Multinstrumentista, viajero y dueño de una voz que en vivo pone los pelos de punta, Nano Stern escribe canciones como recorre países. Mientras prepara su más ambiciosa gira, una que va desde Rusia hasta China por el transiberiano junto con otros 14 músicos, hablamos con uno de los cantautores nacionales que hay que ver sí o sí, cada vez que vuelve a Chile.
Por Macarena Lavín.
PURA SANGRE
“Creía que Chinoy me iba a devolver la guitarra con las cuerdas rotas porque ese weón toca como una animal. Pero me la pasó y ¡las cuerdas estaban con sangre! Ojalá no me pase lo mismo, sería complicado”, dice Nano Stern.
La gente que repleta el Cine Arte Normandie se ríe como durante toda su presentación, la misma que termina con rabiosos aplausos que obligan a Stern a volver al escenario, a pesar del “reto” de los organizadores.
Si algo quedó claro en el Primer Festival de Solistas Solitarios que reunió a Chinoy,Stern y Gepe , el sábado recién pasado -junto a los argentinos Félix y Coiffeur- es que estamos ante una nueva generación de cantautores nacionales, la cuarta desde la Nueva Canción Chilena. Sólo faltó Manuel García para que el “equipo” estuviera completo.
Como todos los músicos folk chilenos, se trata de un grupo de cantautores que tienen en Violeta Parra a su “mater familia”, pero que a diferencia de sus predecesores parten desde el rock.
Todos han participado en alguna banda rockera: Stern en Matorral, Gepe en Taller Dejao, García en Mecánica Popular, Chinoy en Don Nadie, un grupo punk de San Antonio. Una actitud más que un sonido, que se cuela a la hora de rasguear en vivo la guitarra de palo hasta hacerla sangrar.
Eso quedó claro al contrastarlos con sus pares argentinos. Mientras estos susurraban un “folk de living de casa”, como para no molestar a los vecinos de departamento, el trío nacional mostró un rasgo en común: canciones que podrían sobreponerse al ruido de una calle citadina, con rasgueos demoledores y voces que suenan fuerte y claro.
Como la voz de Stern, el tipo que con 23 años y dos discos a cuestas -Nano Stern (2006) y Voy y Vuelvo (2007)- recorre el planeta mostrando sus canciones. El más aplaudido de la jornada gracias a un carisma desarrollado escenario tras escenario. “Estar viajando por el mundo en mi juventud y tocando mi música, es lo más bacán que me puedo imaginar que me gustaría hacer”, dice.
Para sentir a Stern hay que verlo en vivo. Ahí la extrema calma de sus discos se convierte en energía pura, su voz que susurra en estudio en un vozarrón que para los pelos. Sobre el escenario Stern es el tipo amable, simpático, divertido. Le encanta hacer cantar a la gente con él, salta, se chasconea, ríe y hace reír.
Nano te hace viajar por el mundo con sus canciones. Pasa de un tema propio a un joropo venezolano, y de ahí a una canción del folklore de Macedonia que como él dice, “no es sólo un postre de frutas. También es un país”. Risas.
Un país como tantos otros que conviven en sus conciertos, países que lleva recorriendo sin parar desde el 2004, cuando se aburrió de estudiar composición en la U.C y vendió todos sus instrumentos menos su guitarra. Con ella se fue a Alemania, porque quería irse bien lejos donde no conociera nada.
Ahora en festivales como el Woodford de Australia, que reúne a 120 mil personas, ya es cara conocida. “Fue un aprendizaje como ni una escuela me puede dar. En esos momentos digo ‘hice bien en no seguir estudiando en una academia’. Fue bacán darme cuenta que con lo que he hecho en Chile y fuera de Chile, me da pa’ pararme en un escenario en cualquier parte del mundo sin tener que hacer trabajo de hormiga y decir ‘yo soy tal y vengo a tocar’”.
Nano Stern se la pasa hablando por Skypecon gente de Rusia, Australia y Holanda, mandando presupuestos y cartas como loco. De embalado se metió a coordinar lo que será hasta ahora su proyecto más ambicioso: una gira musical que va desde Rusia hasta China por el transiberiano, junto con otros catorce músicos.
La idea es recorrer por tierra un tercio del planeta en el llamado Transoceanic Tour (TOT) el último trimestre del 2008. Para la posteridad, habrá documentación de la transición musical y artística de un lugar a otro.
¿Cómo llegó ahí? Para resumir la historia de Stern basta con “Necesito una canción”, uno de sus temas: “Hace rato siento que tengo que partir/ como yo quisiera poder irme de repente y alejarme de la gente/ solo con el sol enfrente y a encontrar/ las nuevas canciones y las viejas bendiciones”.
Luego de su paso por Alemania, donde sobrevivió como músico callejero, se fue a Holanda becado por una escuela de jazz. Allá formó nueve bandas al mismo tiempo, la primera de ellas, una con quienes aún gira: Wazabe.
Cada día ensayaba con una distinta, a veces con dos bandas el mismo día. Un ritmo vertiginoso superior a cualquier escuela. Súmenle a ello sus conciertos y composiciones en solitario y obtienen como resultado una locura tan amplia como su repertorio: música afro peruana, colombiana, folk chileno, y grupos de jazz a la vena.
Un día Stern decidió dejar Ámsterdam y se paró en la carretera con un cartel que decía “A Barcelona”. Todos lo miraban con cara de loco. En la frontera con Bélgica lo llevaron dos chicas que tocaban música gitana, y que en diez días lo instruyeron en el mundo folk europeo. Ahí se abrió el futuro.
A través de las chicas que lo recogieron conoció a Matija Solce -actor, titiritero, músico, y ahora parte del trío Lalucek junto a Stern- organizador de Etnoisthria, un festival de folk. “No sabía ni donde quedaba antes de llegar”, dice.
Luego de un año empezó a aparecer en carteles de distintos festivales. Ahora Stern se pasa nueve meses al año viajando entre sus giras en solitario o con Wazabe, tocando en festivales folk a los que comenzaron a invitarlo desde el 2006.
Este año está invitado por ejemplo, a inaugurar un centro cultural en el Festival Nacional de Folk de Estonia junto al presidente de ese país. Todo gracias a la sensación que causaron sus tres presentaciones en ese festival el año pasado. Fue tanto su éxito, que tuvieron que programar conciertos extras de él solo, los que se repletaron.
“Había gente que se quedaba en el hall del teatro escuchando. La segunda vez que fui, paseaba por las calles y estaba lleno de pósters con mi cara enorme y tenía escrito una huevá que no entiendo nada, ni una palabra”, explica.
¿Qué hace especiales a los festivales de folk?
“Hay músicos y artistas que vienen de todo el mundo. Se convierten en un mundo paralelo a la sociedad que uno vive todos los días. Se hacen en pueblos chicos, rodeados de grandes espacios donde cabe todo. Hay hartas comodidades también, se instalan supermercados pero se vive a otro ritmo.
Está lleno de gente loca ofreciendo su arte gratis en la calle: teatro callejero, títeres, músicos tocando en todas partes, malabaristas, baile, ¡locura absoluta! Todas las noches hay jam sessions, entonces te quedái cuatro horas tocando con alguien, así en el orgasmo máximo de la música, y después terminas y le decí “bueno, ¿y cómo te llamái?”. La promiscuidad pero absoluta”.
¿Cuál es su diferencia con los de rock?
“En los de rock o las raves -que me encantan-, hay cajas de vino por todos lados y son súper distorsionados. En cambio en los festivales de folk hay una onda familiar. Hay viejos de 80 años y guaguas corriendo en pelota por el barro.
No existe sexo drogas y folk, sino que es vino, amor y folk. Es mucho más de tierra. La comida es orgánica, se tiene conciencia de vivir de manera sana, lo que no implica que cuando ellos van a un festival no carretean y lo pasan la raja".
Sus viajes son su investigación, explica Stern, así aprende nueva música popular que lleva de un lugar a otro, hasta que todo se mezcla en sus shows.
“Si en algún momento para Violeta Parrra fue meterse al campo con una grabadora a recopilar canciones, hoy puedes pasarte la noche entera en myspace escuchando cosas rarísimas. También si uno tiene la suerte de viajar por el mundo, como reconozco que la he tenido, aprendiendo y recopilando música que es bacán, la puedo replantear con otros sonidos en otros lados del mundo”, dice.
Por eso en Europa toca temas de Víctor Jara o Inti Illimani, y acá lo que aprende en los pueblos europeos. Su guitarra es su puente. Además, nunca graba nada; le basta con su memoria, porque lo importante para él no sólo son las canciones sino la gente que se las enseña.
¿Te interesaría irte a recopilar música por Latinoamérica?
“Es una cosa que tengo pendiente. Con Matija fuimos a Perú a hacer talleres a pueblos donde no hubiéramos llegado jamás yendo de turistas porque son muy remotos. Comunidades quechuas donde aprendí canciones que seguí tocando, de las cuales no hay grabaciones. Son canciones que están en quechua y en castellano”.
¿Te las aprendiste o las grabaste?
“No, yo nunca llevo ni un método de registro. Ni cámaras de foto ni de video. Por principio. Porque la misma energía que uno gasta en registrar, la necesito para estar consciente de lo que está pasando a full. Se me olvidan muchas cosas, pero las que no, me quedan muy adentro. Todos me dicen ‘no seai imbécil, te pasai toda la vida viajando por el mundo, cómo no tení una cámara de foto’”.
Más folk que eso, imposible.
Las próximas fechas para ver a Nano Stern en Chile, son:
Jueves 22 de Mayo: Casa de la Cultura de Los Angeles Viernes 23 de Mayo: Concepción Jueves 29: El Living junto a Felipe Cadenasso Viernes 30: Teatro Caupolicán, teloneando a Jorge Drexler Domingo 1 de Junio: GRAN DESPEDIDA GRAN en SCD Vespucio
2.- Rufus Wainwright: "Cigarettes and chocolate milk"
3.- Bach: "B minor mass"
4.- Sufjan Stevens: "Chicago"
5.- Gillian Welch: "Everything Is Free"
Último comentario: Francisco escribió...
Al final... lo que se puede rescatar de stern, mas aya de que sea un inmigrante tirado a chileno... o un folclorista del mundo... es su gran compromiso con... La FOMEDAD. ...