La filosofía Jedi va mucho más allá de coleccionar figuritas, disfrazarse con la bata del abuelo para las convenciones geek o recitar de memoria las tres lunas del planeta Naboo. Como este mes se cumplen 30 años desde que un Crucero Estelar partiera la pantalla en dos, buscamos a fans que hicieran algo más que gastar dinero en la saga. Encontramos desde un concertista en guitarra que toca toda la banda sonora de la película, a un creador de galaxias a escala.
Luis Correa, un fan de 63 años que hace maquetas en su casa.
JEDIS CAN PLAY GUITAR
“¡Tócate una que todos sepamos!”, le dicen a Antonio Rioseco (41), académico de la Universidad de Valparaíso, profesor del Conservatorio Municipal de Viña del Mar y concertista en guitarra clásica, en fiestas y asados. Entonces, a pedido del público agarra la de palo y toca la fanfarria de Star Wars. Un tema que si alguno de los presentes no se sabe, es porque viene despertando de un coma ancestral.
Rioseco es seco. Toca como si tuviera 22 dedos y lleva cerca de diez años adaptando para guitarra la obra completa del compositor John Williams. Un fanático declarado de Star Wars “pero un fan un poco más racional. No me disfrazo ni nada de eso”, aclara. “Recuerdo que a mediados del 95 estaba en el auto esperando a mi mujer. Ese día cambió mi vida cuando de pronto en la radio escuché El salón del trono”.
El guitarrista se refiere a la típica fanfarria final de la película, que recuerda a Wagner. Ese día el profe decidió volcar su tiempo libre a antologar la banda sonora de la saga. “Ya he transcrito 48 piezas distintas. Las he sacado todas de oído porque no hay partituras asequibles en ninguna parte. Lo que hay son simplificaciones para piano que son sólo una aproximación. Por eso me propuse hacer este trabajo titánico”, cuenta.
Rioseco ya ha ofrecido cinco conciertos para guitarra exclusivamente con la temática S.W. Solo en un escenario y frente a una pantalla gigante, con imágenes de las seis películas que se suceden suite tras suite.
En la movida S.W, el profesor Rioseco es una leyenda que llena salas y firma autógrafos. La gente se emociona, como en el momento en que interpreta el “Tema de amor” del Episodio 2, una balada en que el público enciende sus sables láser en lugar de encendedores. Incluso le ha salido competencia: uno de sus alumnos de la Universidad de Valpo le da la pelea transcribiendo las partituras de Robotech.
Para Antonio un recital con la música de S.W no es diferente a una interpretación de la obra de Beeethoven o Mozart. “Aunque esto sea cultura de masas, John Williams es un creador”, sostiene. “Es como Wagner en el espacio, la música va describiendo el resto y se convierte en un personaje omnipresente. Un motivo oscuro que predice cuando algo va a pasar aunque estén todos felices. Es algo que está vivo”.
A diferencia de los puristas, Sebastián Chávez (16) es fanático de los episodios I, II y III de Star Wars. Ahí alucinó con las coreografías marciales de los maestros Jedi. Hoy se especializa en esgrima oriental y esgrima histórica. Desde espadas de bambú a hojas de metal, y lanzas que maneja como sables láser.
Cuando tenía siete años Sebastián vio en el cine la reedición del Episodio IV, “A New Hope”. “Quedé fascinado con la historia, los personajes y sobre todo con el sable de luz”. Años después, comenzó a investigar sobre los estilos de lucha que George Lucas compiló para la serie nueva.
“Básicamente el estilo de esgrima que puebla el universo Star Wars abarca siete formas distintas. Una es la esgrima clásica, cosas de kalaripayaptu (el arte marcial más antiguo en existencia). Todo eso mezclado con la esgrima china, el kendo y kenjutsu o esgrima samurai propiamente tal”, cuenta mientras sigue enumerando improbables disciplinas como el sable suizo y hasta la mezcla del tenis y la tala de árboles, en las coreografías del coordinador de dobles de Lucas, Nick Guillard.
“En síntesis todo lo que se pueda blandir”, puntualiza Sebastián.
Predestinado como un Jedi, años después se encontró con unos chicos que llevaban un shinai o espada de bambú. “Les pregunte si practicaban kendo y me llevaron al Club Providencia. Me metí de inmediato a la clase y me prestaron una espada. Ahí empecé a practicar la esgrima jedi que me llevó al kendo. Y eso me motivo a buscar más”, recuerda.
Sus acrobacias favoritas de la saga Star Wars están debidamente etiquetadas en su memoria: “La actitud ante el contrario -hacerle temer al oponente- es la misma de la esgrima y se nota más en el duelo de Luke contra el Emperador Palpatine en el Episodio VI. Se puede ver Kasumi no kamae, que es una guardia con la hoja paralela al piso con la espada a la altura de los labios. En cuanto a movimiento de pies se ve una mezcla del jutsu y trabajo de pies de esgrima con una sola mano”.
Aunque maneja espadas que intimidan, acusa el estigma que persigue a los fans de S.W: “Se nos trata de fracasados, losers sin vida y cosas peyorativas. ¿Fracasados en que sentido? Todos tenemos promedio de 5,5 para arriba y nos va bien en lo que hacemos. No he conocido ningún freak que sea mala persona”, resume con la templanza de Yoda.
El traje de Jedi Oscuro que Sebastián usa en las situaciones sociales del Fan Club Alianza Rebelde,lo hizo la diseñadora de vestuario Mandi Star (45, en la foto), una de las pioneras en la confección de trajes del imaginario Star Wars en este lado de la galaxia.
“Trajes, no disfraces”, apunta. Recuerda que cuando vió la película hace 30 años supo que se quería dedicar a reproducir la indumentaria Jedi con todos sus detalles. “Cuando la estrenaron en 1978, fue en el cine Windsor del centro. Yo era una niña, pero ya era fanática de “La Guerra de las Galaxias” antes de que llegara al país”.
Estudió y trabajó para empezar con su microempresa. Su primer traje fue uno de Maestro Jedi y era para ella misma. “Me hice uno de Qui Gon Jin porque me gustó mucho ese personaje del maestro de Obi Wan. Me demoré un mes en hacerlo, pero tres meses en encontrar los materiales. Me acuerdo que lo hice de lanilla, trevira y beige con seis metros que conseguí exclusivamente para la pura capa con capucha”.
El traje que más la fascina -y que para ella son palabras mayores de la confección- es el de la reina Apailana del Planeta Naboo. Un personaje con menor aparición en las series, pero con un ropero del tamaño del Líder de Departamental. Para Mandi ese guardarropa es mucho más atractivo que la estética recargada de la Princesa Amidala. “Es un lindo traje que sale en “La Venganza de los Sith”. Es muy difícil y esta lleno de bordados preciosos, ese seria un verdadero reto”, asegura.
Al igual que la tropa de fanáticos más ortodoxos, su opinión sobre la moral Jedi le da un tono solemne. “Yo creo que Star Wars gusta por los valores que entrega, habla de la lealtad, el honor y la bondad. Todos esos son valores que uno puede aplicar en su trabajo, en su oficio. A mi personalmente me marcaron esas mismas enseñanzas de Yoda. Los otros fanatismos duran poco. Pocos te acompañan toda la vida como el de Star Wars”.
Por una cifra que puede ir entre los 40 y 50 mil pesos, Mandi te puede dejar igualito a Luke Skywalker o Han Solo. Ha hecho closets completos de vestidos para Amidala, Star Troopers, Jedis en general y uno que otro Vader en cuero y esponja. Las telas se incluyen en el precio. Pero advierte que por la carga de sus otros trabajos, va a volver a hacer trajes de la saga recién en enero próximo.
En Gran Avenida hay una fuente de soda en cuyo baño un tal Ricardo rayó “Star Wars is my Religion. George Lukas (sic) is my god”. A pasos de ahí, cuando se lo comentamos a don Luis Correa (63), él se encoge de hombros y hace una mueca digna de Chewbacca.
Don Luis tiene una cabellera blanca y una cotona que alguna vez lo fue. Trabaja en su propia fábrica de bolsos y maletas en Ureta Cox esquina Gran Avenida y es seguidor de la obra de George Lucas. Y la hace suya cada vez que fabrica una maqueta o nave de la serie Star Wars de las que pueblan su casa, el baño, el living y las vitrinas de su tienda. Maquetas que se acumulan como juguetes debajo de la cama y en el cajón de los calcetines.
Los serios problemas de espacio que tiene en casa lo obligan a buscar los sitios más insólitos para coleccionar su obra. En la tienda se apiñan racimos de mochilas, bananos . Entre medio hay un R2D2 hecho con latas, unos destructores en lista de espera para reparar y en la vitrina junto a relojes y pinches de guagua hay un Halcón Milenium reconstruido a escala hasta su ultimo detalle. Don Luis ya ha hecho cuatro Estrellas de la Muerte y cerca de diez Halcón Millenium que son propiedad de sus sobrinos ahora. Y le quedan muy parecidos.
Pero no están a la venta. “Al final todos son para regalar”, asegura don Luis, quien cada tanto se pelea con su señora por la avalancha de réplicas que los dejan sin espacio. Hasta que parte a su parcela en Melipilla cargado de naves espaciales.
Rodrigo Araujo (33, en la foto) por su parte, es técnico en microbiología de profesión y maquetista premium en sus ratos libres. Lo de él son los dioramas. ¿Recuerdas cuando debías hacer en el colegio esos esquemas de un volcán por dentro, o el ciclo del agua con greda y arbolitos plásticos sobre una plancha de cartón?. Esos son los dioramas, los mismos que Rodrigo fabrica de manera pro. Escenarios de Star Wars a escala en donde calzan como en un circo miniatura, momentos memorables de la saga.
Con todo detalle recrea la caverna en donde Han Solo es congelado en carbonita por ejemplo (que le tomó dos años), o el hangar de la Estrella de la Muerte donde aterriza la primera aparición de Darth Vader. “Mi primer diorama era el palacio de Jabba y después de ese me hice el de la cueva del Rancor que es el calabozo donde Luke se enfrenta a un monstruo, ¿recuerdas?”. Ehhh, seguro.
“Los voy haciendo mirando las películas, dándole para adelante y para atrás con el control remoto. En el caso de la cámara de congelación, el diorama lleva luces incorporadas y un trabajo finísmo de lucecitas entre medio de los peldaños de la escalera. Creo que me quedó espectacular”, dice con la modestia de un Padawan.
Para el estreno el año 84, Rodrigo tenía 10 años. Un amigo de la mamá lo sacó a pasear ese día de lluvia sin saber que el niño iba a quedar tan fascinado con la Fuerza que se iba a repetir la película doce veces ese invierno.
“Se trataba de “El Regreso del Jedi”. Yo no había visto las dos anteriores. Es genial ir descubriendo el resto: a ver, este gallo estaba congelado en carbonita, van a ir a pelear a Endor...me decía yo. Ya con “A new hope” me hice fanático. Es una seguidilla, una unidad y todas tienen la misma intensidad. Ver pasar las naves, ese Star Destroyer que pasa, pasa, pasaaaa y no termina de pasar nunca, es realmente emocionante”, dice.
Desde entonces empezó a coleccionar figuritas, y fabricar los dioramas. Hoy expone en las convenciones Star Wars y espera con ansias cada año para idear uno nuevo. “El que hago ahora tiene relación con Tatooine, con Luke y con Jabba, son pistas no más porque no puedo adelantarte nada”. Demonios, nos perdimos la exclusiva.
En cada exposición la gente se saca fotos junto sus dioramas. Entonces Rodrigo se llena de orgullo. “No sé que vaya a pasar con ellas más adelante, para mi son un tesoro. Me imagino diciéndole a mi hijo esto lo hice yo, es Star Wars y que él me diga En realidad, papá que bien te quedó”.