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SANTIAGO X |
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Durante un mes y medio, un periodista de la Zona de Contacto se infiltró en un grupo neonazi. Recibió instrucción seudo militar, tomó chelas, estiró el brazo como si estuviera en una película de la Segunda Guerra, y llegó al funeral de Mauricio Egaña, el neonazi asesinado por una banda de “skinheads” antifascistas. Y todo eso, a pesar de ser moreno. Esto fue lo que vivió.
Por Leonardo Núñez
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Martes 27 de junio. 20.30. Estación Central
Estoy al fondo del bar La Cueva tomando cervezas con trece neonazis que no dejan de mirarme, preguntándose de dónde salí. Todos con bototos, chaquetas de aviador, cadenas, suspensores, tatuajes, y varios de ellos, con músculos trabajados a punta de gimnasio. Todos se conocen. Yo sólo soy “amigo” de “Roberto” (esa es su chapa), el líder de “Estandarte Hitleriano”, la célula neonazi de Puente Alto donde me infiltré hace un mes y medio haciéndome pasar por nacionalsocialista (N.S).
Lo hice en el momento preciso: dos días después de mi postulación, se sabría que los asesinos del joven Tomás Vilches, los neonazis César Esparza y Esteban González (alias "Tito Van Dame"), tenían vínculos con dos efectivos del Ejército y un Carabinero, que terminarían dados de baja por sus instituciones. Los grupos neonazis volvían a estar en el foco mediático. Después de eso, el reclutamiento de nuevos miembros se cerró.
“Existe una orden de no aceptar más gente”, me dijo 'Roberto', “mi líder”, luego de mi “bautizo” en el cerro La Ballena de Puente Alto, una especie de ceremonia con seudo entrenamiento militar. La decisión de no aceptar nuevos miembros por el momento, se habría tomado vía MSN, por algunos de los cabecillas de las distintas células neonazis de Santiago.
En el bar hay miembros de grupos neonazis de Pudahuel, Peñalolén, La Florida, Puente Alto y Estación Central. Todos brindan por la memoria de Mauricio Egaña, el miembro del grupo N.S de Conchalí conocido como “Los Súrdicos”, asesinado de diez puñaladas por el grupo antifascista “Acción rebelde”, en la madrugada del domingo 25 de junio.

Luego de su frustrado funeral, entre brindis y brindis, no falta el que me repite las mismas preguntas. ¿Cómo llegué? ¿En qué grupo estoy? ¿Cómo me hice nacionalsocialista? Yo respondo en piloto automático, repitiendo el discurso aprendido durante el último mes, hasta que “Esteban”, un N.S de Tobalaba, me da un respiro. “Esteban” no resiste la tentación de hablar de la pistola calibre 38 que tiene en su bolso, la que mostraba a unos pocos antes del funeral.
— “¿Y estái dispuesto a disparar?”, le pregunta una chica de ojos pardos. —“Si mi vida corre peligro, si es usar la 38 o la muerte, claro que estoy dispuesto”, responde cortante.
Frente a mí está "Franco", un N.S que no deja de mirarme. En el funeral de Egaña, no soltó la bandera roja con la svástica. Empuñando el mástil con furia, exhibía la bandera con orgullo a fotógrafos y cámaras de TV.
Los universitarios que beben en el bar bajan la mirada al encontrarse con la cara de “Franco”. Resulta intimidante. Tiene unos 25 años, contextura atlética, un metro 78, y mirada agresiva. “Franco” es uno de los líderes del clan “La Rapada” de Conchalí, un “grupo de choque” respetado por sus pares. El águila imperial y el fusil tatuados en su cabeza rapada, hacen que "Franco" recuerde al personaje de Edward Norton en la película “América X”. No deja de mirarme.
Antes de venir al bar, otro N.S me advirtió que tuviera cuidado con él. “Es muy violento, sobre todo cuando toma”. Recuerdo eso cuando “Franco” me hace un gesto; quiere que vaya a conversar con él, a un rincón del bar. No sé lo que quiere, no estoy muy seguro de como salir de aquí sin una golpiza. Lo único que sé, es cómo llegué hasta acá.
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EXPEDIENTES X
Este año, varios hechos de violencia han puesto a los N.S en el foco mediático. Pero los episodios no son nuevos. En julio de 2002, miembros del grupo “Martillo del Sur”, fueron procesados por su presunta responsabilidad en un ataque contra una decena de jóvenes en el pub "El Dique" de Valparaíso. En 2003 un joven de Copiapó, muere luego de ser golpeado por un grupo neo nazi. En 2004, una joven de 19 años es atacada a la salida de un concierto de rock en Puente Alto, y resulta con heridas graves.
El 2006 los casos siguieron. El pasado fin de semana, el N.S Mauricio Egaña, recibió cerca de 10 puñaladas frente a su polola. Hace dos meses, el joven punk Tomás Vilches corrió una suerte similar, esta vez a manos del grupo N.S “Los Celtas”. La lista continúa.
Gran parte de estos grupúsculos N.S se organizan a través de foros, fotologs y blogs. Leyéndolos, uno se da cuenta que los neonazis se ordenan jerárquicamente, entre ellos se llaman “camaradas” y usan terminología militar para relacionarse. Así fue como conocí a “Trinity”, una “skin girl” de 25 años, tez blanca, pelo corto y ojos claros. Me cuenta que tiene un hijo y que su esposo, también N.S, es sub oficial del ejército. “Cada grupo tiene sus propias leyes”, me dice. “Yo prefiero salir con N.S que no anden metidos en peleas. He visto hueás muy feas”.
Para entrar a un grupo, hay que ser insistentes, hasta conseguir una entrevista con el jefe de algún clan. “Estimado camarada: estoy cansado de que travestis y drogadictos se tomen las calles de mi barrio. No comparto la violencia, pero es necesario hacer algo, quizás movilizarnos para generar una ley al respecto. Ojalá pudiera integrarme a su grupo”. Cerca de 20 mails como éste, envié a diversos clanes de N.S para integrarme a sus filas. Luego de dos semanas de intentarlo, recibí una respuesta: “Saludos cordiales. ¿En qué comuna vive? Yo actualmente resido en P.Alto, espero que podamos concretar una reunión en una estación del Metro”.
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SÍ, MI COMANDATE
Miércoles 17 de mayo. 13.00 horas. Patio de comida en Plaza Italia.
La entrevista es con un autodenominado “General Roberto Bravo” quien me espera en la boletería del Metro Baquedano. De raza aria tiene muy poco. De 1 metro 70, flaco, blanco y pelo oscuro, vestido siempre de negro y con un gorro de comando, sus facciones responden al chileno promedio. Al reconocerme, me toma del brazo derecho y golpea su hombro diestro contra el mío y se presenta como líder de “Estandarte Hitleriano”. Así se saludan los camaradas. Es mi primera lección.
Diez minutos después estamos conversando en el subterráneo de un restorán en Plaza Italia. Pongo las manos sobre la mesa, para que vea que no me tiemblan. También me he sacado la chaqueta para que vea que no llevo nada oculto. Estoy paranoico. Comienza el cuestionario:
— “¿Cuál es su historia con el Nacional Socialismo?” —“Bueno, yo viví mucho años en Valdivia. Allá tenía un tío que compartía la ideología. Me prestaba libros sobre nacionalsocialismo”. —“¿Qué tipo de libros?” —“Básicamente económicos, que explicaban como cerrando la economía Hitler redujo el desempleo notablemente”. —“Sí, ese fue uno de los grandes logros del Führer. Puso a muchos obreros a construir edificios y les dio muchas facilidades a los matrimonios jóvenes para que compraran esos departamentos”. — "¿Y qué más hiciste en Valdivia?" —“Intenté formar mi propio grupo, pero no me resultó”, le digo. —“¿Y cuál es su ascendencia, camarada?”, pregunta Roberto Bravo. —“Vasca. Mis bisabuelos se vinieron a Chile antes de la guerra civil española”. —“Se nota”, me dice, “por su frente y nariz”.
En realidad no tengo idea de mi ascendencia. Soy de tez morena, mestizo, y no estoy muy cerca de mis genes españoles. Además, tengo la nariz algo chueca por un rodillazo que recibí en un partido de baby fútbol.
—"Bueno, camarada. ¿Quiere integrarse a nuestro grupo?" —“Sí”, digo sorprendido por lo corto del test. —"Desde ahora usted tiene que obedecer. No aceptamos drogadictos, judíos ni homosexuales. Tiene que estar, en todo momento, orgulloso de pertenecer al Nacional Socialismo. Tiene que andar siempre limpio y caminar derecho, con la mirada puesta en el horizonte. Y cuando estemos en campaña o formación oficial, usted se dirigirá a mí como ‘sí, mi comandante’ o ‘no, mi comandante’. Y, lo más importante, desde ahora sus camaradas son su familia. ¿Está claro?", me dice con un tono firme y alzando la voz. —"Sí, todo claro" —"¿Todo claro?" —"Sí, todo claro, mi comandante".
Ya con más confianza, “Roberto Bravo” dice que tengo que tener mucho cuidado. Él, siempre anda armado con un bastón desarmable en caso de que aparezcan skin antifascistas, enemigos declarados de los N.S. Abrió su mochila para mostrármelo. Son muy fáciles de usar. Basta un movimiento para que el bastón de fierro crezca y otro para que se encoja como una cuncuna.
“A veces, los skins te siguen varios días. Estudian tus movimientos y cuando menos los esperas, te atacan. No les tengo miedo. Mi mayor orgullo es pelear contra tres ‘skin’ en una protesta anti fascista. Me infiltré en medio de la marcha y le empecé a pagar a los locos de una. Los pacos me sacaron de la pelea cuando se me tiraron más ‘skin’ encima”, dice antes de invitarme a mi “primera instrucción”.
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EL BAUTIZO
Sábado 27 de mayo. 9:30 de la mañana. Cerro “La Ballena” de Puente Alto.
La cita era a las 8 de la mañana en el metro Sotero del Río; tenía que presentarme con botas militares, gorro, anteojos negros y chapitas e insignias nazis. Allí, Roberto me esperaba con dos “camaradas” más. Uno es “Mario” (16), va en tercero medio, y es el único autorizado a marchar con zapatillas. ¿La razón? “Es que en la casa no me dan permiso para ser neonazi. Pero igual me voy a comprar botas. El camarada Eric me las va a esconder en su casa”.
“Eric” (18), va en cuarto medio y la próxima semana postulará al servicio militar. Es el orgullo del grupo. Seguir una carrera castrense es una de las máximas aspiraciones de todo N.S, e ir al servicio militar para algunos es una obligación. “Después voy a seguir la carrera para ser sub oficial. Tengo cuña. Mi tío es reservista del Ejército. El también comparte la ideología”, me dijo camino al cerro. “¿Y qué va a pasar con sus ideales?”, le pregunté: “Los voy a mantener, pero ocultos, como todos los camaradas que están en el servicio y comparten la ideología”.
El “bautizo” para ingresar al grupo, es un día de seudo instrucción militar. “El comandante Roberto Bravo” nos enseñó a marchar, a hacer la posición firme y a usar los bastones desarmables. La última prueba era subir 200 metros cerro arriba, en punta y codo, hasta el “altar”: una piedra volcánica con la svástica pintada con spray.
Las piedras del lugar me hacen sangrar. En medio de la prueba, “Mario” me grita: “¡Acaso es judío!, ¡acaso es negro! ¡Muévase, camarada!, ¡muévase! ¡Usted es mejor que la mierda judía!”.
Estábamos en eso, cuando un practicante de yoga, usando mallas ajustadas, se cruzó con nosotros. “¿Ustedes son medios nazis o no?”, preguntó sonriendo. Nadie le respondió. El “Comandante” lo miró con rabia y al rato, nos ordenó ir a hablar con él. Yo sólo pedía que no le pegáramos, pero el comandante sólo quería saber qué pensaba. “¿Sintieron que olía a perfume de mujer’”, dijo después de hablar con él. “Es un homosexual. Debimos sacarle la chucha”, y se río. Una vez finalizada la instrucción, “Roberto” nos dijo: “Recuerde, sus camaradas son los más importante. Somos una familia. Lo más importante es la lealtad”. “Ahora somos camaradas”, me dice “Mario”. “Cuente conmigo para lo que sea”.
Recién entonces se rompe el hielo, y conozco sus verdaderos nombres. Ahí supe que de “Comandante “Roberto” tiene bien poco: 24 años y está a punto de echarse la carrera de análisis de sistema. A “Mario” su papás lo tiene amenazado con echarlo a la calle si no deja de ser N.S; “Eric” lo convenció a integrarse al movimiento. Ese es uno de los métodos más efectivos de reclutamiento de los grupos N.S junto a Internet.
Para finalizar “el camarada” “Eric” cuelga una bandera nazi y otra chilena, para rendirles honores. “El comandante Roberto” nos ordena cantar el himo de la Juventud N.S: “¡Joven, joven, suenan alegres fanfarrias! ¡Joven, joven, somos la juventud aria! Chile tu despertarás La opresión acabará. Sieg, camaradas, ¡Sieg!”.
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EL PROBLEMA PINGÜINO
Sábado 3 de junio. 19.30. Mi celular suena. Es “Roberto”. “Camarada, Leonardo. Está prohibido hacer barridas a los escolares en toma. Nuestro grupo no participa de esas acciones”.
Rápidamente a mi e-mail llega un mensaje en cadena. “Estimados camaradas. Hay grupos NS descolgados acosando escolares. La orden es descubrir qué grupos son e informarlo a sus superiores”.
Mi celular suena otra vez. “Yo soy el único autorizado a pelear contra los NS que están acosando escolares”, me dice “Roberto”.
Le pido que me dé más detalles. “Sabemos que los escolares están infiltrados por comunistas. Pero gran parte del movimiento NS chileno apoya sus demandas, porque son justas. Estamos juntando camaradas para ir a cuidar un colegio, si tiene tiempo lo esperamos”.
Al final no fuimos a hacer guardia, pero sí pasamos a donar plata a un colegio de Puente Alto. Sus alumnos salieron en masa después de la donación, protegiendo la entrada. Tenían miedo de que le pegáramos al que recaudaba la plata.
Cerca de las nueve de la noche, mi MSN empieza a parpadear. Es “Rorroskin”, un skinhead que también me contactó por internet. “Camarada, cómo estamos para ir a un colegio”.
“¿A qué?”, le pregunto. “Pa’ ir a pegarle a esos comunistas de mierda”. “¿Ha ido a colegios?”, le pregunto. “Sip, a la Florida”, me dice “Rorroskin”.
No sé si está mintiendo. En la foto de su MSN, "Rorroskin" aparece encapuchado con un arma en su mano. Los detalles de la supuesta barrida son: “Nos fuimos a La Florida (él vive en Lo Espejo) para pasar más piola. Le tiramos piedra a unas ventanas y amenazamos a los escolares. Les dijimos que se fueran a estudiar, que dejaran de andar hueviando”.
Le pregunto cuándo me va a dar una entrevista para ingresar a “Patriotas”, su grupo. “Déjeme consultar primero con mis camaradas”, me dice.
Días después agregaría a “Esculpirlarealidad”, uno de los “camaradas” de “Rorroskin”. Él mismo me dio el contacto, cuando se vio superado por los problemas. “Lo que pasa es que mi mina está embarazada y me quiero salir del grupo, no sé qué dirán los demás. Pero quiero dejar esa vida de lado. Olvidarla”, dice “Rorroskin”.
- "¿Se arrepiente de algo que haya hecho?", le pregunto. - “Sip, sólo espero que mis camaradas entiendan por qué me retiro”.
Fue la última vez que supe de “Rorroskin”.
Después empecé a hablar con “Escupirlarealidad”. “Ojalá que ese imbécil recapacite. Se quedó con todo nuestro material. Él era el líder del grupo, si se va el grupo muere”.
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CON LAS BOTAS PUESTAS
Jueves 22. Metro El Mirador. 14 horas.
Con los miembros de mi grupo manteníamos contacto vía MSN y por teléfono. Nos juntábamos en reuniones de una hora, una o dos veces a la semana, cerca de alguna estación de Metro. Antes de cada reunión hacíamos el clásico saludo “Heil Hitler”. En ocasiones nos ejercitamos en alguna plaza.
-“Cómo está camarada”, me dice “Eric”. -“Bien, harta pega no más. ¿Y usted, camarada?”. -“Estoy contento, ya me queda poco para presentarme a la infantería. Esta semana me sacan del colegio”. -“Tenemos que celebrarlo”, le digo. - “Sipues, después de mis exámenes médicos, voy a hacer una asado en mi casa, usted y el camarada “Mario” están invitados”. “Camaradas, enderecen la columna. Están muy chuecos”, nos interrumpe “El Comandante Roberto”. “Mario” no pudo venir a la reunión por las clases y otro integrante del grupo tampoco pude llegar, no sé por qué. Ahora caminamos hacia una plaza. El único que viste de militar es el “Comandante”, que nos ha citado urgente. El chofer de una camioneta le grita “ahueonao” cuando pasa a su lado. El semáforo le alcanza a salir verde y sigue de largo, antes de que el "comandante" pueda hacer algo. Antes de empezar la reunión, hacemos tres “Sieg heil”.
“Camaradas, los cité porque tenemos cosas que hablar. Recuerden que tenemos que pagar la cuota mensual de 1.500 pesos para comprar materiales. Nos quedan muchos panfletos por hacer ¿Alguien trajo la plata?”.
Soy el único que levanta la mano.
“Lo segundo es que tienen que tener cuidado con sus papeles. Los medios nos están dando duro y hay muchos infiltrados. ¿Vieron el reportaje de los neonazis en la tele? Nadie conoce a los tipos que dieron su testimonio. Los hemos hablado con jefes de otros grupos. Estamos seguros de que se trata de un montaje, se supone que los tipos eran camaradas de muchos años, pero ni siquiera sabían saludar. Nadie los conoce. Vivimos un período de persecución política”, dice. Yo sólo guardo silencio.
El “Comandante” ordena romper filas. Nos devolvemos caminando. Le pregunto qué ha hecho. “Me está yendo mal en la carrera. Parece que me la voy a echar, pero filo, quiero estudiar derecho”.
- “¿Y encontró trabajo?”, vuelvo a preguntar. - “Por ahora trabajo en la cocina de un McDonald’s”, me dice el “Comandante”. “Me carga la hueá. Más encima el dueño es judío y pagan un moco”. - “Esa pega es súper ruda, camarada. Sobre todo en vacaciones de invierno”, acota “Eric”. - “Si, pero no importa. Sigo siendo un NS de corazón. Soy más fuerte. Y ni siquiera me he sacado las botas en el trabajo”.
El ritmo de las reuniones continúo así, hasta la muerte del neo nazi Mauricio Egaña, asesinado el domingo 25 de junio por un grupo antifascista. .
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EL VELORIO
Lunes 26 de junio. Espero la llamada de “Roberto”, para ir como grupo al velatorio. Tengo la tentación de llamarlo, pero sería un riesgo. Sí hay algo que aprendí durante este mes y medio, fue a abrir la boca sólo cuando me preguntaban algo y a esperar. “Roberto” nunca llama. Tampoco sé nada de “Mario” ni “Eric”, los otros miembros de “Estandarte Hitleriano”.
Esperando que “Roberto”se conecte al MSN, aparece “Trinity”. “No puedo creerlo. La Tiare (polola del N.S asesinado) es una de mis mejores amigas. Ella es un camarada desde el colegio”, me dice. “Vamos al velorio, camarada”, le propongo. “No sé si pueda. No tengo con quién dejar al niño. A lo mejor voy mañana a la capilla, nos juntamos mañana”.
Martes 27, 12:00. Sé que es arriesgado, pero igual voy. Probablemente nadie me conoce ahí, y eso puede ser un problema. Sólo cuento con que "Trinity" esté allá. A Mauricio Egaña lo velan en la capilla Juan XXIII, de Conchalí y la entrada está prohibida a la prensa. La reja de la capilla está custodiada por un integrante de “Los Súrdicos”. Digo que vengo a dar el pésame a nombre de “Estandarte Hitleriano”.
El ambiente está tenso. Varios N.S lloran desconsolados. El guardia me mira con desconfianza, pero igual me deja entrar, no sin antes revisarme la mochila. Rapados con tatuajes me miran con recelo. No me conocen. Alcanzo a estar media hora en el velorio, cuando uno de los neonzais me dice: “Te tengo malas noticias. Acá no te conoce nadie. Es mejor que te vayas”.
Le explico del grupo que soy, pero no hay caso. Un N.S muy afectado, como de 1 metro 80 e hinchado en músculos, lagrimas en los ojos, se abalanza sobre mí: “¡Quién eres!, ¡quién eres!, ¡de dónde soi!”, me grita, mientras otros camaradas le detienen el paso. Conservo la calma. Sé que si corro o me asusto, me van a salir persiguiendo. Así que me despido sin hacer ningún saludo nazi y me voy caminando lentamente.
27 de junio. 15.30. Cementerio General. “Roberto”, mi “líder”, da una entrevista a un periodista. Tiene la cara tapada con una bufanda negra. “No vamos a tomar represalias. Pero si la Justicia no actúa, lo haremos nosotros”. Cuando me acerco a él, apenas me saluda. Prefiere hablar con “líderes” y otros camaradas más viejos. Es hora de relaciones públicas.
Como "Roberto" me dejó botado, varios N.S y skin me preguntan de dónde salí. Hay rumores de que andan policías infiltrados, lo que ha caldeado los ánimos. Por suerte aparece "Trinity". Ella es tan conocida como "Roberto", mientras estoy a su lado me siento seguro.
Aprovecho de conversar con “Felipe”, un N.S de Pudahuel. “En mi grupo aprendimos a pasar piolas. Ya no hacemos escándalos cuando salimos a barrer. Ni siquiera salimos vestidos de neonazis. Salimos con ropa normal, así tenemos tranquilo al barrio. Pero vamos cargados con fierros. Nosotros somos en serio. Y también vamos a cobrar por este cabro. Esto no se va a quedar así”, dice. De nuevo estoy solo en el funeral. Los camaradas de Egaña me miran con desconfianza. Dos me siguen. Siento que me están rodeando. Un rapado con un brazalete se pone a mí lado y dice, en voz alta, “está hueá está llena de ratis”.
Cuando el ataúd no entra, aprovecho de pararme al lado de “Roberto” para afirmar una bandera chilena y quedarme quieto, levantando el brazo. El sepulturero intenta meter el ataúd, hasta que se da por vencido. Propone dejar el féretro en la capilla del cementerio esta noche. Los N.S acceden, siempre y cuando “dejen pasar al Mauricio, frente al monolito del 8 de septiembre”, que recuerda la Matanza del Seguro Obrero.

Después del fallido funeral, “Roberto” me invitó al Bar La Cueva a brindar por la memoria de Egaña. El bar donde tuve la mala suerte de toparme con “Franco”, el intimidante neonazi de cabeza tatuada, que recuerda al personaje de Edward Norton en la película “America X”. El mismo que me apartó de la mesa, para hablar a solas. Tiene mala cara, pero cuando habla no suena tan agresivo. - “¿Qué onda con tu grupo? ¿Cuál es su ideología?”, me pregunta. - “Nuestro proyecto es tener un partido político de aquí a 5 años más”, le digo con el discurso que aprendí de memoria de “Roberto”, mi “líder”. - “Ah, sí, entonces nuestro grupo no es el más indicado. Tienes que hablar con el Tito, el que estuvo a cargo del funeral del Mauricio. Él es el más indicado para ti”.
Se hacen brindis en honor del fallecido. Nadie habla de venganza. Hasta que empiezan las noticias del funeral en la tele. “Hijos de puta”, le grita al televisor una N.S de Puente Alto. “Estos hueones no saben lo que les espera adentro (en la cárcel). Ya hablamos con unos gendarmes que comparten la ideología. Los van a hacer cagar”, agrega cerveza en mano un N.S con barba de chivo. Imposible saber si es cierto. Los neonazis suelen jactarse de conocer uniformados, y fanfarronean sobre haber peleado mil batallas callejeras. Después de un rato, el “Comandante Roberto” dice que se tiene que ir. Es la excusa perfecta para poder salir de aquí. “Nos vemos el sábado en la instrucción”, me dice antes de tomar el metro. Sería la última vez que nos veríamos, espero.
Fotos: El Mercurio y LUN. Punks cuidando un liceo en toma, Flickr de Ignacio Stark.
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