Andrés Calamaro estuvo una larga temporada bajo tierra. Allí grabó discos dobles, quintuples y centenas de inéditos que subió gratis a Internet. Ahora regresó más limpio, más enamorado, pero igual de prolífico, con un disco de tangos en plan flamenco, otro doble donde lo homenajean hasta los Cadillacs, y un gran disco en vivo editado este año en Chile. Acá, conversa con la Zona desde Madrid. Acceso al exceso.
Verano del 2005, Cosquín Rock. Los hoteles y las residenciales cordobesas tienen carteles de “no hay lugar” o “lleno”. En la calle los afiches anuncian con letra gigante el one night only de Andrés Calamaro.Y en los bares los chicos sólo hablan de eso, acariciando la entrada que guardan en sus bolsillos.
Hace seis años que no tocaba en vivo. Encapsulado en su depto madrileño y con el corazón roto, Calamaro grababa hasta once canciones por jornada y sólo bajaba para comprar cocaína. Veía salir el sol hasta tres veces por día antes de desmayarse. Su propia temporada en el infierno, entregada en cuotas de cedés quemados.
Canciones, canciones y más canciones que el mundo conoció gracias a Internet, Página 12, Clarín o la Rolling Stone argentina, cada vez que uno de sus periodista lograba internarse en el Vietnam privado de Calamaro. Todos regresaban con unos cuantos cedés inéditos, prueba que se trataba de “un loco, pero un loco trabajando”, según sus propias palabras.
En Cosquín, Attaque 77 termina su show. La Mancha de Rolando se sube al escenario alternativo. Nadie se mueve hasta allá. Las 15 mil personas miran hacia el principal y cantan “olé, olé, olé, olé. Andrés, Andrés”. En el backstage los músicos de La Bersuit Vergarabat, su banda de apoyo para la ocasión, lo abrazan. Finalmente, un Calamaro de barba, chaleco y camisa amarilla, sube al escenario. Y se para frente a un atril con las letras de sus propias canciones.
Como el protagonista de Garden State, Calamaro es el amigo perdido que regresa a casa. El Maradona del rock. “Siempre seguí la misma dirección/ la difícil/ la que usa el salmón” (El Salmón, 2000) es la canción que abre el show, su declaración de principios y metáfora de los días salvajes en España. La gente se la sabe de memoria, como todas las que cantó, hit tras hit.
“Prepárate, porque acá está pasando algo muy serio con tus canciones y tu repertorio” le habían dicho, en plan Nostradamus, Los Auténticos Decadentes, en cuanto se bajó del avión en Baires y –como es su costumbre- se puso a ensayar con bandas amigas.
Era la cuarta etapa del "Plan Retorno", que continuó en el Luna Park, la edición del disco de tangos interpretados desde el flamenco (“Tinta Roja”, 06), el disco doble tributo donde versionan sus canciones Julieta Venegas, Kevin Johansen, Joaquín Sabina, Pedro Aznar o Los Fabulosos Cadillacs (especialmente reunidos para la ocasión) y un devedé en vivo pauteado para septiembre.
La primera etapa del plan fue cerrar por un tiempo la llave de la locura (personal y creativa), para centrarse en un elegante disco de versiones –que al final incluyó tres suyas también- llamado “El Cantante” (04). La segunda dejar las drogas. La tercera, regresar a su país.
“La amistad y el respeto son sagrados. No se piden. Se ofrecen. Sobre ser el músico argentino más querido y respetado, no creo que sea por méritos musicales, en el caso de ser cierta esa información tan graciosa que me honra tanto”, le dice Calamaro a la Zona desde Madrid, tras presentarse junto a Ariel Rot su ex compañero en Los Rodríguez en el Natural Festival de El Ejido en Almería junto a Placebo, The Pretenders y Guns N`Roses.
Voy a salir a caminar solito. Sentarme en el parque a fumar un porrito. Y mirar a las palomas comer, el pan que la gente les tira. (“Loco”, Alta Suciedad, 1997).
Calamaro es aquel amigo en el que puedes confiar tus penas. No es sofisticado como Cerati, no juega al divo bohemio como Fito, no te lanza un vaso de whisky en la cara como Charly. Calamaro tiene calle, barra y humo, a pesar de vivir entre aeropuertos y hoteles cinco estrellas.
“Soy del centro. Crecí entre edificios, enfrente de una estación de trenes. No soy exactamente un chico de barrio, ni soy últimamente un chico. Puedes imaginarme egoísta, haragán, ermitaño y hacer un promedio. Tratando que el promedio no estropee esa buena imagen que estoy dando”, responde con esas frases de rocker pasado a ginebra, que tan bien quedan en sus canciones.
La imagen de Calamaro surge con ese chico que espera eternamente bajo la lluvia a su novia. Lo hace como un perro y con un “cohete en el pantalón”.
“Mil horas” (1983) de Los Abuelos de La Nada (grupo donde él era tecladista), fue su primer y sorpresivo hit. El más grande de la banda. Y como todos saben, cuando la mina llegó, lo miró y le dijo “loco/ estás mojado/ ya no te quiero/ na na na”.
Con esa canción nació el Calamaro con el que uno se encariña, el tipo con voz pasada a barra de bar, el “perro ideal que aprendió a ladrar, y a volver al hogar/ para poder comer” (“Flaca”, 97).
En las canciones de Calamaro son las mujeres las que realmente tienen el poder dentro de las relaciones. Ellas son las que mandan, eligen, salvan y condenan. “No entendí si fui tu dueño/ o un borracho que pasaba/ soy grande pero tengo/ algo que aprender”, canta recordando a un ex amor en “El día mundial de la mujer”.
A pesar de eso, Calamaro no es un llorón: aunque el tema central de sus canciones sea el amor no correspondido, el amor perdido y la invención de la soledad, Calamaro nunca canta desde el suelo, siempre lo hace con la dignidad del que sostiene un ramo de flores nunca entregado, con el corazón hecho pedazos. Y lo hace escribiendo frases para el bronce, que se verían excelentes como nicks de msn.
“Te quiero/ pero te llevaste la flor/ y me dejaste el florero…/ me dejaste el vestido y te llevaste el amor/ pero igual/ te quiero” (“Te quiero igual”). Tan simple y brutal como un tipo honesto.
“Te dedico mis canciones porque sientes que la vida no está hecha de canciones. Está hecha de pedazos de tormenta. Está hecha de malditas sensaciones”. “Mi Rock Perdido” (Los Rodríguez, Sin Documentos, 1993)
1987. Vicentino y Andrés Calamaro discuten en un estudio de grabación sobre el sonido de “Mi novia se cayó en un pozo ciego”. Calamaro hace algunas recomendaciones sobre el ritmo y mueve las perillas. Meses después esta canción de Los Fabulosos Cadillacs sería número uno, el primer gran clásico de la banda.
Ese fue el primer efecto de la bola de nieve Calamaro: su toque como productor y colaborador en varios hits del rock de los ochenta desde Enanitos Verdes hasta nuestros Upa! Mientras tanto, seguía componiendo y sacando buenos discos, pero sin mucha repercusión. Una máquina de hacer canciones. Aunque los hits propios, vendrían en la década siguiente.
-¿Cuándo te diste cuenta que tenías el “don” de convertir canciones en hits?
-Más que tener el don de las canciones, estaba más compenetrado en pensar: “Dios mío, perdí el don”. Ni siquiera canto lo que me gustaría escuchar. Extrañamente eso hace a mis canciones populares. Es una pregunta también que me hago.
-Tus letras generalmente tienen que ver con el amor y la tristeza…
-Sí. No entiendo como el dolor no me bloqueó totalmente. En cualquier caso es mucho más agradable bloquearse de alegría. No sufrí más que la media de las personas. ¿Si es inevitable pasarla mal? Apostaría por lo contrario. Además, el amor es la salvación. Incluso morir de amor es digno
- ¿Por qué tus discos solistas de los ochentas no tuvieron éxito en Argentina, si estaba en ellos el germen de Los Rodríguez en cuanto a rock, letras y onda?
-Es inevitable que existan tiempos buenos y tiempos medianos. Supongo que habría que mirar el panorama completo de esa época, sumarlo todo. Tampoco soy tan exitoso. Soy desconocido en la gran mayoría de los países del mundo. Con Los Rodríguez tampoco fue un súper éxito. Conseguimos trabajar y vivir de la música. Pero no éramos unos jovencillos tampoco.
-A propósito ¿es cierto lo que contó Pablo Ugarte, que te fuiste a España a fundar Los Rodríguez con tu paga como productor de UPA!?
-Es cierto, aunque no es menos cierto que necesité otras grabaciones para ahorrar los novecientos dólares que me llevé a Europa, descontándole ticket.
Calamaro dice que ”Alta Suciedad” (1997) fue una grabación extraordinaria. En Los Rodríguez su pluma y capacidad compositiva elevó al grupo a kilómetros del resto del rock ibérico, con canciones como “Sin documentos” o “Dulce condena”. Tras ese grupo nació un nuevo punto de partida para Calamaro: el de su éxito en Argentina y Latinoamérica, y la revalorización de sus canciones de los ochentas, como la inigualable “No se puede vivir del amor”.
Con el éxito apareció su muy privada, pero a la vez pública, temporada infernal. Porque Calamaro es el chico terrible del rock con eñe. Un cantautor que tomó la locura, el miedo y asco de seguir apenas vivo después de romper con la chica de su vida (le quedó un tatuaje con el nombre de su ex como marca), y lo convirtió en discos tan impresionantes como el doble “Honestidad Brutal” (1999) o el quíntuple “El Salmón” (00).
“La época fue tremenda. Confieso que buscaba respeto y repertorio y lo encontré. Incluso eligiendo el camino más complicado”, dice recordando su época de exceso, compositivo y del otro.
Una noche de 1998 Calamaro se quedó solo en su depto. La chica se había ido, la cama era más grande, y la almohada al lado de la suya aún olía a perfume. Calamaro no quería dormir. Tampoco podía hacerlo, pero en lugar de sólo revolcarse en el polvo, empezó a jugar con la portaestudio, el piano y la guitarra. “Creaba sobre los ritmos programados de los teclados baratos”, cuenta.
Calamaro no salió de esa esfera voluminosa de canciones, soledad y pupilas dilatadas hasta cuatro años después. Dejó de dar recitales y entrevistas. Después, comenzaría a grabar 50, 100, 500 canciones que subiría a internet. Su aislamiento fue total, salvo por la edición de “El salmón” (00) un disco quíntuple de 103 canciones. Fue lo único que se supo de él, aparte de algunos reportajes que lo mostraban bastante demacrado, pero impresionantemente productivo. Y claro, una vuelta a Buenos Aires para volver a encerrarse y repetir el procedimiento yonqui-compositivo de Madrid.
-“Eso duró algunos años. Sobreviví al Salmón y remonté ese mismo río una o dos veces más. Lo bueno de esa época-síndrome es que no llegaba mucha información a ninguna parte. La realidad pedía discos que no editaban, canciones ocultas y ocultistas, romper la baraja, no salir de gira. Es doloroso no dar a conocer la obra, pero es funcional y es de un orden artístico, lógico y ético. No compartir la música con el público es noble. Lo que pasó es que pasó”.
-Tú si que viviste en el lado salvaje. ¿Cómo saliste de ahí, entonces?
-No sé si habrá sido para tanto, así tan salvaje. Es que no me acuerdo. Científicamente sigo saliendo de ahí y todavía me estoy recuperando.
Con lo último, Calamaro se refiere al psicoanalista. “Cambié una droga por otra, es verdad”. Y todo lo que vino después: su reclusión en una zona campestre, su disco de versiones y la vuelta definitiva a Buenos Aires. Desintoxicado, recuperado y feliz con su novia, con la que tendrá su primer hijo.
-Andrés, lo último… Hace casi diez años que no tocas acá. ¿Qué onda?
-No tengo una respuesta aceptable para eso !!! Supongo que soy un itinerante regresado. Canto de prestado con agrupaciones que siguen su camino (Bersuit) o se van con Paco de Lucia (sus músicos actuales). Lamento tanta demora. Casi una ausencia…