Ex actriz de comedia ficha con el sello de Franz Ferdinand, pone su tercer disco entre el top ten del año del New York Times, y recién entonces recibe los aplausos de su Argentina natal. Juana Molina lo consiguió con tapices de infancia, canciones de cuna y varias de las baladas más bellas de los últimos veinte años. Aquí una entrevista con la chica rara que toca el 6 de septiembre en el Teatro Oriente.
Pacheco es una villa rural lejana al incesante ir y venir de Buenos Aires, una zona de casonas de campo donde Juana Molinatiene su centro de operaciones; un estudio donde no hay casi nada que pueda preciarse de ser moderno. Allí conviven teclados de juguete, un Mac de antigua generación y la misma guitarra que su padre, un cantante de tangos, le regaló a los cinco años. Un lugar que parece estacionado en el tiempo y los recuerdos.
Ahí Juana Molinaguarda uno de sus máximos tesoros: un tapiz gigantesco que data de hace tres décadas y que fue regalado por una tía abuela. Allí aparece ella, de ocho años y con gorro azul, montando un caballo blanco junto a su hermana.
La imagen aparece en la portada de su último disco, Son (06), una colección de melodías frágiles y artesanales que calificó en todas las listas de los mejores discos del año pasado, incluidas las anglo. Un viaje de guitarras nobles y letras íntimas que remiten a lo más profundo de la infancia, pero que lejos de ser un ejercicio de nostalgia, se trata más bien una declaración de principios básica.
"Hace nueve años vengo grabando en el mismo estudio, en las mismas condiciones y con los mismos instrumentos. Me parece que con eso alcanza. Yo compongo y me desarrollo con las cosas que tengo. Es como conocer los ingredientes de una torta que hiciste toda tu vida. Si te falta un ingrediente, ya sabes con cuál tienes que reemplazarlo", dice Juana al teléfono para la Zona.
Una receta irresistible que la ha convertido en una de las cantautoras independientes más importantes de Sudamérica, gracias a canciones que desafían todo lugar común: folk despojado, capas de arreglos exóticos y un coral de influencias que remiten desde compositoras de los'60 como Joni Mitchell hasta emblemas indie de los '90 como Stereolab. Las mismas que podremos escuchar el próximo viernes 6 de septiembre, cuando Juana se presente por primera vez en Chile, junto a Gepe en el Teatro Oriente.
Desde Fito Páez a Calamaro, pasando por Spinetta y Cerati, Argentina es cuna de compositores de tantos hits como palabras. Juana Molinapertenece a la corriente opuesta: los que eligen decir más con menos. "Siempre busco que las palabras no resalten mucho. Es un aspecto que no me gusta del rock en castellano, que las palabras le den codazos a la música. Yo prefiero que se camufle. Si pudo decir las cosas en una frase, dejarlas así".
Y de eso se tratan sus canciones: melodías íntimas y diáfanas, capaces de conmover sin ninguna otra pretensión que la honestidad.
Hace más de una década, Juana Molinairrumpió en el panorama musical con el mejor título que una mujer le pudo haber puesto a un disco debut: Rara (1996). Si la pauta mundial la encabezaban rockeras-atormentadas al estilo Alanis Morissette, lo de Molina tenía que ver con la introspección, contar pequeñas historias íntimas e interpretarlas con exquisita ironía.
Molina es una mujer capaz de escribir frases como "Antes, yo no quería saber nada/ pero ya no/ finjo y miento/ soy lo peor" (“Antes”) y, al mismo tiempo, incluir los sonidos de los pájaros de su patio sobre acordes de canciones de cuna.
Demasiado inusual para sonar en las radios y demasiado exótico para engrosar la clasificación de “latinos” en las disquerías, Rara pasó casi inadvertido pese a que no pocos, lo califican entre los discos más notables de los '90.
¿Nunca tuviste la inquietud de formar una banda?
“Nunca. Era extremadamente tímida con la música. Desde chica sentía que pertenecía a otro formato, que si le mostraba algo a mis amigos tenía que ser con un manual de explicaciones, porque la mitad de los acordes eran inventados por mí y me daba pudor que no lo entendieran. Así empecé a acumular canciones que jamás me atreví a enseñarle a nadie, ni siquiera a mis papás.”
¿Y cómo fue mantener ese secreto hasta pasados los 30?
“Fue bien terrible. El tema es que la música resultó un impulso natural desde el principio: mi papá era cantante de tangos y a los ocho años yo ya había empezado a armar pequeñas melodías. Luego nos fuimos al exilio (durante a dictadura argentina, Juana vivió seis años en Francia) y yo capeaba las clases para ir a jugar flipper y tocar guitarra. Pero no caí en que tenía que ser mi camino en la vida hasta mucho más grande”.
A fines de los '80, Juana volvió a Argentina con la idea fija de emanciparse y vivir de la música. Claro que antes de la chica rara, habría otra “peor”.
"Yo no sé qué será de mí ahora/ habrá que esperar/ decidir, elegir, qué llevar, qué queda/ embalar, viajar…" (“Vaca que cambia de querencia”, Segundo, 2000).
Buenos Aires, año 95. Juana está sola en el escenario. Las manos le sudan y la voz apenas le sale por los nervios. Es su primer show en un bar pequeño de la capital y la gente espera cualquier cosa, menos canciones. Sobre el escenario Juana balbucea entre miles de acoples. Antes de terminar el quinto tema, tres cuartos del público ya se ha ido. De fondo se escucha una suerte de clamor: "Juana, dejá de boludear, queremos ver una rutina".
Mucho antes de lanzarse como compositora, el nombre de Juana Molina remitía a más de un personaje para los argentinos: una judía llamada Judith, una tenista con sobrepeso apodada Steffi Grasa y una conductora de infomerciales.
La razón era “Juana y Sus Hermanas”, un show televisivo de humor absurdo donde Molina daba forma a múltiples criaturas ridículas y que se transformó en un hito generacional para los adolescentes argentos de los'90. Todo, hasta que Juana se dio cuenta que había caído en su propia trampa.
"Un tío se acordó que lo hacía reír en las reuniones familiares y, un buen día, me pidió que hiciera un piloto para un posible programa. El piloto llegó a la producción de La Noticia Rebelde –el programa sarcástico de Adolfo Castelo- y a partir de ahí empecé a hacer personajes. Entre mis deseos por independizarme y pagar el alquiler de mi departamento, la televisión apareció como la vía ideal para tener dinero suficiente sin tener que trabajar tantas horas. Claro que me fue tan bien que, al cabo de dos años, tenía un programa propio y había olvidado el motivo por el cual había entrado a ese mundo".
¿Y cuándo fue el clic?
“Cuando quedé embarazada de mi primera hija el doctor me obligó a guardar reposo. Ahí tuve tiempo de pensar y darme cuenta que si no volvía a tomar la guitarra, me iba a transformar en una vieja amargada. Así que junté un puñado de canciones y le mandé un demo a Gustavo Santaolalla. Para mi sorpresa, no sólo le gustó, sino que una multinacional se interesó en sacar el disco. En Argentina no entendieron nada, pero a las pocas semanas me llamaron de una radio de Los Ángeles que pasaban mis temas todo el día".
A sabiendas que para sacarse la mochila de prejuicios tenía que validarse afuera, Juana empezó a aventurarse. Primero fueron unos pequeños shows en California; luego, el llamado de Daniel Melero para producir su siguiente trabajo, Segundo (00); y, después, la llegada de ilustres fans como David Byrne, ex líder de Talking Heads, a estas alturas un casco azul de lo que los gringos barzas llaman “World music”.
"Él estaba buscando un disco de Sigur Rós en Amazon cuando, de casualidad, se topó con un disco mío. Lo compró, le encantó y a los pocos días estaba teloneándolo en una gira de dos meses".
Suficiente como para que Domino Records, casa discográfica de bandas como Franz Ferdinand y Arctic Monkeys, se ofreciera a distribuir sus discos en Europa y Estados Unidos.
Con su tercer trabajo, el impecable Tres Cosas (04), Molina entró definitivamente a la categoría de estrella. Tanto, que Jon Pareles, crítico de música popular del New York Times, lo eligió entre los diez mejores discos del año. Mega impulso.
¿Tienes alguna idea de por qué en países como Alemania y Japón tus discos son esperados y en Argentina te dan un premio revelación diez años después de tu debut?
“Durante muchos años, si tú no te parecías a otra banda internacionalmente reconocida, no tenía ningún valor lo que hacías. Y eso inseguriza a la gente: no sabe si le tiene que gustar o si le tiene que parecer una porquería. En Europa y Estados Unidos pasa todo lo contrario: lo que ellos buscan es algo que no se parezca a lo que tienen”.
Tus canciones tienen un aura infantil notoria, como si fueran canciones de cuna…
“Me encanta la idea de reciclar. La actual cultura del consumo sólo es creativa para ganar dinero y no para que uno desarrolle su propia personalidad. Uno está formado de todas las cosas que fue viviendo en la infancia y la adolescencia. Allí no hay un valor estético, sino que afectivo. Y Son (06) refleja todo eso: está grabado con los instrumentos que tengo y la tapa está hecha con los vestidos que tenía de niña. El disco soy yo”.
A la hora de hablar del mejor show en su vida, Molina no duda en referirse a uno que dio en Chicago a fines de la década pasada. Abrumada frente a la indiferencia de la comunidad latina, y consciente que nada podía hacer para cambiarla, Juana decidió transformar el show en un ensayo más.
Desde ahí que prueba y experimenta, transformando a sus canciones en mutaciones que en vivo cobran otra vida. Un pequeño anuncio de lo que exhibirá en sus shows en Chile.
"Una vez leí un afiche de Can que decía 'cada disco es un trabajo en proceso'. Y cada vez que uno edita el disco, se le ocurre algo mejor para los mismos temas. Y eso es lo que busco en vivo: recrear el disco, pero que nunca sea igual".
Por último Juana, el viernes serás “teloneada” por Gepe. ¿Has oído hablar de él o Javiera Mena?
Hace muchos años, Javiera me mandó un demo de cuatro canciones para ver qué me parecían. A mi me encantó su voz y las cosas que hacía, por lo que mantuvimos contacto por harto tiempo, aunque nunca pude verla en vivo. De Gepe conozco menos, pero sé que está ligado a músicos jóvenes de mi país como Coiffeur. Estoy muy entusiasmada de ver cómo resulta todo. Chile era una materia pendiente hacía mucho.
Juana Molina toca el jueves 6 de septiembre en el Teatro Oriente (Santiago) y el viernes 7 en La Piedra Feliz (Valparaíso).