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Jugando con minas antipersonales

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Jugar a la guerra
  La guerra no es un juego de niños, excepto para los niños que viven en países en guerra. Niños mutilados sobreviviendo entre minas antipersonales. ¿Una realidad terrible? Eso es "Las tortugas también vuelan", una película para quedar sin habla.

Por Isabel Plant
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No lo verás en CNN

Hay lugares en que ser niño no tiene nada de bueno. Nada de plazas y resbalines, de meterle el dedo al tarro de manjar y jugar a la pelota en la calle antes que la mamá grite que la comida está lista. Hay lugares en que los niños juegan en tanques abandonados y abrazan máscaras de gas en vez de osos de peluches, en que sus brazos y manos se fueron volando con minas antipersonales y no hay mamás sino que muchos huérfanos. Los niños kurdos de Iraq son de éstos últimos, y son los protagonistas de “Las Tortugas también vuelan”.

Este es el tercer largometraje del director kurdo iraní, Bahman Ghobadi.Y ser kurdo no es fácil. Los niños de la película no son actores profesionales porque de esos no hay en Kurdistán, quizás porque Kurdistán es una patria que sólo existe en las cabezas y no en el mapa. Los kurdosson un pueblo de 12 millones de personas que no tiene fronteras propias en el atlas, sino que se esparcen entre las de Irak, Irán y Turquía. Huérfanos del mapamundi.

“Satélite” es el protagonista, líder de los huérfanos. Con trece años, flacuchento, anteojos, ropa que le cuelga un poco y jockey de estampado militar, ordena a sus tropas de niños, la mitad mutilados, que cosechan minas antipersonales como si fueran flores, guardándolas en canastos que se cuelgan en la espalda para después venderlas. “Satélite” grita mucho, se mueve en una bici llena de bocinas y cintas de colores, y está más al mando que los mismos ancianos de la tribu, que lo necesitan para poner antenas parabólicas, y así saber un poco más de un mundo que hace rato los dejó atrás. Y todo sucede unos días antes de que EE.UU llegue con helicópteros y bombas para sacar a Saddam.

“Satélite” le echa el ojo a Agrin, una huérfana tristemente linda, recién llegada al campamento de refugiados. Agrin carga a un niño con ojos torcidos en la espalda, y camina al lado de su hermano Hyenkov, quien por cortesía de las minas antipersonales no tiene brazos, pero sí puede ver el futuro. Y el futuro no se viene mejor que un pasado y presente miserables.

“Las tortugas también vuelan” es muy bonita y muy triste. Bonita por sus paisajes del campo iraquí, una tierra hermosa y bíblica, hecha de pastos y rocas, barro y alambres de púas. Y es bonita, porque los niños cada cierto rato se dan el lujo de ser infantiles en medio de la catástrofe y sacan sonrisas. Pero siempre ronda la pena.

Su gran valor está en mostrar cómo son los países en guerra. Usa a los niños para llegar a lo que las cámaras de CNN dejan afuera. La cotidianeidad del conflicto, en un pueblo desolado, y por lo mismo, vivo. Las minas y balas que no te matan, te hacen más fuerte.

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Jugando con minas antipersonales

Los niños son páginas en blanco. Seres humanos moldeables por el entorno. Los de “Las tortugas también vuelan”, igual que todos los que viven en el barro en cualquier parte del mundo, están más preocupados de despertar al otro día que de jugar. Si los niños de lugares pacíficos e idílicos que incluyen prados y golden retrievers corriendo en ellos, pueden usar las reglas de la pinta, la escondida y el Play Station, los iraquíes usan las necesarias para sobrevivir. Pero esto no es como en “El señor de las moscas”, acá no se matan entre ellos, para eso ya están las minas que recogen todos los días. Estos son hermanos y su mamá es la orfandad. Y “Satélite”, el padre putativo.

Los niños como protagonistas vienen del neorrealismo italiano, como “El ladrón de bicicletas” o “El lustrabotas”. Películas de un momento histórico difícil, el de una Italia que todavía no se repone de la IIGM. Los niños son personajes capaces de escurrirse, de reinventarse dentro de la nueva realidad miserable sin tener que reconstruir lo que se perdió. Son capaces de acostumbrarse a lo inacostumbrable, y vivir.

Aunque en altura sigan bajo el metro y medio, estos niños, los italianos de post guerra, los de los Balcanes, los kurdos, los de debajo del Mapocho o los de África, ya son grandes porque su realidad se ha preocupado de curtirlos. Pasheo, el fiel ayudante de Satélite en “Las tortugas también vuelan”, reemplaza la pierna que le cuelga muerta con una muleta. Para hacer reír a un niño que llora, empieza a molestar al guardia turco que está al otro lado del alambre de púas. Éste contesta con disparos, los niños corren-cojean y ríen, como si fuera una vecina enojada que les tira un balde de agua. Yo nunca he escuchado un disparo. Estos niños juegan con ellos.

Pero para algunos, esta vida bélica es simplemente demasiado. Y ese el caso de Agrin, la linda niña triste. La primera imagen de la película la muestra al borde de un abismo. Se saca los zapatos, cámara lenta, salta. Y mientras avanza la película nos damos cuenta qué es lo que la hace ser inhumana, con ella misma y con otros. La guerra no sólo ha escrito en la página en blanco que es Agrin, sino que la ha manchado, escupido e incendiado. No la hizo crecer por dentro, la mató primero.

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Conflicto Vía Satélite

La guerra vía satélite vista desde el otro lado del mundo, en tu sillón y a través de pantallas verdes que se iluminaban con bombas en CNN, está muy lejos de la película. Globalización bélica y paradoja mediática. Porque los ancianos de “Las tortugas también vuelan” necesitan saber cuándo llegan los americanos y le piden a “Satélite” que se consiga una antena parabólica. Los protagonistas de la guerra que está a punto de comenzar, prefieren mirar a través de la pantalla lo que está pasando afuera, y no a través de su ventana.

Y se sientan todos, sin zapatos en una alfombra, pasando rápido por los canales prohibidos, eso que exhiben sexo y pornografía. MTV. Hasta que llegan a las noticias, y ahí está Bush, y los ancianos jefes del pueblo no entienden nada. “Satélite” se maneja con un par de palabras en inglés lo que le da poder. Este niño con cara de nerd no tiene nada de pavo. Porque para participar de los acontecimientos del globo se necesita una voz, y la voz del mundo de hoy habla en inglés.

La paradoja del mundo globalizado: para ser parte de él, necesitamos de las comunicaciones. Pero para eso se necesita una plataforma técnica, que los países más pobres no tienen posibilidades de obtener. Entonces lo que debería ser una comunidad cada vez más grande, va botando a los países chicos que son los que más necesitan la ayuda. Quedan rezagados. Los viejitos kurdos, en su alfombrita, en su aldea, en el campo, en la frontera de Irak, quedan totalmente fuera. Pero siguen mirando la televisión, aunque no la entiendan, para sentirse un poco adentro.

¿Qué es más real? ¿Una película sobre la guerra filmada en Irak, con niños sin brazos y usando las experiencias de vida del director? ¿O CNN, BBC, Rafael Cavada y Amaro Gómez-Pablos? De seguro nosotros tenemos una visión más infantil de lo que pasa, de la que pueda tener un niño sin brazos que desarma minas con la boca. Porque eso, no te lo muestran en la tele.

Por Isabel Plant

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Último comentario:
Camara  escribió...

.......................... solo el silencio puede describir lo que esta pasando. ...

12:45PM 27/04/2006

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comentarios (20)

 
 
   
 

 

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