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ANDARSE POR LAS RAMAS
La primera novela de Alejandro Zambra provocó la última gran pelea literatosa post Bolaño. ¿Hay un antes y un después de “Bonsái” (06) en la narrativa chilena? No sabemos. Lo que si sabemos es que su segunda novela, “La vida privada de los árboles” (07) está a la altura de su predecesora. O más alto aún. Una gran novela.
Por Vadim Vidal

Si un libro de 94 páginas que trata de un hombre que observa crecer un bonsái, desata una dura disputa literaria es porque a) estamos en Japón, b) la escena literaria del país es muy frágil o c) el libro es endemoniadamente bueno. Acá no existen las alternativas “Todas las anteriores” o “Ninguna es verdadera”. Acá la única alternativa falsa es la primera.
El año pasado el crítico literario Alejandro Zambra (32) publicó su primera novela, Bonsái, la que fue elegida por la crítica como la mejor del 2006. De ahí la guerrilla literaria entre quienes quisieron ver en este libro chiquito la lápida a la llamada “Nueva narrativa chilena”, y quienes dijeron que si bien era una buena novela de inicio no sepultaba nada, y que como dijo Fuguet, sólo era parte del “matonaje mediático gris y amarillo de Jorge Herralde” (el editor de Anagrama).
Para los entusiastas de las riñas: por un lado estaban los editados por Planeta a finales de los 80, comandados por Gonzalo Contreras y Sergio Gómez y por otro lado, autores nuevos con una militancia previa en la crítica literaria: Bisama y Matías Rivas (Mao de The Clinic), entre otros.
En medio de ellos, Bonsái una novela corta que parece cuento largo. “Un mal clon de Roberto Bolaño” según sus detractores. Una sentencia demasiado atractiva como para dejarla pasar.
El zurcidor japonés
 “Bonsái” es una novela muy corta (94 páginas a letra grande), la historia de amor entre dos estudiantes de literatura, Julio y Emilia, quienes decidieron “encerrarse en la violenta complacencia de los que se creen mejores”, por el simple hecho de leer antes de follar (porque, según ella eran “demasiado chicos para hacer el amor”).
Una historia de amor mezquina. O sea, una historia común y corriente de gente que no quiere ser ni común ni corriente.
Luego de la separación, Julio vaga en trabajos de medio pelo hasta que se convence que la labor que debe cumplir es cuidar un bonsái. No les voy a decir cómo llega a esa conclusión porque si lo hago, les contaría el libro entero.
Pero lo central no es la historia, sino el macetero que la contiene. Lo dice el propio Julio: “Escribir es como cuidar un bonsái”. Si la técnica del bonsái es replicar un árbol en miniatura, en su novela Zambra intenta sostener una historia con sólo el andamiaje: usando retazos de personajes en vez de descripciones acuciosas, y más pausa que acción. Escribir “como si estuviera redactando un resumen de una obra ya escrita”, como aconsejaba Borges.
En definitiva, la primera novela de Zambra es un juego de estilo. Toda la polémica apunta a eso, creo. A que el ex - critico literario de LUN trató de presentar una poética en su primera novela. Y toda poética es ambiciosa.

Raíces
No es casual que la formación de Zambra venga de la poesía. De hecho cita entre sus “pares” a Kurt Folch, Leonardo Sanhueza y Andrés Anwandter. Poetas todos. De un verso de este último viene el título de su segunda novela recién publicada: “La vida privada de los árboles”.
Zambra, igual que Bolaño, fue primero poeta y después narrador. Él mismo ha dicho que pensó “Bonsái” (06) como poema primero y después tomó la forma de novela.
¿A qué va todo esto? A que Zambra rescata algo muy propio de cierta poesía: narrar historias pequeñas que ocultan más de lo que muestran (como lo mejor de Bertoni o Carver como poeta, por ejemplo). Poesías que pareciera que se arman después de leerlas.

La pregunta es si el crítico sería capaz de hacer una segunda novela del nivel de su antecesora. La respuesta es contundente. “La vida privada de los árboles” (07) es más compleja, ambiciosa y conmovedora (aunque siempre contenida) que “Bonsái” (06). Lo que es mucho decir.
Si bien a un nivel de crítica y de estudiosos “Bonsái” (06) es más arriesgada en su propuesta, a nivel del suelo, “La vida privada…” salda una deuda con los personajes. Acá están mejor delineados. Acá la historia está a su servicio y no viceversa.
“La vida privada…” es también una historia de amor, esta vez entre un profesor de literatura y una estudiante de arte que abandonó su carrera y se dedicó a la repostería. Pero, al mismo tiempo, es la historia de cómo Julián (el profesor) “adopta” a Daniela, la hija de Verónica, como su propia hija.
Argumentalmente, “La vida privada…” es la hermanastra de su antecesora. De hecho la cita —y la explica abiertamente— en sus páginas. Julián escribe un libro sobre la crianza de un bonsái, que Daniela leerá años después cuando él ya haya desaparecido de su vida y esté sola en el mundo.

Ambas novelas suceden en barrios de clase media, en casas cuyas únicas bibliotecas eran esos libros de color café, rojo y blanco que regalaba la revista Ercilla en los 80. Julián y Julio, fueron universitarios con olor a cerveza y marihuana, que escondían su falta de arrojo en la pedantería propia de los estudiantes de literatura.
Claro que después de que la frustración lleva largo tiempo instalada en sus vidas, deciden borrase de ella abocándose al cuidado de la miniatura de un árbol. Y a escribir una novela como si fuera un bonsái.
Todo suena como un plan largamente premeditado. Zambra primero presenta una historia que es como el borrador de una mayor. Y después se lanza con una de ramificaciones que tocan el pasado y se proyectan hacia el futuro de sus protagonistas.
“La vida privada…” más que un muy bien logrado ejercicio narrativo es simplemente una gran novela. Y Zambra un escritor capaz de decir lo más, con lo menos posible.
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