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EL ÚLTIMO DE LOS DON

El Washington Post lo dijo mejor que nadie: “Desde el momento en que el primer avión chocó contra el World Trade Center, algo era inevitable: Don DeLillo escribiría una novela sobre eso”. Pues bien, la traducción de esa novela ya está acá: El hombre del salto (07), lectura obligada en la lista de los imperdibles 2008, que revisamos junto con Submundo (97) y Ruido de fondo (84), dos clásicos del mundo DeLillo que puedes conseguir en las bibliotecas.

Por Antonio Díaz Oliva


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EL LADO OCULTO DE LA FUERZA

Llamémosle sincronía: un oficinista en el suelo con sangre en la frente. Estamos en Tobalaba, en el pasillo de combinación desde la línea 1 a la 4 . Son pasadas las seis de la tarde de un miércoles y en mis manos tengo El hombre del salto (07), la última novela de Don DeLillo, mientras otro evento —también muy DeLillo— sucede: los guardias parecen haberse extinguido.

Con varios pasajeros buscamos alguno para ayudar al tipo que sufrió un ataque de epilepsia y se golpeó la frente contra el piso. Pero no hay ninguno por los alrededores.

Aquel suceso bien podría ser parte de una novela de DeLillo. Una novela conspirativa en la que la desaparición de los guardias sería otra sincronía de una serie. Porque a DeLillo le encantan es tipo de temas: “suspicacia, miedo, paranoia, la sensación de que el curso de la historia está en manos de fuerzas ocultas”, como declaró una vez.

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Temas que ha trabajado a lo largo de sus quince novelas, un flirteó cinematográfico que terminó en el guión de la película Game 6y cuatro obras de teatro entre las que se encuentra Valparaíso, donde un tipo se sube un avión para ir a la ciudad de Valparaíso en Indiana, pero debido a errores varios termina aterrizando en el puerto chileno.

Temas que a uno como lector, lo pautean en algo no menor: la forma de mirar el mundo (para eso están los libros, las películas y los discos, ¿no?). Y DeLillo lo hace con la cuota de suspicacia y escepticismo que necesitamos. Obras que nos incitan a dudar y, algo que muchas veces se olvida, cuestionar.

En la mayoría de sus libros DeLillo parece advertirnos que no todo lo que brilla es oro, que eso que nos engaña con su resplandor puede que termine siendo plutonio, deshechos tóxicos o –quién sabe- incluso algo peor.

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UN DON

Con una infancia que bien podría haber sido filmada por Martin Scorsese al estilo de Mean Streets(73) o Goodfellas(90), DeLillo creció en un barrio en el cual la única diversión era jugar póker y béisbol. Un típico gueto de inmigrantes italianos en Nueva York donde —según el mismo autor— la filosofía de vida era “because its none of your fucking business”.

Rara vez pensó ser escritor, hasta los que a los diecisiete consiguió un trabajo estacionando autos en la playa y gracias al tiempo libre, comenzó a leer. Partió con Hemingwayy Faulkner.Y como un escritor lleva a otro y ese otro a otro y así sucesivamente, nunca paró.

Hasta que a los veintisiete años DeLillo hizo lo que a muchos nos gustaría: renunció al trabajo (era publicista) y se pasó los siguientes seis años leyendo, escribiendo y asistiendo al cine en horario matiné.

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Se convirtió así en un “solitario apasionado”, como le gusta autodenominarse. Actitud que hasta hoy mantiene, ya que DeLillo es de ese tipo de escritores que prefieren la reclusión. Pero no al estilo de J. D. Salingero Thomas Pynchon;DeLillo sí da entrevistas, hace lecturas y firma libros (de vez en cuando). Y hasta va al estadio a ver partidos de béisbol, su deporte favorito.

Luego de esos seis años de entrenamiento DeLillo publicó Americana (71) su primera novela, una sobre un infeliz ejecutivo de televisión que hace una road movie autobiográfica a través de Estados Unidos.

También, entre medio, escribió Jugadores (77), donde ya daba pistas de que el terrorismo sería un tema de su obra. Pero no sería hasta Ruido de fondo (84), cuando el reconocimiento le llega y lo meten al grupo de escritores estadounidenses de segunda mitad de siglo XX como Philip Roth,el mismo Pynchon y hasta Cormac McCarthy.


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MÁS QUE BULLA

Ruido de fondo (84) nos sitúa en una de esas universidades gringas ubicadas en una ciudad desértica. El personaje principal es Jack Gladney, presidente del departamento de investigaciones sobre Hitler, pero que extrañamente no sabe alemán.

Padre de familia en un suburbio, un día una enorme nube tóxica se acerca y tiene que evacuar su casa con señora e hijos. Es camino a los refugios cuando nota que la gasolina se acaba. Ahí, mientras carga el auto de combustible en una estación vacía, Jack entra en contacto con la sustancia tóxica que podría gatillar su muerte en algunos años. Aunque, como le explica su doctor más tarde, tampoco es tan seguro. O sea, si pasa tal cantidad de años es porque seguirá con vida. Y si no, se muere.

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La vida de Jack se enreda más cuando su esposa se ofrece para ser conejillo de indias en la fabricación de un remedio que apacigüe el miedo a la muerte, y termina relacionada sexualmente con el doctor del experimento. Este suceso hará que Jack se mueva entre el miedo a una inminente muerte y la rabia del engaño de su mujer, con ansias de encontrar a aquel doctor y cobrar venganza.

A través de algunos pasajes Ruido de fondo muestra un tono paranoico —y hasta psycho al final— en el cual se puede ver la influencia que tendría en escritores como Bret Easton Ellis,Chuck Palahniuky —quizás su alumno más aventajado— David Foster Wallace.

DeLillo ya estaba instalado en las grandes ligas de las letras norteamericanas. Aunque aún le quedaba un reto: Submundo (97), su obra más ambiciosa a la fecha. Un novelón en donde se echa al bolsillo gran parte de la mitad del siglo XX, como si nada.


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EL BUDA DE LOS SUBMUNDOS

“El World Trade Center estaba en construcción, remontándose ya, con dos alturas gemelas, con grúas inclinadas en las cumbres y ascensores de obra deslizándose por sus costados (…)
— Yo lo concibo como un solo edificio, no dos —dijo ella—. Aunque, claramente, se compone de dos torres. Se considera una única entidad, ¿no es cierto?”
(Submundo, 97)



Submundo es una novela coral: narra muchas historias desde muchos ángulos. Comienza con un partido de béisbol en el año 1951 y un home run histórico, al mismo tiempo que la Unión Soviética hace su primera prueba nuclear. Ambos sucesos son el inicio de la segunda mitad del siglo XX. Años en donde la guerra fría se va intensificando gradualmente, incluyendo la crisis de los misiles con Cuba y la proliferación de armas radioactivas en el mundo.

Pero como esta no es una novela que aspire a narrar la historia a partir las altas cúpulas de poder, DeLillo muestra el ambiente de la segunda mitad del siglo XX desde abajo. Por eso se mete en los barrios bajos de Nueva York, y cuenta, por ejemplo, la historia de Ismael Muñoz (más conocido como Moonman), un grafitero que pinta los vagones del metro y luego desaparece misteriosamente.

También narra la famosa fiesta de antifaces del 66 o Black and white ballde Truman Capote,en que se pasean las celebridades de la época (“Andy Warhol pasó junto a ellos provisto de una máscara que era una fotografía de su propio rostro”) y a la cual asisten Edgard Hoover,fundador del FBI, y Frank Sinatra, dos personajes que DeLillo ocupa en la novela.

O las víctimas que va cobrando el Asesino de la Autopista de Texas, el miedo que causa en la población, y Nick Shay, lo más cercano a un protagonista en la novela, quien trabaja con deshechos tóxicos los cuales “constituyen la historia secreta, la infrahistoria, el modo en que los arqueólogos excavan la historia de las culturas tempranas….”.

Submundo es una “novela río” de la cual se desprenden varios hilos conductores que DeLillo toma, deja y vuelve a tomar, para dejarnos con una madeja histórica frente a nuestros ojos. Además —y aquí lo curioso— hay un par de pasajes en donde las torres gemelas aparecen (como el epígrafe de arriba) y que leídos luego del 11 de septiembre del 2001, resultan bastante inquietantes.


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EL SALTO DE DELILLO

“Esto era lo próximo. Hace ocho años, pusieron una bomba en una de las torres. Nadie se preguntó qué sería lo próximo. Esto era lo próximo. Cuando hay que tener miedo es cuando no hay motivo para tenerlo”.
(El hombre del salto, 2007)



Llamémosle sincronía: meses después de que DeLillo publicara Body Art (01) —una obra bastante flaca dentro de su producción—, las dos torres gemelas se desplomaban. Y ahí lo teníamos: un escritor que había agotado buena parte de sus temas luego de su novela más ambiciosa (Submundo) y un ataque terrorista en uno de los lugares más simbólicos de Estados Unidos.

El 11 de septiembre del 2001 perfectamente podría haber sido escrito por DeLillo hace décadas. Pero como no fue así, y como bien dijo el Washington Post, la única certeza que quedaría es que “…escribiría una novela sobre eso”.

El ensayo En las ruinas del futuro, que redactó luego de una visita a la zona cero, más otras sincronías varias, fueron los puntos de partida para El hombre del salto. Como que la haya empezado a escribir el día después de la reelección de George W. Bush. O que todo haya marchado gracias a una imagen que le daba vueltas la cabeza: un oficinista cubierto de polvo y cenizas que —maleta en mano— arrancaba del perímetro de los ataques. Ahí fue cuando DeLillo se preguntó: “¿Quién es ese tipo?, ¿cuál es su historia?, ¿qué pasa con el bolso que lleva?”.

Y ahí fue cuando su esperada novela sobre el 11-S dio el primer salto.

Lo curioso es que DeLillo se dio cuenta más tarde, mientras revisaba artículos e informes sobre los atentados, que la foto existía. Ya no era un trozo de su imaginación, porque siempre había sido parte de la realidad.

En El hombre del salto hay tres historias primordialmente. La primera es sobre el personaje que le da el título. Un tipo que, a modo de performances, hace polémicas intervenciones en las calles de Nueva York. Se tira de edificios de la misma forma que una de las víctimas, que quedó retratada en una impactante foto.

La segunda historia —y la central— narra el 11 de septiembre desde adentro. Literalmente, porque cuenta la historia de Keith Neudecker (personaje inspirado en la imagen que imaginó y luego vio DeLillo), un abogado de 39 años que trabaja en el World Trade Center.

Casi como inercia y antes de ir a un hospital, lo primero que Keith hace luego de salir con vida de los ataques es dirigirse a la casa de su ex esposa (la cual dicta un taller de escritura a grupos de gente con Alzheimer). Ese es el comienzo de una suerte de reencuentro, y también el comienzo de la obsesión de su hijo con Bin Laden (al nivel de inventar un lenguaje secreto con sus amigos).

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Y la última es sobre Hammad,uno de los terroristas suicidas a quien le seguimos la pista desde Alemania, con sus practicas en un software de piloteo, hasta el mismo día de los ataques desde dentro del avión. “Todos los pecados de la vida te son perdonados en los próximos segundos. No hay nada entre la vida eterna y tú en los próximos segundos”, dice a punto de estrellarse con una de las torres.

El hombre del salto se lee rápido, funciona y se libra de cualquier patriotismo en que podría haber caído cualquier otro autor norteamericano al narrar este hecho. Ok, el 11-S ya es un tema abordado. Stephen King,Philip Roth, Ian McEwany hasta Brooklyn Follies (05) de Paul Auster(amigo de DeLillo) que termina con el ataque a las torres.

Pero lejos de las a veces forzadas, y demasiado mágicas coincidencias de Paul Auster, en El hombre del salto lo que prima son las sincronías. Hechos que a primera vista podrían parecer coincidencias, pero que misteriosamente parecen haber sido ideados para encajar. Porque, como se lee en Submundo: “al final, todo está conectado”.

Y si justamente Submundo es la novela que da inicio a la mitad del siglo XX, El hombre del salto es la novela que le da fin. O que arranca el siglo XXI. De todas maneras, un punto de inflexión: “El estrépito permanecía en el aire, el fragor del derrumbe. Esto era el mundo ahora”.

El hombre del salto (Seix Barral)
240 páginas. Precio de referencia $11.900

También se puede encontrar en la Biblioteca de Santiago junto con Ruido de fondo (84), Libra (88), Submundo (97), Cosmópolis (03) y Mao II (91).

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Bitin  escribió...

Puede ser que el artículo esté algo sobrecargado de nombres y datos, elementos que sólo sirven si se trata de un público especializado (no es el caso de la zona, supongo), pero de todas formas sirve para que de ...

12:29PM 17/06/2008

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