Una película sobre la rareza que a todos nos produce la muerte. Otra sobre una ex pareja que ya no se habla, pero que parten a una fiesta de cumpleaños juntos. Y otra sobre un superhéroe nacional de día, que trabaja como bouncer en el Passapoga de noche. Así son “La Vida Me Mata”, “Lo Bueno de Llorar” y la brillante “Mirageman”. Nuestros tres elegidos desde el Festival de Cine de Valdivia.
Una película brillante, sobre un súperheroe made in Chile.
VALDIVIA TIENE FESTIVAL
El Festival de Cine de Valdivia, como todos, es una selección de películas/ evento social/ seguidilla de carretes/ turismo guiado/ convención de periodistas. En su última versión tomé más cerveza que nunca, huí del omnipresente aburrimiento de un crítico argentino en busca de amigos y me rehusé a bailar en una fiesta ochentera.
Además descubrí que la cerveza con cranberries es una buena cosa. Me reí de los lobos marinos en el mercado y me perdí Normal con Alas de Coca Gómez, por estar encerrado mirando a los abrumados personajes de Fred Kelemen, cerebral director húngaro-alemán con alma de punky
Este año el festival tuvo una colección de películas como para hacer babear al más nerd de los cinéfilos, en la que brillaron los documentales de Claudio Sapiaín y una muestra de cine chileno que sacó aplausos. De ellos se trata este artículo, de gente que uno puede encontrarse en la calle. Y que quizá aprecien el comentario si te acercas un día y les dices qué te pareció la peli.
Gaspar es un hombre de pocas palabras. Piensa tanto en la muerte, que su distancia con el mundo es cada vez mayor. Extraña a su hermano muerto, y se mueve entre la agonía de su abuelo, la incomprensión de su hermana y el rodaje de un pretencioso cortometraje llamado La Vida Me Mata, el mismo título de esta, la primera película de Sebastián Silva.
Silva, quien dirige y co-escribe el guión junto a Pedro Peirano, es el hiperkinético vocalista de CHC. Y su película no se parece en nada al mundo colorido que sugieren las letras de sus canciones.
Su película podría, de hecho, ser un drama cabezón y existencialista, pero se la juega más bien por la rareza que a todos nos produce la muerte: La cinta está más cerca de una conversación en un bar que de un sermón de domingo sobre la existencia del alma.
El encargado de ponerle rostro al protagonista es Gabriel Díaz, compañero de micrófono de Silva en CHC. Y aquí demuestra que también sabe hacer que el silencio tenga peso, como cuando apaga el califont para respirar gas y mandar todo a negro.
El humor de La Vida Me Mata es algo así como una pesadilla de Tim Burton con la moral de Los Cuentos de la Cripta, y la fascinación por los detalles de Gondry.
Quizá la clave para entender de qué va La Vida Me Mata –película difícil de resumir como pocas, y en la que el resumen es lo que menos importa como en casi todas- esté en un sueño que tiene Gabriel-Gaspar.
Sentado en una cama que no es la suya, baja la mano al suelo y descubre que ahí hay pasto en vez de parquet. Un hoyo en la cama se lo traga, y vuelve a caer sobre la misma cama. Entra en escena su hermana, que corta las ramas de un árbol seco, mientras él le pregunta por su hermano muerto. Despierta porque alguien llama su nombre.
El elenco lo complementa Claudia Celedón, que encarna a la enajenada directora del cortometraje que se filma dentro de la película: intensa, divertida, monstruosa a ratos, fascinante en la pantalla. Esa colección de adjetivos también vale para la cinta.
La historia es así. A Matías Bize lo invita la producción del Digital Barcelona Film Festival a hacer una película a España. La financian, con la condición de que al cierre de la muestra ofrezca un adelanto de la cinta. El libreto se termina en dos semanas y el rodaje toma once noches.
“Me gustó la experiencia, porque me exigió trabajar a presión, y fue bastante bueno. Yo puse todo lo que aprendí con Sábado (03) y En La Cama (05) en esta película. Más allá de si a la gente le gusta o no, o si le va bien o no, quedé muy satisfecho”.
Como demuestran sus trabajos anteriores, Matías Bize sabe más de algo sobre relaciones de pareja. En Lo Bueno De Llorar escogió la historia de una ruptura dolorosa.
Los primeros minutos de metraje siguen a dos personas que ya no son una pareja, que caminan tensas en un incómodo silencio y bajan a tomar el metro. No hablan, ya no están juntos, pero igual se obligan a ir a una fiesta de cumpleaños.
“El rodaje lo hicimos en orden cronológico y eso nos ayudó a construir una emoción entre todos. El libreto tenía muchas cosas con las que todos nos sentíamos más o menos identificados, a todos nos pasaron cosas así”.
El resultado es una película que desgarra por lo intenso de algunos diálogos. Porque sí, a todos nos han pasado cosas así.
Curiosamente, Lo Bueno de Llorar comparte más de algo con las otras dos cintas chilenas que ocupan esta nota: Gabriel Díaz, el lacónico protagonista de La Vida Me Mata se ocupó aquí de la fotografía –y además su voz aparece en la canción de CHC que se oye en la fiesta-. Y como Mirageman, el libreto de Lo Bueno De Llorar tenía poco más de treinta páginas: ambas se construyeron más ante la cámara que en el papel.
Las portadas de diarios brillan con nombres de vedettes que juran haber tenido una noche de amor con el enmascarado. Colaless con su logo hacen furor en Patronato. La tele lo ama, le llegan mails de fans, y el tipo lo único que quiere es hacer justicia.
“Mirageman es lo que pasaría en Chile hoy, si alguien decidiera ponerse una máscara y combatir el crimen”, cuenta el director de la cinta Ernesto Díaz.
“Tiene algo de la serie de Spiderman, pero la con personas, no la de dibujos animados. Ahí los efectos eran tan malos que el traje de verdad parecía comprado en una tienda de disfraces, y se me ocurrió que alguien que decidiera creerse superhéroe saldría con algo así a la calle”.
Mirageman vuelve a poner a Marko Zaror, el fornido karateca vengador de Kiltro, en la pantalla a hacer lo que mejor sabe: repartir combos y patadas a diestra y siniestra. Y nuevamente hace dupla con el director Ernesto Díaz.
Pero hay más. Mirageman tiene momentos de genuino drama, y Zaror resulta hasta conmovedor en la ingenuidad de su personaje: mientras lucha en un callejón por sacarse sus jeans para quedar en pantalones de spandex, se preocupa de acomodarse un banano con una bandera chilena, y luego sale a partirles la cara a una pandilla de ladrones de carteras.
El personaje principal, Maco, trabaja de bouncer en el Passapoga. Y tiene que lidiar con un jefe gruñón y con gerentes borrachos... curiosamente, el hombre hace justicia de día, al revés de Batman.
Zaror llora a ratos y mira pensativo el horizonte del crepúsculo, como para darle peso dramático a la cosa. Y lo logra: a pesar de que se basa en la historia más canónica del mundo de los superhéroes (un niño que ve cómo unos ladrones asesinan a sus padres, aderezada con un par de elementos extra que es mejor no adelantar), la estructura episódica de la película permite que haya drama y comedia a partes iguales.
Con la misma candidez, Mirageman puede seducir a una reportera de televisión, patear a unos flaites o enfrentarse en serio a una red de pedofilia. Una película brillante: verla da ganas de salir a repartir golpes, o al menos, de probarse un disfraz.
No me gustó la película. No logré identificarme con los personajes ni empatizar con sus emociones... no me llegaron, no me resultaron creibles. Fome. ...