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Temporada de conejos
  Antes eran esclavos, prisioneros o vagabundos obligados a hacerlo. Ahora son universitarios e inmigrantes los que prueban los nuevos medicamentos de la industria farmaceutica. Acá, historias de conejillos chilenos alrededor del mundo que decidieron testear medicamentos para financiarse.

Por Leonardo Nuñez

Bunny

Chilenos en observación
 

Tu medicina

“TGN1412” es un antiinflamatorio desarrollado por una compañía de bio-tecnología alemana llamada TeGenero, para tratar enfermedades como artritis y leucemia. Para Myfanwy Marshall la sigla tan sólo significaba la fuente de ingresos de su pololo de 28 años. Él, junto a otros ocho “Conejillos de indias”, probaba este fármaco en fase experimental en el Centro Parexel en Northwick Park, Inglaterra. Todo aséptico. Mesa de pool en la sala de estar, TV digital para hacer cómoda la estadía. Todo bajo control.

Hasta que él y seis más del grupo se desplomaron minutos después de ser inoculados.“Tiene la cabeza tan inflamada que me costó reconocerlo. Se parecía al ‘Hombre Elefante”, dijo Myfanwy a la prensa inglesa. La cabeza de su novio se hinchó tres veces su tamaño normal. “Ya no es ni la sombra de lo que fue. Su pecho parece soplar y está muy hinchado. Una máquina cumple la función de sus pulmones”.

Raste Khan(23) también se sometió al test del novio de Marshall, pero se salvó ya que sólo recibió un placebo. Cuando el diario “The Sun” le preguntó cómo sucedió todo, él dijo que de un momento a otro la sala se transformó en un infierno: “Los chicos cayeron como dominós. Algunos se quejaban de fiebre y otros gritaban que sentían que sus cabezas iban a explotar”. Hoy, de los seis afectados, cinco se han estabilizado. El novio de Marshall se mantiene en estado de coma, y quedará con secuelas de por vida. Los responsables del experimento aún no saben qué pudo haber fallado.

Esto pasó en marzo, un mes antes había sucedido algo similar en Alemania,cuando cuatro pacientes voluntarios murieron mientras participaban en un experimento internacional de la farmacéutica suiza Roche con Avastin, un medicamento que combatiría el cáncer de colon.

Ellos también eran “Conejillos de indias”. El nombre viene de la conquista española, cuando los soldados del rey bautizaron así a unos pequeños roedores que habitaban Perú. Según sus relatos eran muy similares a los conejos y, claro, ellos creían que estaban en la India. Desde mediados del siglo XIX, en Europa, estos roedores empezaron a ser usados para experimentar, debido a su resistencia física, pasividad y rápida reproducción.

Después utilizaron humanos. Prisioneros de guerra en la antigüedad (a quienes los diseccionaban vivos) y vagabundos a lo largo de la historia. Ahora, bueno, son inmigrantes y estudiantes. Así avanza la ciencia, y así universitarios de todo el mundo financian sus vidas en el extranjero. Y aunque hay menos riesgos que antes (“Menos del uno por ciento” según médicos consultados para esta entrevista). Siguen habiendo problemas. Mal que mal son drogas nuevas. A continuación, historias de chilenos que aceptaron ser “conejillos de indias” aquí y en otros países del mundo.

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Por un puñado de euros

Marcelo (24) sacaba cuentas alegres. Se iba a tomar seis meses de vacaciones en Europa. Primero iría a España con su novia española y se hospedarían donde sus padres para ahorrar dinero, después trabajaría para juntar la plata y viajar a la ex Yugoslavia. Fue garzón, jardinero, pintor de brocha gorda y editor de textos. Pero nada le dio tanto como ser conejillo de indias.

“Me dijeron que en un centro médico de Madrid que se llamaba ‘Princesa’, necesitaban jóvenes para probar unas drogas. Pagaban 580 euros por cuatro sesiones al mes. Mucho más que los 70 euros diarios que hacía como garzón”.

Pero las ventajas no terminaban ahí, mientras le hacían los chequeos médicos para ver si servía para las pruebas, podía ver T.V. cable y comer todo lo que quisiera. Según él lo estaban “engordando”.

“En el hospital había varios voluntarios, casi todos estudiantes de medicina. Algunos vivían hace años de prestar el cuerpo. Y tenían su propia jerga. Se llamaban así mismo cobayas (sinónimo de “conejillo”) y en vez de sacarse sangre, decían ‘me chutaron sangre’, y contaban que conocían cobayas que se habían muerto en experimentos. Y lo decían fuerte, riéndose, para que uno escuchara. Era un humor bien negro. Igual me urgí un poco. Pensaba ‘cómo llegué a esto’. Pero necesitaba la plata, y prefería pasar por eso a pedirle a mi mamá en Chile”.

Cuando le dijeron que estaba apto, se acabaron sus privilegios. Partiendo por la comida. Le exigieron ayunar 12 horas antes del inicio de la investigación, que consistía en probar una penicilina nueva, que tenía por destino Sudamérica.

“El experimento duraba de nueve de la mañana a nueve de la noche. Éramos 30 los seleccionados, y teníamos que estar acostados en una camilla todo ese tiempo. No porque no pudiéramos levantarnos. Es que después de que te daban la pastilla, te pinchaban con un catéter en la vena más gorda del brazo y te sacaban sangre para estudiar los efectos que te iba haciendo la penicilina. De 9 a 11 de la mañana nos sacaban cada 15 minutos. Y de 11 de la mañana a 9 de la noche, cada una hora. En total eran como 18 las veces al día que te sacaban sangre. Yo me sentía débil, no sé si por el medicamento o por toda la sangre que me sacaban. Como que perdía noción de la realidad. Pero hubo una chica que se sentía peor. Casi se desmaya. Parece que justo le llegó la regla en medio de la investigación. Fue la primera baja. Como no sirvió, la reemplazaron por otra persona”. Total había varios conejillos en lista de espera.

Terminada las cuatro sesiones y con la plata en la mano, Marcelo se fue a la Fiesta de San Fermín, donde se encontró con varios otros “ratones de laboratorio”, que iban con la intención de gastar sus relucientes euros. “Yo invertí la mitad en un stand para vender copete. Con eso doblé lo que gané. También volví al centro médico para ganar más plata en otra prueba para la diabetes. Cuando junté harta, me fui con mi novia a conocer la ex Yugoslavia. Me alcanzó hasta para arrendar un auto”. A pesar de las molestias que sufrió, Marcelo no duda, si se ve en apuros, lo volvería a hacer.

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Mecánica popular

"Si te gusta colaborar con la ciencia y quieres ganar dinero fácil sólo por estar acostado algunos minutos, ven a vernos", decía un papel que habían puesto en una ventanilla de la facultad donde estudiaba Andrea (24). Como sonaba atractivo decidió averiguar.

En el hospital de la Universidad Católica necesitaban “conejillos” para probar un nuevo scanner que detectaba problemas cardíacos. “Querían saber si la máquina funcionaba, y para eso buscaban gente sana para simular aceleración cardiaca. Por cada sesión, que duraba como una hora, pagaban 5 mil pesos”, dice Andrea.

Cuando llegó a la sala de la investigación, lo primero que vio fue a una estudiante saliendo de ahí abrazada a su madre y llorando. “Le pregunté qué le había pasado y me dijo que la máquina le dio miedo. Yo pensé que era una debilucha y me reí”, cuenta Andrea.

Pero cuando entró entendió todo. “Después de sacarme la ropa y subirme a la camilla, me pusieron unas placas al costado de la cabeza, que quedaban amarradas por cables a un casco. Con eso quedé inmóvil y de ahí me metieron al interior de la máquina. Era como estar en una cápsula espacial. Mi único comunicación con el exterior era un botón para apretarlo en caso de emergencia”.

Pero eso no es todo. “Me inyectaron un ‘contraste’, que es una sustancia para medir mejor mi flujo sanguíneo con el scanner. Eso me provocó mucho frío, y tampoco podía moverme para calentarme. Se me pasó algo cuando los médicos me taparon con una frazada”.

Recién entonces empezó la prueba. Adentro del scanner, iba a sonar un pito. Cada vez que lo hiciera, Andrea tenía que contener la respiración y contar hasta diez, para volver a respirar. “Pero apenas alcanzaba a respirar cuando el pito volvía sonar. Cuando me empecé a sofocar, me dio susto. Sentí que unos bichos raros me empezaban a subir por las piernas. La sustancia, más el encierro, me provocaron un principio de claustrofobia. Pero no podía hacer nada. Estaba inmovilizada”.

Cuando la prueba terminó una hora después, Andrea apenas podía caminar. Se demoró 20 minutos en volver a hacerlo normalmente. Y aunque juró no volver a meterse en la máquina, lo hizo tres veces más por la plata. “No es algo que cuente mucho. Igual pienso que es feo que la gente diga que prostituiste tu cuerpo por plata. Pero lo que gané me sirvió para pagar fotocopias y otras cosas que necesitaba”.

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Porque hoy es sábado

El 2000 Francisca (31) tenía deudas familiares y un viaje programado. Se había ido a trabajar durante un año a un laboratorio en New Hampshire. Allá juntó plata y el 2004 se matriculó en un doctorado en Microbiologia-inmunología. Las deudas aún no podía cancelarlas, por eso cuando supo que en su universidad necesitaban gente para probar una droga que potenciaba la memoria, no dudó en reclutarse. La recompensa era prometedora: 400 dólares por tres tardes de sábado de trabajo.

“El primer sábado que fui, me dieron un droga placebo, que no me hizo nada. Pasé nueve horas muy tranquilas en el laboratorio”, cuenta Francisca. En la segundo sesión tampoco pasó mayores problemas. “Me dieron otra pastilla que no me hacía nada. Pensaba que era una forma muy fácil de ganar plata”.

Francisca es bióloga y como tal es curiosa. O sea, si tenía una duda, preguntaba. Así se informó con la gente del laboratorio sobre el fármaco que estaban experimentando en ella. “La droga originalmente se había creado para combatir la presión. Pero con el tiempo, los pacientes que la usaban, empezaron a decirle a los médicos que desde que la tomaban, su memoria había mejorado mucho”. Los investigadores no tardaron en recoger varios testimonios similares. Además de “conejillos” dispuestos a agrandar su memoria.

Cuando llegó la hora de la última sesión, Francisca de inmediato advirtió que sería diferente. A su camilla se acercó la misma doctora que le había suministrado las píldoras anteriores, pero algo olía mal. “Altiro caché que la pastilla que me estaba dando era la que se investigaba. Era muy hedionda. Daba asco olerla. Na’ que ver con las que me dieron antes”. Pero igual se la tragó. No iba a perder los 400 dólares en el último esfuerzo. Veinte minutos después corría al baño en compañía de la doctora. “No podía aguantar el vómito. Me sentía pésimo. Era como una caña infernal, la peor de todas. Y tenía mucha sed, después me desmayé”.

Cuando volvió en sí, los médicos la miraban con preocupación. La primera en hablarle fue la doctora. “Yo sólo quería que me dijera que no íbamos a seguir”, recuerda Francisca. Pero no fue eso lo que escuchó. “‘¿Puedes, seguir, cierto?’, me preguntó, con cara de tienes que hacerlo”. Le dijo que sí.

Lo que vino después fue una extenuante prueba de ejercicios de memoria. “En un papel, me daban una serie de números, cada uno con un símbolo. El uno, era un triángulo. El dos, un círculo… Y después sólo me mostraban los símbolos y yo tenía que recordar los números a los que pertenecían”.

Cuando acabó eso, vino la suma. “Lo odié. Entre dos médicos me decían un número y después me agregaban otro y yo tenía que sumar. Cinco, más cuatro, igual nueve. Más cinco. Catorce. Más tres… No alcanzaba a responder, y ya me estaban dando otro”. Mientras, los investigadores anotaban todos sus aciertos y fallas.

También la metieron en una camilla adentro de un scanner, con unos lentes tipo Matrix con pantalla, en la que le iban mostrando más secuencias. “Estaba tan agotada, que no podía seguir. Pero increíblemente, la droga funcionaba. Retenía números, símbolos, paisajes, frases”.

Cerca de las seis de la tarde terminó el experimento. Agotada, Francisca volvió a su casa manejando. Allí la esperaba su pololo y un asado con los amigos. “Cuando me vieron llegar y les conté lo que me había pasado, todos se mataban de la risa. Nadie sentía compasión por mí. Me fui directo a la cama. A dormir”.

Lo único que alegró fue cuando cambió el cheque, por los 400 dólares. Como todos, mientras sufría prometió nunca más volver a hacerlo. Después de recibir su paga, no estaba tan segura.

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Paulilla  escribió...

NECESITO $$$$$$$$$$$$. YO LO HAGO. HARÍA ESO ANTES DE VENDERME SEXUALMENTE... ...

7:57PM 13/04/2006

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