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EL TRABAJADOR INTRANSCRIBIBLE
Claudio Bertoni se propuso publicar un libro por año. Y lo ha cumplido casi al pie de la letra. Este año sobrepasó su meta: luego de sacar en febrero “En Qué Quedamos”, un libro que recoge poemas inéditos del año 72 al 2006, en julio dará a conocer la primera parte de sus diarios por la editorial de la UDP. Fuimos a entrevistarlo a Con Cón. Todo un viaje: se nos acabaron los cassetes y él siguió hablando.
Por Macarena Lavín

Los poemas de Claudio Bertoni son extractos de sus diarios, un incesante monólogo interno que él graba o escribe compulsivamente, día tras día, desde hace décadas. Un lenguaje cotidiano y sin tapujos ni recovecos, con el que intenta retener imágenes que usualmente se pierden en nuestras cabezas: recuerdos de barrio, cosas que ve cuando sale de su casa, ideas que aparecen en cualquier momento.
Si hay una obsesión en Bertoni, esa es escribir mucho sobre mujeres: las que dejó atrás (o más bien lo dejaron), las que ve en la calle, las que desaparecen al bajarse de la micro. Eso, y escribir de música, muerte y trascendencia. De todo eso hablamos con él, sentados en su casa de Con Cón donde vive hace 31 años.
“SOY UN MÚSICO QUE NO HACE MÚSICA” “¿Haré algún día en poesía lo que hace Big Hill en Blues?
10 canciones y bailé cada una imitando las piernas y los brazos de la negra inefable en el club de Todas las Naciones”
“Watergate”, El cansador intrabajable II, (1986)

Muchas veces aparece música de fondo en los poemas de Bertoni. Muchas veces habla de canciones, cantantes o le escribe a algún locutor radial (“se dice “güitni”, Pirincho, no “guaitni”, escribió, aludiendo a Pirincho Cárcamo y Whitney Houston). Pero su música personal se oye cuando los sonidos se plasman en el papel: Ya sea un monólogo casi sin puntuación en Una Carta (1999), que hace recordar a un largo y dolido blues, o la vecina acelerando un volkswagen en Mujeres Buenas Mozas (02), que remite directamente al funk.
Bertoni nunca pensó que se dedicaría a escribir, su vocación más fuerte siempre fue la música. Cuenta que a los 14 años escuchó “Basin Street Blues” de Louis Armstrong y quedó clavado. Gracias a una beca se fue a Estados Unidos en 1963, cuando estaba en cuarto medio, y vio a Nancy Wilson. Fue de nuevo en 1969 y vio a Miles Davis, cuyo baterista tocó a pata pelada. Fue a Londres con su polola de aquel entonces, la artista visual y poeta Cecilia Vicuña, y vio a James Brown (“que es el huevón más funkie que ha habido en la tierra”).
Tocó tumbadoras en Fusión, el primer grupo jazz rock que hubo en Chile, después de que el bajista Enrique Luna lo escuchó tocando encima de la mesa y le dijo “oye, tú podih tocar”. Le pidió las tumbadoras a Los Jaivas, fueron a buscarlas a su departamento en Bustamante. Con ellos tocó una vez en un concierto. También integró la Machi Oul Big Band, con el pianista Manuel Villarroel, en París.
Así que la primera pregunta cae de cajón.
 ¿Por qué no te dedicaste a la música?
“¡Ufff! es la frustración más grande de mi vida. Tú te puedes dedicar a la música y si no tenih dedos pa’ l piano, no podih, ¿cachái? Y no es mi caso. Tiene que ver con un rasgo súper negativo de mi carácter mezclado con timidez. Yo habría necesitado que alguien me hubiera obligado, cosa que no pasó.
El resultado es que soy un músico que no hace música y que se dedicó a escribir y no al revés. El otro día me compré un disco de Maceo Parker, el saxofonista de James Brown. Cuando escucho bien la música quedo como aplastado de la frustración de no haberme dedicado a eso. Después, por suerte, se me pasa. No me corto tanto las venas ahora, pero podría haberlo hecho.
¿Te pasó algo en especial que te hiciera no querer tocar más?
“Me habría encantado seguirlo haciendo. John Cage dijo en una época que no iba a considerar una obra terminada hasta que consiguiera un lugar donde tocarla. Si yo fuera él, habría escrito toda la música que él escribió, pero la tendría en la casa. No tengo la fuerza para emprender, me cuesta mucho materializar cualquier cosa. Tengo una cantidad de fotos de los últimos 30 años con que podría hacer una exposición todos los años. Tengo una obra plástica también: unas acuarelas que no conoce absolutamente nadie. Ahora estoy haciendo un libro todos los años”.

“ESO YA NO SE PERDIÓ”
“Todos me tratan mal las vendedoras de la Feria del Disco el mozo del Bar Nacional ni se despidió limpió la mesa con tantas ganas que si no me voy me limpia a mí también”.
“Nov. 94”. De vez en cuando, (1998)
Bertoni puede convertir una “anécdota” en poesía. Su material suelen ser imágenes que ve cuando anda por la calle, pensamientos fugaces que la mayoría usualmente olvida. Él en cambio, no las deja pasar: Antes dejaba el registro de todo eso en cuadernos, hasta que se le ocurrió que al hablarle a una grabadora podría abarcar mucho más cosas y más rápido. “Me da vergüenza hablarle a estas cosas en las micros. Ahora me hago más el huevón, porque como todos andan con los mp3 y aprietan cosas, logro hablarle a esta cosa sin que digan “cáchate el huevón loco, le está hablando a la grabadora, qué chucha está hablando”. Puedo pescar mucho más con la grabadora que con lo que pescaba con la mano. Tengo casetes hace diez años. El resultado ha sido”…
-Un libro por año.
“O sea, 500 casetes, ¡de locos! Yo me voy a morir y eso se va a perder. Es intranscribible”.

¿Has transcrito harto de ahí?
-“Casi nada. La UDP va a editar en julio la primera parte de mis diarios. Son como 13, 14, 15 cuadernos manuscritos: desde que volví de Europa el año 76 hasta el 78”.
-Ahora mucha gente tiene sus blogs o fotologs, en donde dejan registro de lo que hacen. Tú, básicamente, haces algo parecido hace años. ¿Cómo interpretas esa “necesidad” o “adicción” por registrar?
-“Yo con la literatura tengo una relación de necesidad. Sale una mujer hermosa, y la manera de sacármela de encima simplemente es escribir. Lo mismo con las fotos. Yo saco fotos de seres que me llaman la atención. Y cuando están en el rectángulo, es un alivio, porque no voy a volver a ver más a ese ser y se acabó. Pero ahí lo retengo.
Con la escritura es igual. Escribo porque me alivia contar lo que me sucede, que es más o menos lo que le debe pasar a toda la gente que hace los blogs. O cuento lo que me pasa en un día. Que voy, que me bajo, y entro y había esto, y el gallo era crespo y miré y me pasó tres monedas, no, me pasó dos. Y la perica tenía unas botas así… Ridículo de detalles.
Yo hallo increíble que alguien me pueda contar lo que le pasa. “Me levanté hoy día, me pasaron cosas, estuve leyendo eso, me gustó, no me gustó, viniste tú, estái con esa blusita, erih bonita”. Todo eso entra. Tengo un trato con las palabras que cada vez hallo que funciono mejor con ellas y ellas conmigo.
La literatura son palabras que si las escoges y las agrupas bien, la página funciona bien. Cualquier tipo puede ir al siquiatra, contarle todo y grabar eso, lo que tiene un valor. Pero la mayoría de las veces no es literatura.

-¿Y cuando se convierte en literatura?
“Yo corto aquí y acá, ese pedazo está perfecto, es un poema. Hay un montón de cosas mías que no tengo idea si son cuentos, poemas o aforismos. Ahora la mayoría de lo que yo escribo cabe más en la poesía. El criterio pa’ seleccionarlas es el sonido. Si no suena bien, simplemente no me lo trago. Veo las palabras agarrándose a patadas y no funciona”
-A ti te gusta el detalle en que nadie se fija…
“Uno generalmente mira sin ver. Yo veo lo que miro. Es como ir en la micro, mirando por la ventana. Hay un choque y todos miran. Pero para mí hay árboles, veredas, pedazos de perro, de señoras, de caballeros, niñas que pasan, el chofer. A mí me gustaría computar todo eso”.
-¿Es una forma de enfrentar cierto miedo al olvido?
“No le tengo miedo al olvido. Con la fotografía me causa placer salvar el aspecto de mujeres que, llámalas hermosas. Con la literatura es igual. De hecho ahora estoy escribiendo un texto de una serie de personas que conocí. Cada vez que termino de describirlos, me causa un gusto y descanso. Digo “eso ya no se perdió”. Cuando fui a Europa el año 70, me quedé cinco años. Tengo un vértigo ahí, porque lo tengo en la cabeza y no lo he contado”.

“ME ENCANTARÍA TENER SUS NOMBRES”
“Es tan corta la minifalda Y es tan largo el olvido”
-“Una vez más”, Jóvenes Buenas Mozas (02).
Si hay un motivo que recorre sin respiro toda la obra de Bertoni, esa son las mujeres. Las importantes, las fugaces, las que nunca estuvieron, aquellas a las que vio durante segundos en la calle. Ellas son su más reconocida “adicción”, aunque algunos lo mitifiquen como un consumidor de sustancias sicotrópicas.
- Leí lo que escribiste en el Clinic, respecto a eso que decían, que tu poesía era una oda a la marihuana y tú nunca has fumado.
“Imagínate, yo soy de la generación que trajo el ácido a Chile, la marihuana. Yo tengo amigos que se han muerto de eso. En montones de ocasiones me pasaron un pito, pero no alcanzaría para fumarme dos pitos enteros con todas esas piteadas.
Una vez me llamaron de la revista Paula. “Claudio, queremos corroborar de que tú eres el primer que metieron por haber fumado marihuana en Chile”. Cáchate ¡cómo se va a saber en un país, el primer personaje al que metieron preso por fumar marihuana! Imagínate que se supiera quien fue el primer huevón que usó el lápiz bic, o la primera mina que se tiñó el pelo verde o usó minifalda. Esas cosas no se pueden saber. Es absurdo.
Les dije “¿de dónde lo sacaste?”, “un mito urbano”. En mi vida me he tomado un ácido, ¡Ni cagando! ¡Me muero de susto! De tocarme las neuronas, ni con el pétalo de una rosa”.
-¿Y las mujeres?
“Yo escribo poemas de muchas mujeres que veo. Muchas no se lo imaginan. Me encantaría que un día pudieran cachar, porque sería bonito pa´ ellas. Ese ser que va absolutamente inconsciente, no tiene idea de que un tipo se impactó con ellas, que las encontró extraordinariamente hermosas y conmovedoras. Me encantaría tener sus nombres por ejemplo. A veces cuando van de a dos y logro escuchar en una conversación que se dicen el nombre ¡pa’ mí es una cuestión extraordinaria”!
-¿Te has engrupido minas con la poesía?
“Jajaja. Jamás la he usado pa’ eso. No en el sentido de que yo vea a una mujer y p’a engrupírmela escribo algo, sino porque yo escribo, me vienen a ver, y digamos que ya están engrupidas sin que yo quiera.
Iba en el metro una vez y vi una mujer guapa. ¡Una sonrisa! y se me acercó, la besé en la mejilla y le dije “lo siento, no me acuerdo ¿cómo te llamái?”. “No, si tú no me conoces, son tus poemas”, me dio otro beso en la mejilla y se subió otra vez al metro. Me han escrito, me hablan en la calle. Yo he conocido a muchas mujeres, muchas de ellas jóvenes y guapas. Hay unas que me llaman y me da susto, porque son demasiado jóvenes.
-¿Qué te dicen?
“Que me quieren conocer. Una vez con una bien jovencita, nos juntamos y le firmé un libro, y chao. Y hay amistades lindísimas que han durado tres o cuatro años. He encontrado un eco en varones y en niñas. Me llaman, me regalan CD de jazz. Cuando voy a Santiago me encuentran, me piden tomarnos algo. Afortunadamente algo ahí les ha tocado y les ha agradado. Con mi polola nos gustaba Henry Miller, le escribimos y lo conocimos. En París le escribimos a Cortázar y él nos escribió a nosotros”.
-En tus poesías las mujeres suelen ser inalcanzables…
“Lo de inalcanzable es cierto. Imagínate, no hay ningún día en que no vea a una mujer con la que me encantaría conversar. Uno quisiera que fueran todas hermosas. Una vez venía una mujer guapa, rubia, joven, tenía una pinta que gustaba todo: los calcetines, era media desastrada, tenía unos palillos en el pelo. Me dijo “tú eres Claudio Bertoni”. Puta, ¡me produjo un placer! Pero es un caso entre mil. Hay seres que conozco hace mil años y no tienen idea la cantidad de cosas que yo escribo acerca de ellos. Alguna vez van a saber porque se los voy a decir. Estoy seguro que les va a gustar lo que digo, el regalo que son, que son bellísimas. En ese sentido, sí, son inalcanzables”.
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