EL MARAVILLOSO MUNDO DE NEIL GAIMAN

EL GRAN SCOTCH

THE RETURN OF THE COMICS

2008 EN LETRAS

¿HAY VIDA DESPUÉS DEL POP?

 
  WILL EISNER
THE RETURN OF THE COMICS
LITERATURA 2008
WERNE NÚÑEZ
FERNÁNDEZ MALLO
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EL GRAN SCOTCH

“Scotch” Fitzgerald, así le decían sus amigos, por su afición al carrete y el alcohol. Aprovechando la película “El curioso caso de Benjamin Button”, que está basada en un cuento suyo, revisamos la vida y obra de un autor para tener siempre a mano. Uno que escribió sobre cómo la fiesta, cuando se alarga demasiado, suele terminar en tragedia. Un tipo “hermoso y maldito” que lo tuvo todo y terminó enterrado en vida, escribiendo guiones que nunca prosperaron, antes de morir a los 44 años. El director Billy Wilder lo resumió muy bien “Llevar a Hollywood a Scott Fitzgerald es como pedir a un escultor que repare cañerías”. Una lectura de resacas y fiestas que terminan mal, ideal para estos tiempos de crisis financiera.

Por Antonio Díaz Oliva

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Vive rápido, muere joven y deja una buena novela

De día parecía compuesto, pero por las noches era otro. Es cosa de ver alguna foto suya de joven, con esa cara angelical que tenía Francis Scott Fitzgerald y esos trajes impecables que de seguro –luego de la algarabía nocturna- se manchaban con whisky y otros bebestibles. Porque, en realidad, había dos Fitzgerald; el romántico que escribía grandes obras literarias y el que por las noches se convertía en un bufón borracho.

De haber vivido en los años 80, Fitzgerald podría haber sido un buen camarada de fiestas con Bret Easton Ellis.O podría haber sido uno de esos actores jóvenes que triunfaron en Hollywood y luego, en los noventa, cayeron y se perdieron entre líneas de coca y salones V.I.P. A fin de cuentas, en los años 20 Fitzgerald representó ese mismo tipo de “glamour” en Estados Unidos, en la época de entre guerras conocida como la “era del jazz”.

Antes de que James Dean inmortalizara lo de “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, Fitzgerald fue el mejor símbolo de lo efímera que es la juventud. De hecho, ni siquiera terminó de envejecer: Fitzgerald murió a los 44 años de un ataque al corazón. Como legado, dejó cinco novelas (una inconclusa), muchísimos cuentos, varios textos autobiográficos y, por cierto, una historia de vida digna del mejor guión.

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Todos íbamos a ser príncipes

Nacido en 1896 en una familia aristocrática venida a menos, Fitzgerald tenía dos metas en la vida: Jugar fútbol americano o ir a la guerra. Dado que falló en las dos, se puso a escribir.

El resto de su vida se puede resumir en dos aspectos: Alcohol y la relación con Zelda Sayre, una hija de familia aristocrática que encandilaba con su belleza y energía. Por lo primero, sus amigos le pusieron el seudónimo de ”Scotch” Fitzgerald. Por lo segundo, se convirtió junto a su esposa en la pareja representativa de la “era del jazz”.

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Antes que Pete Doherty y Kate Moss salieran en los tabloides en estado de ebriedad, Fitzgerald y Zelda fueron la gran pareja problemática y emblemática. Se lo bebieron y carretearon todo. No dudaron en largarse a París, ya que allí estaba la fiesta. Y cuando el ambiente parisiense se agotó, sus vidas se fueron en picada. Él terminó escribiendo guiones (trabajo deplorable en esos años) y ella, en un hospital psiquiátrico por desórdenes mentales.

“No hay segundos actos en las vidas norteamericanas”, es una de sus más famosas frases. Pero el escritor gringo sí que lo tuvo, aunque claro, postmortem. Porque su obra creció con los años y hoy es un clásico. Varias veces se le llevó al cine e incluso, hace poco, se anunció una bio-pic sobre la oscilante relación entre él y Zelda, además de una nueva versión fílmica del clásico “El gran Gatsby” (1925).

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El gran carrete

Pensar en Fitzgerald es, a la larga, pensar en esa novela, en la inolvidable frase-enseñanza que abre el libro (“Cuando tengas ganas de criticar a alguien, recuerda que no todos en este mundo han tenido las ventajas que has tenido tú”) o en esa otra frase-advertencia onírica que lo cierra (“Y así seguimos remando, barcas contra la corriente, empujados sin cesar en el pasado”).

Si no lo han leído -¿qué esperan?- acá les va la sinopsis: Nick Carraway es un joven banquero de medio pelo en Wall Street, quien se cambia de ciudad. Su vecino, Jay Gatsby, es un millonario que hace fiestas constantemente, carretes al mismo nivel que, digamos, las de Farkas cuando celebra su cumpleaños (quien, a propósito, sería un perfecto Jay en una versión chilena de este libro).

Luego todo se enreda: Llega Daisy (la prima de Nick) de quien Gatsby siempre estuvo enamorado. El punto es que Daisy está casada con el bonachón Tom Buchanan, así que se forma un trío amoroso. Pero resulta que el tal Tom tampoco es tan santo, ya que tiene una amante (Myrtle). Y sí, a medida que avanzan las páginas la novela termina siendo un mapa de amoríos cruzados; riquezas conseguidas en negocios turbios; y un par de fallecimientos.

Además de ser un clásico para iniciarse en las letras, “El gran Gatsby” (disponible en Bibliometro y Biblioteca de Santiago) es un libro para volver varias veces en la vida. Un texto para tener siempre a mano en el velador. Hay que tenerlo ahí, como recordatorio y lección de vida. Porque “El gran Gatsby” es la celebración, esa que todos creen interminable pero que inevitablemente finaliza. Y que, peor aún, lo hace dejando una gran resaca.

Como toda celebración es efímera por naturaleza, si se intenta alargar la fiesta a la fuerza, puede que esta termine en tragedia. Eso es lo que, al parecer, nos intenta decir Fitzgerald con este clásico. Y lo curioso es que ni el mismo autor estadounidense se salvó de caer en lo mismo que parecía advertir.

Lo cierto es que en su tiempo a “El gran Gatsby” no le fue muy bien y sólo luego de muerto su autor, tomó la etiqueta de clásico. ¿La razón? Puede que cuando salió publicado Estados Unidos aún estaba de fiesta (los prósperos años antes de la crisis de 1929), así que no querían recordar que, tarde o temprano, las cortinas se bajan y las luces se apagan. Quizás por eso, este 2009 sea EL momento de volver a leerlo.

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Hermoso y maldito

Así va la historia: El joven Anthony Patch conoce a Gloria Gilbert. Se enamoran. Se mudan a un loft en Nueva York. Tienen un círculo de amigos que frecuentan. Todos son de la farándula neoyorquina. O sea van a bares, toman gin con tónica y hablan nimiedades.

Gloria quiere ser actriz y Anthony no sabe muy bien qué hacer con su vida, así que por mientras que lo averigua se pasa de fiesta en fiesta. Luego las cosas se enredan: Él iba a recibir una herencia de un tío pero, al final, el tío le deja el dinero a un ayudante. Quedan en la ruina y la pareja que alguna vez brilló, hoy se opaca. Les queda una sola esperanza: Interpelar la decisión del tío de Anthony, por no dejarle nada a su único familiar, para así recibir la fortuna.

De eso trata “Hermosos y malditos” (1922). La segunda obra de Fitzgerald –luego de la iniciática “A este lado del paraíso” (1920)- es una de las primeras novelas estadounidense donde se puede ir apreciando la influencia del cine en la literatura. A ratos da justamente la sensación de estar leyendo-viendo una película; capítulos enteros que son puro diálogo y microscópicas descripciones de ambiente.

La importancia y la gracia de esta obra, es que a través de sus páginas se presenta una generación. “Hermosos y malditos” (disponible en Biblioteca de Santiago) es el retrato que hace Fitzgerald de sus amigos y del ambiente en que le tocó vivir. A partir de su propio matrimonio -Anthony y Gloria son en el fondo una fotografía Zelda y él- y el ambiente que los rodea, cuenta cómo era ser un joven hermoso (y luego maldito) en un país que vivía un momento de bonanza.

Así como años más tarde Douglas Coupland mostrará a los descontentos de los 90 en su “Generación X” (1991) o Easton Ellis hiciera lo propio con “Las reglas de la atracción” (1987), retratando a los jóvenes consumistas que se consumen emocionalmente a ellos mismos, “Hermosos y malditos” cumplió el papel de ser una radiografía generacional gringa.

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De cuentista a guionista

Fitzgerald escribió cuentos con la velocidad de quien necesita mantener un alocado estilo de vida. O sea: Los escribió porque necesitaba dinero. Así de simple. Lo cual, en este caso, no repercutió en la calidad, ya que la mayoría de sus relatos son bastante buenos (dos clásicos para los que quieren instruirse en esta faceta pueden ser “Regreso a Babilonia” y “Un diamante tan grande como el Ritz”).

La mayoría de los cuentos de Fitzgerald están en una veta realista, exceptuando algunos casos como el hoy en boga “El extraño caso de Benjamin Button”, el cual es bastante anómalo en su obra.

Éste es uno de esos típicos relatos gringos que toman el realismo y lo bombardean con aspectos surrealistas u oníricos (como por ejemplo, “El nadador” (1964) de John Cheever)que, como saben, nace del experimento de invertir la vida de un personaje, cosa de que naciera viejo y muriera siendo bebé. Algo curioso si tomamos en cuenta que Fitzgerald nunca terminó de envejecer (murió a los 44 años). El cuento -a diferencia de la película- juega más con el humor y hace una caricatura del personaje de Button, en lugar de abusar tanto de la dramatización.

Luego de agotar su lado de cuentista, Fitzgerald se dio cuenta que podía escribir guiones. Y al ver que fracasaba con ellos, redactó cuentos sobre tipos que escriben guiones. Creó al personaje Pat Hobby -que los hermanos Coen homenajearían indirectamente en esa joya fílmica “Barton Fink” (1991)- con el cual llegó a compilar más diecisiete relatos (en español se encuentran en el volumen “Historias de Patt Hobby” de Anagrama).

Lo triste -y atrayente- del asunto, es que sabemos que detrás de las payasadas de Hobby se esconde la etapa más decadente de Fitzgerald. Ese Fitzgerald escondido en un sucucho de Los Ángeles en los años 30, tecleando guiones que nunca se verían en la pantalla grande, con temblores por el alcohol, mientras intercambiaba cartas con Zelda y veía las últimas chispas de su vida apagarse. Pero aún le quedaba un último suspiro literario.

Dato: En la cadena de librerías Antártica venden los dos ejemplares de Cuentos Completos de Fitzgerald en la económica suma de 5.000 pesos cada uno. Ojo que su precio original rondaba los 18.000 pesos.

Lee “El extraño caso de Benjamin Button” acá.

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El derrumbe

Mientras Ernest Hemingway se autoinmortalizó con su figura de cazador y hombre rudo (y sólo años después salieron a flote sus años depresivos); Fitzgerald siempre jugó con el papel del sujeto frágil que lucha contra un destino adverso. Ambos, durante la época en que vivieron en París, fueron muy amigos e incluso llegaron a hablar sobre escribir una novela a cuatro manos.

París era una fiesta” (1964), el libro de Hemingway, trata sobre aquella relación. En él hay un extenso y notable capítulo dedicado a Fitzgerald donde aparece deprimido por el tamaño de su “sexo”, mientras recibe consejos de Hemingway (ahí están de nuevo los dos prototipos; el tipo rudo y el aproblemado).

La mejor parte del libro -y ciertamente de lo mejorcito que escribió el autor de “El viejo y el mar” (1952)- termina siendo una buena fotografía de Fitzgerald a ojos de quien fuera su gran amigo por varios años.

Como complemento ahí está el excelente libro “El Crack–Up” (1945) (en español algo así como El derrumbe o La grieta), una recopilación de crónicas y artículos en que Fitzgerald cuenta cómo su vida se fue, paso a paso, desmoronando.

El Crack-Up” –título de la edición en español- es el último suspiro literario de Fitzgerald. Ahí toma su famosa frase de que no hay segundas oportunidades y medita: “Una vez pensé que en las vidas norteamericanas no hay segundos actos, pero era indudable que habría un segundo acto para los días de prosperidad de Nueva York”.

Al parecer esa ciudad era, por fin, un sitio donde Fitzgerald podía volver a brillar. Pero en el mismo libro, aquella ciudad que lo hace sentir tan a gusto es también la que lo hace pensar que simplemente, está viviendo un último estertor: “Y finalmente, de este período recuerdo haber ido una tarde en taxi entre edificios muy altos bajo un cielo malva y rosa; me eché a llorar porque tenía todo lo que quería y sabía que no sería tan feliz nunca más”.

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Mientras en sus novelas y cuentos sus problemas los esconde bajo el halo de la ficción, en “El Crack-Up” tenemos a Fitzgerald al desnudo. Es su faceta menos mencionada cuando se le recuerda como escritor, pero la más interesante cuando uno la descubre. Más aún hoy, cuando todos se alarman por las posibles repercusiones de la crisis económica, siempre es bueno leer algo para tener presente que a fin de cuentas, todo está destinado a hacer crack alguna vez. Como lo hizo el escritor.

Dice la leyenda que a fines de los años 30, se podía ver al autor de “El gran Gatsby” en los comedores de alguna productora de cine. Ahí estaba: Almorzando solo, repasando guiones y mirando de vez en cuando por la ventana. “Llevar a Hollywood a Scott Fitzgerald, es como pedir a un escultor que repare cañerías”, dijo el entonces novato director de cine Billy Wilder. “Verlo, era como presenciar un fantasma de otra época”. Un fantasma a punto de su último derrumbe.

Lee “Paris era una fiesta” acá.

Lee “El Crack-Up” y otros libros de Fitzgerald acá.

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ETERNO RESPLANDOR
 

Último comentario:
Eriol  escribió...

"Scotch" Fitzgerald... jajajajajaja xD Qué notable sobrenombre!!! Yo me estoy leyendo "Más acá del Paraíso", y por lo que se ve de la vida de este escritor, más que novela, parece una a ...

11:05PM 13/02/2009

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