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¿Cuánto vale el freak? |
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En el circo romano de la tele, ser feo, pequeño o medio pavo, puede ser un plus. Y no, no estamos hablando de los animadores, sino de tipos como Constantini o el Poeta de Morandé con Compañía. ¿Pero quiénes son los verdaderos freaks? ¿Los que salen en la tele, los que los usan o los que se ríen de ellos?
Por Arturo Galarce
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Show bussiness
En el estudio de “Morandé con Compañía” un calvo animador intenta calentar al público media hora antes que parta el show. Grita eufórico nombres de personajes y humoristas, como si se tratara de la lista de gladiadores dentro de un circo romano. El circo está repleto, la gente aplaude. Son las 23:00 hrs. de un día miércoles cualquiera en Chilefilms.
Afuera del mismo estudio un flaco de jeans y chaqueta de cuerina fuma tembloroso el penúltimo Belmont de la cajetilla. Habla sólo, como si repasara algo. Parece nervioso. “Daniel, ¿se vistió usted ya?”, le dice una productora con el tono ameno de una tía de jardín. “No”, dice él, apagando el cigarrillo y subiendo de inmediato las escaleras. Allá lo espera su compañero de camarín, otro flaco, de lentes poto de botella y papiche, más conocido como Constantini.
Después de diez minutos ambos bajan. Daniel Ponce “El Poeta” (25) y Jorge Constantini (43). El primero se va tras bambalinas acompañando al Che Copete. Viste camisa blanca, corbatín, suspensores, pantalón y zapatos. El segundo, disfrazado de coordinador de piso, es tomado del brazo por un productor, que mientras habla conmigo, lo acomoda cual muñeco entre cámaras y escenario: “Cuando yo te avise ¿Ya huevón?”, le dice, sujetándole el hombro y mirándolo a los ojos como si le hablara a un sordo. Solo falta que termine el comercial de pisco sour para que parta el show.
Cinco horas antes llegaron por separado al ensayo. Practicaron su rutina junto a los artistas y tomaron once en su camarín. Aceitunas, sándwiches y mini bebida. Daniel se fumó 18 cigarrillos. Cinco horas después, se les había olvidado casi todo. “Yo hoy día soy productor. No me acuerdo sí lo que tengo que decir, pero sí que tengo que caminar como que me cuesta ver”, dice Constantini, acomodándose los lentes. “Yo salgo del poeta, po”, dice Ponce. Lo que siempre ha hecho desde que está en el programa.
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Constantini, o el orgullo de ser un freak
Hace 15 años, Constantini se vistió de terno y con los mismos lentes poto de botella que hoy usa para actuar, ensayó su rutina de ruidos frente a sus padres antes de tomar una liebre con dirección a “Éxito”, su primera aparición en tevé. Con su montaje de ruidos libreteados de ante mano por su padre (ex chofer de micros) y repetidos cada domingo frente a la familia, Constantini llegó al programa del Pollo Fuentes. “Como no tenía amigos, cuando chico me iba a las máquinas de mi papá y ahí sacaba el ruido de motor. De pronto caché que me salía igual. BRRRR!, viste?”.
Éxito, Cuánto vale el show, y varios programas “caza talentos”, Panorámix y REC, fue el recorrido de Constantini antes de llegar a Morandé Con Compañía, algo así como el Olimpo catódico de los freaks chilenos. Y no sólo de este lado de la pantalla.
Jorge no solo sufre de una miopía severa. Además es colijunto, nervioso, y usa Flaño. Este espeluznante escenario, sumado a un octogenario estilo de vestir, una prominente mandíbula superior y un rostro de pesadilla, le han permitido llegar adonde siempre quiso estar. La tele, la misma que le permitió perder su treintiañera virginidad, gracias a una vaca que los miembros de Panoramix hicieron para conseguirle una prostitua. “Todo el equipo puso plata. Incluso Sergio Lagos”, cuenta Ángel Muñoz, ex productor del programa.
Al contrario de lo que uno podría pensar, Constantini sabe por qué está ahí y no le importa. “Yo soy freak”, dice con orgullo. “Nací para la televisión, la gente me ve la cara y les da risa. Lo único que me aburre es que me pidan hacer ruidos cuando voy por la calle. Ya paré con eso, era mucho, ahora los freno nomás o invento que me duele la garganta y les doy un autógrafo”.
Es que desde niño se lo han hecho saber. Primero sus compañeros de curso, quienes lo ridiculizaban gritándole Jerry Lewis o Woody Allen. Luego su profesora de inglés, que cuando pasaba lista y llegaba al seis de “Constantini”, vociferaba: “¿Pink Panther?”. “Presente”, respondía Jorge. Y todos reían.
En octavo básico Constantini dejó el colegio. Se hizo bombero pero nunca pudo apagar un incendio. “Con esos lentes y tu habilidad, eres un peligro. Tú labor será de planta”, le dijeron. Además de atender llamados y animar con ruidos las kermesses de la bomba, Constantini ha sido zapatero, junior y rondín de un jardín infantil. “Esa pega me duró re poco. Como no veo ná, se pasaron a robar y no caché una”, cuenta.
Entonces Constantini se miró al espejo y se asumió. “Si soy feo y freak, tengo que aprovecharlo”, se dijo. Sin desconocer su “talento” de los ruidos, claro. Y lo llamaron. Un negocio emprendedor.
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Los freaks del otro lado
“Ni Constantini ni Daniel tienen talento. Ellos cumplen un rol importante gracias a sus físicos. Ponce es nervioso y además le cuesta leer. Por una cosa cultural, claro. Y nosotros aprovechamos eso cuando tiene que recitar los poemas. Pero ojo, no son tontos, solo lo parecen. Más encima se llevan su billete”, dice Ernesto Belloni, maquillado como el Che Copete, mientras se devora un sándwich en su camarín.
La constante freak parece ser única. Si no puedes con tu rostro o defecto, y más encima te das cuenta: úneteles. Constantini lo entendido así desde que estaba Panoramix, el programa de Sergio Lagos, el mismo que le legó al mundo la dupla Profesor Salomón y Tú tu tu tu.
Ángel Muñoz (ex productor del programa) cuenta que a Constantini lo descubrieron en los archivos de “Cuanto Vale el Show”. “Lo vimos y no la queríamos creer. Nunca había visto algo tan freak en televisión. Lo llamamos de inmediato y lo pusimos, primero, a hacer ruidos. Llegaba a las diez de la mañana a leerse los libretos que yo le preparaba. Después igual se le olvidaba todo. Tú cachai que el tipo tiene problemas, no es normal”, dice Ángel.
Según Constantini, uno de los “Hermanos sin Dolor” le dejó en claro que los ruidos tenían fecha de expiración. Que debía sacar a flote su real potencial. Oye Constantini, escúchame. Lo que tenís que aprovechar voh, es esa carita de hueva que te gastái”. Eso me dijeron y terminé por aceptarlo, sé que tengo carita de hueva, que soy freak, que no me puedo dedicar a otra cosa que no sea esto. Soy bombero pero ni siquiera puedo apagar incendios por la miopía, como la hallái?”, dice resignado, salpicándome la cara con pedazos de maní.
Jorge da la tranquilidad de un hombre conciente, hasta que se pone a hacer ruidos. Da la impresión de ser un hombre que sabe cual es su función en la tevé, y que ya se acostumbró a las bromas con tal de tener el dinero suficiente para pagar una que otra cuenta en la casa que comparte con sus padres (quienes cambian el canal cuando a su retoño le dicen feo). De otra manera, estaría cesante.
“El Poeta” Daniel Ponce (en la foto) en cambio, el otro freak oficial de Morandé con compañía, no lo tiene claro. No sabe porqué hace ese personaje ni cual es su talento. Disfruta el dinero, claro, “estoy dispuesto a todo, necesito la plata y me gusta este trabajo. No creo eso sí que la gente se ría de mi nerviosismo y por que me cuesta leer”, dice convencido sin saber cual es su gracia. Quizás es mejor que no se entere.
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Desempleo freak
Daniel y Jorge tienen trabajo. Alejandro (25) y César (30, en la foto), son cesantes. Los dos son pequeños. El primero sufre de Enanismoy el segundo, una enfermedad de difícil nombre pero igual resultado: Mucopolisacaridosis tipo 4.Y si la generalidad dice que los cojos son malos, que los pelados son densos, los guatones chistosos, y los flacos fomes. Los chicos son agrandados.
Alejandro Calderón, con pantalones de rapero y polera sin mangas, bebe cerveza con el mismo atrevimiento que usa para coquetearle a la mesera de un bar de Santiago Centro. Le pide fuego, le toma la mano, y la piropea cada vez que pasa cerca suyo. Sobreactúa, como para dejar en claro que su estatura no es impedimento con las mujeres.
Hace 15 años atrás, Alejandro, se miraba al espejo junto a un primo cuando descubrió que algo no iba bien. “Él era menor que yo, sin embargo me superaba en estatura”. Así, y tras un par de exámenes médicos, se enteró que no superaría el metro 30 de altura. Comenzaron las bromas en el colegio y las peleas a combos con todos. “Empecé a levantar pesas para mostrarme más fuerte. Varias veces pegué. No aguantaba que me llamaran enano”, dice Alejandro, tomando el pitcher con las dos manos.
Calderón entró a la televisión por un concurso organizado en Extra Jóvenes. Se buscaba gente para el elenco. Y quedó. Empezó a ganar dinero con su personaje “Johnny Cabezas”. Cuando lo miraban en la calle prefería creer que era reconocimiento y no por su estatura. Ya no se agarraba a combos. Sabe que llegó a la televisión por su porte, aunque le gusta creer que su sentido del humor, picardía, y chispa, fueron detonantes.

El año pasado tuvo sus últimas apariciones en REC. Junto a los hermanos Copano, e incluso, hizo de duende para la Zona.Hoy busca trabajo. “Estoy listo para ir de público a Morandé con Compañía. Ahí espero que me den una oportunidad. Si está el chico David, ¿por qué yo no?”, dice prendiendo un cigarrillo y expirando el humo por su pequeña nariz.
César Armazán, en cambio, no fuma ni bebe, por eso me espera en un mall. Se sienta en un sillón y queda a medio camino. No pide ayuda. Pasan unos segundos y se da un impulso para sentarse cómodamente. “Igual siempre me he aprovechado de la estatura, en lugares públicos pido que me hagan los trámites, viajo gratis en micro, etc.”.
En un banco cercano a Megavisión lo encontraron. Sin verlo actuar ni nada, le ofrecieron un papel dentro del programa “Videos y Penitencias”. Claro, necesitaban alguien que cupiera dentro de un peluche de Oso Panda. El primer trabajo con el que Cesar se benefició de la enfermedad que lo afecta. Y tras nueve años de trabajo constante en Megavisión (pasando por Zoolo TV, donde interpretaba al Chancho Mortadela, y por las miniseries Xfea2 y Mitú), a César no lo llamaron más. Se acabaron los personajes de 100 centímetros y Armazán ya no tenía nada que hacer ahí. “Yo me considero actor, soy capaz de hacer de papá o de hijo en otra miniserie, pero se que es imposible, y que si me pongo a reclamar puestos de ese tipo, menos me van a llamar”.
Al igual que Alejandro, está cesante y odia que lo llamen “enano”. “Aunque transaría todo ese odio por trabajar con el Kike Morandé y armarme un sueldo para pagar los tres meses de luz que debo”, dice. Todo, antes de buscar trabajo en su verdadera profesión a la que se dedicaba previo al camino televisivo: Asistente en Computación y Contabilidad.
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M.C.C
23:30 P.M.: Un gordo asistente de producción bate las manos incitando a que el público se pare y aplauda. “Bravooo!”, grita, mientras su cuerpo parece un torrente de jalea. Tramoyas, camarógrafos, y un grupo de abuelas que levantan sus manos empuñadas hasta la cabeza, gritan extasiados. Comenzó el show.
El Che Copete entra al estudio, y presenta a sus invitados en la sección “Vuelve el Che”: una desmejorada Marilú Cuevas disfrazada de vedette, un tipo con un water en la cabeza, dos hermanos unidos por un bigote, y una empleada. Constantini debe intervenir cada cinco minutos con una pizarra de productor llena de datos inútiles. Tiene que parecer imbécil, despistado. La gente ríe con solo verlo.
Cada vez que vuelve del escenario, Alfonso López (productor), le recuerda las frases que tiene que decir. “Trabajar con Constantini y Daniel, es complicado. Es como tratar con niños. Tenemos claro que no tienen talento y que son “especiales”. Por eso están acá”, dice.
Tras cámara, Daniel espera su turno. Entre sus manos enrolla una hoja con intenso nerviosismo. Es el poema que debe leer. No lo abre, esa es la gracia. Encontrarse con los versos de sorpresa, para que así la dificultad sea aún mayor. Cuando le pido que me lo muestre, me dice que no.
Es el último en salir. Entra como si no conociese el rubro y se para frente a las cámaras. La gente ríe. No ha dicho nada. Desenrolla la hoja y lee el poema. Lo lee mal, no se entendió nada. Más risas. Con el cinismo suficiente, da risa, sin él, da pena. Fin del sketch. Ambos parten al camarín mientras el show continúa.
Adentro huele mal, tan mal que solo faltan las camisetas para sentirse en un camarín rodeado por futbolistas sudados. Daniel y Constantini parecen no sentir nada y conversan de lo bien que les salió y se felicitan con palmas en el hombro. Mientras comen las aceitunas que quedaron, guardan el vestuario en una maleta del canal. Están listos: Ponce con su chaqueta de cuerina y Jorge con un chaleco tejido por su madre, salpicado en Flaño.
Abajo el programa ya terminó. El resto está grabado y el Kike me habla de Constantini. De cómo lo ha ayudado, de los lentes de contacto, de la operación a los ojos, etc. Porque claro, ahora Constantini usa los poto de botella sólo para la tele. Kike Morandé: “Son personajes especiales. Ellos saben que tienen sus pintas curiosas y que van a ser agarrados pal chuleteo. Además, tienen una cara graciosa y se llevan sus lucas”. Le pregunto si no se les pasa la mano un poco con las tallas. “Más se nos pasaría la mano si no los llamáramos”, dice, sacando las llaves de su Porsche y despidiéndose de todos con un “chao” general.
Ponce y Constantini le responden, pero al primero no le resulta. Afuera los espera el radio taxi de la productora.
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