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TEMPORADA DE GRINGAS
  Este año 720 mil turistas visitarán Chile, casi el doble del 2000. Y la mitad serán mujeres. Las alumnas de intercambio hoy ya suman cerca de 2.500, por eso han aparecido hostales con onda, fiestas para gringos en Santiago y jotes. Muchos jotes chilenos buscando cumplir sus fantasías. Acá, las fiestas, los expertos y lo que ellas piensan de los chilenos.

Por Leonardo Núñez

Latin lover

Las técnicas para engrupir, avalada por expertos.
 

WELCOME TO PARADISE

Miércoles, 23:30 hrs. Galpón nueve de Bellavista. “¿Is la fiesta Po’ aquí?”, pregunta acelerado un afroamericano con pinta de rapero MTV. “Yeah, aquí”, le dice una chica colorina con la camiseta de la selección holandesa. Cincuenta extranjeros salidos de todos los países hacen cola para entrar. Tres chilenos con camisa escocesa y pantalones negros, tratan de colarse. A este carrete no están invitados. “Tenís que decir que eris ezzpañol”, aconseja uno de ellos, poniendo cara de experto.

Los “Miércoles Po’” son fiestas exclusivas para estudiantes de intercambio. Son un secreto a voces, con pasaporte incluido. Cada fiesta es en un lugar distinto de Santiago, se avisan por mail durante el mismo miércoles y los chilenos tienen virtualmente prohibida la entrada. “Paco”, quien las organiza hace tres años, teme que las fiestas se les llenen de “jotes” criollos que le ahuyenten a las gringas y le maten el negocio.

Pero los colados igual llegan. Todos buscando concretar una de sus fantasías más recurrentes. Porque los chilenos que se consiguen el dato de las Fiestas po’, van con la esperanza de vivir su propio Wild on. O como dice uno de los colados: “venimos a puro agarrarnos gringas po’. ¿A qué más?”.

“Viste, viste que tenía razón. Las minas son muy ricas”, le dice el “experto” a sus dos amigos chilenos, que de pronto se volvieron petazetas. Amaro Gómez Pablo’s style. No son los únicos que se sienten en el paraíso. Mientras los extranjeros se divierten, varios chilenos miran tanta maravilla junta con una piscola en la mano y cara de babosos.

Cerca de 90 chicas extranjeras se mueven en la pista de baile. Parece convención Benetton: hay de todos los colores. Petos abultados, ombligos al aire y coqueteo para todo el mundo. Gringas feas, muy pocas.

Foto, archivo El Mercurio

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¿RIDÍCULO O RIDÍCULOS?

Por los parlantes de la fiesta, “Girls and boys” de Blur. En la pista de baile, tres inglesas con la misma pinta que las parejas de los seleccionados británicos en el último Mundial, esas que se tomaban todo el champagne del mundo al lado de Victoria Adams.

Las inglesas se mueven con los ojos entreabiertos y los cachetes rosados por el alcohol. En la escalera, tres chilenos con la cara de la dupla Sa Za, las miran fijo. Hasta que uno de ellos se decide a atacar. Táctica elegida: la incorrecta.
“Una sheeela, mon amour”, dice pretendiendo ser francés. Eso es lo último que se le oye decir, antes de que las inglesas emprendan la huida y lo dejen solo.

Pero no se da por vencido. Ahora va por dos francesas y prueba con el clásico “do you speak spanish?”. Las chicas le dicen que sí. Eternos cinco segundos más tarde, el pretendiente atina a abrir la boca: “Ah…, quieren tomarse algo”. “No, gracias, ya tenemos”, le responden mostrándole los vasos en la mano, antes de irse a bailar con unos mexicanos bien pasados.

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LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

Catherine es norteamericana y está en Chile hace tres meses de intercambio. Jeans ajustados y cabellera rubia hasta la cintura, ya ha rechazado a varios pretendientes chilenos en lo que va de la noche. Aún no son las dos de la mañana. Los tipos se le acercan, la invitan a fumar y le ofrecen más copete. Ella no pesca.

“Es típico del chileno. Al tiro querer ser novio o llevarte a la cama. Creen que yo andar desesperada”, se queja. A pesar de eso, ya ha probado el producto nacional, cuenta riéndose. “Me caen bien algunos chilenos porque son simpáticos y te hacen cariño después de eso... Jaja. Son buena onda, pero otros se creen tus dueños. Se ponen con celos si te ven con otro amigo. Eso es muy tonto”.

Estamos en el Club 33, en Alameda con Vergara, en otra Fiesta Po’. Catherine y yo esperamos a la misma persona: Cristian, un amigo chileno de la gringa, y experto “en el sutil arte de engrupirse gringas”, según mis fuentes. Mientras llega, me pongo a conversar con ellas, a ver qué piensan de todo esto.

Beatriz Balado, una especie de Eva Gómez veinteañera es española y está hace un mes en Chile. Cuenta que entre las europeas existe la fantasía de enrollarse con un latino, pero no especialmente con un chileno. Nos falla la imagen país. Mucho cobre y poca piel.

“La fantasía se da más con los cubanos, argentinos y brasileños, porque tienen fama de buenos amantes. Yo he estado en esos países, los conozco. Al llegar a Chile, te das cuenta que los hombres son más fríos que los otros latinos. Pero son muy atentos y amorosos. El problema es que a algunos se les nota que mienten, porque a los dos minutos están diciendo que te quieren. Eso es imposible. Y son porfiados, si les dice que no quieres nada, te siguen insistiendo hasta que da rabia”, cuenta.

“Lo bueno, es que siempre quieren conocerte, te preguntan de dónde vienes y qué te gusta hacer. Te escuchan. En Europa no. Tienes sexo una noche y después los hombres desaparecen. Acá por lo menos te llaman al otro día. Eso les gusta mucho a la europea”, dice convencida.

Ireland, una chica de ojos azules, es lo más cercano al estereotipo de una inglesa que puedas imaginar. Dice que le carga las preguntas obvias que le hacen los hombres en Chile. “Siempre te preguntan si hablas español, y si les dices que poco, intentan hablarte en inglés y lo hacen muy mal, dicen puras tonteras”.

“¿Y qué opinas de los chilenos cuando tratan de engrupirte?”, le pregunto. “Esa es otra pregunta estúpida que hacen los chilenos. ¿Qué opino de ellos? Siempre andan preocupados de lo que piensan de ellos, son muy inseguros”, dice.

Los compatriotas que la “jotean” se ríen y me suben un rato al columpio. “En vez de hablar tanto, deberían bailar más. Me encantan los chilenos que bailan bien, pero son pocos y a veces en la cama quieren hacer cosas sin preguntar antes. Cuando son así, yo los he debido dejar”, agrega.

Foto: Archivo El Mercurio.

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HÁGALO UD. MISMO

Las escenas de engrupidas frustradas de la fiesta anterior se repiten, hasta que aparece mi contacto “experto”: Cristián Anguita (moreno, flaco, uno 75, una especie de compadre Moncho, pero sin rulos).

Cristián llega, abraza a Catherine y la aprieta como si fuera su hermana chica. Son amigos. Cuando ve que la entrevisto, le enseña palabras con doble sentido para que me las diga. La hace reír. La voz de la experiencia.

Cristian estudia derecho en la Universidad Católica. Allí es reconocido entre sus compañeros por engrupirse a alumnas de intercambio. Ellos me dijeron que hablara con él, “porque es un gurú”. “Más que pretendiente, tenís que hacerte partner de las locas, ser como el amigo chileno que va a todas con ellas y que les muestra las picás”, dice Cristian como primer consejo.

“Lo segundo es que tienes que actuar en vez de hablar tanto. Tenís que mirarlas siempre a los ojos, ser simpático, contarles chistes y sacarlas a bailar, hasta que ellas dan el primer paso pero sin saber que tú lo diste antes. Que no se note que te la estás cuenteando”.

Cristian empezó a armar su repertorio de seducción internacional al llegar a la ‘U’ hace dos años, cuando se encontró por primera vez con tantas extrajeras por los intercambios de estudiantes. “Como que de una me puse en la idea de agarrarme gringas. Ellas despiertan la imaginación, porque son muy diferentes de piel, y en la forma de hablar. Me gusta escuchar sus acentos”.

Aplicó criterio científico: observación más ensayo y error. Así Cristian notó la principal falla de los chilenos a la hora de engrupir.

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“Varios locos se acercaban tratando de ‘cuentéarselas’ con el tema amoroso. Pero ellas no vienen a buscar pololo, vienen a pasarla bien. Y como están lejos de su casa, se desordenan.Por eso no importa si eres alto o chico, porque he visto a locos muy feos con las medias gringas. Les gusta lo diferente; ven al chileno como exótico. Por eso hay que sacarle partido al latino que llevamos dentro”.

Después de sus consejos, veo a Cristián en acción. Repite el ritual aprendido, hasta enganchar con una estadounidense. Sin duda tiene el know how. No dice nada, sólo se mueve al lado de ella, hasta que la saca a bailar. No se despegará de su lado el resto de la fiesta. De improviso, desaparece con la gringa. Maldito ganador.

Los chilenos que no lo logran (cerca de 15), se quedan en la terraza del Club 33, tomando y fumando mientras hablan de lo lindas que eran las italianas, japonesas y francesas. Algunos cierran los ojos cuando hablan, como imaginándose en lugares mejores.

“Viste la carita de la francesita, que cosita más rica”, dice un tipo de barba, que en la anterior fiesta también terminó solo, más botado que colilla de cigarro.

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AROUND THE WORLD

1 de mayo. Día del Trabajador. La Alameda está convertida en un polvorín. Pedradas, humo, vidrios rotos, automovilistas que pasan volando para no ser atacados, saqueos de tiendas y gente corriendo. Entre ellos, una chica rubia, con falda y mallas ajustadas, enfrenta a la policía. Simplemente, no encaja en el cuadro.

David González (27, bajista de la banda Zoronka La Tribu)es un chascón que por pinta, parece ser el quinto Chancho en Piedra. David camina hacia ella guiado por ese sexto sentido que ha desarrollado con los años, ese que le permite detectar a una extranjera a metros de distancia.

Y claro, no falla. La chica es francesa. Sus gritos la delatan. Táctica escogida: “la del luchador social”. Si algo ha aprendido en sus andanzas de engrupidor internacional, es que a las francesas les encanta la izquierda.

“Esta maldita policía que no nos deja tranquilos”, dice fuerte, para que la francesa lo escuche. Ella lo mira y le da su apoyo con la mirada, gesto que esperaba David para “meterle conversa” e invitarla una chela.

“La tomamos mientras hablamos del estado de la revolución en el mundo. Después fuimos a su casa y seguimos carreteando hasta el otro día. Pololeamos como dos meses, antes de que se volviera a su país. Mi teoría se confirmó: si quieres agarrarte a una francesa, anda a una protesta. Siempre están allí”, asegura David.

Foto: Mario Muñoz

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MANU CHAO LOOK

Antes de ser experto en “engrupirse” gringas, David González tuvo la mejor instrucción que pudo imaginar. Cuando estudiaba ingeniería en sonido en la Universidad Austral de Valdivia, pololeó tres años con una hija de padres islandeses. Desde ese momento, se volvió un adicto.

“Ella era súper relajada, no se hacía problemas con nada. Era muy abierta en todos los temas y muy derecha. Si no le gustaba algo, te lo decía, pero sin armar escándalo, na’ que ver a una chilena, que se complican por todo, y si son ricas, no te pescan ni en bajada”.

David sabe que no es un Adonis, pero en el mercado gringo su cara pasa directo al estante de los productos importados. Y ese es su plus, así lo aprendió en sus giras europeas como productor musical de La Floripondio: el look Manu Chao resulta infalible.

“Los chilenos tienen que entender que en Europa sobran los hombres rubios. Para las extranjeras, andar con un blanco de 1,80 es como comer porotos todos los días. Por eso se vuelven locas con nosotros. Parece obvio, pero es cierto: ser medio negro, vestirse desordenado y andar chascón es un plus. No hay que aparentar otra hueá”.

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Cuando terminó su pololeo con la islandesa, no se imaginaba con otras mujeres que no fueran extranjeras. “Me volví adicto. Ven tan distinto las cosas y son tan bonitas, como muñecas, que es difícil no querer andar con ellas”.

David ha recurrido a varios cuentos para andar con extranjeras. Hasta arrendó una cabaña en Niebla, una playa a 15 minutos de la Universidad de Valdivia, que es elegida por muchos estudiantes de intercambio para vivir. Sus primeras vecinas: siete estadounidenses.

“Para hacerme su amigo, les iba a pedir cualquier cosa que me faltara: azúcar, café, té. Cuando me gané su confianza, las invité a un carrete en mi casa. En realidad no tenía nada preparado, pero como me dijeron que sí, hasta les pagué el taxi a mis amigos para que fueran a mi cabaña a armar la fiesta. Gasté ene plata en copete, pero valió la pena”.

Terminada la “U”, David siguió obsesionado con las extranjeras y pulió sus técnicas de seducción gracias a las giras por Europa con La Floripondio. “Carreteando con las europeas caché que son muy francas y que les está permitido hablar con otros hombres mientras están con su pololo en una fiesta. Se pueden pedir el teléfono y verse al otro día”.

Fotos: Mario Muñoz

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HABLA UN REHABILITADO

Sala Murano. Jorge Valdés (23), quien vive desde el 2002 en un hostal de estudiantes extranjeros en Providencia, carretea con dos inglesas y una australiana que ni siquiera llevan una semana en Chile. Y lo hace a pesar de su peinado nerd y lo corto de vista.

Sin avisarle a nadie, las tres chicas se juntan en la pista y comienzan a besarse. Jorge Valdés y sus amigos no lo creen. El carrete termina en la pieza de las inglesas en el hostal, a donde invitaron a más chilenos de la disco para matar la noche.

Jorge Valdés, estudiante de publicidad en el Duoc viene de vuelta del wild side. Noches como esas pasó muchas en el hostal. “La primera vez que atiné con gringas, fue cuando estaba de intercambio como alumno de cuarto medio en Estados Unidos. Allí tuve una polola, y desde ahí me picó el bichito de andar con extranjeras, porque son más bonitas y accesibles que las chilenas”.

Cuando un año más tarde llegó a vivir a un hostal de alumnos de intercambio, comenzaron sus historias. Muchas como protagonista y otras como testigo, que aún siguen impresionándolo. Como la de una gringa que se metió con un estudiante chileno y después de pasar la noche con él, le pasaba a dejar diez lucas a la pieza.

"Pensaba que era su “taxi boy”. “A mí de repente me pasaba que tocaba la guitarra y llegaban las gringas solas a mi pieza, lo que facilitaba más las cosas. Les atraen los músicos”, dice.

O la de la inglesa con novio malas pulgas. “Lo más heavy fue cuando salí con una inglesa. No tenía límites. Incluso, una vez vino a verla su pololo, un gigantón con cara de pato malo, con el que se encerró una semana en su pieza. Pero apenas se fue, me volvió a buscar”.

Jorge dice ahora haber superado la etapa. Todo gracias al amor. Ana Silvia, una mexicana que llegó al hostal por la recomendación de sus amigas que habían estado antes, fue la que lo convenció. “Ella ya me conocía por fotos de sus amigas. A mí me atrajo de una, porque era seria y se notaba que no le gustaba el leseo. Inventaba lo que sea para estar con ella, hasta que un día, viendo una películas juntos, me lancé y le di un beso”.

Llevan un año de pololeo. Ana se volvió a su país y Jorge la siguió en las vacaciones. Pololean por MSN y Jorge está impaciente por qué venga a verlo de nuevo.

“Creo que al final, opté por una chica más conservadora. Tanta locura y promiscuidad no me gustan. Estoy muy enamorado. Le prometí fidelidad a Ana y desde que pololeamos, nunca la he engañado aunque oportunidades no me han faltado. Sobre todo con las inglesas. Pero no cambió a mi chica mexicana ni a su acento exquisito por nada en el mundo”.

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EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR

David y Eduardo admiten que lo otro que atrae de las extranjeras, es que están por poco tiempo en el país, y después de tener algo con ellas es probable que nuca más las vean. David: “Eso es lo rico. No andan con el vestido de novia en la cartera. Saben que esto es fugaz y no se complican. Yo igual aún le tengo temor al compromiso, a tener una relación formal. Prefiero estar con alguien que está obligada a separarse de mí”.

Por eso cuando David González escuchó la palabra “matrimonio”, salir de la boca de su ex pareja belga, todo pareció nublarse. “Casi me caigo de espaladas cuando me llama por teléfono y me dice ‘la otra semana te voy a ver a Chile, amor’. No esperaba que fuera tan rápido, pensaba que nunca más iba a venir”, cuenta David.

Cuando la belga apareció con una carta en español que decía “quiero ser tu esposa y madres de tus hijos”, David debió recurrir a una nueva táctica. La elegida fue “ayuda a un compatriota solitario”. Es decir, le pasó el cacho a otro chileno.

Para liberarse, David decidió que iba a invitar a su prometida y un amigo a una fiesta. “Tienes que sacar a bailar, sin que la chica sepa que vas a ir con un compadre. A este hay que prepararlo antes. Le dices que tiene la posibilidad de salvar su vida, sobre todo con las europeas, que en general tienen plata y muchos beneficios sociales. Tratas de que se hagan amigos y si ves onda, desapareces. Yo he mando a Europa a varios amigos”, dice David.

El plan le falló, pero finalmente logró esquivar el altar. “Ella se fue a Atacama, al valle de la luna, y tuvo algo con otro chileno. Cuando me dio un ultimátum, dejé que el tiempo pasara y ella se fue. Quizás no fue bonito lo que hice, pero casarme no está en mis planes todavía. Por muy linda que sea la gringa”.


Agradecimientos a Hostal La Casa Roja

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GUÍA PARA SER GALÁN INTERNACIONAL

Antes de empezar a jugar al latin lover, los expertos recomiendan instruirse, para conocer a quienes se enfrenta. Aquí, sus principales recomendaciones.

1.- ¿Gringas o europeas?
Según los expertos, ambas están en veredas opuestas. Las estadounidenses, dicen, “son temerosas, a algunas no les gusta el centro para carretear por el miedo a que las asalten”. Prefieren carretear de Plaza Italia hacia arriba.

Las europeas, en cambio, son más jugadas. Les gusta el peligro. No tienen problemas en tomarse una botella de vino en la calle de noche, o ir a bares clandestinos. Las tocatas raras, las picadas tradicionales y Valpo. también les gustan.

2.- Sé progre
Cuidado con las ambigüedades políticas. Con las europeas hay que tener una opinión clara, ser progresistas y bien de izquierda. Pero con las estadounidenses no es tan fácil. A algunas, si le atacas a Bush “se sienten criticadas en su orgullo, es como si basurearan su 4 de julio”. Pero también estás las que se ríen de las criticas y que encuentra cool que un chileno esté informado sobre su país. Todo dependerá de la chica.

3.- Rico, suave
Las gringas creen que por vivir en Latinoamérica somos ‘sabrosos’, opinan algunos expertos, como los brasileños y centroamericanos. “Hay que aprovecharse de la confusión”, dicen. ¿Cómo? “Siendo alegres, cálidos y, sobre todo, divertidos”. Si eres fome, nadie te pesca. Y si eres muy celoso, te cortan rápidamente. Las chicas vienen predispuestas a pasarlo bien y no quieren atados. Pero hay que ser paciente y no tirarse al dulce de una.

4.- Ríete con este chiste
Hacerlas reír es fundamental. Y no es difícil: basta con que les enseñes a decir garabatos y se matan de la risa. El ‘hueón’ y las palabras con doble sentido, una vez que las aprenden, no se les olvidan más. Y eso ayuda a que te agarren más confianza.

5.- Cadera loca
Con que sepas dos o tres pasos de baile, tienes enormes posibilidades de éxito. “No están acostumbradas a que las tomen de la mano, las abracen o las den vueltas en la pista. Para ellas es muy raro, pero se terminan acostumbrando y después son ellas las que no dejan de tocarte, de abrazarte. Esa calidez y ser tocones, engancha ene a las europeas”, asegura Jorge Valdés.

6.- Dale a tu tambor:
Con esta fantasía del Manu Chao look, no hay nada mejor que tocar música, ojalá tambores. Y más que saber hacerlo bien, es más importante la actitud que tienes mientras los estás tocando; cuando lo hagas, tienes que sudar, para que se note el latino que vive dentro de ti.

7.- La familia:
Una decisión que nunca falla, es presentarles a tu grupo de amigos. Les encanta. Para ellas es una muestra de afecto, algo a lo que tampoco están acostumbradas mucho. Invitarla a los asados o ver partidos de fútbol en grupo, les encanta, dicen los expertos a coro. Y si ya quieres algo más serio, nada mejor que presentarles a la familia. “Son muy reservadas. Si le presentas a tu abuelita, ahí ya les tocaste el corazón. Quedan plo”, dicen los expertos.

Foto: Mario Muñoz

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Marciana  escribió...

Yo fui, soy chilena ... y niun brillo.... y la gente bastante normal!! nada de otro mundo... ...

8:52PM 26/07/2006

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