La historia de Hielo Negro debe contarse desde la barra de un bar, rodeado de mujeres, whisky y el humo del cigarrillo serpenteando sobre las cabezas. Una historia sencilla, la de tres tipos endemoniados, mucho rock and roll de motociclistas, y una ciudad demasiado lejos de todo. Este es el rock patagónico de Hielo Negro que acaba de lanzar Purgatorio Bar, su cuarto disco, justo cuando cumplen una década.
Por Arturo Galarce.
DONDE NACEN LOS VIENTOS
Todo parte en el Liverpool, un bar de Punta Arenas, en una noche cualquiera. Una noche fría y cruda, como todas en el fin del mundo. Kurt Cobain acababa de morir mientras Marcelo Palma (guitarra y voz), Pin Pon (batería), y Carlos Carbacho (ex bajista de la banda), bordeaban los 17 años bebiendo y fumando en la barra.
"Eramos pendejos. Estábamos chupando y de pronto se nos ocurrió tocar unos temas de Nirvana por la muerte del loquito. Ahí siempre se podía tocar, así que le dimos nomás", dice Christian. Era la primera vez que los amigos tocaban juntos. La reunión, el comienzo de algo que se gestaba un par de años antes en escenarios escolares, cada uno en sus respectivas bandas.
Christian: "Nos conocimos en el ambiente, en las tocatas. En el Bim Bam Bum del rock. Punta Arenas no es muy grande y como las tribus se reúnen solas, te identificabai altiro… lo nuestro ocurría siempre en torno al bar: el copete, la música, las minas ricas. Eramos niños, pero nos criamos como grandes dentro de la hueá".
Así comenzaron los primeros ensayos y en dos semanas ya existía un primer demo y el nombre. Pin Pon: "¿Hay visto que el hielo dentro de la piscola se ve demasiado negro?". Marcelo: "En esa época nos estábamos engrupiendo con la hueá. La hierba, el feelling… era hermoso. Queríamos puro tocar".
Era 1996 y los integrantes partieron a estudiar a Santiago. Pero en lugar de salir de la U, cinco años más tarde lo que sale es un primer disco por el sello de Fiskales Ad Hok (C.F.A): Demonio Parlante (01).
Para cualquier tipo de provincia, Santiago es un monstruo enorme. Una gran moledora de carne donde perderse es muy fácil. Algo que a los Hielo les importó poco. Porque Santiago como su ciudad de origen, también está plagado de sus refugios preferidos.
"Todo Chile es chicha. Acá en Santiago nos fuimos directo al Bar de René, nuestro segundo hogar. Pa' filtrar la llegada a Santiago sirvió harto", cuenta Pin Pon.
"Uno le tiene respeto a Santiago, pero igual era rico a esa edad. A parte que estai estudiando, conociendo gente, probando otras drogas, poder ver a Dorso en vivo. Era entretenido. Allá uno ve las noticias de acá y puro te trauman", dice Marcelo.
Apenas llegaron, el primer choque no fue contra el cemento como esperaban, si no que contra la otra música. Una manga de estilos nuevos con disfraces y maquillaje. Todo demasiado presumido para un grupo que prefiere ver la vida pasar desde la tranquilidad de un bar.
Marcelo: "Llo único que nos chocó fue esa hueá. Las bandas shúper locas. Se notaba una época de búsqueda. ¡¿Qué es esa hueá del el funk metal, el fuck metal, la cueca metal?! Todos loquitos. Nosotros queríamos hard rock. Eran pocas las bandas en las que nos podíamos reflejar".
Primero es el riff. Galopeado, entrañable. Un conjuro infernal para que luego todo comience a vibrar. Estoy en sala de los Hielo en pleno Santiago Centro, y el rugido de los bajos agita el polvo para darle forma al único rayo de sol que entra por la ventana. Es jueves por la tarde, un día antes del lanzamiento de su cuarto disco, Purgatorio Bar (08), en el Galpón Víctor Jara.
Después del ensayo todo ocurre en silencio. Marcelo cambia cuerdas, Christian desarma la batería y Panzón se larga corriendo a cumplir una pega. "Ese es el único que trabaja", dicen al verlo partir. Pablo es sonidista, Pin Pon de vez en cuando es barman en el Cine Arte Alameda, y Marcelo de lunes a miércoles hace aseo en la bodega de un restorán.
¿El verdadero estilo de vida rockero nacional?
Marcelo: "Hay que ser aperrao. Cuero e chancho. Sólo importa estar bien, vivir piola, tener las moneitas pa vivir tranquilo. Al final tomai este camino del rock y estai condenado a vivir agobiado por las cuentas. Igual ahora hay un público más aperrao. Los cabros están aprendiendo a pagar la entrada. La gente paga sus dos lucas, su luca y media. Eso está cambiando.
Sin darnos cuenta estamos tocando y nos pagamos el arriendo con esta hueá. Pero por algo estamos donde estamos, sin grandes pretensiones. Nos hacemos los hueones, de puro esperar nada nos llegan las cosas".
De una de las paredes de la sala cuelga una majestuosa bandera magallánica: la de las montañas amarillas, el cielo y las estrellas, que les regaló el dueño del bar en una tocata pasada en Punta Arenas.
Recuerdos del extremo sur, historias de bandas condenadas a tocar en un bar por toda la eternidad, oscuros riffs demoledores, historias sencillas, todo eso trae Purgatorio Bar. Todo eso se repite en la discografía de Hielo Negro. Porque lo suyo no son las mutaciones, las reinvenciones o explorar otros estilos.
Lo suyo es la conversación que se repite simultáneamente en miles de bares, la polera negra que acompaña toda la semana, el riff clásico que no falla. Por lo mismo, Marcelo subirá esta noche al escenario con la misma polera del día anterior. Nada muy pensado. "En ciudades mas chicas, pueblos, la gente no presume. No es que nosotros hayamos elegido ser así, somos nomás. Honestos". El sabor del sur.