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POLICÍAS, PERIODISTAS Y LADRONES |
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Delincuentes. Microtráfico. Consumidores. La Policía de Investigaciones librando una batalla imposible de ganar. Soldados de primera línea, enfrentando un problema social que no se puede resolver sólo con esposas y balazos. Un equipo periodístico grabando el partido, sin comentarlo. Esos mundos confluyen en Policías en Acción, el mejor programa que ha dado el género policial en Chile. Nos pusimos un chaleco antibalas, y los acompañamos en sus grabaciones. Esto es lo que pasó.
Por Luc Gajardo
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¿Y ESTO CUANDO SALE?
Todo fue producto de un mal entendido. De la combinación de un grupo de desafortunados factores. Del frío de la madrugada, la adrenalina, y un hombre que despierta en medio de un allanamiento policial. Un golpe. Dos golpes. Tres golpes con el muerto (un fierro grueso con forma de bazuca) y la puerta se va abajo. Corremos escalera arriba hacia las habitaciones del segundo piso.
-¡POLICÍA! ¡POLICÍA!
La familia despierta en shock. Dos niñas acostadas en una cama lloran y gritan. ‘¿¡Qué pasa, qué pasa papito?!’.
Las niñas se esconden bajo las sábanas. La señora E. con cara de sueño, las mechas disparadas al cielo y cubierta con un camisón, enfrenta a los oficiales. A los oficiales, a un periodista y un camarógrafo, que todo lo ilumina. Porque esta es la realidad policial de cada día, hecha show televisivo semanal.
Las niñas gritan y su papá no aparece. Pero Juan no tarda en ser descubierto. Está escondido en un clóset, un clóset que ni siquiera tiene puerta.

Ahora estamos todos en la misma pieza y una de las niñas sostiene un celular.
— ¿A quién estai llamando?—interroga un policía— Dame eso.
— A nadie, a nadie —responde asustada.
— Pásamelo.
— Oye hueón no tratís así a mi hija…
Entonces el tipo se nubla como la borrosa mañana y se va encima del oficial.
Una mesa de vidrio explota. El detective aún no se reincorpora cuando cuatro policías se le van encima al tipo. La escena es digna de final de rugby y ocurre en tres segundos.
Los policías le caen a combos al detenido. Los golpes suenan a carnicero ablandando carne. Una pistola se le incrusta en el cuello y los ojos le saltan casi fuera de sus cuencas. Grita y su esposa e hijas gritan más. Los policías también gritan, hasta que todo el ruido se vuelve una sola frecuencia estática.
El periodista mira al detective que se sacude los vidrios, y le hace una seña al camarógrafo que parte a hacer tomas del resto de la casa. La adrenalina, la tensión y el frío de la madrugada porteña le dan sólo una orden a mi cuerpo: tiritar.

Ahora estamos en el comedor de la familia. Los ánimos se calmaron y el caos de hace unos minutos se extinguió.
Patricio Amaya, periodista de Policías en Acción, le explica a la familia que los están grabando para el programa de Chilevisión. Comienza a hacer preguntas. Eugenia, la esposa, abre los ojos llorosos y dice. “No le puedo creer. Yo estaba viendo el programa anoche y pensaba ‘Dios mío, ojalá que nunca nos pase algo así’. Cuando entraron pensé que eran ladrones”.
Juan, de 64 años, con la cara hinchada y esposado, pide a sus hijas que le traigan un par de pantalones. Respecto a los golpes no dice nada. Es un choro viejo y sabe que en este juego, si das, te dan.
Dos perros negros, un poodle y un quiltro, miran cómo los policías dan vuelta la casa hasta dar con un estante de cajones y un bolso, que sepultan la versión de inocencia de Juan. Tarjetas de crédito. Chequeras. Cédulas de identidad. Las pruebas del delito. La evidencia.

Las niñas lloran. Juan las mira desolado.
— Algún día tenía que pasar —dice la mayor.
— Sí…pero para qué tan drásticamente…—contesta el padre.
— Shhh y ¿qué queriai? ¿que te tocáramos el timbre y pidiéramos permiso? —interrumpe un oficial que carga cajas de evidencia.
Silencio. Álvaro graba. Las paredes están repletas de artesanía e íconos de izquierda, ecos de un pasado revolucionario. Y poemas. Juan es poeta. Nos muestra cuadernos llenos de poemas caneros. Hablan de libertad. Del sol que extraña. Muestra una obra de teatro que escribió. Se llama ‘Vámonos de Putas’. La escribió en la cárcel, donde ya ha estado varias veces.

— Cada vez que me cargan y caigo, me propongo hacer otra cosa. Esta última vez incluso estaba armando un negocio de vender mariscos. Ahora todo de fue a la mierda —musita.
— Si delinquió es porque nadie le dio una oportunidad —lo defiende su esposa— Ahora que se lleven todo nomás. Vamos a empezar de cero, no se cómo, pero yo no quiero que mis hijas sean delincuentes.
Amanece completamente en Valparaíso. Ninguna de las tres niñas irá a clases hoy. Juan baja las escaleras con la cabeza gacha y sin esposas. Los policías accedieron a quitárselas; al frente de la casa queda la escuela de las niñas y a esta hora ya están todos sus compañeros afuera.
Suben a Juan a una camioneta y nosotros nos subimos a otra. Antes de marcharnos, le explican a la esposa dónde tiene que ir para ver a Juan. Ella se despide y nos pregunta: “Chiquillos… ¿Y esto cuándo sale?”.
Y lo hace sonriendo. Con una de esas sonrisas amargas, llenas de tristeza y derrota.
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EL PARTIDO INFINITO
Ya es casi mediodía y el sol asoma con esfuerzo, pero no alcanza a elevar la temperatura. Estamos de vuelta en Santiago. Mientras los policías esperan al fiscal y la prensa, ordenando los objetos incautados sobre unas mesas en el frontis de la Bicrim, el inspector Manuel Pavez (30) habla del partido que le toca jugar día tras día. Específicamente, del equipo rival.
“Independiente de que sean delincuentes, son personas. Entendemos que hay toda una problemática social detrás. Pero nosotros somos un órgano investigativo y también represivo; la recuperación sicológica y social en estos casos simplemente no nos corresponde a nosotros”.
Delincuentes. Microtráfico. Consumidores. La Policía de Investigaciones librando una batalla que saben, es imposible de ganar. Soldados de primera línea enfrentando un problema social, que no se puede resolver sólo con esposas y balazos. Y un equipo periodístico que ha decidido registrar el partido, no comentarlo.

Esos son los mundos que confluyen en el docu-reality Policías en Acción.
“Los policías y las personas a las que persiguen y detienen, interactúan en un gran escenario donde cada uno sabe cual es su rol. Yo sé que si estoy cogoteando en la esquina, posiblemente en algún minuto llegue la policía y me lleve detenido. Así como también sé que si soy policía y parto a agarrar a unos gallos que están buscados por asesinato, me pueden disparar”, dice Rodolfo Gárate, editor periodístico del programa.
“En ese sentido hay códigos entre ellos, que parten por el lenguaje, el cómo se comunican. A nosotros como programa nos interesa eso. Decidimos que más allá de cubrir hechos policiales, intentaríamos contar historias. Históricamente el periodismo policial ha tenido una tendencia moralizadora, y nosotros estamos convencidos de que no queremos moralizar. No dividimos el mundo entre buenos y malos”.

Esa postura es la que queda plasmada en Policías en Acción. Desde su cuidada gráfica, que mezcla trazos de cómics con el estilo visual de un videojuego tipo GTA,a su ética de mostrar y no moralizar, ponen a este programa en la vereda contraria a su más directo competidor, 133 de Mega, un programa que usando un particular relato en off y tanta sangre como adjetivos sea posible, acumula youtubazos bizarrosy un mayor rating.
Lo de Policías en Acción va por otro lado. Carlos Moena, director del programa, explica: “Para uno como ciudadano esta relación es una cosa muy ajena. Esta familiaridad, el que los policías terminan hablando casi igual que los choros es una cosa que sorprende. Se tutean y se ponen al mismo nivel. Acá funciona la lógica del refrán ‘a choro, choro y medio’. Finalmente se conocen, se han visto muchas veces. Para nosotros, la gracia está en contar la historia con igual pantalla para la policía que para los choros. Trabajamos con esa distancia”.
A fin de cuentas, lo que este docu reality muestra es un partido sin tregua y sin reloj, donde unos y otros corren, se dan patadas y meten goles sin que nadie gane nunca. Porque pase lo que pase, el pasto de la cancha seguirá estando en condiciones óptimas. Bien regado por una sociedad desigual y en permanente tensión.
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UN CÓMIC POLICIAL
Ayer Álvaro Rodríguez pasó una mala noche. El camarógrafo apenas pudo dormir un par de horas pensando en lo que se le venía. Estaba a la espera de ir en busca de un peligroso grupo de sicarios.
Los nervios se lo comían pensando en el chaleco antibalas que debe usar mientras graba. En el acuerdo que todos los periodistas y camarógrafos del programa firman con la productora, donde se establece que tienen cobertura médica total en caso de salir heridos. En los 120 millones de pesos que vale, según ese mismo acuerdo, en caso que resulte muerto.
La noticia de que los planes cambiaban por un “operativo más de rutina” como explica, lo tranquilizó un poco. Es que sentir el estómago apretado es parte de las reglas del juego, cuenta, mientras juega con “Pitilla”, un perro que adoptaron en la Brigada de Investigación Criminal.

Antes de partir al operativo de rutina estoy en la oficina de Francisco Argüelles, jefe de la Prefectura Metropolitana Occidente, en pleno corazón de Maipú. Sobre su enorme escritorio hay montañas de documentos, pero lo que más llama la atención es una figura de acción: parece ser un GI JOE enchulado como miembro del ERTA (Equipo de Reacción Táctica de la Policía de Investigaciones), del cual forma parte.
La figura viste completamente de negro y está fuertemente armado. Me recuerda al Inspector Mardones, quien durante un operativo me confesó algo avergonzado, que tiene una colección de casi cien figuras de acción, y que había ingresado a la Escuela de Investigaciones porque su sueño era ser superhéroe. Batman específicamente.
“Los cabros del equipo táctico me lo regalaron”, cuenta orgulloso el Prefecto Argüelles. “Soy un veterano, pero igual como jefe tengo que liderar las operaciones de riesgo. El ERTA es el equipo que enfrenta las situaciones más delicadas. Donde hay que actuar lo más rápido y delicadamente posible”.
Arguelles lleva 31 años de servicio activo. Antes estudió Veterinaria. Su esposa es subprefecto en retiro y su hijo de 25 años, detective. Su hija, que estudia fonoaudiología, es la única que no siguió ese camino.

¿Cree que el programa representa bien el trabajo de ustedes?
“Yo tenía mis aprensiones al respecto, pero me gustó que en el programa la cámara está ahí, y a veces los procedimientos no salen tan bonitos como se ven en las series o las películas. La gente finalmente agradece que le muestren la realidad.
Eso es lo real. Acá no hay una voz en off que va relatando lo que pasa. No. Los garabatos, por ejemplo, responden a la tensión del momento. No vamos a llegar a decir ‘Sr. delincuente, por favor detenga su andar y suba sus extremidades superiores’. No pues. Uno va y dice ‘¡Manos arriba! ¡Abajo mierda!’ Porque uno está tratando de ejercer una presión sicológica. Y además que uno tiene que interactuar con un lenguaje que entiendan".

¿Y qué opina del tono medio humorístico que tiene a ratos Policías en Acción?
“Es que lo que muestra el programa es la vida. Hay cosas muy jocosas y otras muy trágicas. Es como decía Shakespeare ‘la vida es un gran escenario donde entran y salen personajes’. Algunos son divertidos, otros no tanto”.
Y la vida, como el programa, es una tragicomedia. Un perro antinarcóticos que se equivoca en incriminar a un transeúnte inocente. Detectives de cabeza investigando el robo de una vaca. El clásico borracho anti-sistémico y pelacable, son algunas de las escenas que quedan grabadas.
De vuelta a la rutina. Es casi medianoche mientras patrullamos por la población La Pincoya. Llegamos con las balisas silentes pero luminosas y azules. Una caravana de casi diez autos.
“Este es un operativo más que nada preventivo. La idea es controlar antecedentes, en caso de que haya órdenes de detención pendientes,” explica el Inspector Riquelme mientras un grupo de detectives controla a tres jóvenes que sentados en una plaza toman cerveza.

“Estos procedimientos son por lo general así, medios lateros, pero es parte del trabajo de Investigaciones también”, comenta bostezando y con frío Diego Zurita, periodista de P.E.A. , antes de entrevistar a unos tipos que esperan sus carnés de vuelta.
— ¿Y ustedes qué andan haciendo en la calle a esta hora?
— Tomando unas cervezas nomás poh. Y echando la talla. Si es jueves poh, viernes chico. ¿O no?
— Sí… ¿Y por qué no se juntan en una casa? Digo, hace cualquier frío.
— ¿Y tu creís que vivimos en mansiones acaso? Esta plaza es como nuestro livin’… Ya, y no me grabís tanto que no estoy ni ahí con hacerme famoso.
Los policías devuelven las cédulas. Están todos limpios. Damos vueltas por casi dos horas. No pasa absolutamente nada. Sólo revisión de carnés. Seguimos patrullando. Pasando por las mismas calles una y otra vez. Topándonos con las otras patrullas. Revisando por equivocación a los mismo grupos dos veces.

Policías y periodistas comparten cigarros mientras nos estacionamos a la espera de un orden superior, que dé por terminado el control de identidad.
“Es que entramos muchos autos para un lugar tan chico… Además se chiflan desde la entrada de la población para adentro, entonces todos los cocodrilos se guardan. Al ratito que nos vayamos van a salir a la calle de nuevo”, le comenta un detective al periodista.
Recibimos la orden de retirarnos. Salimos de la población. El camino de regreso a la productora es largo. Diego no cree que de esta salida vaya a ver la luz alguna nota. Lo comenta sin ponerle demasiado color, como sabiendo que habrá salidas “mejores”. Siempre hay partidos mejores.
El de esta noche estuvo tan fome como un cero a cero. Más que eso, fue un walk over. El otro equipo ni se presentó. Mientras esperamos la luz verde para enfilar por Tobalaba, una fila de autos de Carabineros espera la luz verde, pero al frente, para entrar a hacer lo mismo que acabamos de hacer. Por que si hay algo de lo que podemos estar seguros, es que en este tipo de partidos el pitazo final no sonará jamás.
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