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El fumador y otros cuentos

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HERMOSOS PERDEDORES

Historias sobre parejas de cesantes que ven TV todo el día, un escritor itinerante que vende sus propios libros y pueblos sureños donde el boxeo es la única alegría. De eso y más hay en “El fumador y otros cuentos” del alabado escritor Marcelo Lillo quien dejó todo por la literatura y prometió matarse si no le iba bien. Una compilación enraizada en la tradición de Chejov y Carver, y que sorteamos abajo.

Por Antonio Díaz Oliva



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Para que funcione esta historia tendría que ser narrada con un tono lastimero. Frases simples y sin muchos adjetivos para ir al grano. Comienza con un profesor de liceo que por las tardes hace clases en un preuniversitario. Vive con su señora en Valdivia y gana un millón al mes. Escribe y lee harto, aunque le gustaría tener más tiempo para la literatura. El punto de inflexión de esta historia es cuando este profesor renuncia a todo y, junto con su pareja, se van a Mehuín, un balneario sureño, para dedicarse a la escritura.

Más adelante ganará un importante concurso de cuentos y varios certámenes más. Pero por el momento quedémonos ahí, en esa pequeña localidad sureña, con la leña mojada y el frío que cala los huesos. Mejor sigamos en Mehuín que en verdad podría ser cualquier pueblo chico situado de la octava región hacia abajo. Porque ese es justamente el ambiente donde Marcelo Lillo (50) dio un vuelco tajante en su vida.

“Hice un pacto de muerte: si en cuatro años no me iba bien, o sea, no ganaba más concursos, me pegaba un tiro. En serio. Me compré una Colt 45”, confesó en una reciente entrevista.



SIN HEROÍSMOS

El hecho de que Marcelo Lillo sea y viva en el sur se nota en sus relatos. Tienen olor a eucalipto, leña mojada y humo de chimenea, aunque no exista en ellos un sur definido y demarcado. No se menciona nombres. En “El fumador y otros cuentos” todos los escenarios son sureños, pero de un imaginario colectivo que no se puede señalar en el mapa.

“Aún hoy, cuando recuerdo aquella ciudad, puedo sentir el olor a barro que salía del río, oigo el picoteo de la lluvia en los techos y escucho los gritos de la muchedumbre congregada en el gimnasio los sábados por la noche cuando se escenificaban los combates de box”, dice el personaje del relato “40 caballos”, mientras cuenta la historia de una ciudad sureña donde el box es la alegría de la semana y las lecciones que un famoso boxeador local -que años más tarde termina en la cárcel- le da en una carnicería.

A su vez en “El fumador” nos enteramos de los encuentros de un cuarentón con un escritor itinerante que vende sus propios libros y dice odiar a los otros escritores, “a esos que escriben en sus casas, delante de una mesa, bien calefaccionados y escuchando música”.

Esos dos relatos grafican bien los lugares y sensaciones desde dónde escribe Lillo, también la forma e intención de su escritura. Porque Lillo se sitúa en la misma esquina que Raymond Carver,Richard Fordo Antón Chejov.Minimalismo o Realismo Sucio dirán algunos. Relatos en donde los protagonistas son gente de medio pelo, de ese día a día que trata mal y ayuda a envejecer. Historias donde incluso los escritores pierden cualquier aura mágica, abducidos por la sucia realidad del día a día. “Sin heroísmos, por favor”, como diría Carver.



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A FELICIDAD JA,JA,JA

De los diez cuentos reunidos, “La felicidad” (que puedes descargar gratis abajo) es tal vez el que mejor sale parado. En él, una pareja de desempleados se pasa día y noche viendo TV y venden las pocas pertenencias que les van quedando para sobrevivir. Por una serie de acontecimientos terminan en la casa de enfrente en una fiesta de cumpleaños.

Ahí la pareja de desempleados comen torta, toman chocolate caliente (algo que no hacían hace siglos) y juegan con el cumpleañero: un niño pequeño sin piernas que ocupa prótesis. Un rato después éste se acuesta y los adultos quedan solos.

“Usted sabe”, dice la madre del niño, “los invitamos pero nunca vienen”. Y esa es la frase indicada para que el lector especule ¿quiénes son a los que invitan pero nunca vienen? Seguramente los compañeros de kindergarten o los amigos del barrio, los que prefieren no ir porque el cumpleañero es inválido y tiene piernas ortopédicas y, se sabe, los niños pueden llegar a ser muy crueles. Pero todo eso es lo que deducimos, en verdad no lo sabemos con total certeza y mejor así porque el cuento se disfruta más.

En el relato, a la pareja desempleada tampoco les importa o lo esconden muy bien. Se retiran de la casa vecina y simplemente hacen lo de siempre: acostarse y ver películas hasta la madrugada.

De ese tipo de historias hay en “El fumador y otros cuentos”. Y aunque por ahí Lillo falla en la puntería contando anécdotas que pueden sonar algo manoseadas (“Hielo” “No era mi tipo”), hay por lo menos cinco o seis en que acierta medio a medio (“El fumador”, “La felicidad”, “40 caballos”, entre ellas) y que se disfrutan bastante. Relatos en donde no se narra la vida de los marginados, sino de los que se auto marginan. Como en le caso del Realismo Sucio de Carver o Ford, pero agregándole una pizca de cariño y aprecio por los personajes, convirtiéndolos así en una suerte de “hermosos perdedores”, en palabras de Leonard Cohen.

Algo que bien describe el mismo narrador de “40 caballos” cuando recuerda de los boxeadores de su pueblo: “Era triste ver a personas humildes infladas por un triunfo, y meses después hallarlos revolcados en el barro una mañana mientras iba al colegio, bañados en alcohol y en el olvido porque detrás de cada victoria está la derrota esperando su oportunidad”.



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EL MENOS ES MÁS DE LILLO

A diferencia de lo que pasa en sus cuentos, la historia de Lillo sí tiene un final, no digamos feliz, pero sí sin cuota de tragedia.

Sin embargo tampoco podemos hablar de final; Lillo recién publicó su primer libro y, asegura, tiene otro ejemplar de cuentos y una novela en camino. Pero, por lo menos, no ocupó su Colt 45. Eso pese a que llegó el 2006 y su plazo y promesa caducaron.

Es verdad que había ganado varios concursos (incluyendo el concurso Paula edición 99 con el relato “Hielo”), pero el hecho de haber enviado “La felicidad” a Paula (años después de que ganara) y ni siquiera salir entre los diez finalistas, lo tenía algo decaído. Quién sabe, tal vez era tiempo de volver a pensar en la Colt 45.

Hasta una tarde en que Lillo, ahora residiendo en la localidad de Niebla, salió a comprar leña y recibió una llamada del crítico español Ignacio Echeverría(albacea de Bolañoy propulsor del escritor valdiviano) para darle ánimo y pedirle que le enviara algunos cuentos.

Y entonces vino la publicación de Marcelo Lillo en España. De ahí “El fumador y otros cuentos” salió en Chile, dio algunas entrevistas y aparecieron una que otra reseña o crítica con alabanzas.

Y la Colt 45 quedó escondida en alguna parte. Aunque eso no lo sabemos y, en verdad, no importa. Porque lo interesante —al igual que en los cuentos de Lillo que vale la pena leer— radica en ese no saber. En ese menos es más con que cuenta las vidas de los “hermosos perdedores” y que le termina dando el valor a sus relatos.


Sorteamos un ejemplar de El fumador y otros cuentos de Marcelo Lillo, cortesía de Rando House Mondadori. Deja tu comentario y ya estás participando.


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Jorgeriosdelrio  escribió...

Me he paseado por Niebla exclusivamente para pillarlo y ofrecerle un cigarro... se nota que es un tipo con bolas y esa mirada lejana que da la sensación de suicidio inminente, aunque no creo que se mate, tiene que amar a su e ...

8:11PM 12/08/2008

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El fumador y otros cuentos
(8/1/2008 11:17:00 AM)

Extracto, gentileza Editorial Mondadori, 2008.


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