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EL NADADOR OCULTO

Lo que hay después de la muerte es parecido a nadar de noche, decía Juan Forn. John Cheever hizo nadar por todas las piscinas de su condado al protagonista de uno de sus cuentos. No para morir, sino para darse cuenta de su condición humana. Acá te mostramos al clásico norteamericano que nos faltaba. Al místico de los suburbios.

Por: Matías Correa


Mi profeta privado.

Richard Pryor

Hay una antología que se titula “A 100 Stories Ruined by English Teachers (100 historias arruinadas por profesores de inglés)”. Alguna vez hice ayudantía en curso optativo sobre cuento norteamericano contemporáneo. Leímos a Salinger, Carver, Lorrie Moore, Vonnegut, Ford y Cheever. Sobre todo a Cheever. Gonzalo Contreras, que hacía de profesor, es levemente tartamudo y mi trabajo como ayudante consistía en leer en voz alta un cuento que después se comentaba y discutía en clases. Entre mis lecturas apuradas —soy especialmente torpe para hablar en público— y los comentarios trastabillados de Contreras creo que contribuí profundamente a engrosar el compilado personal de autores aburridos que cada uno de los asistentes del curso ya tenía antes de inscribir el ramo.

No me siento tan mal por haber hecho malas clases sobre Salinger, Carver, Vonnegut o Ford. Los cuatro ya son autores lo suficientemente famosos y fáciles de leer como para que una pésima clase no alcance a estropearlos del todo. Lorrie Moore, por otro lado, me parece una escritora obviable, por lo que tampoco siento culpa alguna con respecto a ella. Con Cheever, en cambio, es muy distinto. Él no es un autor fácil, sus relatos hay que digerirlos lentamente y ojala leerlos más de una vez. Pero, si hay un escritor fundamental dentro de esa generación que comenzó a brillar desde los 50’ en adelante, ese es John Cheever.

En mi universo personal de dioses literarios (que conocí durante mis primeras lecturas de los 90. Guiado por Contreras, Fuguet y la Zona, claro) todos escriben e insultan en inglés, y con cada maldición que sueltan casi se puede oler entre líneas un tufillo a gin tonic. Hemminway, Salinger, Carver, Updike, Bukowski, Ford, Foster Wallace, en fin. Claro que, por olvido, desconocimiento o discutibles decisiones editoriales, se quedó afuera Cheever. El escritor que superó el minimalismo desde el minimalismo. Hasta que Fresán lo antologó el 2002 y dejó de ser el eterno citado por tus escritores favoritos pero que no puedes leer. Cheever el olvidado, Cheever el postergado y, ahora último, Cheever el resucitado. Es por todo eso que la posibilidad de haberle arruinado a Cheever a cualquiera que haya asistido a ese curso, creo que me convertí en un tipo un poco más odiable. Si me ven en la calle, insúltenme.


Bastardo del paraíso.

Richard Pryor


Nadie le pide coherencia a nadie. Porque nadie es enteramente coherente. Hay que desconfiar en los que se dicen ser “de una sola línea”. Cuando alguien se pone como ejemplo de coherencia entre lo que dice y lo que hace, hay que arrancar lo más lejos que se pueda de él. Cheever como escritor es coherentemente sólido, pero como persona es pura contradicción. Por un lado: protestante, conservador, casado con hijos, lector de Ovidio, Virgilio y Homero. Por otro: homosexual, alcohólico, drogadicto, fumador empedernido. Ahí está John Cheever, un miembro representativo de la especie humana. Alguien en quien confiar.

La “realidad”, la vida como se aguanta, es algo que está ahí, que simplemente pasa. No hay un “deber ser” para lo que ocurre, el universo simplemente es. Y nosotros entendemos poco y nada. De ahí que el mundo nos parezca un lugar tan caótico. En este sentido las contradicciones sólo aparecen cuando a alguien se le ocurre hablar sobre lo que nos pasa. Porque sólo entonces sacamos de los bolsillos nuestras creencias, aspiraciones y criterios de lo bueno y lo malo que hay en el mundo. Es cuando narramos la vida que nos ponemos pesados y nos da por criticar. Pero como no podemos evitar las ganas de contar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, encontramos contradicciones en todos lados. Y así es como descubrimos que somos imperfectos, incoherentes, estúpidos y, en suma, contradictorios. Algo así como John Cheever, un miembro representativo de nuestra especie.

Cheever, el autor, es algo muy distinto. “No poseemos más conciencia que la literatura”, dice. “La literatura ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes, vencido la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo”. Sí, salvar al mundo, cree Cheever. Y en este caso, en su caso, con su obra, salvar de paso a sus lectores.

Uno lee siempre a los críticos literarios hablando sobre escritores que quieren volver a “paraísos perdidos”, o que habitan “paisajes láricos” y esas frases toman la forma de un gran bostezo. Bueno, Cheever habla sobre lo mismo, pero desde la perspectiva de la clase media norteamericana. Es el cronista del existencialismo “en la medida de lo posible”. En sus relatos vemos a vecinos de suburbio buscando, sin saberlo, las respuestas al sentido último de la vida. Porque Cheever es uno de ellos, por eso escribe fuera de las fronteras del edén. Sus historias nacen de la mirada de un observador que no fue invitado a la fiesta del barrio. Y es entonces cuando su pluma adquiere ribetes místicos. Porque cuando Cheever describe los suburbios, y de paso a la “América profunda”, lo hace a sabiendas de que el paraíso está lejos de encontrarse allí; de que el cielo en la tierra es un postulado tan absurdo como el de la pretensión de una borrachera sin resacas.

Y es aquí donde se entiende porqué la persona John Cheever es el imprescindible reflejo simétrico del Cheever escritor. Porque el único lugar donde es posible armar a voluntad ese caótico estado que es la existencia se encuentra dentro de una página de papel; a veces es ahí, y sólo ahí, donde nuestras vidas pueden aspirar a escapar del absurdo y apelar a la redención. Porque lo que sigue al punto final de un relato es lo más parecido a ese descanso eterno que soñamos después de la muerte.

Semanas antes de morir, en una entrevista, habla Cheever sobre el Más Allá:

“Nunca me he hecho esa pregunta porque es algo que me parece poco importante. Lo que a mí me preocupa es sacarle todo el provecho posible al mundo en que me encuentro. Y subrayo la idea de ‘me encuentro’. Porque se trata de un mundo al que no llegué por casualidad o en el que yo me haya adentrado. Es un mundo en el que me pusieron. Y darle algo de sentido y orden a este mundo siempre me ha parecido la más interesante de las empresas posibles”.


La mala educación.

Richard Pryor
“Nuestro país es el mejor país del mundo. Nadamos en prosperidad y nuestro presidente es el mejor presidente del mundo. Tenemos manzanas más grandes y mejor algodón y máquinas más veloces y hermosas. Todo esto nos convierte en el país más importante del mundo. El desempleo es un mito. La insatisfacción es una fábula. En el colegio, [nuestro país] es siempre hermoso. Es siempre la gema del océano y está muy mal que así sea. Está mal porque la gente se lo cree. Porque se vuelven indiferentes. Porque se cansan y se reproducen y votan y no saben nada. Porque el periódico está siempre de buen humor y pasa el tiempo mirando al cielo raso para no ver la suciedad del suelo. Porque todo lo que ellos saben y conocen es lo que les dice el periódico siempre de buen humor”. Expelled.


El prólogo de la biografía de Cheever da para una buena shortstory: Tenía 17 años y recién había sido expulsado del colegio. Como respuesta hizo lo que cualquier escolar con sangre en el ojo hubiera hecho: alegar. Pero en vez de incendiar la oficina del director o golpear a la mitad del staff del departamento de matemáticas, a Cheever se le ocurrió contar un cuento, y no meramente dando su versión de los hechos, sino reescribiéndola e inventando algo más refinado que una gratuita opinión personal. (Porque para Cheever “las opiniones son como los culos: todos tienen una y todas apestan” [Falconer]). Y resulta que Cheever logra escribir Expelled, una historia tan sorprendentemente buena para sus apenas 17 años que lo publican en la revista The New Republic. Pago incluido.

Cheever fue el hijo abandonado de un padre empresario que perdió todo en la depresión de los treinta; el menor de dos hermanos destinado al fracaso (en oposición a la prosperidad que equívocamente profetizaba la familia para el mayor); siendo la manzana podrida de su secundaria; el éxito que alcanzó Cheever se da no tanto por haber terminado en una mejor posición que el resto sino por haber alcanzado un lugar mejor que aquel al que estaba destinado. Sobrevivir fue su victoria.

De ahí que la gran mayoría de sus relatos sean como novelas épicas suburbanas: Dueñas de casa que encuentran el infierno en idealizadas urbanizaciones que parecen emuladas de La Florida. Vacaciones familiares que más se asemejan a un campo minado, que a la metáfora del nirvana estival. Pueblos utópicos que sobreviven como sistemas perfectos a punto de derrumbarse. En fin, es precisamente esa “América profunda” que se revela hueca tras esa perfecta y brillante superficie que nos ofrece como postal, esa “tarjeta de felicitaciones con un mensaje obsceno en clave” [La Familia Wapshot, p. 606] que es el Paraíso, lo que uno encuentra en las páginas de Cheever.


Hallmark para malditos.

Richard Pryor

Se decía de Cheever que no era un escritor de novelas maratónicas. Que lo suyo era el cuento corto, la narrativa de trescientos metros vallas. Episodios breves que arman historias que no corren linealmente en el tiempo. Inquietantes relatos a veces casi sin trama en las que tarde o temprano se nos ofrece la verdad en un instante revelador. La palabra es epifanía, y si uno la pronuncia en la cabeza varias veces como un mantra pareciera ser cierto que nosotros también hemos experimentado alguna vez algo parecido. Pero el tipo de epifanía por la que apuesta Cheever en sus cuentos es una que ilumina desde lo opaco: la de un profesor que sólo después de casi haber matado a su amargado hermano logra por fin disfrutar de sus vacaciones (Adiós, hermano mío), la de un tipo que decide cruzar su condado a nado a través de más de una decena de piscinas para darse cuenta de que su posición económica, social y existencial, es realmente más precaria de lo que creía (El nadador), o lo que descubren un marido que no soporta los desnudos de su mujer en una obra de teatro local (La cuarta alarma) y un escritor consagrado una odisea en pos de lograr redimirse de la lujuria y la lasciva que acosa a sus poemas (El mundo de las manzanas). Estos relatos y muchos otros son los que componen “La Geometría del amor” (Emecé, 1998), antología de cuentos compilada por Fresán.

Debido a su éxito como cuentista, el fantasma que acosó a Cheever durante gran parte de su carrera fue el de “La Gran Novela Norteamericana”, esa utópica obra definitiva capaz de comprender en toda su extensión el american way of life. Y si apenas eres un escritor de cuentos cortos que sólo se publican en revistas, como lo fue Cheever durante un buen tiempo, entonces ese fantasma es uno que no te deja dormir tranquilo.

Entonces aparecieron “Cónicas de los Wapshot” y “El escándalo de la familia Wapshot” (ambas novelas publicadas juntas por Emecé bajo el título “La familia Wapshot”, 2003), “Bullet Park”, “Falconer” (Emecé, 2005) y “Esto parece el paraíso” (Emecé 2005), un producción lo suficientemente consistente como para ahogar las críticas de quienes lo consideraban un escritor menor comparado con sus contemporáneos.

La totalidad de sus novelas trazan la geografía y el itinerario de los derroteros de distintos ángeles caídos, que es siempre el mismo Cheever escribiendo variaciones sobre un mismo tema: el exilio y el paraíso perdido Las dos sobre la familia Wapshot circunscriben el camino de ida y vuelta hacia Saint Bolthops, el Macondo de Cheever, un paraíso rural que primero se nos describe desde la nostalgia y luego desde la frustación de los Wapshot; en Bullet Park el protagonismo lo toman los suburbios y sus patológicos inquilinos; Falconer nos cuenta sobre cómo Ferragut, un fraticida y heroinómano profesor universitario, se redime en la metáfora más prosaica de los infiernos, la cárcel; y por último tenemos la cruzada que Lemuel Sears lleva a cabo en “Esto parece el paraíso”, una apología ecologista que sirve como excusa para hablar sobre cuán desesperado y finalmente feliz puede llegar a ser el reencuentro del amor. Gente que pierde, gente que busca, gente que encuentra. Así son los personajes que habitan en este mundo donde el amor, en cualquiera de sus formas, es siempre el único objeto del deseo, aquello que nos mueve a los actos más ruines o heroicos, y que las más de las veces nos deslumbra con su ausencia. El amor como la promesa de instante de felicidad eterna para todo aquel que, como Cheever, haya nacido en el exilio.

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ETERNO RESPLANDOR
 

Último comentario:
Jugalú  escribió...

Me voy a poner a leer a Cheever. Super bueno el articulo. ...

11:05AM 09/03/2006

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comentarios (8)

 
 

  

   

 

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