos selectivamente. Y el protagonista —se supone— escapa de estos promises keepers. Aunque, en verdad, también escapa de un pasado que gracias a lo que trafica, se ha dedicado a borrar. Una historia personal que apenas vemos a través de flashbacks y uno que otro borrón de memoria que se cuela entre las páginas.
Diez años han pasado desde que Tokio ya no nos quiere se publicó. Y en ese tiempo, por ejemplo, es difícil pensar en la trilogía Nocillasin pasar por el cedazo de la obra de Loriga. Los mismos terrenos a la deriva que Fernández Mallo narra —los viaductos olvidados en los países soviéticos, por ejemplo— parecen haber sido habitados o heredados por el autor español.
Al igual que Mantra (2001), pero sin el barniz pop de Fresán, Tokio ya no nos quiere es ese tipo de obras que se escribieron al filo del cambio de milenio y representan bien esa transición numérica. Una cargada de paranoia, con todos esos miedos y predicciones pre 2000, en que se hablaba sobre el colapso del orden mundial.
Y el colapso –o re cambio- comenzó casi una década después, justo para la reedición del por lejos, único libro de Loriga que vale las lucas. Eso, a pesar de los olvidables recuerdos noventeros que nos dejó el español. Promises keeper.
Regalamos un ejemplar de “Tokio ya no nos quiere”, gentileza de editorial Alfaguara. Sólo tienes que dejar tu comentario.
La ganadora de "La novela luminosa" del uruguayo Mario Levrero es Tania Opazo Guerrero. Felicitaciones.
Lee un avance de “Ya sólo se habla de amor” la nueva novela de Loriga (aún inédita en Chile) acá.
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