| |
Nadie es inocente
Imagina que te dejan sólo en la casa un verano. Imagina que lo hacen cuando tienes 17. De eso se trata “Verano Robado” la primera novela de María José Viera-Gallo, la misma que escribió Anita Santelices en la Zona de los 90.
Por Vadim Vidal

La adolescencia apesta. Esa edad -cada vez más larga- donde el mundo tiene un solo límite y propósito, donde todo gira en torno al ego, la identificación y lograr un “sitio en el mundo”. Ellos y ellas, con sus cámaras digitales que no usan más allá de sus dormitorios con siempre un sólo objetivo: ellos mismos y su mundo. Su bello, frágil, colorido o pálido mundo. Todo eso apesta.
Leer la mayoría de los blogs o ver fotologs, es presenciar un continuo de vanidad adolescente. Es un círculo que agobia. “Verano Robado”, la primera novela de María José Viera-Gallo habla sobre la adolescencia. Y logra retratarla muy bien. Tanto que agota.
El libro cuenta la historia de Livia Spector (vaya nombre), una chica de 17 años de padres separados, cuya madre la deja sola en Santiago como castigo por no haber dado la PSU, por haber hecho una fiesta descomunal que acabó de la peor forma, mientras ella no estaba. Pero principalmente porque quería irse sola con sus amigas de vacaciones a Juan Fernández. Otra familia disfuncional para la narrativa chilena.
La historia se arma con flashbacks del pasado remoto y reciente, y con narraciones de lo que sucede durante el verano. ¿Qué sucede? Bueno, sexo casual, encuentros desafortunados con gente mayor y afortunados con pares o chicos menores, vagabundeo y tiempo muerto. Hay una larga lista de drogas y canciones. Muchas canciones. Tantas que hay un apartado que se llama “El Burlitzer Livia Spector” para que los chicos las bajen a sus iTunes y se hagan un playlist con él.
 La música que escuchan todos…
No hay que confiarse del todo de los prejuicios, pero a veces ayudan. ¿No? ¿Cómo va a ser el próximo de Coelho? No seas prejuicioso, léelo primero. Mmmmm, ¿ viste que ayudan? Sobre todo si puedes refutarlos después.
Acá va mi mayor prejuicio con María José Viera-Gallo: es noventera. Nadie que haya ido a ver siete veces a Oasis puede no serlo. Y los noventa son la década de culto a lo loser y la timidez. El tiempo en que Chile entero era adolescente, donde veníamos naciendo a la info globalizada y todo era nuevo y nos definía. Donde veíamos lo que Fuguet llama “hermandades cósmicas” en todas partes: en los libros de Loriga, en las canciones de Christina Rozenvinge, en las tomaduras de pelo de Mike Patton, en lo primero de Fresán y Forn.
La década donde se multiplicó la idea de tribu, de iniciados, de decir “eso ya no es tan nuevo” o de “yo era tal cosa antes que tú”. “Verano Robado” viene de esa sensibilidad. Le hereda con todo. Y ese es mi muy personal problema de ambientación del libro. La pregunta es, ¿será porque sé quién es MJ Viera-Gallo (porque la leí en las páginas del la Zona cuando escribía su columna Anita Santelices) que no siento que la historia transcurra en el verano del 2006? Ahí entran los lectores nuevos para decir si es cosa mía o no. Pero los personajes principales están tan recubiertos de esa “sensibilidad”, que no puedo dejar de pensar en ellos sino es en la década pasada.
De hecho para ambientar la fiesta que marca el punto de no retorno de la historia, inventa a unos dj que sólo ponen música del 90. Así, entre descripciones de los invitados y los pensamientos de la narradora, se intercalan pedazos de canciones noventeras que describen lo que va sintiendo a cada momento. Como Pepa Valenzuela pero en una fiesta Disco 2000. MJ Viera-Gallo traslada los referentes de una época para poder decir lo que quiere decir.
De hecho Livia es un personaje adulto encerrada en una chica de 17, que se hace llamar Patricia Franchini (como la protagonista de “Sin Aliento” de Jean-Luc Godard), cuando no quiere que la conozcan o no quiere entregarse del todo. Livia es demasiado lúcida para estar confundida, tiene la suficiente perspectiva sobre el mundo adulto para querer alejarse de él, y parece ser demasiado lista para hacer tonteras.
Eso con los protagonistas. Para armar sus personajes secundarios la autora usa citas pop e incluso, pinceladas tipo reportaje Revista Paula (cuando describe el cómo sus compañeras de colegio tienen sexo para mantener la virginidad, por ejemplo), para darles un aire contemporáneo. O hace una re actualización de tribus (“No te pongas emo”, le dice Rocío, la mejor amiga de Livia a otra amiga), y así.
El primer pololo que es “mod”, tienen un Austin Mini y viaja a Inglaterra para conocer la escena; la chica lesbi que quiere ser cineasta y armó una productora que se llama “Mundo Darko” en homenaje a su película favorita; el chico emo con lentes de marco grueso que es bisexual y anda con una chapita en repudio a la farándula, etc. Uffff.
 Volver a los 17
Hay una canción de Smashing Pumpkins que aparece en “Siamese Dream”, se llama “Space Boy” y habla sobre un chico que tiene un cromosoma más. No le pasa nada, no vuela ni ve gente muerta, sólo tiene una leve diferencia con el resto. Eso lo hace especial, una especie de héroe en su cuadra.
María José Viera-Gallo ama este tipo de personajes. En una entrevista que dio a la Revista de Libros, dijo que estaba rodeada de ellos. De seres “que uno los ve y están como recortados (…) que tienen luz propia”, había uno en su columna y hay uno en su novela: Dangil, el hermanastro de Livia. Un niño incólume, un ángel que vuela sobre su skate con la maestría de un elegido, la presencia pura que remarca la oscuridad en que se mueve Livia.
Él es la apuesta ética del libro: mantener la inocencia, guardarla como un tesoro dentro de un cofre bien escondido al fondo de tu pieza. Porque en el mundo que dibuja “Verano Robado”, crecer es una amenaza, un castigo, algo que hay que evitar a toda costa. Por eso la adolescencia es un calvario, porque es por ahí donde se transita al mundo adulto.
En el libro los adultos son retratados con la misma ferocidad con que un adolescente delimita al enemigo: una madre más preocupada de sí misma y de su ruta de auto conocimiento que de su hija, un padrastro arribista (exporta vinos, qué más), treintones jaleros que escuchan a U2 y un padre académico progre medio loser que se salva de ser lapidado, porque es el único que mantiene algo del preciado tesoro. Es el más inocente y es querible por ello.
Los personajes del libro son rudos con todos, menos con ellos mismos. Como cuando uno tiene ¿15, 16, 17? Si el libro quería lograr eso, o si es su moral propia, es cosa de interpretaciones. A mi no me gusta el culto a la inocencia, porque alguien completamente inocente es un inadaptado.
Crecer es adaptarse a circunstancias nuevas, y para adaptarse a situaciones nuevas sin volverse un monstruo o un cínico, se necesita sabiduría. Eso es crecer, aceptar que no es el mundo el que te daña, que no hay un titiritero manipulando las cosas, sino que uno mismo tiene una cuerda, que cuando la mueves para acá o para allá, con fines altruistas o simplemente egoístas, pasas a llevar otras cuerdas y haces daño. Y hieres. Encerrarte en ti mismo y ponerte a llorar por eso, no te hace un tipo puro. Te hace un simple idiota narcisista. Te vuelve un chico tímido. O sea, un gran egoísta que se siente que el mundo no entiende lo tremendamente especial que eres.
 Casa tomada
No se si los personajes protagónicos (los únicos que importan, el resto son utilería) son queribles. No sé si Livia Spector sea un nick recurrente en MSN, ni sé si “Sin Aliento” se esté bajando masivamente de Internet. Lo que si sé, es que llama la atención que el tercer protagonista no sea nadie da carne y hueso. Porque el tercer protagonista de “Verano Robado” es la casa en la que dejan abandonados a estos ángeles caídos.
Marks (Camilo, el crítico de Revista de Libros que le dio tres de cinco tinteros a la novela) tenía razón. El libro son dos libros: uno largo que habla de la inocencia, no querer crecer, lo malo que es el mundo adulto, etc, y otro de tiempos muertos en una ciudad que si bien tienen calles con nombres reales, parece irreal. Lástima que el segundo sea un “libro” tan cortito. Que empiece siendo casi el central y luego desaparezca. Porque cuando una cosa tiene un rol protagónico en una historia, esa cosa es siempre una metáfora, un modo de decir algo que está más allá del alcance de los protagonistas.
Pasa con “Para objetos solamente” de Benedetti, con el hotel de Barton Fink, con la casa de “A quien ama Gilbert Grape”, pero sobre todo con el hogar de las Lisbon en “Las vírgenes suicidas”.
La casa que está al fondo de un pasaje ñuñoíno va a ser deshabitada después del verano en que cumple castigo Livia. Bueno, ya está casi deshabitada. Acumula cajas donde se embalan las cosas antes de un cambio de casa, juguetes en el antejardín, ropa sucia por todas partes. Es Livia en código DFL 2: a punto de ser abandonada, hecha un caos y con una puerta a medio abrir por donde entra gente indeseable pero también las personas a quienes ama. En ella nada pasa, todo es lento, el calor no agobia sino que adormece. El ambiente es pesado, como el que sucede a los temblores. Ahí ya hubo uno fuerte, y lo que queda en pie está a punto de caerse si no se le coloca luego algo a qué aferrarse.
Esa imagen de abandono y precariedad (en un barrio que no es precario) funciona mucho mejor que todas la citas de canciones, enumeración de drogas y cameos a héroes pop, para decir que algo pasa ahí dentro y que vale la pena ser contado.
|
 |
|
|
|