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CLÁSICA BASURA |
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Ahora que a Salo se le ocurrió sacar un álbum ridiculizando a los “rostros” de la tele, la cosa llegó a tribunales, aunque sin éxito. Nada, comparado con la caza de brujas que produjo el mítico Basuritas, el mejor álbum de todos los tiempos, el que nos prohibieron juntar cuando éramos chicos. Acá, su historia. Pura nostalgia de laminitas repetidas.
Por Guillermo Tupper
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El señor de las láminas
Si hay algo que recuerdo de primero básico es a Gustavo, el matón del curso que me robaba la colación, metiéndose las manos a la boca, poniendo los ojos blancos y gritándome frente a todo el curso “Guillermo Nigote”. Guillermo Nigote, el personaje baboso de Basuritas al que le faltaban los dientes de adelante, igual que a mí en esa época.
Si un día me encuentro a Gustavo en la calle, seguro que lo dejo pidiendo hora al dentista.
“Basuritas” fue más que un álbum, fue un hito pop que dividió a toda una generación, un álbum creado por un ganador del Premio Pulitzer que enfrentó a padres contra hijos.
Basuritas fue la fascinación de muchos y la tortura de pocos, el karma de aquellos con la mala suerte de llamarse como alguno de sus personajes. Un álbum prohibido en muchos colegios, requisado por profesores y destruido por padres. Uno que terminó siendo coleccionado a escondidas por niños que intercambiaban las laminitas en el patio de atrás, como si se tratara de droga.
Ok, ahora hay muchos colegios donde pasa eso. Pero estamos hablando de 1989, cuando todo parecía más inocente.
Basuritas fue el único álbum que mi mamá no me dejó coleccionar en la infancia; tuve que conformarme con juntar el S.O.S Ecológico, uno de laminitas mamonas que nadie recuerda. Y eso, en un país con el consumo pér capita de sobres más alto del mundo (39 por niño), era condenarse al purgatorio social.
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Basura Americana
Basuritas fue un producto importado, un álbum inspirado en una serie de personajes que aparecían junto a los chicles gringos Topps,en la década del’80. Pero su creador estuvo lejos de ser un director decadente de películas gore o un geek adicto a los videojuegos. El hombre detrás de los primeros Oscar Arota y Matilde Pilate fue nada menos que un futuro ganador de un premio Pulitzer: Art Spiegelman(en la foto).
En 1985 Spiegelman, un talentoso guionista de historietas underground, creó su primer gran éxito: Garbage Candy and Wacky Packages, una bizarra sátira sobre unas exitosas muñecas rubias y regordetas, llamadas Cabbage Patch Kids(algo así como Niñas Repollo)
Spiegelmanideó como su antítesis a Garbage Pail Kids(Los Niños Tarros de Basura), una colección de personajes con acné, pelos en las axilas, cuerpos deformes y mucho humor negro. Y, obvio, la rompió.
Para la primera serie de figuritas Spiegelman reclutó al dibujante John Pound,quien diseñó a la mayoría de los antihéroes. Fue tanto el éxito logrado por Garbage Pail Kids, que en 1987 se hizo una película homónimade bajísimo presupuesto, en que los personajes –adaptados como una especie de Muppets satanicos- interactuaban con los humanos. Un fracaso en la taquilla.
Vea escenas, clikeando acá.
Por la misma fecha Spiegelman se volvía un mito al lanzar el primer tomo de Maus: A survivor’s tale,un revolucionario cómic que relataba la vida de su padre tras escapar de un campo de concentración, donde los nazis eran gatos y los judíos ratones. La segunda parte de la saga, And here my troubles began, publicada en 1991, ganó un premio especial Pulitzer en la categoría de mejor ficción.
Cuando en 1988 los creadores de las muñecas repollo demandaron a Topps Company por violación de marca, las ventas declinaron y el fenómeno de los niños basura se comenzó a trasladar a otros países. Entre ellos, Chile.
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Basuritas, ilegal
Una mañana de 1989, las oficinas de Saloamanecieron en toma. Pancartas de colores, voces chillonas y cotonas con cintas de colores en cada brazo. Revolución pingüina, con alumnos que aún cruzaban la calle de la mano con las tías.
Habla Iván Cardemil, en aquella época director de arte de Salo: “Era un curso completo de primero básico junto a sus profesoras. Todos portaban pancartas que decían ‘No a Basuritas’ y exigían que retiráramos el álbum”, recuerda. “El tema es que los niños eran tan pequeños, que difícilmente podían saber de qué estaban hablando”.
Este fue el capítulo más extremo de la guerra que los colegios privados declararon a “Basuritas”, durante los tres meses que estuvo en los kioscos. Una que incluyó prohibición del álbum y persecuciones a todo aquel que lo tuviera.

“En mi colegio se enviaron circulares a los papás para que no lo compraran. Decían que atentaba contra la moral y los valores cristianos”, recuerda Jorge Gutierrez (28), por aquel entonces alumno de quinto básico del colegio Verbo Divino. “Pero la mayoría lo coleccionaba a escondidas. En los recreos, para cambiar láminas teníamos que escondernos como si estuviéramos traficando droga. Si nos pillaban, nos llevaban a inspectoría y no volvíamos a ver el álbum”.
Matías Bakit (24) prefirió ser clandestino. Como su familia le prohibió tenerlo, hizo una alianza con un compañero del barrio para esconderlo en su casa. “Era la única forma. Yo estaba en el Sagrado Corazones de San Bernardo, y Basuritas era casi un sacrilegio. Para ver las láminas, teníamos que caminar hacia un patio alejado de todo. Y ahí nos quedábamos durante toda la hora de almuerzo”.

Franco Iovi (22 en la foto junto a la lámina con quien lo molestaban sus compañeros) fue uno de los que cayó en el intento. Después de convencer a su papá que se lo comprara, logró conservarlo varias semanas a escondidas. Hasta que su mamá lo descubrió. “Lo botó a la basura con la excusa de que los monstruos incitaban a ser despectivo con las personas. Yo diría que ahí empezó otro problema mayor: cuando el colegio se dividió entre los que tenían Basuritas y los que no”.
Franco cursaba primero básico en el Saint George’s y recuerda que fue el primero en llegar con Basuritas bajo el brazo. “Me transformé en un ídolo de inmediato. En vez de personajes asexuados de Disney, eran monos vomitados, con caspa, sangre y mocos. Y como los profesores lo detestaban, tenerlo era lo más rudo del mundo”.
Poco a poco, el álbum fue ganando popularidad hasta que la mayoría empezó a coleccionarlo. De ahí a la discriminación, un paso. “Era la ley del más fuerte. A los que no los dejaban tenerlo, eran los losers y blancos de todas las bromas”, cuenta Franco.

Uno de ellos fue el propio Matías Bakit. Todo por culpa del personaje Matías Queroso, uno de los más populares y repulsivos. “Las bromas duraron como un año. Para peor, era el único del curso que se llamaba como algún basurita. Y justo me tocó el más rancio”, recuerda avergonzado.
Para Cardemil, el principal problema lo causó la serie de láminas que estereotipaban a los mecánicos, conductores de micro y profesores. “Llegaron muchas cartas de gremios ofendidos por los textos. Fue ahí cuando toda la popularidad obtenida se nos volvió en contra”.
A las pocas semanas de salir a la venta, Basuritas sufrió un bloqueo que incluyó la prohibición a todo quiosco cercano a un colegio privado de venderlo.
“Al ser declarado ilegal, se volvió aún más deseable”, recuerda Franco. “No se trataba solamente de tener un álbum, sino de ir en masa contra las reglas de los papás y el colegio. La excusa para pasarlo bien sintiéndote rebelde”, agrega Jorge.
Un levantamiento infantil al más puro estilo del Señor de las moscas que generó opiniones desmedidas por lo fanáticas. La más inolvidable de todas apareció en la edición de octubre del ’89 de la revista Qué Pasa. Rodrigo Infante, por entonces director del colegio Apoquindo, llegó a decir que Basuritas buscaba “destruir los valores de la sociedad occidental y la familia”.
Hoy Infante ejerce en una consultora y recuerda vagamente el tema. “Lo que sí recuerdo es que nos juntamos varios de los directores de colegios del sector oriente y concordamos en que teníamos que prohibir ese álbum. Yo actué como el vocero oficial. Ahora, cuando releo la cita me parece un poco exagerada, pero siempre estuve por defender el valor de la familia”.
Menos mal que no ha visto Southpark.
Bloqueado y censurado, Basuritas agotó stock a los tres meses. A la hora de cobrar los premios, los pocos que completaron el álbum podían sentirse verdaderos héroes. “Pese a todos los problemas, Basuritas dejó muchas ganancias”, afirma Cardemil. “Incluso, después hicimos un alargue, sacando pósters gigantes de los monstruos. Y, obvio, los niños los canjearon todos”.
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Apaga la tele
En la última década, los gustos de los colegiales por los álbumes se trasladaron mayoritariamente a fenómenos televisivos. De los 23 álbumes que lanzó Salo el 2006, 15 corresponden a programas del cable o series animadas. En los últimos años, Mekano (2004), Kudai (2005) y Power Rangers (2006) han estado entre los más vendidos. “Hoy los niños crecen con dibujos tanto o más transgresores que los de Basurita”, teoriza Cardemil.
Diez años después del suceso, Salo decidió lanzar una reedición del álbum, incluyendo a la mayoría de los personajes que integraron la primera generación. A diferencia de la anterior, esta resultó un fracaso en ventas. “Eran otros tiempos. En 1989 nadie estaba preparado”, agrega.
Hoy Basuritas es un deleite de coleccionistas y personas atrapadas en la nostalgia. Cardemil: “Con los años se transformó en un álbum mítico. Lejos lo más controversial y mediático que tuvimos”.
Láminas ocupadas para el reportaje, gentileza de Salo.
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