A los 25 años el colombiano Andrés Caicedo se tomó 60 pastillas y murió recostado sobre su máquina de escribir. Desde entonces su fama de escritor y cinéfilo ha ido de a poco pasando desde el culto hasta alcanzar algo de renombre en Latinoamérica. Y ahora –gracias al trabajo de Alberto Fuguet - revive en el libro “Mi cuerpo es una celda”. Una autobiografía donde se leen sus fallidos viajes a Estados Unidos para vender guiones, un enorme conocimiento del cine y todas las penas que lo acongojaron en su breve existencia. Sorteamos un ejemplar entre los que comenten.
Por Antonio Díaz Oliva.
ATRAPADO SIN SALIDA
Fue el primero de tres intentos. A los 24 años, Andrés Caicedo trató de quitarse la vida. Lo hizo al ingerir 25 blues (Valiums de 10mg) y cortándose las venas, para luego cerrar los ojos y esperar la muerte. Pero, rato después, un aterrador sonido fue el que lo trajo de vuelta a este mundo: “Me despertó el mismo ruido de mi sangre goteando sobre el piso de madera…”, explicó Caicedo.
Más tarde vendría un segundo intento. Caicedo terminaría internado en una clínica psiquiátrica, donde redactó un resumen de su vida hasta ese momento. La idea (estimulada por su doctor) era que el proceso de escritura le ayudara a curarse. Pero el texto, a fin de cuentas, no sirvió. Parecía que la escritura más que ayudar a estabilizarlo sólo le funcionaba como un placebo. Y por eso -luego de aquel paso en la clínica- lo intentó nuevamente.
Esta vez Caicedo no escuchó el sonido de la sangre. Una vez cerrados los ojos, no los volvió a abrir: Murió recostado sobre su máquina de escribir. Horas antes había recibido por correo el primer ejemplar de su novela “¡Qué viva la música!” (1977) . El camino del escritor de culto estaba pavimentado en Colombia.
Más allá de su muerte, con esa novela -y al igual que con sus cuentos- Caicedo adelantó tópicos que años más tarde los intelectuales latinoamericanos desarrollarían profúsamente: La ciudad como centro de creación y destrucción de los jóvenes; la influencia de la música y el cine en la forma de escribir; las drogas, la violencia callejera, etc... todos elementos que Caicedo exploró anticipadamente para estos lares, en los años 60 y 70.
Esos tópicos son los que han hecho que a Caicedo lo tilden como el hermano mayor de Mcondo. O el primer "escritor urbano de América Latina".
Pero además –y tal vez lo más importante- es que Caicedo puso como tema central en sus obras el paso a la adultez. Ese existencialismo juvenil que a veces llega a ser tan fastidioso por lo chillón. Poniéndolo de una manera caricaturesca: Caicedo fue el primer Emo, y más encima en un país cálido como Colombia.
Esa sensación -sentirse adulto de un día para otro- es lo que constantemente lo perturbó. Y vaya que se nota en "Mi cuerpo es una celda", el libro que lo reúne con, algo así como un hermano perdido en las coordenadas espacio temporales de las letras sudamericanas: Fuguet.
TODO LO QUE TENÍA LO PERDÍ EN EL CINE
Andrés Caicedo nació en 1951 en Cali (Colombia). Tempranamente ganó varios concursos de cuentos y fue un ávido lector (sus autores favoritos iban desde Edgar Allan Poe hasta Mario Vargas Llosa). Entre los 12 y 13 años entró a una sala de cine. Y nadie lo pudo sacar de ahí.
“(…) me sentí rico en mi tristeza, pretendiendo otro orden de cosas, pretendiendo haber crecido en una dirección distinta”, explicó sobre ese momento de encuentro con lo que sería su delirio.
Desde ese momento Caicedo se contagió de cinesífilis, una enfermedad con un sólo un síntoma -ver más y más películas-, la cual canalizó fundando un cine club, una revista (Ojo al cine) e inclusive haciendo cortometrajes. Hasta que llegó un momento en que al parecer, vio más de lo que debía para su precoz edad.
Abajo, la primera parte de un documental sobre “Angelita y Miguel Ángel”, un corto que Caicedo intentó filmar en 1971. Acá, la segunda parte.
Para muchos, el primer contacto de Andrés Caicedo con Chile fue a través de Alberto Fuguet y su columna “El hombre que veía demasiado” -del año 2000 aproximadamente, y que se puede revisar en el libro Apuntes Autistas (2007) -, donde el escritor nacional narra su fortuito encuentro con una obra del colombiano en una librería en Lima.
Fuguet describe a Caicedo de la siguiente manera: “Es la idea del cinéfilo como mártir, el post adolescente latinoamericano alienado con Hollywood, el solitario que se comprometió con la pantalla mientras todos solidarizaban con la causa”. Y luego remata: “Caicedo llegó antes que todos y duró poco. La sociedad, por cierto, no lo mató, como tampoco, por fascinante que parezca, lo mató el cine”.
Desde ese momento, la curiosidad sobre este suicida y cinéfilo escritor colombiano asaltó a varios, pero dado que no había ningún libro disponible en Chile, Caicedo quedó más que nada como una anécdota algo freak y llamativa.
Lo cierto es que –años después y gracias a Internet- poco a poco acceder a Caicedo se fue haciendo más fácil. Algunos cuentos aparecieron publicados en la web gracias a fanáticos colombianos, así como más información sobre su vida y obra se hizo disponible. Luego con Youtube, ciertos documentales y hasta los rústicos experimentos cinematográficos del mismo Caicedo, se pudieron ver.
Abajo, la primera parte de un documental colombiano sobre Caicedo. La segunda parte acá, y la tercera acá.
También, gracias al reciente programa Google Books, -un sistema que ofrece libros digitalizados para lectura, no para descarga- varios libros de Caicedo están online para leer, algunos enteros, otros sólo extractos.
Por último, la autobiografía “Mi cuerpo es una celda” (08) , la nueva llave para que los lectores latinoamericanos entren en la vida y obra de Caicedo. Un libro -editado y montado por Fuguet- en el que se mezclan tanto reseñas de cine, desgarradoras cartas a amigos y familiares, así como extractos y apuntes de su diario.
EL ESPIRAL SIN FONDO
“Mi cuerpo es una celda” (08) puede ser leída como unas memorias pero también funciona como una novela fragmentada. Una sobre un joven que a medida que crece, la vida lo va asfixiando cada vez más, una autobiografía armada a base de los escombros (críticas, cartas, apuntes) que dejó Caicedo.
Las causas del ahogo son varias: Primero las peleas con su padre. Con dos hermanas mayores y una menor, Caicedo siempre tuvo dificultad para encajar en la familia. Como lo que le sucede a Franz Kafka en su “Carta al padre”; en “Mi cuerpo es una celda” hay varias de las cartas que Caicedo le envió a su progenitor.
“Yo siempre fui para ti un accidente raro. Jamás olvidaré tu manera de presentarme a tus amigos: ‘Este está metido en arte y esas pendejadas’”, se lee en una de ellas.
Luego están sus viajes fallidos: su primer periplo a Estados Unidos (tal vez la mejor parte del libro) donde Caicedo esperaba triunfar en el mundo del cine. Bajo el brazo llevaba un guión sin terminar, la adaptación de un cuento de H. P. Lovecraft, pero una vez en Los Ángeles su sueño se derrumba: luego de enviar su guión a los productores, espera días y días hasta que recibe varias cartas de rechazo.
Asimismo, su situación se agrava ya que apenas tiene dinero para sobrevivir: “Del resto, gasto en comida y cine. Lo segundo ha sido el motivo de mi viaje y no lo puedo cortar definitivamente: lo racioné, pero no lo puedo cortar”.
De todo el material que compone el libro, resaltan dos aspectos. Por un lado las críticas de películas de Caicedo, escritos que muestran a un tipo estable, dueño de un conocimiente cinematográfico sorprendente y al cual ninguna película parece dejarlo indiferente, un escritor que se luce con una prosa que muerde y suda. Ese lado del libro es totalmente contrario a lo que sucede con las cartas y diarios de vida: ahí tenemos a un Caicedo inestable, siempre al borde del precipicio, sexualmente ambigüo y psiconauta.
El contraste de esos dos mundos que convivían dentro del escritor es lo que hace “Mi cuerpo es una celda” (08) un libro entretenido de leer. Por ahí queda la sensación de que, más que una celda, su cuerpo era un calabozo. Uno en el cual los latigazos se los propinaba él mismo. Así, varios de los textos que se leen en la autobiografía, vendrían a ser los lamentos que el joven escritor colombiano soltaba.
De todas maneras, ambas posibles lecturas finalizan de una manera trágica, donde no hubo carta de despedida, disculpándose por su decisión. No: Caicedo antes de matarse le escribió a su novia y a un amigo. Pero no anunciando su muerte. De hecho el tono dista de ser fúnebre.
Justamente esas dos cartas son el tipo de contraste que se sienten al leer “Mi cuerpo es una celda” (08). Por un lado el Caicedo inestable y por el otro el lado cinéfilo. Por un lado una misiva de amor a Patricia, su novia, en la que finaliza diciéndole “(…) si no puedo vivir sin ti llevaré, supongo, una especie de anti-vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra”.
Del otro lado, una misiva a un amigo en la que le cuenta sobre las películas que ha visto en el año y su novela que le acaba de llegar.
El último mensaje que dejó Caicedo es la de un tipo que, escribiendo de cine, llenándose la boca de cintas, actores y directores, pareciera sentirse feliz y seguro. Pero resulta un espejismo. Porque por debajo de ese mundo seguro respira una oscuridad más densa que la de la sala donde esas cintas se proyectaban, la oscuridad del mismo Andrés Caicedo que, horas después de escribir esas cartas, terminaría para siempre recostado sobre su máquina de escribir.
A continuación, una breve guía de la obra de Andrés Caicedo
1. SUS CUENTOS:
El volumen grueso de los relatos de Andrés Caicedo se encuentra en “Calicalabozo” (el nombre es a partir de la relación amor/odio que sentía por Cali, su ciudad natal).
Más que nada son historias sobre jóvenes en la ciudad, dándole énfasis a temas como la música o el cine en una época donde el Macondo de García Márquez aún se imponía como la postal de Colombia.
El otro libro que recoge sus cuentos, en una línea parecida al primero, es “Angelitos empantanados o historias para jovencitos”.
De las tres novelas que tiene, Caicedo alcanzó a ver dos de ellas publicadas en vida: "El atravesado" (que es más bien un cuento largo) fue auto-editado y le dio cierta fama en su momento, y la novela "¡Que viva la música!" (1977), que se publicó gracias al apoyo de su madre (fue el regalo de cumpleaños de Caicedo).
La primera cuenta la historia de pandillas juveniles en Cali, una suerte de mezcla entre "La naranja mecánica" (1962) y "Los cachorros" (1967) de Mario Vargas Llosa.
La segunda una novela netamente colombiana, donde Caicedo cuenta sobre otra de sus pasiones: la música. Por último también dejó dos obras inconclusas: "La noche sin fortuna" y "La estatua del soldadito de plomo".
"¡Qué viva la música!" está disponible en Google Books
3. SUS OBRAS DE TEATRO:
Tal vez su faceta menos conocida fue el teatro. Lo curioso es que, en vez de estudiar letras o algo similar, al terminar el colegio Caicedo ingresa como actor al Teatro experimental de Cali y se asocia con el grupo Los Dialogantes. Incluso llega a hacer una compleja y fallida adaptación de "Moby Dick" y otros textos literarios a las tablas.
“Recibiendo al nuevo alumno” y “El mar” son las obras de dramaturgia disponibles de Caicedo.
4. SUS MEMORIAS Y OTROS:
A parte del lanzamiento de “Mi cuerpo es una celda”, ya existía algo similar en que se revisaba la vida de Caicedo: “El cuento de mi vida”. Ahí, en primera persona, Caicedo revisa su vida, obra, los viajes a Estados Unidos y, por cierto, las películas. Asimismo, el libro de escritos cinematográficos “Ojo al cine”, recoge lo que escribió en cuanto a la que fue la pasión de su vida.
“El cuento de mi vida” está disponible en Google Books
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Quiero leer a Caicedo! Aunque preferiría comenzar con "¡Viva la música!", no se ve nada de mal la "autobiografía". De hecho estuve apunto de comprármela en la FILSA, pero habían ta ...