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ELLIS V/S ELLIS
Breat Easton Ellis, el enfant terrible de la literatura estadounidense de los 80s, el tipo que creó al sicópata literario más famoso del siglo XX, el escritor que supo poner frente a la sociedad contemporánea gringa el más terrible de los espejos, está de vuelta después de seis años. “Lunar Park” es su última novela, un intento desesperado por vencer al personaje en que él mismo se convirtió.
Por Matías Correa

HOMBRE MUERTO CAMINANDO
Bret Easton Ellis es un escritor cuarentón que se parece más a Ozzy Osbourne que a James Joyce, un tipo que a los 23 años tenía tantos lectores, como puntos de rating puede llegar a tener la sictom más exitosa de la temporada.
Easton Ellis era un pendejo que todavía no terminaba la universidad cuando su nombre ya aparecía en listas VIP junto al de Madonna, Keaunu Reeves, Robert Downey Jr. y Elton John. Tenía una cuenta corriente envidiada por asesores financieros con el doble de su edad, y vivía, era que no, el cliché de sexo, drogas y música pop.
Antes de los 30 años Easton Ellis podía mirar al mundo desde el penthouse del sueño americano. Rápidamente se convirtió en un autor que había hecho realidad el sueño (y pesadilla) de la escritura: vivir en el universo que él mismo había creado.
Pasaron los libros, las fiestas, las adaptaciones cinematográficas y los excesos. Las ideas se hicieron algo repetitivas y previsibles. Llegó la madurez, y con ella, el silencio. Hasta que luego de seis años de páginas en blanco apareció “Lunar Park” (06), su última novela, una historia donde la biografía choca con la ficción.

“TE IMITAS LA MAR DE BIEN”
Veinte años han pasado entre la primera y la última novela de Ellis. Demasiado tiempo como para seguir siendo el niño terrible de la literatura norteamericana. Demasiado tiempo también, como para seguir siendo Bret Easton Ellis: nadie puede jugar eternamente a ser un Dorian Gray aburrido del mundo, especialmente si ahora te has convertido en el enemigo: en ese padre ausente que tanto detestabas, en ese hedonista ricachón que criticabas.
Pero, ¿cómo saber quién eres, después de convertirte en un personaje? Bueno, Lunar Park es un esfuerzo por responder a esta pregunta. Claro que ahora Ellis no puede adoptar la mirada de ese apático vidente púber, que vaticinaba el fin del mundo reclinado en el asiento de un convertible.
Ellis descubrió, ahora ya viejo, que el cinismo se transforma en impostura cuando te has convertido en el blanco de tus antiguos disparos. Que es simplemente ridículo parodiar la consumación del sueño americano, si te llenas los bolsillos con la misma basura que te interesa quemar. Que es mejor dejar de imitarse a sí mismo y ceder ese rol a los cientos de copiones que abundan por doquier.
Lunar Park es el esfuerzo por re-escribirse, recorriendo el camino de vuelta, desde la ficción a la realidad. Y Ellis lo hace caminando de espaldas, mirando cada una de sus huellas convertidas en best sellers.

MENOS ES MÁS
Apreciado con distancia, hay que reconocer la lucidez que tuvo Ellis para adelantarse al resto, en la tarea de narrar el apático nuevo espíritu adolescente.
El argumento de Menos que cero (85, su debut) es sencillo: se trata de la historia de Clay (18), un tipo de clase media alta que llega a su casa en Los Angeles, para pasar las primeras vacaciones desde que entró a la universidad. La idea es retomar las cosas con su novia, pasar el rato con Julian, su mejor amigo, y tratar de no molestar a su familia.
Pero nada sale bien ni con su novia (con la que no puede hablar en serio aunque lo intente) ni con Julian (que descubrió que era más rentable prostituirse que estudiar) ni mucho menos con su familia (su viejo, una insoportable presencia fantasma; su vieja, dopada en el mall; sus hermanas, unas putitas en potencia).
La de Clay es una generación que no valía, ni producía, siquiera un tercio de los dólares que gastaba en coca, fiestas, vodka, BMWs, comida chatarra y maratones sexuales: esa era la hedonista Norteamérica de principios de los 80’s que retrata Ellis. Una postal de los hijos de la gente que votó por Reagan, compró discos de Phil Collins y especuló en la bolsa como si estuvieran jugando al Monopoly.
Es justo en medio de esa década, cuando aparece Ellis listo para describirla y, de paso, hacerse millonario reciclando lo misma mierda que desnuda.
En la peor de las lecturas posibles, Menos que cero es un libro violento, crudo, nihilista y vacío. Una provocación gratuita que logró el éxito pop, gracias a la torcida fascinación contemporánea por la crueldad. En la mejor de las interpretaciones, Easton Ellis retrata de manera amplificada, el sicopático hastío de quienes crecieron en la abundancia más obscena.
Ese es, en resumen, el debate que persiguiría a todaas y cada una de sus novelas, hasta que llegó Lunar Park.

ESQUIZOFRENIA AMERICANA
Best Seller repudiado por feministas, activistas contra la discriminación, judíos, homosexuales, colectivos de izquierda, defensores de las ballenas, etcétera. ¿American Psycho (91) huele a nazi? Bueno, al menos así es a primera vista.
Patrick Bateman parece una siniestra mezcla entre Brad Pitt, José Yuraszeck y Charles Manson. Bateman es un tipo de musculatura perfecta que trabaja en Wall Street y asesina corredores de bolsa con motosierra, mientras comenta el último disco de Withney Houston. Un elegante millonario que gasta la misma cantidad de tiempo y plata en reflexionar sobre la letra de “Sussudio”, la potencia de su equipo de música, la crema humectante que va a escoger por la mañana y el modo en que va a mutilar a las dos prostitutas con las que está follando, mientras evalúa el ancho de sus pectorales frente a un espejo.
No es de extrañarse que pocos le crean a Ellis cuando alega que su intención no fue escribir una apología a una nueva forma de fascismo hedonista ultaviolento, sino una crítica al american way of life. Dijo Ellis sobre su obra en una entrevista al NY Times: “Mi trabajo realmente, es sobre una cultura que me emputece y el mundo en el que vivimos, donde se valoran todas las cosas equivocadas”.
American Psycho no solo se muestra como un porno-trhiller pasado por la juguera del gore: bajo toda esa capa de semen y sangre se esconde una novela profundamente moral, escrita por el más inmoral de los moralistas.

TERRORISMO BLANK
Se sabe que las relaciones filiales nunca son fáciles. Por eso después de American Psycho, la cuestión era cómo Ellis iba a recuperarse de su sociopática criatura. La respuesta la encontró en Glamourama (98), un novelón de más de 500 páginas en el que se entrelazan farándula y terrorismo, algo así como El club de la pelea (96) de Palahniuk, pero con más explosiones y gente más bonita.
Como en sus obras anteriores, Glamourama tiene esa misma escritura minimalista, armada en base de una frenética sintaxis de video clip: largas descripciones en frases breves, para relatar sucesos exagerados. La diferencia está en que los personajes (siempre apáticos muertos vivientes de cuerpos pornográficos), ya no eran niñitos aburridos de la universidad ni ejecutivos en trajes de 500 dólares, sino modelos, actores y terroristas, complotados para establecer una nueva ley de la supervivencia donde sólo resisten los más bellos, ricos y famosos, literalmente.
El argumento es distinto, pero la idea es la misma: ¿cómo es posible sobrevivir en un mundo de depradadores (capitalistas, sexuales, glamorosos, etc.) que destruyen precisamente lo que más anhelan (la posibilidad de encontrar algo o alguien que los salve de sí mismos)?
Personalmente creo que Glamourama es por lejos, lo más complejo y mejor logrado que haya escrito Ellis, eso, a pesar que de no ser por este artículo jamás lo habría terminado, habría sucumbido antes de la página 200 como le sucedió a la mayoría de quienes lo leyeron (o intentaron hacerlo) en su momento.
Me explico: sí, es cierto, las 200 primeras páginas son difíciles y tortuosas porque en ellas no pasa absolutamente nada, salvo las descripciones de un tipo vacío y aburrido, pero al final de la novela ese estilo obsesivo, sicopático e hipnótico que usa Ellis para desarrollar sus personajes, se justifica plenamente.
Después de cuatro libros uno puede alegar que ya se sabe los trucos de Ellis de memoria, que no eran necesarias 200 páginas para lograr el efecto (aunque eso es como decir que podría haber relatado menos crímenes en American Psycho, total, desde el título nos quedaba claro que se trataba de un sicópata).
Pero eso es pedirle a Ellis que no sea él mismo: su sello estilístico más reconocible (la repetición de frivolidades) le permite retratar la obsesión del mundo de la sobreabundancia (más estímulos, más bienes, más discursos, más posibilidades, más sexo, más experiencias, etc..), usando la misma lógica sicopática de la acumulación. Y eso, enferma.

PASEO LUNAR
Excesos. En el mundo, en sus libros, en su vida. Era hora de reinventarse y eso es lo que intenta Ellis en Lunar Park (06). Y lo dice en la primera línea de la novela: su problema es el mismo que tiene Pink Floyd, ser el mejor imitador de sí mismo. Y de eso trata el libro, de un tipo que trata de descubrir si es capaz de dejar de vivir parodiándose.
Ellis intenta dejar de ser un personaje convirtiéndose en el protagonista de su novela, y apuesta por la única lógica de redención que conoce: reescribir su historia con la cinematográfica fórmula de chica-salva-a-chico.
En Lunar Park la heroína se llama Jayne Dennis, una escultural y famosa actriz madre de dos niños: Robby, el hijo que Ellis se negó a reconocer hasta que termina viviendo con él y Sarah, una niña que a pesar de ser hija de un productor de poca monta, no deja de referirse al protagonista como “papá”.
Después de haber sido un adolescente fuera de tiempo por demasiados años, es difícil transformarse en un adulto serio y responsable de un día para otro. Pero el escritor al menos lo intenta: se casa con Jayne y se muda a los suburbios con esposa y niños incluidos.
En menos de tres meses Ellis logra convertirse en el “joven” profesor universitario que todo el alumnado quiere conocer (un Alvaro Bisama menos gordo, más cáustico y más libidinoso), en el apoderado que no puede perderse las insufribles reuniones escolares de sus hijos y en el marido que asiste a terapia conyugal para salvar un matrimonio que no entiende.

Desde que muta en un padre de familia hasta que deja de serlo, Ellis es acosado por una serie de fantasmas y demonios personales. Literal y metafóricamente. Porque la vida familiar deja de ser el mayor de sus problemas cuando comienza a sospechar que su fallecido padre, un muñeco de peluche y su personaje más famoso, Patrick Bateman, lo están acosando.
A eso súmenle las extrañas desapariciones de niños de la misma edad de su hijo, una casa que de a poco comienza a mutar y una mascota que parece leer sus pensamientos. Es en ese preciso instante que Lunar Park deja de ser la parodia de un reality show en primera persona orquestado por el mismo Ellis, y se convierte en una novela seriamente delirante. O que delira en serio.
Es difícil decidirlo: Lunar Park tiene ambiciones tan grandes, que a lo largo de sus 380 páginas camina por el límite que hay entre una novela demasiado pretenciosa y una que arriesga todo por la reinvención de su autor. ¿Lo logra? A medias.
Ellis ya no es el mismo y eso no puede obviarse. Se le nota más maduro, y si bien perdió fuerza en lo grotesco y cierto nervio a la hora de construir el relato, recuperó conciencia por montones.
Por ejemplo, en Lunar Park escribe sobre cómo los niños de los suburbios de EE.UU comienzan, poco a poco a desaparecer de sus casas. Al principio se cree que alguien los está raptando (de telón de fondo está todo el terror post 11S), pero pronto aparece la posibilidad de que ellos estén huyendo (de los psicopedagogos, el Ritalín y las terapias de autoestima) por sus propia voluntad. Se trata de infantes sumamente lúcidos: niños que prefieren estar solos a convivir con adultos incompetentes.
Lo peculiar es que esos adultos de los que escapan, son los mismos que pertenecieron a la pasiva “Generación X” gringa, esa formada por los hijos de la década de las flores, la prole de unos padres que prefirieron tratar de salvar el mundo antes que a sus hijos.
La cosa es que ahora que les toca a ellos representar el papel de adultos –me refiero a tipos como Ellis, gente de más menos la misma edad que hoy tendría Cobain– se dieron cuenta de que no les interesa o no saben cómo hacerlo. Se trata del problema de toda una generación reflejado en una privada literatura: la de Ellis. Eso, es lejos lo mejor logrado de la novela.
Por otra parte la forma en que Ellis desarrolla el suspenso, el cómo arma el proceso en que la realidad deviene en sobrenatural, es demasiado evidente y básico. En este punto Ellis está a kilómetros de distancia de lo mejor de Stephen King y sobretodo, de la magnífica trilogía “sobrenatural” de Chuck Palahniuk (“Asfixia” 2001, “Nana” 02 y “Diario” 03), tres libros a los que el último de Ellis les debe bastante.
En Lunar Park se alcanzan a ver los esfuerzos que hay por asumir la mayoría de edad, lo que es totalmente elogiable. Habrá que esperar a su próxima novela, para descubrir si Ellis logra o no afiatar su estirón intelectual y estilístico.
"Lunar Park" de Bret Easton Ellis: $7.000, precio de referencia.
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