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Cazador de coincidencias
Cuando niño, Paul Auster se salvó de morir partido por un rayo, se hizo lector al descubrir los libros de un tío, y decidió llevar siempre un lápiz, después de perderse el autógrafo de un ídolo de infancia. Con ese lápiz empezó a escribir. Las casualidades siempre han sido su tema, esos acontecimientos inexplicables, casi mágicos, que se transforman en decisivos para el destino. Acá, su último libro, Brooklyn Follies, y un trío de imperdibles.
Por Daniela Herrera

La invención de la casualidad
Leer una novela de Paul Auster es abrir cajas chinas donde cada punto de partida es un hecho que desencadena cientos más. La historia nunca es una sola y los cuentos satélites que rodean al principal (como en esas películas donde de repente dejan de interesarnos los protagonistas, y son los secundarios quienes se llevan toda nuestra atención), hace que comencemos leyendo una cosa y terminemos frente a otra muy distinta.
Los sucesos a veces inverosímiles de sus libros, no importan. Uno cree que alguien puede comprar un cuaderno que lo obliga a escribir sin parar (El cuaderno rojo, 1993), que alguien puede vivir en un hotel donde todo es posible (Brooklyn Follies, 2005), o que la casualidad es como una fuerza secreta que de vez en cuando, nos sorprende de múltiples maneras.
A veces hay tantos personajes, situaciones y casualidades en sus libros, que uno quisiera hacer un vergonzoso juego de palabras y pedirle a Auster que sea más austero, pero finalmente todo encaja, -algunas veces más forzadas que otras-, como en un rompecabezas metafísico.
En la mayoría de los libros de Auster, alguien pierde algo o a alguien. Es ahí cuando la desorientación toma ventaja y la solución más a mano es dejarse llevar por el azar. En La música del azar (90), Nashe pierde a su esposa, toma su auto y vaga por Estados Unidos hasta que se le acaba el dinero. Sin el azar, asistiríamos a una novela más sobre un tipo deprimido. Pero los personajes de Auster sopesan los hechos y eligen su camino: abandonar lo conocido, como una forma de resistencia anónima a la tragedia.
Nathan Glass en Brooklyn Follies (05, su último libro) deja su casa para buscar un lugar donde terminar los últimos días de su “ridícula vida”. Marco Stanley Frogg de El palacio de la Luna (1989) decide caer lentamente en la pobreza luego de la muerte de su tío, Daniel Quinn (La trilogía de Nueva York, 1985) abandona su carrera después de la muerte de su esposa e hijo, para encerrarse en su departamento. Los hechos se desencadenan, porque ninguno de los personajes de Auster se encuentra en forma para impedir que las cosas pasen. Y una vez que pasan, nada vuelve a ser lo mismo.

Brooklyn Follies
Dentro de Brooklyn Follies (2005), el último libro de Paul Auster, hay una historia sobre Kafka. El autor de Metamorfosis (1913) estaba en los últimos meses de vida, con su novia en Berlín. Como todas las tardes, iban de paseo por el parque cuando encontraron a una niña llorando desconsoladamente. Kafka le preguntó por qué lloraba. La niña contestó que había perdido su muñeca.
-No está perdida, anda de viaje. Me envió una carta, -le dijo. La niña no le creyó mucho, pero él prometió que al otro día le llevaría la carta. Finalmente Kafka terminó inventando cartas de la muñeca durante tres semanas, donde le contaba a la niña que no se fue porque no la quisiera, sino porque deseaba conocer el mundo. En la última carta, la muñeca se despedía porque se casaría con un hombre rico y lleno de virtudes.
Auster pregunta al final de esa historia si es posible vivir en un mundo de fantasía donde escapemos de las cosas reales que no nos parecen."La niña tiene una historia y cuando una persona es lo bastante afortunda para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen", dice.
La idea del mundo de fantasía en sí suena un poco cursi, pero es algo a lo que todos recurrimos mirando por la ventana del metro o la micro. Cuando la realidad es demasiado aburrida o mala para vivir en ella, todos fantaseamos con realidades paralelas, discursos inventados que nos saquen de lo cotidiano. Incluso por deporte. Por algo leemos o vamos al cine.
Auster llama a esto Hotel Existencia, un lugar donde todo pasa, literalmente, porque nadie más que uno mismo lo impide o lo permite. Algo así como el campo de centeno de Salinger, donde nada malo ocurre, porque hay un guardián preocupado de que nadie caiga al precipicio.
El libro está plagado de buenas personas e intenciones, y hasta los que son levemente inocorrectos, como Harry Brightman, un estafador de mucha labia, finalmente tienen su lado amable. Al poco tiempo pasan de cínicos, a ser esa rara especie de persona que ve el lado bueno de las cosas, que propone que vivan todos en una comunidad donde el mal no entre, una fantasía de comunidad hippie.
Llena de digresiones, Brooklyn Follies cuenta la historia de Nathan Glass, un vendedor de seguros cincuentón que acaba de jubilar anticipadamente. Sobreviviente de un cáncer, recién separado y con una vida que considera ridícula, Nathan se instala en Brooklyn, donde al poco tiempo se encuentra con Tom, su sobrino perdido. Glass, más Tom y Harry crean un trío de personajes aburridos de sus vidas planas, adoloridos por sus pasados, siempre pensando en los “qué hubiera pasado sí..”.
Nathan comienza a escribir un libro en tono de comedia: el libro de las locuras humanas (Human Follies), un recuento de sus torpezas y vergüenzas. Sin tener un objetivo muy claro, es ese libro el que une a los personajes. Mientras cada uno relata sus experiencias, las cosas pasan como en un exclusivo club de tres miembros: contémonos historias y tengamos una guarida (el Hotel Existencia) para protegernos y salvarnos.
En el transcurso del libro, una locura de proporciones estaba ocurriendo recién (la elección de George W. Bush frente a Gore) y para el termino de la novela estaba por ocurrir otra (las aventuras de Nathan Glass terminan la mañana del 11 de Septiembre del 2001).
“Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando alegría en la vida. Me pareció que éste era un momento para recordarlo", dijo Paul Auster en declaraciones recientes.
Harry, Tom, Nathan y una serie de personajes que se van uniendo en el camino, podrían representar a la humanidad completa: recorren Brooklyn planeando el refugio de los desesperanzados que, en el fondo, aún creen en los finales felices.
Por las redundancias y una que otra frase cursi, Brooklyn Follies es una novela que corre el riesgo de ser catalogada como mala, por los seguidores del Auster más sombrío, pero que aun conserva la lucidez y su increíble capacidad narrativa para unir hechos aparentemente disímiles. Pero por sobre todo, es un libro para perder, aunque sea por un rato, ese cinismo tan siglo XXI al que escalofriantemente nos estamos acostumbrando.
Si aún no has leído ningún libro de Auster, acá una breve guía de tres indispensables.

Él fue mi padre: “La invención de la soledad” (1982)
Una llamada de teléfono es la que da comienzo a su segundo libro, uno más bien autobiográfico. El padre de Paul ha muerto. En la primera parte del libro, “Retrato de un hombre invisible”, Auster arma su perfil: un ser incapaz de desear algo con demasiada pasión, acostumbrado a mantenerse a cierta distancia de la vida. Su padre, tal como los personajes de Auster después, huye de sus vínculos, de la sociedad y de la vida en general.
Durante toda su vida Auster padre pasó como una presencia fantasmal para los ojos de su hijo. Con su muerte, Paul Auster siente que debe escribir sobre él. “La idea estaba allí como una certeza, una obligación que comenzó a imponerse a sí misma en el preciso instante en que recibí la noticia de su muerte", dice Auster. Escribir para comprender quién era esta persona, cuya presencia se ha desvanecido por completo.
La obligación de Auster con su padre, es la misma que todo padre debe sentir con un hijo. Auster (quien en el proceso de escribir este libro se separó de su mujer y su pequeño hijo), se cuestiona si como padres estamos obligados a querer a nuestra descendencia, y si como hijos estamos obligados a querer a nuestros padres, sean como sean.
Cuando el hombre a retratar fue invisible incluso para sí mismo, la misión resulta condenada al fracaso. Y como todo intento condenado de antemano al fracaso, el libro resulta desgarrador. No sólo porque se trata de un maravilloso libro con varias páginas perfectas; además, es el intento de un hijo por dibujar con palabras, la sombra de un padre que nunca estuvo realmente ahí.
Auster se pregunta ¿quién es este hombre y quién era mi padre? Escribir es una forma de ordenar y clasificar los hechos, y tal vez con el retrato hablado de un hombre que nunca existió, pueda por un momento, verlo con más claridad. "Del exámen de mi padre pasé al exámen de mi propia conciencia del mundo", dice. Comenzar a entenderlo es comenzar a entenderse a sí mismo. Como un making of de su propio paso a la adultez.

Un modelo para armar: “Leviatán” (1992).
Seguir la trama de Leviatán puede resultar un poco complicado si no se pone atención. Hay tantos personajes, tantas conexiones, que es casi imposible no devolverse algunas páginas para preguntarse qué acaba de pasar acá.
Peter Aaron es escritor y un buen día conoce a Benjamin Sachs en un bar. A partir de ahí, sus vidas se entrelazan inevitablemente. "Somos permanentemente víctimas de contingencias cotidianas. Nuestras vidas están hechas de accidentes. También me interesan mucho los accidentes que no llegan a producirse. La casualidad existe...", dice Auster.
Sachs, objetor de conciencia durante la guerra de Vietnam y escritor, muere años después con una bomba en la mano. Aaron es una de las personas que puede ayudar a desentrañar la verdad del mito viviente en la que se convirtió Sachs, después de su casi fatal caída en compañía de María Turner (personaje insipirado en la artista francesa Sophie Calle),una extravagante mujer que decide seguir extraños por la ciudad, armada con una libreta con números de teléfono y direcciones que encontró botada.
El azar que rige Leviatán no es el destino propiamente tal, sino el instrumento que el propio destino tiene, para hacer calzar las piezas de un cubo rubik, uno que está en un desorden que parece ilógico. La casi ciencia de Auster para estructurar las partes y que no se caigan, parece enmarañada en un principio, pero a medida que el libro avanza y que las casualidades aumentan, toma un sentido impensado.
Las casualidades son el gran tema de Auster. Lo que fascina de ese acontecimiento cósmico es su condición de inexplicable, de casi mágico y accidental, que se transforma en decisivo.
Leviatán es un monstruo marino mítico, que posee un poder descomunal. Hobbes decide llamar Leviatán al Estado absolutista que impone su dominio sobre el caos de las relaciones individuales. Y como dice la cita de Emerson con la que parte el Leviatán de Auster, "Todo Estado real es corrupto".
Benjamin Sachs, un adicto a Thoreau, de alguna forma enloquece enfrentado a las dicotomías que le ofrece la sociedad: ser famoso o ser digno, ser pobre o ser rico (y a costa de qué). Pero dentro de su locura, logra ver el estado en el que se encuentra su país, tan lejos ya del sueño y la belleza americana. Y dentro de este mundo, Benjamin Sachs elige el camino del outsider.

La posibilidad de las mentiras: “La ciudad de cristal” (1985, tercera parte de “La trilogía de N.Y”).
Otra vez, una llamada de teléfono. El que atiende ahora es Daniel Quinn, un escritor que ha perdido a su esposa e hijo, y que luego de retirarse de su carrera, decide pasar el tiempo en su departamento, escribiendo novelas de misterio bajo el seudónimo de William Wilson. El que llama es Peter Stillman, un sujeto que dice estar amenazado de muerte y que busca al detective Paul Auster. Quinn decide tomar el lugar de Auster. Una vez que visita al misterioso Stillman, se ve envuelto en un red de austerianas casualidades.
Hechos de tonos austerianos pasan todos los días. Tendríamos que ser demasiado aburridos o ciegos como para pensar que en la vida real, cosas totalmente inverosímiles no ocurren. Woody Allen, otro judío de Nueva York lo dijo; “la vida no imita al arte, sino a la mala televisión”. Esa T.V de increíbles historias de ciegas que pierden a sus hijos y los encuentran 20 años después. Asuntos de teleserie venezolana que por qué no, pueden estar pasando en la casa de al lado. Y que nadie creería sino lo viera con sus propios ojos.
Los libros de Auster casi siempre pasan en la frontera que separa la verdad y la mentira, la realidad y el invento, la suposición y la lógica. Por algo es uno de los pocos autores que prefiere obviar la regla tácita de que los escritores no escriben sobre escritores y que menos, se ponen ellos mismos en la trama.
La ciudad de cristal (85) a primera vista parece totalmente ficcional, pero hay algo sobre las posibilidades de las mentiras que hace que a veces, uno termine creyendo. Lo complicado de mentir no es que lo que digamos sea cierto o falso, parece decir Auster, sino que te crean o no. Y es esa capacidad la que saben manejar tan bien, escritores de la talla de Paul Auster.
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