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Truman show
Truman Capote revolucionó la forma de hacer periodismo inventando un nuevo género: la novela de no ficción. ¿Cómo un chico de Alabama logró convertirse a los 17 años en una súper estrella neoyorkina? A propósito de la película, revisamos los libros de uno de los cronistas más grandes del siglo XX.
Por Daniela Herrera

Hay una fotografía de Cartier-Bresson que muestra a un muy joven y bello Truman Capote (1924-1984), posando cerca de algunas plantas. Su pose, estudiada y vendedora, lo muestra consciente de poseer el atractivo necesario para caer bien en todos lados, y ser admirado como el pájaro exótico en el que se transformó eventualmente. Uno que adornaba fiestas y yates, viajes locos por Martinica y conversaciones en buhardillas con Elizabeth Taylor tomando champaña (Retratos, publicada en 1974) o con Marlon Brando en un hotel japonés (El duque en su dominio, 1956). Incluso, uno que lograba adornar el extraño recorrido que hace junto a su empleada doméstica (Un día de trabajo, en Música para camaleones, publicada en 1980) o investigando un asesinato múltiple, en un pueblo perdido al que todos llamaban “allá” (el pueblo de Holcomb, en A sangre fría, 1966). Un pueblo tan deslucido como aquellas granjas perdidas en Alabama, donde Truman Streckfus Persons (su verdadero nombre) creció.
¿Cómo un palurdo sureño llegó a conquistar Nueva York a los 17 años? ¿Cómo logró codearse con las estrellas más importantes de su generación, a las que luego retrataría de forma certera y despiadada en sus crónicas? ¿Cómo el niño que fue elegido el más lindo del sur por Louis Armstrong (luego que éste lo viera bailar claqué en un crucero por el río Mississippi), se convirtió simplemente en Capote, uno de los cronistas más importantes del siglo XX?
YO VENGO DE ALABAMA, A VIVIR A LA CIUDAD

Las respuestas podrían estar en su diario novelado, la nunca terminada Plegarias Atendidas (por la frase de Santa Teresa, “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”). En él, Capote hace de un pequeño niño con cara de ángel, pero un demonio por dentro, que valiéndose de sus pocos o escasos escrúpulos logra utilizar a medio mundo para lograr su cometido.
El libro es protagonizado por un adolescente campechano y homosexual (además de bisexual cuando la ocasión lo ameritaba, casi como una especie de rasgo adaptativo para la supervivencia), que llega a Nueva York con un solo deseo: convertirse en escritor. El tipo logra notoriedad enamorando a una mujer de la clase intelectual neoyorkina, y acostándose con el dueño de una editorial. Entonces, al ex chico lindo llegado del campo, las puertas y los secretos de las estrellas se le abren de par en par.
Sabemos que Capote venía de Alabama y que a los 17 años ya publicaba en New Yorker. También sabemos que era homosexual, y que en el libro anteriormente citado, es fácil reconocer a varios de sus amigos famosos y poderosos, los mismos que lo abandonaron luego de leer los capítulos publicados por la revista Esquire entre 1974-75. “Qué esperaban, -dijo luego de las aireadas reacciones generadas por los adelantos de la inconclusa novela-, soy un escritor y me sirvo de todo. ¿Es que esa gente pensaba que me tenían para entretenerles?”.
Capote hizo una elegante transición desde el niño semi huérfano que creció en Alabama, hasta el refinado periodista de la revista New Yorker. Un poco de historia: muy joven comenzó a publicar en esa revista, y en otras de igual importancia como Harper’s Bazaar y Atlantic Monthly. “A los diecisiete años, ya era un escritor consumado. Si hubiese sido pianista, habría llegado el momento de mi primer concierto público”, escribió en el prólogo de Música para Camaleones (1975)
A los 23 años se editó su primera novela, Otras voces, otros ámbitos (1948), el comienzo de la notoriedad que solo se esfumó en sus últimos años. Las críticas fueron buenas, pero aun existía algo de reticencia con respecto a su talento. Todo por la fotografía de sobrecubierta que lo mostraba demasiado joven. A Capote le gustaba remarcar este punto, consideraba que su primer libro fue una buena manera de cerrar lo que él llamó, su primer ciclo de formación.
Diez años más tarde cerró el segundo con la ya mítica Desayuno en Tiffany’s (1958) Durante esos años, se dedicó a explorar otros campos de la escritura como el periodismo – Se oyen las musas (1956) es un gran ejemplo, una pieza sobre una compañía teatral afroamericana que se presenta en la URSS, quizás la primera “novela real” de Capote- y la creación de guiones cinematográficos.
Capote entró a la sociedad americana exhibiendo sus encantos y simpatía, asegurándose de escuchar y observar todo a su alrededor. Al leerlo, da la impresión que asumía perfectamente la existencia de una cámara oculta siguiendo cada uno de sus movimientos, y que pocas veces sus actos fueron en vano. Que su siempre creciente lista de famosas amistades, solo se engrosaba cuando tenían algo que ofrecerle.
DALE CON EL LÁTIGO

En el prólogo de Música para Camaleones, Capote hace alusión a su talento como un látigo que Dios le dio. Un látigo que supo usar sin lastimarse mucho hasta que lo inevitable ocurrió; las plegarias fueron atendidas y las lágrimas derramadas.
En 1959, un ya renombrado Capote comenzó la investigación del que fue su libro más ambicioso, A sangre fría, la historia de un asesinato múltiple en el pequeño pueblo de Holcomb, Kansas.
Primer latigazo: Capote siente una extraña conexión con uno de los asesinos, Perry Smith, un tipo taciturno, mitad indio, mitad irlandés, que amaba utilizar palabras rebuscadas al hablar y era un maniático del diccionario. Capote lo colmó de regalos y libros, alimentó a Smith en la boca cuando no quiso comer. Se ganó su amistad.
Los años que demoró en escribir A sangre fría fueron años de visitas a la cárcel para obtener información relativa no solo al día del asesinato, sino también una puerta a la personalidad compleja de Smith, de quien Capote terminó enamorándose.
Segundo latigazo: Eventualmente, los asesinos iban a morir a manos del sistema que pedía un castigo ejemplar. La sentencia era aplazada una y otra vez, provocando por una parate, el retraso de la publicación del libro, y por otra, la prolongación de la vida de los asesinos. En medio de todo, Capote deseando la publicación del libro que lo convertiría en leyenda, a costa de la muerte de su amor.
Tercer latigazo: Capote asiste a una de las escenas más desoladoras del mundo; la ejecución. Desde ese momento no vuelve a recuperarse ni a ser el mismo de antes, estimaron sus cercanos. Traicionó la confianza de otros durante mucho tiempo, pero ahora el asunto era personal. Traicionó a una persona que amaba.
EL JUEGO DE LAS LÁGRIMAS

El cuarto y último ciclo de la formación, como lo llamaba él, fue el que comprendió su intento por superar la amarga experiencia de todo el asunto de A sangre fría. Para entonces un Capote a punto de caer totalmente en otro de sus látigos personales; la droga y el alcohol, firmó un contrato en 1966 para publicar Plegarias Atendidas.
Capote pasó casi veinte años intentando escribir esa novela, pero nunca logró terminarla. Aún así, inconclusa y todo, la novela sirve de corolario (y a la vez de punto de partida) de la relación entre la vida y obra de Capote. Porque no hay separación evidente entre el Capote cronista y el de las novelas. En todos lados era el personaje pirotécnico que ofrecía la famosa fiesta en blanco y negro para un selecto grupo de famosos.
Otra fotografía; esta vez de Cecil Beaton, fotógrafo antologado en Retratos. Capote saltando feliz como en spot de cereales para el desayuno. Pero hay una noción vaga de un Capote más íntimo, más cercano al niño abandonado por su madre y que prefería pasar el tiempo con una vieja prima enferma que con niños de su edad.
Ya había escrito años atrás sobre Marilyn Monroe, algo que seguramente escribió para sí mismo: “Está manchada e iluminada al mismo tiempo por el estigma del razonamiento de un huérfano: no confía en nadie, o no demasiado, pero al mismo tiempo trata desesperadamente de agradar a todos, quiere que todos se conviertan en afectuosos protectores y por eso nosotros, su público, nos sentimos halagados y exitados”.
Para una persona común y corriente debe haber sido incómodo estar en la misma habitación con Capote. Ojos que todo lo miran, que todo analizan. Una memoria privilegiada que no necesitaba de grabadora ni de apuntes, para poner en evidencia no solo las apariencias. Pero para sus grandes amigos, todos famosos, increíblemente brillantes y/o bellos y con egos exacerbados, estar en la misma habitación con él era una experiencia revitalizadora. Eso, hasta que a Capote se le ocurrió humanizarlos un poco contando sus más íntimos secretos.
Los mismos que pusieron al pájaro exótico en exhibición ahora pedían su cabeza. Lo que nunca le ocurrió a Warhol, con quien compartía su atracción por la vida y obra de los ricos y famosos, terminó por socavar sus últimos años de vida, que de seguro estuvieron llenos de recuerdos de tiempos mejores, de más altos que bajos. A veces hay que tener cuidado con las plegarias cumplidas.
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