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Cayéndose a pedazos

Una gurú televisiva lo ungió primero como salvador, y lo denunció luego como charlatán en cosa de meses. Pero James Frey y sus memorias exageradas no es simple discusión para literatos. “En mil pedazos” es un libro estremecedor como pocos. Un golpe de honestidad a la cara y sin guantes.

Por Vadim Vidal



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¿Cuántas veces has tenido que parar de leer un libro porque te da asco lo que lees? ¿Cuántas veces te ha dolido leer un episodio?, digo dolor de sólo imaginar que puede suceder lo que estás leyendo. ¿Cuántas veces te has emocionado de verdad leyendo uno? A mí me pasó todo lo anterior con “En Mil Pedazos” de James Frey.

Estaba tomando una sopa de zapallo, mientras leía cómo el protagonista se sacaba una uña para sacarse también la rabia que tenía adentro. Iba en el metro cuando leía cómo le hacían un tratamiento de ortodoncia sin anestesia, porque a un adicto como él no se la podían suministrar. Y me tuve que contener arriba en una micro, mientras leía un pasaje, hacia el final de las 400 páginas de las memorias del escritor. Me tuve que contener para evitar que el tipo que venía cortando los boletos me viera los ojos vidriosos.

Cuando salió la traducción al español del último gran éxito de la narrativa norteamericana, empezaron a aparecer las reseñas en todos lados. Reseñas que le hacían gente tan entusiasta como Fuguet o Álvaro Bisama, y también Gus Van Sant y Easton Ellis. No pude sino dudar, era como cuando aparece la última banda de veinteañeros desgarbados recién salidos del garage, que van a salvar el rock por milésima vez. Claro que ahora estaban todos en lo correcto.

“En mil pedazos” es una historia feroz sobre el proceso de rehabilitación de un adicto al crack, a la cocaína y al alcohol. No tiene sutilezas, y cuando quiere recrear imágenes seudo-poéticas, lo hace de forma tosca. Es crudo como la peor resaca en sus primeras doscientas páginas (lee el PDF de los primeros capítulos más abajo y corre a conseguírtelo), es emocionante hasta la página 300 y termina con un final pensado para que Hollywood lo pueda comprar y llevar al celuloide.

Pero esto último no importa. Tampoco importa si va a “envejecer bien” o si va a haber otras entregas similares de Frey. Nada de eso es relevante si estás ante un libro urgente y conmovedor como este. Un libro crudo y pobre en matices. Porque la adicción es un tema de blanco y negro, donde si se pierde, se pierde para siempre y de la manera más horrible. Y donde si se gana, es una victoria siempre parcial. Una llave que abre una puerta que da a otra puerta y así.

“En mil pedazos” es conmovedora porque es "real". A pesar de toda la polémica literatosa sobre verdad y ficción por la que se dio a conocer. Es real porque habla de una historia que se puede estar repitiendo al lado de uno, sin que uno sepa lo dura que puede llegar a ser.


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El santo bebedor

El que se haya pasado más de la cuenta una noche lo sabe: no se puede hacer nada al otro día. Ni leer, ni escribir, ni crear nada. Si lo haces por un tiempo largo (años, si se trata de una adicción), lo más probable es que termines siendo un completo idiota. Pero la literatura idealiza las drogas y la borrachera.

Para mí, todo es culpa de Hemingway y de Bukowski. Además de los poetas malditos. Sus historias de ajenjo, bourbon y whisky crearon en nuestras mentes un escaparate donde poner y poner botellas y sustancias, y encontrarle poesía al asunto.

De ahí a encontrar leyendas de santos bebedores y drogos iluminados, un sólo paso: desde Carver hasta Poli Délano, todos lo empinaban. Burroughs llegó a los 80 intacto y no se murió de yonki, los beatniks encontraban en el ácido y los alucinógenos un camino de iluminación. Charly Parker tocaba rápido para alcanzar a sus pensamientos, en Rayuela todos andaban puestos, Keith Richards se cambiaba la sangre y un etcétera tan largo como nombres de sustancias y etiquetas de botellas existen.

Entonces vamos a quedar como zanja en la U. Total, más se aprende en un bar que en un aula, como dicen charlatanes como Sabina o Symns. Ídolos con pies de aserrín mojado, listos para fotocopiar y pegar en el cuaderno. Historias heroicas de la contracultura que se vuelve industria, obviando cualquier abismo o crisis. Todas leyendas con los bordes bien pulidos por el marketing editorial y la idealización universitaria.

Pues nada de eso con James Frey. Él pinta un mundo de drogas sin glamour barriobajero. Un mundo donde si te quedas más de la cuenta, pagas. Como él cuando lo meten a tratamiento a los 23 años, después de una década de dependencia absoluta y autodestructiva. Y paga con altos intereses, vaciando el estómago todas las mañanas hasta empezar a botar bilis y sangre. O cayéndose de una escalera y rompiéndose los dientes delanteros (los que después arreglan sin anestesia). Un mundo del que lo sacan con la cara con 40 puntos e hinchada hasta no reconocerse. Donde la chica linda que conoce en el centro de rehabilitación y de la que se termina enamorando, se vende a un viejo asqueroso por una aguja. Y donde las esposas de sus compañeros de tratamiento, que llevaban años por ese camino y no son ni artistas, ni sufrientes, se pegan enfermedades mortíferas ellas y sus hijos.

Adiós poesía. Adiós ampliar los límites de la percepción. Para poetas y mortales, cuando se pasa la línea, más es menos. Cuando se pasa la línea, más es casi siempre cero.


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Reality Show

Si no sabes la historia, te la cuento rápido: “En mil pedazos” fue presentado como un libro de memorias. Un “no-ficción” químicamente puro. Entonces Oprah Winfrey (conductora de tele gringa, que tiene un show donde unge a los escritores que ella considera valiosos), después de leerlo y entrevistarlo, incluyó el libro en su “Club de libros”. Un empujón de ventas seguro. Frey fue el más. En tres meses vendió dos millones de ejemplares.

Claro que en enero de 2006 los de “The Smoking Gun” (esos que publican las fotos de los famosillos que caen presos) dijeron que Frey había tergiversado algunos hechos e inventado otros. El más grueso de ellos, que haya sido buscado por la policía en tres estados y había estado en la cárcel. Y uno menor, que le hayan practicado un tratamiento de dientes sin anestesia. Entonces Oprah lo encaró y lo tiró al tacho de los farsantes.

De ahí el gremio de biógrafos dijeron que lo de Frey era una deshonra para el género, y los escritores y críticos se lanzaron a teorizar sobre la disolución de los géneros narrativos y la verdad que encierran las mentiras. En un tiempo más, si tienen suerte, va a ser lectura obligatoria para estudiantes de literatura.

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Drugs don’t work


Lo que rayó a Ophra, más allá de lo bien escrito y crudamente narrado que esté el libro, es lo épico de la historia. James Frey se sanó a sí mismo con una fuerza de voluntad de no creer (bueno, ahora nadie lo cree). Ophra necesitaba un héroe y este ángel caído lo era. Un héroe americano contemporáneo.

James entra a tratamiento, pero no sigue los pasos de Alcohólicos Anónimos ni los Doce Pasos que tienen, para alejar a la gente de la adicción. Para él lo que hace el método AA es cambiar una adicción por otra. De depender de una jeringa o una botella, los pacientes pasan a depender de Dios y/o la rehabilitación. Como en el comienzo de El Club de la Pelea, se vuelven adictos al método, a los “te queremos James” y las confesiones lacrimógenas.

Frey simplemente llega a la conclusión de que sólo es bueno para algo en la vida: pelear. Entonces decide dar la batalla todos los días sin la ayuda de nadie. Como le dice el gángster que está internado junto a él y que se convertirá en su padre putativo: “Vive sobrio y vive libre. Va a ser duro y horrible y brutal, pero si aguantas, todo irá bien. Aguanta”. Suena simple y burdo. Pero las cosas verdaderas suelen ser simples, y en una situación límite se necesita de apoyo y no disgregaciones filosóficas. A James, esa fe en su capacidad de resistir le funciona. A los que buscan en el estante de autoayuda les acabo de contar el libro. Mil disculpas.

No es antojadizo decir que el mundo se divide en creyentes y no creyentes. Y no hablo de creer en Dios o en un ser superior. Están los que creen en sí mismos, en misticismos y gurúes, e incluso los que creen que un libro, una canción o una película les salva la vida. Entonces la inmensa mayoría de la gente es creyente, el resto son incrédulos y están solos.

Nadie se puede arrogar el derecho de decir que una cosa sea mejor que la otra. Nadie puede reírse de un rehabilitado por haberse aferrado a una tabla en la que tú no creas. Hay que ser muy pobre de corazón para hacerlo. Frey no lo hace. Eso es todo.

James Frey lo dice en el epílogo de su libro, su gran pecado no fue tergiversar hechos ni exagerar sus vivencias personales. Su mayor pecado fue presentar un personaje mucho más fuerte que el James Frey real, mucho más convencido, mucho más terco y mucho más valiente. Frey se hermana con quienes lo crucificaron por no contar una historia cabalmente real. Ellos necesitaban un héroe para invitarlo a sus estelares o reseñar en sus editoriales, él sólo necesitaba sentirse mejor de lo que era para sobrevivir.



"En mil pedazos" de James Frey, en librerías a $11.500 precio referencial

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ETERNO RESPLANDOR
 

Último comentario:
Nata  escribió...

El asunto de la droga por ser un tema netamente social, nos afecta a todos, no importa cuan repetido este,trillado,exagerado si este libro tiene hechos reales o no??, es de ayuda para entender o conocer este "mundo" y cr ...

9:00AM 06/08/2006

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comentarios (18)

 
 

  

En mil pedazos
(7/13/2006 8:36:00 PM)

Extracto del libro

"Entramos en el Aparcamiento y dejamos allí el coche y yo me acabo una botella y salimos y empezamos a caminar hacia la Entrada de la Clínica. Yo y mi Hermano y mi Madre y mi Padre. Toda mi Familia. Todos entramos en la Clínica. Me paro y ellos se paran. Miro hacia los Edificios. Son bajos, largos y están conectados entre sí. Funcionales. Simples. Amenazadores. Quiero salir corriendo o morirme o drogarme. Quiero estar ciego y mudo y no tener corazón. Quiero arrastrarme a un agujero y no salir nunca. Quiero borrar mi existencia del mapa. Del puto mapa. Respiro hondo".


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