Sábado, 03:45, Plaza San Enrique. Jaime (16) bebe un sorbo del vino en caja. Junto a su tatuaje de calavera, luce un pequeño moretón en su tez morena. Hace algunos minutos fue expulsado de la disco “La Playa”, junto a su mejor amigo, el “Fono” (18). Todo porque, según ellos, este último tuvo la mala idea de sacar a bailar a la novia de un veinteañero borracho. En medio de los empujones e insultos, un guardia le dio un derechazo mientras lo sacaba del lugar. “Siempre pasa. A los con pinta de cogoteros nos echan y pegan. Es como si fuéramos delincuentes por la ropa”, dice Jaime esperando la micro que los lleve a Maipú. A pocos metros de ellos, se pasea Santiago. Viste musculosa negra y unos jeans caídos que dejan ver sus boxers. Santiago dice “cachai” a cada rato y camina como rapero del Bronx, igual que Jaime y el “Fono”. Podría pasar como miembro del grupo de no ser por su melena rubia y el ron Pampero que lleva en la mano. Santiago está borracho y se burla de un grupo de adolescentes que esperan un radiotaxi. “¿A quién mirái, gil? ¿Querís pelea, huevón?”, dice. Unos metros más allá, dos carabineros miran para otro lado.
Después de un rato, Santiago llega donde Jaime. “Ey, negro, ¿andái con marihuana? ¿No? Puta el huevón mentiroso”. Cuando se sienta en la vereda, vomita las roncolas que se tomó. Sus amigos lo suben dormido a una 4x4. El “Fono” ríe, tratando de imaginar la cara que pondrá la mamá de Santiago al abrirle la puerta. La Plaza San Enrique es de esos lugares donde todos van a lo mismo: bailar, tomar, drogarse y ojalá, tirar. Cada fin de semana, la pista de baile reúne a adolescentes del barrio alto y gente que viene de comunas del sur de Santiago. Todos manejan los mismos códigos y gustos. Todos bailan al son de las coreografías de Daddy Yankee. Pero mientras unos visten camisas de marca apretadas, otros lo usan pantalones anchos. Y cuando ambos grupos tiene problemas en la disco, generalmente son los tipos como Jaime los que salen expulsados del local.
Un tipo como Jaime y no como Santiago, era el que aparecía en el logo de “Pitéate un flaite”, la polémica campaña lanzada por el programa “Máximo Volumen” de Radio Carolina. Una iniciativa que supuestamente apuntaba al estereotipo del delincuente, pero que detrás de sí, escondía un mal histórico mucho más profundo: la discriminación de clases. Un símbolo tan antiguo en el país como la bandera y el cóndor.
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¿De qué hablamos cuando hablamos de "flaite”?
Es difícil rastrear a ciencia cierta el origen de la palabra. Al parecer nació a principio de los 90s como una derivación de “flyters”, un anglicismo para denominar a los “volados”. Según el último Diccionario de Jergas de Habla Hispana,flaite sería una “persona de clase social baja, marginada, inculta, generalmente ociosa, delincuente o de mal vivir… Ordinario, vulgar, de mala fama”. Un significado mucho más complejo que el mero “delincuente habitual” que definía el Diccionario COA(2002).
En el último tiempo el término flaite trascendió la jerga de los presos. Hoy es una palabra común para cualquier veinteañero. Frases como “la cuestión flaite” o “no te pongái flaite”, refiere a múltiples usos: connota algo de baja calidad, precario, en el primero de los casos, o algo grosero, poco elegante, ordinario, en el segundo.
Por extensión, “flaite” se ocupa para denominar personas, productos culturales y actitudes, no referidas necesariamente a la delincuencia. Y peligrosamente cercanas a los grupos socioeconómicos de menos recursos: “flaite” en el uso cotidiano, es el que toma vino en una plaza, la persona que por su origen social remarca la “ch”. Flaite es Kathy Orellana, que vive en La Vega, pero, curiosamente, no lo es el programa de Kike Morandé. Aunque ese programa sí sea ordinario y de mal gusto. Tampoco la señora que se gasta lo que no tiene, en una cartera Louis Vuitton. Flaite.
¿Es la palabra “flaite” un fenómeno nuevo para discriminar a los pobres, como el roto del siglo XXI? Al parecer, sí.
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El orígen del "flaite"
”El primer “flaite” nació en la colonia, con los hijos entre españoles e indígenas. Es cuando emerge por primera vez el concepto de hijo ilegítimo “, asegura Sonia Montecino, antropóloga y profesora de la Universidad de Chile. Montecino es la autora de “Madres y huachos”, un ensayo clave para entender la historia del mestizaje en Chile. “Este proceso generó profundas diferencias sociales. Empezaron a salir sujetos raros con un porcentaje de indio, otro de español, otro de negro, etc. Así se fue conformando una clase desmedrada por su condición étnico-económica, sin poderes ni privilegios”. Eso explicaría que por extensión, muchos asocien la ecuación flaite-delincuencia-pobreza. “El huacho creció sin padre ni derecho a herencia. Se formó soportando la vergüenza de su origen. Así fue cayendo en los vicios y las borracheras… (el flaite actual) es el ente que condensa todos nuestros miedos”. Para Sonia, esto representa el origen de la exclusión social en Chile. Una que, a pesar de los diversos modelos de desarrollo y la mejora en los índices de vida, se ha mantenido casi inalterable por más de tres siglos.
Muchos años antes de la campaña de Radio Carolina, “pitearse flaites” era un deporte. “A comienzos del siglo XX, los policías alentaban a la gente a salir a ‘palomear rotos’. Esto era salir a balear a los pelusas que andaban borrachos y causaban desórdenes en las calles”, afirma el historiador y profesor de la U. de Chile y del Arcis, Gabriel Salazar, uno de los principales investigadores de la historia no contada del “bajo pueblo”. En su obra “Labradores, peones y proletarios” (1985), Salazar realizó uno de los estudios más acabados acerca de las capas olvidadas de la sociedad chilena. “El primer roto fue el peón de campo. El que robaba en las haciendas y era temido por la elite. En el siglo XX, se volvió urbano y se ancló en los barrios populares”.
Para Salazar, la gran diferencia entre el “flaite” y el roto tradicional es que el primero asumió su estilo como una forma de vida. “Han construido una identidad culturalmente alternativa y la expresan a través de su vestuario y estilo de música. El roto de hoy sigue sin trabajo, pero es desafiante, usa pelo largo, tatuajes y poleras del Che Guevara. Ya no es un ente pasivo, sino que se ha vuelto contestatario”.
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Don´t believe the hype
 “Tienes que sacarte la chapa de mal vestido/ mal oliente/ mala gente/ que vive entre delincuentes/ eso lo dice las mentes dominadoras/ que te aplastan en cualquier parte/ a todas horas”. Cuando Fabián Sánchez, alias Lengua Dura (en la foto) del grupo “Tiro de Gracia”,compuso su hit radial “Joven de la pobla”, se inspiró en “La pobla”, el segmento del Jappening con Ja. Allí, los pobres eran representados como gente sucia y sin dientes. “Fue una forma de protestar contra la caricaturización. Había que terminar con ese cliché de la gente ordinaria. Porque de los abogados que le miran el escote a la mina, nadie habla”, dice desde su casa en La Bandera.
Si la pobreza en Chile es estigmatizada casi como sinónimo de delincuencia, y si aquellos que viven en las comunas periféricas son percibidos como una masa de gente que no hace casi nada por mejorar su situación, buena parte de la responsabilidad es de los medios. Así lo plantea el estudio “La pobreza es noticia”,realizado por la Fundación Pobreza y la Universidad Diego Portales, publicado en noviembre del 2005.
El estudio reveló que la mayoría de las noticias relacionadas con pobreza, no mostraban estrategias de superación. Y cuando sí lo hacían, ésta provenía principalmente desde el Estado (25%). Otro botón para estigmatizar a los pobres como una masa poco autosuficiente y víctima del sistema.
En el mismo estudio, un 42% de los encuestados (en su mayoría, gente de bajos recursos) dijo creer que los pobres eran retratados en la televisión como delincuentes. El 34,8% opinó que se les mostraba como drogadictos y el 29,8% como sucios y cochinos. Ninguno de los encuestados rescató alguna característica deseable socialmente.
Haciendo zapping a los noticieros de televisión abierta (30/11/05), las tres noticias relacionadas directamente con el tema ratificaron la tesis: un tiroteo que dejó dos muertos en la comuna de La Granja; una campaña del Hogar de Cristo para realizar cenas navideñas en sectores marginales; y las quejas contra las autoridades de los familiares de las víctimas de la tragedia de Maihue.
 Lulo, integrante del grupo de rap Legua York,habla de una experiencia similar en la vida cotidiana. Asegura aún ser perseguido en los supermercados. Su ropa XL siempre llama la atención de los guardias. “Más encima me muevo en bicicleta. Y en tiempos en que todo el mundo tiene auto, eso parece pecado. El flaite es el loco jugoso que está en la esquina y que el sistema lo obliga a pasar el tiempo”.
Al final, qué tenemos: discriminación por ambos lados. Cuicos que odian a los flaites “por que roban” y flaites que odian a los cuicos, “porque tienen lo que a ellos les falta”. Todo usando palabras que estigmatizan a un inmenso grupo social. Por eso hay que ser cuidadoso con las palabras, porque tienen una carga valórica que determina cómo entendemos la realidad. Porque el lenguaje es pura metáfora repleta de connotaciones, como postulaba Nietzche en su libro “Más allá del bien y el mal”. O como ejemplificaba en “Genealogía de la moral”:blanco igual luz radiante, negro igual tenebrosa oscuridad. Y de ahí al racismo, o a igualar pobreza con delincuencia, un paso. Un paso que genera odio y resentimiento y que tiene su base en males sociales como la pésima distribución del ingreso y la poca movilidad social.
Aún cuando la campaña “Pitéate un flaite” sólo se hubiera referido a los delincuentes,resulta vergonzoso. Porque matar delincuentes (esa es el peor significado de “pitearse”, siendo “dañar” el menos fuerte), no es una solución. Tampoco llenar el país de cárceles. Como señala el estudio “Balance 2004 Delincuencia en Chile. Avances y desafíos”de Paz Ciudadana, que muestra el estancamiento de la delincuencia en Chile el 2004, “Las razones que explican este estancamiento no están claras….Sin embargo, el aumento de las cifras de empleos y el estancamiento del consumo de drogas podrían estar influyendo en las cifras delictuales”. Porque para solucionar los problemas, siempre ha resultado más efectivo atacar las causas y no los efectos.
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Los que la hicieron
Acá, dos historias de personas que sí cambiaron su destino.
MANÍ, MANÍ
 Luis “Conejo” Martínez, el manicero de Nueva York, dice que le caen bien los flaites. “Pero no los cogoteros. Yo admiro a los shiguás que hacen música en las plazas, por ejemplo. Ellos descargan su rabia de manera sana”. Martínez fue junior, ascensorista, jardinero y salvavidas antes de vivir su propio sueño americano y ponerse a vender maní en las mejores esquinas de la Gran Manzana. Hoy dirige una empresa que da empleo a 250 personas, con 147 carros en Chile y 12 en Nueva York. “En mi infancia nunca alcancé a sentirme discriminado, porque siempre fui bien puntado, y pobre del que me pasara por encima. En todo caso, si no me hubiese ido a EE.UU aquí no pasaba nada. Todos hablan mal de los gringos, pero allá nadie te chaquetea ni te mira en menos por la pinta”. ¿Y cómo andamos por casa? “Yo le diría a estos cabritos que el flaite no tiene porqué ser el más moreno o el más pobre. También lo puede ser el rico más pintoso”.
MATEOS AL PODER
 “Yo nací en Trumao, un pueblo de tierra cercano a Osorno, donde no pasaba nada. Apenas había un tractor y cuatro botillerías”, cuenta Fidel Oyarzo, periodista de TVN. “Mi mamá era empleada de casa y me llevó a Santiago cuando encontró trabajo en una casona de Las Condes. Imagínate, yo era del sur, hijo de nana y de apellido Oyarzo, jugando a la pelota entre puros niños de apellidos franceses e ingleses”. Pero la salvación de Oyarzo fue ser perno - mateo. “A los 12 años ya me había leído la mitad de la biblioteca de mi comuna. O sea, cachaba más que todos”. Uno de los conductores de “La entrevista del domingo en TVN”, ve con tristeza los alcances de la campaña anti - flaite. “Es la fiel muestra de que Chile es un país aclanado y lleno de estereotipos. Aquí es el único lado donde te piden foto en el currículum. Yo sobreviví, pero quizás cuántos mueren en el intento”.
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