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LAS FLORES DEL MALL.

Nadie es profeta en su propia era, quizás por eso Houellebecq es odiado por tantos: sus novelas son un estetoscopio sobre el corazón de nuestra época. Y los latidos suenan mal. Acá, una revisión de “La posibilidad de una isla”, la nueva e imprescindible novela de uno de los más lúcidos escritores contemporáneos.

Por: Matías Correa


La literatura como barómetro social.

Richard Pryor

Hace una semana estuve de vacaciones y leí todas las novelas de Houellebecq en cinco días. Lo leí en mi pieza, en el baño, en el auto, en el metro, en la playa, en la cama. La experiencia fue similar a correr los cuatrocientos metros vallas con un cigarro entre los labios y una intravenosa de café colgando del brazo. Houellebecq, en sobredosis, agota, desgasta; pero no por los excesos de cinismo, semen, violencia y crueldad, sino porque sus novelas son historias que terminan por parecer irremediablemente conocidas. Es que Houellebecq escribe sobre nosotros, los hijos precoces de un siglo sin amor ni orgullo propio, y sobre cómo nos regocijamos exhibiendo y promoviendo lo peor que llevamos dentro. Porque mejor que cualquier analista político, sociólogo o filósofo contemporáneo, Houellebecq ha sabido ofrecer la más precisa radiografía de nuestros tiempos. Y como es de esperar el diagnóstico no es optimista. Estos son tiempos desesperados y Houellebecq es el barómetro más confiable que tenemos. Porque es su amarga lucidez lo que lo convierte en un escritor imprescindible, en un best-seller nauseabundo con el que hay que irse con cuidado. Un tipo de literatura que no se recomienda mezclar con ansiolíticos, barbitúricos o anfetaminas.


Houellebecq para principiantes.

En su primera novela, “La ampliación del campo de batalla” (94), Houellebecq discurre sobre la actual “economía” de las relaciones amorosas: un liberalismo sexual que lega a la sociedad, la misma cantidad de miseria que produce el neoliberalismo capitalista. Luego, en “Las partículas elementales” (98), critica a esa izquierda de Mayo 68’ por haber engendrado una generación hedonista, a la que le es imposible amar por culpa de la sobredosis de amor libre hediondo a flores y pachulí new age, que aportaron a la historia del hombre. Lo último que publicó Houellebecq antes de “La posibilidad de una isla” (2005) fue “Plataforma” (2001), un encomio al turismo sexual como posibilidad de realización personal, a la vez que una crítica al Islam como religión empecinada en proscribir la felicidad –sexual.

“La posibilidad de una isla”, la última novela de Houellebecq, es un relato de ciencia ficción que funciona en tiempo real. A través de la autobiografía de Daniel 1, un humorista mediático y millonario, algo así como la fusión entre Patrick Bateman y Richard Pryor, el autor establece los puntos de referencia de nuestra época. Cada capítulo es una instantánea de una caótica era que aún se sostiene. Porque Daniel 1 está parado en la cúspide de la civilización occidental, justo en el momento en que la curva comienza a descender hacia una irrevocable decadencia. O sea, Daniel es un testigo contemporáneo, que ve el inicio del fin de una civilización; y que luego de dos mil años (el tiempo que cubre el relato), terminará desapareciendo por efecto de las guerras y los desastres ecológicos. Ese proceso a su vez, es comentado dos mil años después, por dos de los muchos clones de Daniel 1: Daniel 24 y Daniel 25. Estos últimos son miembros de una nueva especie de superhombres nietzscheanos genéticamente mejorados: los neo-humanos, seres que surgen como resultado de los avances de la bio-tecnología y de las creencias Elhomitas (una parodia de los Raëlianos, una secta que postula la inmortalidad física y la perfección del hombre, a través de sucesivas clonaciones)

Mucho más que una novela existencialista sci-fi.

Hay literatura que juega a ser futurología. En ese sentido “La posibilidad de una isla” remite a “Un mundo feliz” (1931) de Huxley y al fatalista “1984” (1949) de Orwell. Pero Houellebecq supera la mera especulación sociológica. Porque “La posibilidad…” no actúa como una bola de cristal, más bien funciona como un estetoscopio atento a las pulsaciones del hombre moderno. Y así es como la cáustica mirada de Houellebecq logra describir el estado actual de nuestra especie (citando noticias reales que te sitúan en el aquí y ahora); explicar por qué todo huele tan mal en el planeta Tierra y cómo es que estamos logrando echar a perder todo con tanta rapidez.

A continuación, los cinco puntos principales del diagnóstico:


1.- No se puede vivir del amor.

Richard Pryor

Pareciera que ya nadie dice te amo, pareciera que son dos palabras que están cada vez más en desuso, que cuesta pronunciarlas y saber qué diablos significan. Una frase que a pesar de tanta canción y peliculita romántica que la repite sin cesar, estaría perdiendo su significado. Quizás por eso hay más gente con mascotas felices que parejas sanas y estables, más personas que prefieren tener un perro antes que un hijo. Basta con revisar las tasas de natalidad y de uniones matrimoniales de los países desarrollados para darse cuenta.

El amor incondicional, el único que realmente merece ser llamado como tal, dice Houellebecq, “es el punto focal de todo el sufrimiento y la alegría”. Dentro de la lógica de Houellebecq, amar es obligarse a satisfacer las necesidades del otro. Por eso a una mascota podemos llegar a amarla, como Daniel y sus sucesivos clones a su perrito Fox: sólo basta con darle de comer, jugar a la pelota y rascarle la cabeza. Eso es suficiente para que el animal nos adore por sobre todas las cosas, que es lo que esperamos de alguien cuando nos enamoramos. De ahí que el amor sea una especie en extinción, porque ese amor sería incompatible con el tipo de libertad individual que postula el hombre moderno: cada ser humano en la actualidad, se quiere demasiado a sí mismo como para amar a un otro distinto. Somos zombies narcisistas y vanidosos obsesionados con la juventud y la efímera belleza de nuestros propios cuerpos. Individuos ególatras para los que el otro no existe sino como un catalizador de placer.


2.- Despotismo púber.

Richard Pryor

Esta es una mala época para tener más de cuarenta, treinta o veinticinco años. El único tipo de adultez que se aspira alcanzar es la del adulto-joven. Los únicos viejos que respetamos son los que todavía viven una eterna fiesta adolescente. Un Mick Jagger que se mueve sobre el escenario como una momia empepada. Una Madonna con cara de abuela lola y abdominales de acero.

Sólo en un puñado de pocas tribus indígenas los ancianos todavía son respetados. En el resto del mundo civilizado son la escoria del desarrollo. Sobreviviendo con pensiones miserables, eutanasiados por sus propios hijos o enterrados en vida en asilos de mala muerte, la tercera edad ha sido exiliada de la vida, el placer, la belleza y, por supuesto también, del amor.

Hollywood, MTV, la publicidad y las revistas de moda se han empeñado en engendrar una generación de “teens definitivos”, donde las arrugas, canas y estrías son el peor de los pecados. Vivimos según la consigna de un hiperbólico Carpe Diem al ritmo de demasiados kilobites por segundo. Una sola condición se nos exige para seguir gozando de la fiesta: que nos retiremos sin armar escándalo apenas nuestros cuerpos comiencen a oler a podrido. Porque es de mal gusto que los niños se topen de cara con su patético futuro, justo cuando están bailando lo que Daddy Yanky canta sobre el amor. Porque es de mal gusto aguar la fiesta cuando todos juegan a la felicidad.


3.- Los hijos del Mall.

Richard Pryor

Uno no es lo que hace, sino lo que consume. Vivimos en una cultura de la apariencia donde la primera impresión pesa más que nuestras almas; donde las marcas nos definen como personas y son ellas el mejor referente para establecer nuestros principios. Tener un Mac y un iPod equivale a ser progre. Los pantalones caqui y las poleras con monogramas de caballitos o cocodrilos son para arribistas y exitistas. Nike te transforma en un capitalista sin conciencia social y Benneton hace de ti una Madre Teresa con estilo.

Ya nadie tiene muy claro el por qué, pero el hecho es que somos consumidores compulsivos. Fuera del trabajo o el estudio, nuestras pequeñas decisiones cotidianas se reducen a escoger entre un desodorante en spray a uno barra, emborracharse con pisco o cerveza, fumar esto o lo otro. Pero al final, igual terminamos con cáncer. Es ésta la particular manera que el siglo XX ha desarrollado para establecer las diferencias entre los distintos tipos de individuos. Son estos pequeños placeres elementales lo que nos hace creer que somos dueños de nuestra propia identidad. Creemos que somos lo que queremos ser. Pero estamos equivocados, porque no somos más que lo que aspiramos a comprar.

Y cuando nos damos cuenta de esto, comprendemos la banalidad de las relaciones entre los habitantes del universo de Houellebecq, y también del nuestro; una vez que el ser humano ya ha comenzado a perder el interés por el contacto y la comunicación con el otro, una vez que el otro es sólo un medio para obtener placer, el único tipo de relación posible, el que surge como la alternativa más obvia, es el consumo.


4.- Filosofando a martillazos.

Richard Pryor

Es triste, pero pareciera que irremediablemente toda generación se encarga de prenderle fuego a esa bandera que alguna vez ella misma defendió. En los 60’ los hippies le demostraron al mundo que eso de “haz el amor en vez de la guerra” no era más que una excusa para tener sexo. De los 70’s aprendimos que si pretendemos vivir como si la vida fuera una fiesta eterna, la resaca tiene consecuencias irreparables. Los 80’s, la más burda e insulsa de las décadas de mediados del siglo XX, fueron los años Mastercard: “Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo el resto pide un crédito”. Poco podía esperarse de los 90’, de esa Generación X, de esos fetichistas del fracaso, la angustia y la depresión; neo-hippies enfrascados no ya en hacer un mundo mejor, sino en transformarlo en la realización de lo políticamente correcto.

Progresivamente el siglo veinte ha derribado esos falsos ídolos que se han instaurado alguna vez a través de la historia. Nietzsche fue el primero, al emitir el certificado de defunción de Dios. De ahí en adelante no se ha salvado prácticamente nada ni nadie. La guerra santa ha transformado al Islam en una religión cada vez más difícil de entender. El neo-liberalismo y la globalización han demostrado que sólo sirven como sistemas para perpetuar la miseria de muchos, en pos de la riqueza de unos pocos. Y entre muchas otros que han caído, también está la Iglesia Católica, que se comenzó a hundir sola después de la ola de escándalos por pedofilia (el único tabú que todavía permanece intacto, según Houellebeqc).


5.- Fe en la técnica.

Richard Pryor

¿Qué nos queda por esperar entonces? La existencia como sinsentido es la más absurda de las tragedias, la más insoportable de las sitcoms Ya en “Las partículas elementales” Houellebecq parece sentirse cómodo citando a Comte para decir que la sociedad está destinada al fracaso si no nos permitimos creer en una religión. En esa misma novela, y luego de manera más extensa en “La posibilidad de una isla”, Houellebecq también especula sobre la ficticia religión de los Elohimitas (parodia de la secta Raëliana, que sí existe), un culto de la nueva era que le ofrece al hombre la posibilidad de la inmortalidad a través de la clonación: una cantidad infinita de réplicas de nuestro ADN como promesa de vida eterna. Una fe ya no en un Dios, sino en la ciencia y la tecnología.

¿Ficción? Mira las noticias y dale tiempo, un par de miles de años.

Puede ser que Houellebecq esté en lo cierto, y que su obscura visón del mundo y el corazón humano sea más acertada de lo que nos gustaría reconocer, al menos esa es la sensación que queda al leer su certero y despiadado análisis. En todo caso, no tenemos cómo saberlo. Habría que ver si después de un par de milenios sobrevive algún libro de Houellebecq para salir de la duda. El problema es que, de cumplirse el fatal designio que la novela propone, difícilmente podremos esperar que también haya alguien ahí para leerlo.

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ETERNO RESPLANDOR
 

Último comentario:
Amelia_  escribió...

Este artículo realmente se me ha pegado en la cabeza. Encuentro fascinante el tener una visión complementaria de 5 libros de un mismo autor. Gracias. El tema del tiempo y el como se refleja en los cuerpos, sea arrugas y ...

2:57AM 13/01/2006

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comentarios (12)

 
 

  

La Posibilidad de una isla
(1/10/2006 3:32:00 PM)

Michel Houellebecq (extractos)

“Dentro de unos años cambiarán las cosas. Ya conoces la revista en la que trabajo: lo que intentamos crear es una humanidad artificial, frívola, que nunca más será sensible ni a la seriedad ni al humor, que vivirá hasta su muerte buscando cada vez con más desesperación la marcha y el sexo; una generación de kids definitivos. (…) Claro, es un poco ridículo que una mujer de treinta años compre una revista que se llame Lolita; pero no más que el hecho de comprarse un top ceñido o unos mini shorts(…) Es normal que a la gente le dé miedo envejecer, sobre todo a las mujeres, siempre ha sido así, pero esto… supera todo lo imaginable, creo que todas se han vuelto completamente locas”.



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