La resurrección del cine chileno.

De retiro con Los Simpsons.

Epifanía en digital.

EL NADADOR OCULTO

MEJOR QUE EL MEJOR

 
  V de vendetta
Fuga
La marcha de los pingüinos
Una historia violenta
Capote
  VER TODOS
 
Indiependencia Espiritual.
  La Sagrada Familia es una película política tan intensa, como unas vacaciones familiares en medio de una playa vacía, con esas conversaciones de sobremesa donde todo se dice implícitamente. Un comentario sobre la primera película chilena de verdad en lo que va del año. La Sagrada Familia: el mejor diagnóstico social sobre nosotros mismos que existe en celuloide.

Por Matías Correa
Cine en su casa

La familia chilena a pequeña escala.
 

Epifanía en digital.

La Sagrada Familiaes una película sin preámbulos. Un rayo directo al ojo –Eddi Pistolas dixit-, que se demora un instante en remecerte las neuronas y transportarte ahí mismo, dentro de la pantalla. O fuera de ella. L.S.F es una película que obliga, nada menos, a establecer una posición como espectador, a discutir fuera de la sala de cine luego de superado el silencio de los créditos. Y de eso se trata el cine que conmueve.

La primera escena en toda la película es el close-up de una cámara inquieta a un matrimonio recién despertando. Marcos, el marido, un Sergio Hernández que se luce interpretando una versión ominosa, renovada y profundamente real, de ese galán de la cuasi tercera edad al que Tito Noguera ya nos tenía demasiado acostumbrados. Marcos es un exitoso arquitecto, representante paradigmático de ese macho alfa que transpira olor a whisky y tabaco negro. Tres segundos es lo que uno se demora en sentir el tufillo a sueño de Guazzini y Hernández. Tres segundos es lo que te demoras en darte cuenta de que lo que estás viendo está pasando de verdad.

La historia es simple: una familia de clase media alta (padre, madre e hijo veinteañero) pasa el feriado largo de semana santa en la playa. Todo bien, hasta que aparece la polola del hijo: Sofía, una Pati López cuyo nombre desde L.S.F en adelante, va a figurar como sinónimo de un obsceno gesto ‘técnico’, muchísimo más hardcore que el ya institucionalizado “Pato Yáñez”.

Madre dedicada, hijo nerd, padre galancete cincuentón, e intrusa ultra liberal. Una bomba de tiempo familiar. Si a eso le sumas un estudiante gay de Derecho, pasando el fin de semana junto a un compañero de universidad que aún no sale del clóset (Juan Pablo Miranda y Mauricio Diocares), tienes la puesta en escena. Y todos más o menos sabemos lo que va a pasar, pero como dijo Sebastián Campos en una entrevista a la Zona, “L.S.F no es un trhiller, lo importante no es lo qué va pasar, sino cómo va a pasar”. Y la película sorprende, porque teniendo a la inocencia y la hipocresía como telón de fondo, todos los personajes terminan dándose unas cuantas volteretas existenciales.

En pocas palabras: en L.S.F los personajes experimentan una epifanía pentecostal como la que vivieron los apóstoles, sólo que exactamente al revés. Definitivamente, el mejor de los retratos posibles al tipo de revelación al que nosotros, los que vivimos en el Chile de los post (posmoderno, post-dictadura, post-Don Francisco, post-Lagos y blog post), podemos aspirar a realizar.

  Comente no más / 12 comentarios

La resurrección del cine chileno.

La vitalidad de L.S.F no descansa solamente en el dinamismo de su cámara. Porque además los personajes hablan de verdad: no suenan como si estuvieran leyendo subtítulos, ni como si estuvieran repitiendo artificiosas líneas escritas por guionistas con sobredosis de cafeína. Acá los diálogos no suenan a piloto de sitcom para TVN. Nadie dice cosas como: “date cuenta, huevón, tenís que pegarte la cachá”. Y la ausencia de ese chilenismo recargado definitivamente se agradece.

Esto podría ser sólo un detalle, pero es finalmente una decisión ideológica que dio origen al principal recurso de la película: el cómo se filmó. A Sebastián Campos no le gustaba cómo sonaban los diálogos de sus cortos anteriores, sonaban artificiales, dijo. Según él, “en Chile nunca se dice lo que se quiere decir, las palabras ocultan más de lo que muestran” (Revista Wikén). Por eso decidió aproximarse a la realidad, más que guionizarla: el escueto guión planteaba el conflicto, pero todo el trabajo se hizo en terreno con los actores, durante tres días (el mismo tiempo de la película). Se grabaron 80 horas y se editó durante un año. Resultado: actuaciones que parecen no serlo (de eso se trata, ¿no?) y la sensación de estar siendo testigos de una historia real.

La espontaneidad de L.S.F. está en los detalles. Como cuando Diocares y Miranda estudian el código civil y, mientras memorizan artículos vacíos sobre cómo deben ser las cosas, arman un pito que sacan de una caja con la estampita del difunto Juan Pablo II. Y es ahí, como en muchos otros momentos, cuando uno se da cuenta que de lunes a viernes, en la universidad, el colegio o el trabajo, muchas veces somos de mentira, ya sea por miedo a reconocerse en un espejo roto o por miedo a ser discriminados por el sacrosanto poder en Chile. Que la vida la vivimos de a de veras, sólo en los feriados y los fines de semana. Que todavía llevamos la hipocresía colgando del cuello como corbata o escapulario, sin importar que tan ‘posmos’ nos creamos.

  Comente no más / 0 comentarios

De retiro con Los Simpsons.

L.S.F es más encima una película familiar. Pero no como La era del hielo 2 es una película para la familia. LSF es una película sobre las familias. Igual que Los Sopranosy Los Simpsons.El elenco de L.S.F será de carne, hueso y sangre, y no de color amarillo, pero sus problemas son apenas menos carnales y viscerales que los de la familia de mafiosos. La Sagrada Familia es acá, una familia particular pasando la semana santa en una playa, pero también es un país completo.

En L.S.F la acción discurre en múltiples planos paralelos: el antagonismo padre-hijo entre Marcos y Marquitos. El problema de ser un “maricón” C3 v/s ser un “raro” exiliado del mundo ABC1 (Miranda y Diocares son muchísimo más creíbles que los vaqueros de Brokeback Mountain). Las drogas como una fiesta increíblemente estúpida, falsa y entretenida a la vez. El descubrimiento de la traición como último paso a la adultez. El simbolismo cristiano usado como alegoría de la muerte y resurrección de su protagonista. Y todo, sin dejar de ser una película graciosa, triste y violentamente trágica.

Entre medio de todo esos temas que dan para conversar, discutir y escribir durante horas, L.S.F plantea una pregunta fundamental: cuál es el discurso que cada uno de nosotros tiene, y si vivimos coherentemente o no de acuerdo a él. La oposición entre el ser y el deber ser. Entre lo que aparentamos y lo que somos. Entre fumar pitos y estudiar Derecho. Entre las prácticas privadas y los discursos públicos moralistas, o la sumisión a ellos porque son los discursos del poder.

Extrapolando a la realidad, entre las encuestas de un país que está dispuesto a discutir el aborto, pedía a gritos una ley de divorcio o la entrega de la píldora del día después, pero que se reconoce católico. Porque como dice Marcos en la película, “en Chile, todos somos católicos”. Querámoslo o no. Ello no implica que L.S.F sea una película anticatólica, ni que Campos esté invitando a la audiencia a convertirse al hedonismo-zen de Pati López, más bien es una cinta que postula que hay algo que apesta en los discursos prefabricados.

Sea el paradigma UDI de misa los domingos y departamento en Vitacura, sea el del PPD con parcela en la Comunidad Ecológica de Peñalolén que recicla y medita za-zen. El problema con comprarse discursos pre-fabricados, es que como un par de zapatillas ajenas, nunca calzan bien. Y es por eso que Marquitos (Néstor Cantillana), al final (advierto que esto puede ser un spoiler) decide quedarse con Rita, la mina muda que interpreta Macarena Teke.

Y lo hace porque se supone que al ser traicionado, Marquitos pierde la inocencia. Pero es precisamente en ese tema donde la película –paradójicamente-, peca de inocente: la inocencia, finalmente, no se pierde tanto cuando eres la víctima del mal, sino cuando uno es el traidor. Siempre será más difícil ser Judas. Porque aprender a vivir con los pecados propios, perdonarse a sí mismo y redimirse, es lo que te hace verdaderamente grande, lo que te obliga a definirte moralmente y crecer. El traicionado, en cambio, queda presa de su dolor. Y en su dolor, Marquitos huye como cabro chico a refugiarse en la mina muda. Porque estar con ella es como partir desde cero. Estar con ella ya no es comprarse un discurso o un modo de vida, como el de su viejo o el de su polola, sino inventar uno nuevo. Y cuál sea esta nueva manera de ver las cosas, eso es algo que Campos prefiere callar. Y se agradece. Porque eso lo decides tú a la salida del cine.

  Comente no más / 6 comentarios

 
 

Último comentario:
Cristian  escribió...

El autor dice: "la inocencia, finalmente, no se pierde tanto cuando eres la víctima del mal, sino cuando uno es el traidor". Esa es una gran verdad, y debemos ir mucho más lejos todavía... todos somos tra ...

10:58AM 18/04/2006

Ver todos los
comentarios (18)

 
 
   
 

 

El MercurioLa SegundaLas Últimas NoticiasDiarios Regionales
EmolEconomía y NegociosMapas DigitalesEconómicos
Términos y Condiciones de los servicios
© 2002 El Mercurio Online