EL OCIOSO ILUMINADO

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THE RETURN OF THE COMICS

2008 EN LETRAS

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THE RETURN OF THE COMICS
LITERATURA 2008
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EL OCIOSO ILUMINADO

Ignorado en su época, resucitado en la web por los fans de la ciencia ficción y hoy de vuelta a las librerías gracias a varias reediciones, el escritor uruguayo Mario Levrero ha sido –para muchos- uno de los mejores redescubrimientos del último tiempo. Hace poco llegó a Chile su obra póstuma: “La novela luminosa”, un extraño, extenso y entretenido experimento literario, que termina siendo una oda al ocio. Acá una revisión de la vida, obra, y links de este autor. Entre los que comenten, sorteamos un ejemplar.

Por Antonio Díaz Oliva

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Escritos de un viejo no tan decente

A lo largo de sus 60 años Mario Levrero fue fotógrafo, humorista, editor de revistas, librero y director de talleres literarios. Por eso, después de varias décadas intentándolo, le quedaban pocas esperanzas de vivir de la literatura. Pero el 2000 postuló a una beca Guggenheim para terminar La novela luminosa, un proyecto que tenía varado hace algún tiempo, y se la ganó.

Para un tipo que estaba acostumbrado a no vivir de su obra el dinero y el reconocimiento fueron una alegría, pero también el origen de una duda: ¿Qué hacer con tanto tiempo libre? Porque sí, la meta era terminar el libro por el cual le dieron la beca, pero también, gracias al dinero, las horas de ocio se multiplicaron bastante. Y la novela siguió varada, detenida pero avanzando

De eso se trata La novela luminosa (2005), un libro donde el narrador —una personificación de Levrero— soluciona el problema de tener mucho tiempo libre de una manera bastante ociosa: Se pasa horas frente a su computador bajando programas de Internet, jugando golf y buscando porno, al nivel de armarse una variada colección. Una novela que, digamos, “deja para más tarde lo que debe hacer hoy”. Una oda al ocio que demuestra que perder el tiempo, sin hacer nada más que clikear, escondiendo la página en blanco del Word en alguna ventana, también puede ser el mejor camino para escribir una excelente obra literaria.

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¿Pero quién es ese tal Levrero? Es el alias de Jorge Varlotta, un charrúa nacido en Montevideo en 1940 y muerto el 2004 que comenzó a publicar en los 60.

Un escritor que más allá de un séquito de seguidores desparramados en Argentina y Uruguay nunca consiguió fama. Por ahí algunas editoriales pequeñas bonaerenses y otras editoriales españolas lo publicaron. Hasta que, claro, Levrero murió. Y ya saben: a escritor muerto -desconocido y de buena calidad-, oportunidad editorial de obra póstuma exitosa. Eso pasó con varios de sus libros, que por lo menos en Chile hasta hace unos años, eran inencontrables.

Ahora: ¿cómo y de qué escribe Levrero? Alguien por ahí dijo atinadamente que su prosa era una mezcla entre Franz Kafka y el mítico comediante Buster Keaton. Un humor adornado con gotas de angustia y desesperación. Porque casi siempre los protagonistas de Levrero se hallan en situaciones inverosímiles y se dedican a mirar con una mezcla de incredulidad y humor, lo que sucede a su alrededor. Ya sea porque están perdidos en un lugar que no conocen o porque se extravían frente a la hoja en blanco mientras intentan iluminarse literariamente.

Tres libros involuntarios

Quizás la mejor forma de conocer al uruguayo es con La trilogía involuntaria, el trío conformado por La ciudad (1970), El lugar (1982) y París (1980).

De aquellos tres, El lugar es tal vez el más delirante y entretenido del conjunto. Un libro que termina siendo algo como un Alicia en el país de las maravillas (1865) para adultos, más algunos toques de La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares.

La trama va así: el narrador despierta en una pieza. No sabe cómo llegó. Apenas tiene un par de recuerdos que le cruzan la memoria. Y entonces comienza a divagar. Camina por aquí, por allá. En la pieza hay una puerta. La abre, entra en otra pieza que es igual a la anterior. En la nueva pieza hay otra puerta. La abre. Y sigue así, hasta que en una de las habitaciones encuentra gente. Gente que lo mira extraño y que le habla en un idioma que no comprende.

Por esto, el protagonista decide seguir su camino y abre una nueva puerta. Y, claro, se presiente que al girar la próxima manilla las cosas se irán volviendo más extrañas, al nivel de que en la tercera parte de este libro el protagonista llegue a una ciudad controlada por una raza mongoloide digna de Tolkien.

Sin duda, un libro que J. J. Abrams (uno de los cerebros tras Lost)debería repasar, o hacer que alguno de los personajes de la serie saliese leyéndolo.

La ciudad es el menos fantasioso de la trilogía. En este caso el protagonista acaba de mudarse a una casa en una ciudad desconocida (aparentemente a las afueras de Montevideo). Ya de noche, sale a buscar comida y víveres. Y a esa búsqueda le sigue una serie de hechos que parecen sacados de un sueño; desde subirse en medio de la carretera a un camión y, luego de una pelea, bajarse con la señora del camionero, hasta conocer a un enigmático personaje de nombre Giménez.

Acá el protagonista —como un zombi— sólo se remite a seguir lo que sucede, sin preguntarse mucho. Simple y rápido de leer, La ciudad puede ser un buen libro para iniciarse dentro de la obra de este uruguayo.

París, a su vez, trata sobre un tipo que llega a turistear a la capital francesa. En la misma línea de los otros dos libros, el tipo termina metido en una maraña de hechos confusos. Los más bizarros: Las alas, a lo X-men, que le salen al protagonista para sobrevolar los cielos de París. Eso, y que más tarde se dé cuenta de que los nazis están por invadir la capital francesa (o sea que ha retrocedido en el tiempo) y que él es parte fundamental de la “resistencia”.

Para muchos lectores, aquellas tres novelas caben dentro del rótulo de ciencia ficción a la latinoamericana, sin alta tecnología, ni robots, ni rayos lásers. Algo más parecido al británico J. G. Ballard o una extensión de las partes más insólitas de Kafka en El proceso (1925). Lo cierto -y lo justo- es que fueron los fanáticos de ciencia ficción desparramados por la web quienes subieron la obra de Levrero a sitios de descarga. Un gesto gracias al cual, el uruguayo fue resucitado y presentado a nuevas generaciones.

Puedes leer “París”, “La ciudad” y “El lugar” acá.

La novela luminosa

Y ya dijimos que todo esto se trata acerca de La novela luminosa. Una obra en la que Levrero (de manera astuta) confunde al lector. Porque nunca sabremos hasta dónde llega el Levrero real y el ficticio, lo único que sabemos es lo qué se pretende al llevar este diario de trabajo: “Objetivo: abrirme camino hacia el ocio y hacia la novela que quiero escribir, la que en este momento me parece tan remota”, escribe el protagonista en una de las primeras entradas.

Lo más curioso de todo es la estructura de la novela: un prefacio corto; un prólogo de 400 páginas; los cinco capítulos de La novela luminosa; y, para terminar, el Epílogo del “Diario de la Beca”.

El prólogo es lo mejor del libro. Un diario de vida en el cual el escritor cuenta sobre varias cosas: su amante que lo visita y le lleva comida, el cadáver de una paloma que descansa en un techo cercano a su departamento, los talleres literarios que dirige, la burocracia uruguaya cuando tiene que hacer trámites. Y, claro, su estrecha relación con la computación, que lo lleva a pasar horas y horas jugando golf, Buscaminas o bajando programas desde la web. Una especie de blog impreso, con cosas como esta:

“El corrector de este Word 2000 tiene unas características insólitas; por más que intenté dominarlo, me resulta imposible. No reconoce ciertas palabras relativas al sexo, como por ejemplo pene, que recién apareció como desconocida cuando activé el corrector para esta página antes de guardarla. Tampoco admite teta ni correrse, y lo más insólito es que, si trato de agregar la palabra al diccionario, me dice que no se puede porque el diccionario está lleno. Y no es cierto, porque de inmediato aparece otra palabra que desconoce, y puedo agregarla sin ningún inconveniente. Y más insólito aun es que permita agregar algunas otras palabras, como coño”.

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Una oda al ocio

Es ya hacia las últimas páginas de La novela luminosa cuando el narrador —cansado y agobiado por no haber terminado su novela— se queja: “Así que sigo con el problema. No sé cómo hacer para conservar al lector, para que siga leyendo. Tiene que aparecer algo pronto, o todo este trabajo habrá sido inútil”.

Y lo cierto es que nada es inútil. Al contrario. Aquel problema (conservar al lector, conservar la atención) simplemente está solucionado. Hace rato. Porque avanzar por las páginas de La novela luminosa es avanzar por un libro divertido y adictivo a ratos. Es leer un diario de vida del típico abuelito buena onda de la familia, uno que aprendió a navegar por la red. Un diario donde sí, hay mejores partes que otras —no todo puede ser entretenido en la vida de uno—, una oda al ocio de un cincuentón que como muchos de nosotros, se pasa perdiendo el tiempo sin poder despegar la mano del mouse para concentrarse, en este caso, en su plan de escritura. Algo parecido a lo que, probablemente, estás haciendo en estos momentos.

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En la La novela luminosa uno se encuentra con un libro entretenido, digresivo; una obra con mucha vida por delante. Algo, claro, contradictorio, ya que es el último que Levrero escribió antes de morir.

Una obra que pareciera decir que muchas veces, para “inspirarse”, es necesario perderse en la oscuridad del ocio. Porque a fin de cuentas perder el tiempo puede ser un camino igual de productivo que otros, aunque no tenga un destino claro, como escribe casi al final, el protagonista. “Pero la furia me sigue dominando, y la tristeza, y doy palos de ciego sobre el teclado buscando la forma de terminar esta novela, de darle un final decoroso, aunque difícilmente feliz”.

Regalamos una copia de “La novela luminosa”. ¿Cómo participar? Fácil: postea con tu nombre + mail verdadero y listo.

Los agradecimientos van a Mariana Hales y editorial Random House Mondadori.

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Lachapelle  escribió...

I want that book! ...

3:50PM 04/03/2009

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