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Réquiem para el niño del pelo raro
David Foster Wallace fue uno de los mejores escritores estadounidenses de los últimos años. Uno que podía escribir de Kafka, Roger Federer o John McCain sin dejar de ser interesante, agudo y entretenido. Ensayista, cronista, cuentistas y novelista, el pasado viernes 12 de septiembre su esposa lo encontró ahorcado en su hogar. Aquí un homenaje al intelectual de pañuelos en la cabeza que dio clases con sus historias y pies de páginas
Por Antonio Díaz Oliva

David Foster Wallace (1962-2008)
Ciertos detalles contextuales permanecen sin aclarar.
Del cuento "Otro pionero"
Parecía una broma posmoderna. O una táctica de marketing para una nueva novela de mil páginas. Pero no: David Foster Wallace se ahorcó el pasado viernes 12 de septiembre en su casa en California.
Fue cosa de tiempo. Obituarios, hojas en los suplementos de cultura y páginas web, con recuerdos mortuorios sobre el primer cadáver de la generación McSweeneys.O de la Next Generation de las letras gringas, esa que reúne a Rick Moody,Dave Eggersy Michael Chabonentre otros.
Pero en momentos como aquel, lo menos que importaba era la etiqueta. Y en especial con Foster Wallace, a quien cualquier denominación le quedaba pequeña. A una pluma como la suya, ni siquiera se le podía tildar de inclasificable.
Una noticia así produce algo extraño entre sus lectores. Algo parecido a lo que sucedió con Kurt Vonnegutel año pasado cuando murió (de viejo); perder uno de esos autores que son de confianza, esos cuyos nombres evocan cierta complicidad. Pero —lo peor de todo— es saber que desde ahora, las lecturas de Foster Wallace tendrán una nueva carga. Ya saben: eso de que los libros y discos y películas mutan, varían de significado cuando el autor muere. Y más aún si es suicidio.

Otro pionero de cuentos raros
La realidad es que morirse no está mal, pero se tarda una eternidad Del cuento “El neón de siempre”
La gracia de Foster Wallace no estaba en escoger temas pop para su obra; estaba en escribir de esos temas con la misma lupa que ocupaba para cualquier otro asunto (política, deporte, cocina, turismo). Y eso corría tanto para sus libros de ficción como no-ficción.
Ahí están sus tres notables volúmenes de relatos: el ya clásico La niña del pelo raro (89) donde mezclaba punkis republicanos, una convención de ex protagonistas de comerciales de McDonald, un excelente cuento sobre el talk show de David Letterman y un aún mejor relato sobre las inclinaciones sexuales del alguna vez presidente gringo Lyndon B. Johnson.
Quedaba claro que La niña del pelo raro (89) no se parecía a nada que uno hubiese leído. Una mezcla entre los juegos laberínticos borgeanos, pero con altas dosis de cultura trash, pop y desechable.
Más tarde en Extinción (04) —su último volumen de historias cortas, pero no tan cortas— abordaba relatos que iban desde la creación de un nuevo bizcocho dulce (Señor blandito), hasta esa obra de arte en formato breve que es Encarnaciones de niños quemados, un relato con el que le cerraba la boca a todos los que lo acusaban de ser un escritor muy extenso y demasiado digresivo. Un relato que en apenas tres páginas, deja al lector suspendido en un suspiro. Todo gracias a una simple y trágica trama: una madre que da vuelta una olla de agua caliente sobre su bebé.
Ahora —con el autor muerto— lo que más resalta de aquella compilación de cuentos es El neón de siempre. En este relato, un yuppie triunfador nos cuenta sobre sus problemas psiquiátricos y de adaptación al mundo. Pero lo hace desde un auto a toda velocidad, y volviendo al tema de la muerte una y otra y otra vez. Como si, quién sabe, se tratase de una señal codificada.
“Sé que esta parte es aburrida y que probablemente esté aburriendo, pero se pone interesante cuando llego a la parte en que me mato y descubro lo que pasa inmediatamente después que una persona muere”, escribió en él.

Langostas y republicanos
Al mismo tiempo Foster Wallace era un destacado cronista y ensayista. Alguien que rescató los pies de páginas y los estrujó al máximo, matriculándose con un estilo curioso y único.
Comenzando con Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (97) (que se puede encontrar en una versión reducida en Chile) y en el cual Foster Wallace se mete a un pomposo crucero lleno de gringos, escribiendo frases de antología: “Hay algo ineludiblemente bovino en un turista americano avanzando como parte de un grupo”, o “parte de la desesperación general de este crucero de lujo es que no importa lo que haga, no puedo alejarme de mi americanidad esencial y nuevamente desagradable”.
En síntesis, una buena radiografía de la cultura estadounidense a través de sus veraneantes.
En la misma senda de cronista, su último libro: Hablemos de langostas (05) . Ahí salta desde el humor de Kafka, a las primarias republicanas del 2000 entre Bush y John McCain (que pueden leer acá) O la excelente pieza: “La experiencia religiosa de ver a Roger Federer” (que puedes leer acá) en la que analiza al tenista como si fuera un santo y revela su amplio conocimiento de un deporte que alguna vez practicó.

Por último en la crónica que da título al libro, Foster Wallace se va a un festival de langostas y hace un exhaustivo —y divertido— estudio del crustáceo rojo (que pueden leer acá). Un relato sobre la evolución de la langosta y lo que significa su celebración para la comunidad. La última gran prueba de su versatilidad, quizás su principal logro.
Parafraseando a su texto sobre Federer, podríamos decir que existen los “momentos Wallace”. Momentos cuya apreciación se hace más intensa, para cualquiera que haya leído o escrito lo suficiente. Momentos en que Wallace te hace sentir lo imposible: ¿los relatos que acabo de leer los escribió el mismo tipo?
Eso sucede con Breves entrevistas con hombre repulsivos (1999) , quizás la mejor puerta de entrada para su obra, y con la inabarcable La broma infinita (1996) .
El primero, una serie de relatos cortos que se leen mayoritariamente, a la velocidad de los cien metros planos, salvo aquellos textos en que Wallace se obliga a hacer lo que siempre hizo: experimentar con las formas.
Ahí pasamos a textos de 300 metros planos con vallas, muchas vallas, los obstáculos que implica leer a Wallace intentando crear nuevas formas de relatos, intentos que terminan siempre igual: con las páginas empapadas por el sudor de quien lee.
El segundo es su novelón de 1.200 páginas, que más allá de lo anecdótico de su extensión, resulta ser un desafío sin sentido para cualquier lector que lea por gusto, y no por alguna obligación académica o fanatismo “fosterceriano”.
Leerla es ago parecido a subir el Everest sin oxígeno. Una prueba de resistencia que regala incentivos, pero que suma dificultades monstruosas. Una experiencia agotadora, inhumana, gratuita, sin otro premio final a la hora de alcanzar la cumbre, más que obtener una linda vista del personal mundo de Foster Wallace.
Acá hay decenas de páginas en que el escritor demuestra que si hubiese querido, podría haber armado fácilmente una novela extensa, entretenida y de fácil lectura. Pero Wallace optó por otra cosa.
Desde la academia de tenistas mutantes, a los terroristas quebequenses, a los adictos a nuevas drogas en un planeta post nuclear, a los incomprensibles cineastas vanguardistas, cada mundo dentro del mundo de esta enorme novela tiene historias entretenidas, estilos disímiles, y un sinnúmero de pruebas que parecieran querer impacientar hasta al más bibliófilo. Una novela que se niega a entretenerte gratis.
No sabes muy bien de qué va, hasta que comienzas a entender el título. Sucede cuando hace su aparición una película que mata, una película tan entretenida que nadie puede dejar de verla, aunque sepan que terminarán muertos por hacerlo. Una experiencia única, que por eso mismo, todos quieren vivir.
Más que una novela La broma infinita (1996) es una performance, un ensayo, una locura. Un libro donde subyacen las obsesiones de la cultura estadounidense que obsesionaron a Wallace: la idea de que consumir más experiencias, y cada vez más intensas, es la única forma de libertad posible. Pero como casi nadie está dispuesto a pagar el sudor que requiere experimentar de verdad algo, bienvenido son los simulacros. Esa es la función de la industria del entretenimiento que plantea Wallace: una droga evasiva que tiene como fin satisfacer ese deseo de experiencias, desde la comodidad del sofá.
Todo desarrollado —he ahí la genialidad— en un enorme libro que pareciera no querer ser leído. Una novela que es en sí misma, una broma infinita. Una pieza de entretenimiento, un libro donde el autor parece que pretendiera, secretamente, que lo dejes de lado. Que escapes de él, que te rindas en el camino. Que comprendas que es mejor cerrar el simulacro y salir a vivir. Un libro donde tal vez, y sólo tal vez, duerme la paradoja del -ahora- escritor suicida.
Morir a los 46 años siendo un escritor debe ser como morir a los 27 años siendo rockero. Parecía que a Foster Wallace le quedaba cuerda para rato. Pero, por mucho que fantaseemos, nos quedaremos con la incertidumbre de sus mundos futuros. Como dijo un anónimo en un blog, “recién ahora David Foster Wallace ha comenzado a reírse de la broma infinita”.
Desde acá, escuchamos sus carcajadas.
En Biblioteca de Santiago encuentras el libro de cuentos Extinción (2004).
La ganadora de la última novela de Washington Cucurto es Marcela Suazo Toro de Talca. Te haremos llegar el premio hasta allá.
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