Cartagena Vice.

Cachorro cuico.

Chancho Cero

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El futuro de Chile, ¿dónde está?
  Más que un reportaje este fue un castigo. Mandamos a Guillermo al mechoneo de la Usach, a Cartagena con la Chile y a una competencia ñoña en la Católica. Le cortaron el pelo, lo vomitaron encima y casi se vuelve gremialista. Volvió con sed y escribió esto.

Por Guillermo Tupper

La mar estaba serena

Doblado en Cartagena
 

Cachorro cuico.

Martes 14
USACH
9:30 hrs.
Mechoneo Ingeniería en Alimentos.



No pasaron ni diez minutos de colado en la sala, cuando se me acercó el Norton. Lo primero que me preguntó fue si yo era alumno nuevo. Lo segundo, si sabía que día era hoy.

- Llegaste en mala hora, cabro. Hoy es el mechoneo. Me lo sopló un amigo allá afuera. ¿Viste como quedaron los de informática? Yo que tú me arranco.

El Norton era de esos raperos tirados a choro, con el pelo desordenado con gel y polerones de mall. Era su segunda semana como técnico en alimentos en la USACH. La primera se la había capeado entera para perderse el mechoneo. Como buen novato loser, había olvidado la primera lección de todas: nunca mechonean la primera semana.

- Tranquilo – le dije - . Si nos fugamos, después va a ser peor.

El miedo de un mechón es algo que nunca había experimentado. Hace tres años entré a una de las privadas más cuicas. Y, obvio, mi mechoneo fue súper fome. Me echaron mostaza, un poco de harina y tuve que bailar tecno en el escenario. Como el objetivo de los organizadores no era destrozar ropas sino engrupirse minas, a las cachorras más lindas ni siquiera las tocaron. Y todo terminó al día siguiente, con un asado de vidrio en el Intercomunal donde todos se hicieron amigos. Un bodrio.

La USACH es la perfecta antítesis a mi facultad. Es una pequeña ciudad llena de laberintos que dan a galpones viejos y rayados. Por los pasillos caminan góticos morenos, chicas Blondie, raperos con sus skates y muchos militantes con la polera del Ché Guevara. Doblando por Ecuador a la derecha, queda mi nueva carrera: Técnico en Alimentos. Hoy, toca psicología a la primera hora. En la sala somos apenas tres hombres.

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Chancho Cero

La universidad es como la vida, un ejercicio de supervivencia. Durante cuatro, cinco o seis años tratas de pasar los ramos, de que no te echen por no pagar y de que alguien del sexo opuesto te pesque. Pero nada es tan de vida o muerte como tratar de sobrevivir el mechoneo. Es la primera prueba a superar. Claro que esa no te la toma un profesor sino tus compañeros mayores. Si logras que no te pesquen, te jactas, si no lo logras, quieres hacer lo mismo el año que viene con los recién llegados. En pocas palabras: el mechoneo es pura sed de venganza.

Antes de ir a meterme a mi segundo mechoneo averigüé unos datos: En marzo de 1999, un alumno de Química Marina de la Universidad Católica de Concepción terminó con una grave intoxicación etílica tras ser obligado a beber alcohol. El 2004, un mechoneo clandestino en la UTEM terminó con tres novatos acuchillados. Y hace algunos días, los cachorros de la Universidad de Antofagasta ahorcaron a un gato como broma de principio de año. El mechoneo es cosa seria.

Le consulté a mi único compañero de colegio que quedó en la USACH si era para tanto. “Aquí han quedado cagadas grandes —me dijo—. Han envenenado a tipos, otros han terminado con reacciones alérgicas. Y aunque los dirigentes tienen el discurso que esto atenta contra la dignidad del alumno, nunca se mueven lo suficiente como para que no pase nada”. Después fui a meterme a unas clases en ingeniería y vi un cartel de la Federación de Estudiantes que llamaban a un “Cachorreo responsable”. Me tranquilicé un poco. Aunque para asegurarme me busqué una carrera chica con puras minas: técnico en alimentos. Gran error, si hay alguien que sabe de venganza, esas son las mujeres.

10: 15 de la mañana. La profesora que hace Psicología acaba de entrar, saca sus libros, los pone en la mesa y en cosa de segundos, empezamos a oír voces chillonas gritando: “Queremos pelo/ Queremos pelo”. La profesora se rie, dice que con esa bulla no puede seguir haciendo clases y se retira. Eso es solidaridad docente.

Por las ventanas de la sala aparecen treinta compañeros de segundo año vestidos con bolsas de basura y máscaras antigases. Se ven ridículos, si no fuera porque traen decenas de tijeras y botellas con fluidos asquerosos. El Norton se rebela y empuja a una mina. Dos compañeras se tiran al suelo a gritar. A mí me rajan los pantalones y me quitan los zapatos. Una gorda toma una tijera y me hace tres pelones en la cabeza. Lo que queda, me lo llenan de blondor. En cinco minutos, quedo hecho un clon freak de Salo Luna.

El mechoneo es dirigido por un tipo como sacado de la sonora Tommy Rey. Su nombre es Mario. Mientras me cuelga una cabeza de pescado de medalla, le pregunto por qué diablos no se les ocurre hacer otra cosa. “Por desquite”, me responde al tiro. “A mí me dejaron casi en pelotas el año pasado. Y con alguien tengo que desquitarme”. Respiro hondo. A la derecha de Mario, una compañera es obligada a comerse una cebolla. Más allá está Marisol, una chica que pide enajenada que bailemos la colita.

No es tan humillante que te amarren, ni que te hagan bailar, ni que te paseen por el Campus, lo que sí es vergonzoso es “la marcha del elefante”. Ahí vas agachado, con la cabeza en el trasero del otro y tratando de saltar. Todo esto mientras te echan mostaza, harina y te rompen huevos. El destino final de la marcha es bailar limbo sobre una piscina plástica llena de frutas y verduras podridas. El que se caiga, tendrá que besar la cabeza de un chancho. Me caí.

Después de besarlo, unas chicas empezaron a gritar “¡A todas! ¡A todas!”. Cero autoestima.

Pero nadie es tan malo, después de la humillación viene la reconciliación. El momento en que los de segundo demuestran que tienen alma invitando a una tomatera. La primera de la vida universitaria. Claro que el financiamiento lo tenemos que obtener nosotros pidiendo plata en la Alameda. Ocho lucas era la meta. Los de Mecánica tenían que juntar diez mil. Me paré en Estación Central soportando las burlas de los que iban en micro. Como nunca he sido bueno para machetear, alcancé a juntar un poco más de mil pesos. Descubrí que la técnica era acercarse a las abuelitas. Como son sensibles y siempre andan con monedero, eran las que más daban.

A la media hora, cuando el olor se hizo insoportable, llamé a un tío cesante para que me fuera a buscar. Antes de irme, le regalé quina a la Rocío, una de las más pasables del grupo. Nos despedimos con un beso con olor a vinagre. Si me hubiera pasado esto cuando entré a la U, habría tratado de vengarme al año siguiente.

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Cartagena Vice.

Miércoles 15
10:00 hrs.
Cartagena
Paseo Universidad de Chile



“Ni en todo el verano vi tanto curao…”, dice la mesera de un restaurante de Cartagena, mientras me sirve unas empanadas de marisco. En su local penan las ánimas. Sólo estamos yo, el coordinador de la Zona y una rubia punkie que se sostiene apenas, a punto de vomitar. Es la tercera que entra en el mismo estado en diez minutos. La vieja ni se inmuta. Como casi nadie va a comer, encontró la forma de hacer su negocio rentable: subir el precio de los baños. Ahora no valen $100, sino $300. Así, con cada universitario intoxicado, sus ganacias se elevan al triple.

Estamos en el paseo Cartagena de la Chile. El único, el grande, el de ellos. El que copiaron hasta las universidades privadas. Claro que en todas se repite lo mismo. De disfrutar la playa y el sol, el viaje no tiene mucho. El objetivo consiste en trasladar el carrete de casa a 120 kilómetros de Santiago. En otras palabras, viajar dos horas y tomar lo suficiente para no tener que acordarse después. Puro espíritu adolescente.

Pienso esto mientras voy en el bus de ingeniería de la Chile. Estoy rodeado de proyectos de yernos ideales bajándose botellas de pisco a destajo. Al rato, me siento al lado de una niña con acento cubano. Me presento como un mechón de periodismo que había perdido su bus. Ella tiene un nombre raro: Baisy. Y le cargan los periodistas. Sin embargo, nos hicimos buenos amigos. “Yo me curo porque es la última oportunidad que tengo para hacerlo”, reconocía. En una mano, sostenía un cigarro y, en la otra, su segundo vino en caja. “La próxima semana ya tengo una prueba de ley de oferta y demanda”. No terminó de decirme esto y un compañero de ella se metió en la conversación para hablarle sobre curvas de oferta, precios, tazas y todo eso de lo que hablan los ingenieros.

En el viaje me acompaña el coordinador de la Zona para sacar fotos con una camarita que no despierte sospechas. Él está sorprendido de que todo sea tan ordenado. Que nos hayan puesto cintitas en las muñecas para devolvernos en el mismo bus de vuelta. Dice que es porque los de ingeniería tienen esta pura semana para reventarse y después no salen de los libros hasta el otro año. En periodismo uno toma siempre. De hecho, él hace migas con unos colegas colados de la Mayor que iban mezclando cerveza con pisco.


prieto

Llegamos a la playa grande poco antes de las 2 de la tarde. Por un momento, le compré a Huidobro eso que Cartagua era un lugar místico. Fue cuando, camino a comprar choripanes, vi a un tipo predicar como Jesucristo y a decenas de hombres mirar el horizonte en fila, a orillas del mar. Que lindo – pensé -. Aún quedaba gente distinta en un lugar como éste. Pero todo era un espejismo. Jesucristo era un estudiante disfrazado que sostenía un ron pampero y los hombres no estaban mirando el paisaje, sino meando.

Al rato, llegan los estudiantes de diseño, portando unas máscaras. Más tarde lo hacen los de la facultad de arte. Entre ellos, un tipo con polera de Pink Floyd se cae de boca al suelo. Nadie lo levanta. Incluso algunos lo pisan en medio del pogo que se forma cuando aparece “Guachupé” en el escenario, la versión decadente de los Auténticos Decadentes.

Una chica me mete conversación. Me dice que nos vayamos a bañar. Yo me niego. Uno, porque no me gusta la idea de meterme al agua y quedar como escalopa; dos, porque soy fiel y tres, porque mi coordinador anda con su camarita sacándome fotos.

Busco a los del bus, pero están todos disgregados. En las cuatro horas (sí, cuatro miserables horas) que pasé en la playa, me pidieron tres veces el mail, me dio la lata un viejote estudiante de derecho de terno y corbata que se había casado esa misma mañana y se había venido al paseo porque su señora tenía que dar un examen atrasado, tomé un poco menos que el promedio y perdí mi celular cuando iba de vuelta en el bus. El cuarto en dos años. Miré alrededor con la esperanza de encontrarlo. Lo único que vi fue ingenieros durmiendo en estado de coma. Pensé en el reto que me iba a llegar en la casa y sentí algo de culpa. Por hoy, era suficiente.

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Orgullo Perno.

Viernes 17
15:45 hrs.
Campus Lo Contador, UC
Gymcana



Si lo tuyo no es la playa, ni esquivar borrachos, lo único que te queda es inscribirte en las competencias ñoñas. Esos juegos donde no hay piscolas ni cervezas heladas de premio. Tan sólo el sano deseo de competir y divertirse. No es broma. Al menos, de esto se trata la gymcana del campus Lo Contador, de la Universidad Catòlica. Un reciclado freak de los concursos de Cachureos.

Lo Contador es lindo. Dan ganas de estudiar ahí. Los diseñadores y los arquitectos son relajados, usan poleras que mi mamá usaría de trapero y andan en bicicletas enchuladas. Las chicas son lindas, relajadas, ciclistas y usan jeans enchulados. Es el paraíso para los que odian las semanas mechonas. “El novateo acá no existe. Va en contra del espíritu de la facultad. De hecho, arquitectura tiene el récord de no haber novateado por años”, afirma con orgullo una estudiante del campus igualito a Beck. En vez de cortar la ropa y mandar a pedir plata, los más grandes apadrinan a los novatos y hacen cicletadas (cómo no) a lo largo de Santiago. El reviente casi no existe. “Como estamos lejos de Casa Central, muy poca gente va al paseo del Tabo. Además que los profes no corren las clases ese día. Es todo muy sano”, agrega.

Entonces ¿por qué hacen la gymcana aquí? Porque este año la corrieron de San Joaquín. Pensé que era el día en que Lo Contador iba a conocer los 4x4. Pero nada, el día anterior había sido el paseo a El Tabo y había pocos sobrevivientes. De las 200 pruebas que anunciaban en la página de la FEUC (desde conseguirse un caset de Nubeluz hasta sacarse una foto con el Tati Buljubasic), apenas hicieron cosas tan atrevidas como alcanzar una naranja de un árbol, correr enrollados en papel confort o lanzar un huevo desde el segundo piso sin que se reventara.

Rompiendo la onda mística, el centro de alumnos puso cuatro botellas de pisco sólo para aquellos que participaran. Pero nadie tomó. El único foco de atención eran los dos sobres de color que la animadora entregaría con el nombre de las pruebas. Leen bien, todo se hacía por el honor de competir.

Como eran tan pocos los ingenieros que llegaron, improvisaron un team con minas de enfermería y la típica mechona de periodismo ávida por figurar. Yo participé en la alianza amarilla. Como todavía me quedaba caña del paseo del miércoles y no entendía mucho el circuito, quedé raja al tiro. Nadie me dio mucha bola, pero ganamos igual. Recién cuando vieron que tomaba fotos, algunos se me acercaron. “¿Me las puedes mandar por mail? Quiero enviárselas a mi polola”. Les pregunté cómo lo habían pasado en el Tabo el día anterior. Me miraron con cara de que no entendían y, al rato, se perdieron camino a un electivo.

Después de la gymcana me mojé la cara, prendí un cigarro y salí a esperar la micro. Mi mamá me había avisado temprano que uno de los que fueron al paseo a Cartagena había encontrado mi celular perdido. Respiré tranquilo. Después de todo, el futuro de Chile tenía esperanza

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Último comentario:
La carlitaaaa  escribió...

Puxa chikillo..... primero q todo las niñas q te mechoniaron eran de Tecnologia en alimento.... No tecnico ni tampoco ingenieria......... Segundo no mienta..... usted no fue a pedir plata recuerde q cuando termino el mechoneo ...

11:09PM 06/04/2006

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comentarios (57)

 
 

 

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