En los 90s Chile era un país adolescente. Uno que salía al mundo, engrupido con la llegada de MTV, los multicines, Internet, el cable. Y las bandas de rock sonaban muy parecidas a las de afuera. Una década después, un montón de bandas suenan propias, con canciones donde conviven identidad y globalización. De esas, Los Bunkers son los más populares. Un proceso rockero que también habla del país. Y que partió con cuecas sonando ahí, en MTV. Léelo acá
Los Bunkers: la Nueva Canción mezclada con Franz Ferdinand.
CORAZONES ROTOS, CORAZONES FUERTES
Nunca temí a los quiltros: ellos no ladran ni muerden, porque no tienen rejas o casas que defender. Su bastardo ADN sabe que lo importante es esquivar los autos, conseguir comida y dormir bien.
"Se parece a ti: lo único que necesita es que compartan su calle y no le hablen estupideces", me dice una amiga mirando el quiltro desnutrido que nos acompañó hasta la entrada del Teatro Teletón, donde Los Bunkerslanzaban "Vida de Perros", el disco donde estalló el desastre. Uno que desde siempre, y sin querer queriendo, venían anunciando en cada uno de sus discos anteriores.
El "Apocalipsis Now" de Los Bunkersfue sentimental, claro. Letras apaleadas por el abandono, envenenando melodías traicioneras. “Hay una edad en que uno jura que el sufrimiento será eterno. Es bonito eso. Sobre todo estar sufriendo por una mujer que amas. No por una perra”, me dijo antes, Mauricio Basualto, baterista de la banda. Porque Los Bunkersse encerraron a grabar el disco con el corazón roto, recién pateados, y ahora están juntando los pedazos. Y como los malos tiempos nunca te pillan bien vestido, subieron al escenario sin ternos ni corbatas, sin fuegos artificiales ni pantallas gigantes. Armados de una colección de hits, actitud 100% rock and roll y la atención de 1.500 fans que van creciendo con la banda.
No soy el único que se dio cuenta. Bastaba mirar las caras de la gente cuando Álvaro López entonó “Maribel”. La cancioncita, que en el disco parece frágil y medio mamona, en el escenario crece de manera inesperada. Y el público –que nunca tuvo tiempo para tener onda, como el de Miranda!- se quedó quieto, emocionado, haciendo suya cada palabra de la historia donde el chico le grita “amor, si no eres verdad, tendré que mentir”. Y uno sabe que Los Bunkersno mienten.
Cuando tocan "Hoy" y dicen eso que "el corazón se eleva a centímetros del sol", me pongo a saltar. Con los pocos amigos que me quedan. Y voy entendiendo que viviendo la catástrofe nada es tan terrible. Que para salir a flote hay que hundirse hasta el fondo. Que a veces basta un disco para tener las cosas más claras. Que esto es lo más parecido a la vida.Y que al menos nuestros aplausos, van a ser inmortalizados en un dvd.
Los Chancho en Piedrason más chilenos que hacer un Pato Yánez. Suenan a micro y a volantín cortado y sus recitales son como un asado. Uno de esos donde la gente se puede olvidar de la carne porque básicamente lo que importa son las chelas, los amigos y los chistes. Algo así se vivió el sábado en el Velódromo del Estadio Nacional cuando presentaron su último disco “Desde el Batiscafo”.
Seis horas antes del recital ya había fans viendo la prueba de sonido desde la reja del Velódromo. Fanáticos incondicionales, de esos con polera, Juanitos enchulados (el mítico chancho-alcancía que se convirtió en su símbolo desde la portada del primer disco), y lo más importante, con las nuevas canciones aprendidas de memoria. Por eso cuando Lalo Ibeas (vocalista del grupo) preguntó quién se las sabía, la mitad de los quinceañeros que repletaron la cancha del Velódromo levantaron la mano.
Entrar al recital fue una comedia de equivocaciones estúpidas: a Payo, el fotógrafo y diseñador de los lindos íconos de esta página se le quedaron las llaves dentro del auto, un amigo suyo cruzó Santiago para traernos una copia, y cuando llegó, yo ya había perdido mi credencial. Entramos igual, justo antes que los Chancho subieran al escenario: cuatro músicos con sobrepeso disfrazados de Oompa Loompas.
El público gritaba cada cuatro minutos exactos, “Viva Chile mierda, y los Chancho En Piedra”, mientras movían al unísono sus Juanitos disfrazados: había Juanitos versión punk, versión Doraemon, hombre araña, uno que apoyaba a Hirsch y hasta una versión Pucca. Y claro, el Juanito “clase media” que se consiguió Payo: o sea muy normal, pero con un cintillo rojo con el nombre de la banda, uno de esos cintillos que venden afuera de los estadios.
Hace 10 años yo era un fan de los Chancho. Todavía tengo el “Peor es Mascar Lauchas” y el notable “La Dieta del Lagarto”. En ese tiempo yo tenía 15 años y sentía que eran el mejor grupo que podías ver en vivo. Ya no lo creo, pero apuesto que los miles de “marranos” que estaban esa noche aún piensan igual.
En vivo, los Chancho siguen siendo un show. Un buen show. Pero lejos lo mejor es su público. Porque más que público, los Chancho en Piedra tienen hinchada.
Si los Chancho fueran una ciudad, habría fiesta en todos lados y sus fanáticos estarían tomando cerveza en la plaza central mientras saltan como monos en calzoncillos. Todos los días serían un asado en el parque, con más condimento que choripan. El sábado fue así. Faltaba la carne y el carbón, sobraba el ambiente y los invitados. Por eso si alguien me preguntara cómo es Chile yo lo llevaría a un concierto de los Chancho en Piedra. Porque sus conciertos son como carretear con los desordenados del curso, y este no fue la excepción.
“Estoy verde porque pase algo por aquí/ pero ya empiezo a desesperar/ podría haber algo como/ una fiesta!/ podría haber algo como/ unas chicas!/ podría haber algo como/ no sé/ podría haber algo cómo/ una revolución…”. La canción se llamaba “Una revolución en mi barrio” y con mis amigos la cantábamos en la esquina cada vez que no pasaba nada. Y eso era casi siempre. Nada-mucho, poco-más que un par de tipos bebiendo cerveza en la plaza. Era 1994, el rock chileno una esperanza, y el debut de Pániconuestro primer cd: Combo discos, 500 copias, Bruce Lee en fondo rosa, un disco que compré a medias con un amigo en el Dos Caracoles. Teníamos 16 años.
“Una revolución/ en mi barrio/ en mi esquina/ y todas/ todas esas chicas saldrían a bailar por mi calle/ y en mi cama/ A la policía, los políticos y toda ese gente del Estado les decimos/ conchetumadre…”. Bendita adolescencia. La canción se convirtió en un himno callejero a pesar que ni la Rock & Pop la tocara mucho (¿se acuerdan cuando la Rocka era realmente “la radio del rock chileno”?) Un himno que resumía el sentir de cualquier adolescente chileno en la mitad de los 90s: después de una infancia bajo el imperio del mal, era hora de la fiesta. Esa era nuestra revolución.
Pánico representó eso a nivel no mainstream: hijos de exiliados, sonando a una fiesta playera tipo Pixies, disfrazándose arriba del escenario y enseñándonos a jugar de nuevo, sin miedo. Tipos con onda, mucha onda. Y los amamos por eso. Porque eso fueron los noventas en Chile: un grupo de adolescentes que empezaban a cambiar los uniformes por la ropa de calle. Una época donde pintarse el pelo, tatuarse o ponerse un piercing nos parecía una declaración de principios (aún recuerdo el impacto que me produjo ver el video de “Corazón de Sandía” de Los Tetas en el Canal 2 y sus pelos de colores), un grito de libertad que te traía problemas, y no sólo un asunto de onda como ahora.
En los 90s todo Chile era un adolescente que se engrupía fácilmente, wannabes celebrando la llegada de MTV como la de un ejército libertador, rogándole a papá por el teve cable y leyendo a Fuguet hablar sobre River Phoenix.(Ok, Fuguet nos enseñó a escribir y nos abrió la cabeza. Le debemos demasiado: desde Tarantino hasta Bukowski. Pero también hay que reconocer que se engrupe en extremo ¿O alguien nos puede explicar su incondicional amor por Phoenix y Henry Rollins?)
La economía chilena comenzó a crecer. Pasamos de ser el hermano pobre y piola, al “jaguar de Latinoamérica” que mandaba icebergs a Sevilla. Tan nórdicos, tan fríos, tan engrupidos. En los estelares millonarios de la época había una pregunta que se repetía sin cesar, cuando el entrevistado era una mega estrella extranjera. “¿Cómo somos los chilenos?, ¿qué conocen de Chile?”.
Como todo adolescente no teníamos claro quienes éramos y necesitábamos que el mundo nos lo dijera.
Cultura pop, Internet, cable, multicines. La globalización abriéndote la cabeza. Una ola que llegó casi sin aviso. Un mar en el que nos sumergimos con una sonrisa de oreja a oreja, y que con el tiempo —crisis económica de por medio— nos hizo aguantar la respiración, revolcarnos, tragar sal, y salir a flote. Los jóvenes empezaron a “empoderarse” tecnológicamente. Blogs, flogs, sellos independientes, raves, fiestas callejeras, etc. Con el tiempo aprendimos a hacer cosas y a digerir lo que llegaba de afuera. A tener mirada propia.
¿Y ahora? Bueno, ahora los adolescentes siguen siendo lo que siempre serán: unos wannabes en busca de identidad. Pero la diferencia, gran diferencia, es que con medios propios y una mirada más escéptica. Una que obliga a entender que todo es un juego. Que si te vistes de negro y vas a la Blondie tu enemigo no es el rapero que va a sus fiestas (como sí lo era en los 90s, donde las “tribus” se odiaban entre sí).
De pronto nació una generación que creció sin miedo. Una que tiene claro que opinar es su derecho, aunque a veces opine puras leseras. Con el tiempo, entendimos que en esto de la globalización vivimos en la periferia. Y que eso puede ser una ventaja: miras para todos lados y sacas lo mejor. Así terminas conociendo más bandas, películas o libros que un tipo que respira en Nueva York, París o Londres. Porque ellos sólo se miran su propio ombligo. Tú tienes el mundo. Y entre medio, empezamos de a poco a valorar lo nuestro.
Las semillas rockeras de los 90s comenzaron a brotar, al fin, en una síntesis que no se refugia estúpidamente en el Chile que no fue, sino que se alimenta de ambos lados. Identidad y globalización. Lo malo es que la mayoría de esas bandas (Matorral, La Floripondio!, Taller Dejao, etc.) siguen sin sonar en la radio. Lo bueno es que la Zona sigue escribiendo de ellos.
Tuvieron que aparecer Los Tresen el Unplugged de MTV, entre videos de Oasis y Soundgarden, para mostrarnos que la cueca no era esa música de viejos que sólo sonaba en las fiestas patrias, con historias campestres que no nos podían interesar menos. Nunca sospechamos que Los Huasos Quincheros, que por tanto tiempo tuvimos que escuchar obligados, escondían a Roberto Parray sus amigotes. Cuequeroscon más calle, vida y mirada que cualquiera de esos rockeros con camisa de franela o chasquilla british. Chilean punks.
Al fin teníamos un pasado decente. Así como los gringos tenían sus blueseros, nosotros teníamos a los cuequeros. En la Yein Fonda nos dimos cuenta que también se peinaban con los foxtrots, tangos, tonadas, y eso que el tío Roberto bautizó como jazz huachaca. Aprendimos los primeros acordes de guitarra con “¿Quién es la que viene allí?” al mismo tiempo que con “Wonderwall”.
“Nuestra dictadura fue la más cruel, porque por opción se mató la semilla que estaba germinado durante la Unidad Popular, sepultando todo. En Argentina nunca se persiguió a los artistas. De hecho la cultura siguió funcionando como siempre. Acá te obligaban a cortarte el pelo”, dice Mauricio Basualto, batería de Los Bunkers.En este ambiente, era lógico que perdiéramos la pista de esa gente. Pero lo más increíble es que fue en MTV, antes que en cualquier radio o canal nacional, donde descubrimos lo que nos escondieron: la buena cueca. Y nos dimos cuenta que sí teníamos una historias “rockera”, que los 70s y 80s fueron un obligado stand by. Afortunadamente Los Tres apretaron el botón adecuado.
Cuando Los Tres se separaron todo eso quedó flotando en el aire, disperso. Álvaro Henríquez se encargó de continuarlo, hasta que desde la misma ciudad, cinco chicos que también habían visto el “Unplugged”, lo hicieron llegar a la nueva generación. Su argumento era el mejor: canciones con identidad que silban en el cerebro todo el día. Porque los Bunkers se elevaron por encima de sus influencias adolescentes —Beatles, Kinks, Oasis, los mismos Tres—, para recuperar la memoria de su infancia. Todo eso antes de llegar al segundo disco.
Con ellos empezamos a intrusear los viejos vinilos de los papás y tíos, descubriendo que Violeta Parra maneja la melancolía mejor que Radiohead, que Los Jaivas suenan únicos e irrepetibles y que las canciones de Víctor Jara son grandes lecciones de historia, como las de Dylan. La diferencia es que a él sí le entendemos las letras.
“El mejor recital que he visto en mi vida fue el 2002 en una Yein Fonda. Se presentaron los Chileneros y quedamos vueltos locos. Nunca había visto tanto desparpajo, energía y fuerza”, recuerda Basualto.
“Vida de Perros”,el último disco de Los Bunkers que se lanza en Santiago mañana, tiene canciones que recuerdan a Franz Ferdinand o Los Ángeles Negros, sin dejar nunca de sonar a ellos mismos.
“La actitud correcta al vivir en la periferia es abrirse. Porque acá tenemos un montón de cosas que hacer. Mi novia es de Estados Unidos y se sorprende que acá bandas chicas tengan acceso a la prensa. Acá todo es más familiar, más cálido. Y ya no es como en los noventas, donde las tribus marcaban territorio. Ahora se convive mejor. Se entienden mejor las cosas”, dice Gonzalo Planet de Matorral.Claro, lo mejor de vivir acá es que puedes mirar en las dos direcciones, aprendiendo a desprejuciarte.
Parado desde la periferia de la globalización tienes dos opciones: puedes ser como un adolescente que escucha a Simple Plan o Good Charlotte y formar una banda para calcarle el sonido, o puedes buscarte uno propio. Y hay mucha gente que lo está haciendo. Porque ahora los hip hoperos chilenos samplean Camilo Sesto o Lucho Barrios y no sólo funk gringo. Y una buena parte de los rockeros aprendió a tocar cueca eléctrica.
Ahora preferimos Vía X que MTV. Ahora podemos escuchar a Gepe mezclar Radiohead con Violeta Parra, Matorral sonando a los Stones y Los Jaivas, Perrosky bluseando a Atahualpa Yupanqui o La Floripondio! encendiendo la mecha con sus guarachas reggae y delirio a lo Tommy Rey. O los propios Pánico, que dejaron de sonar como Pixies para experimentar con cumbias y electrónica. Todos, sin dejar de sonar endemoniadamente rockeros.
Sí, buena parte del rock chileno ha cambiado. Y de nuevo tienes dos opciones: puedes seguir encerrado viendo MTV, y enterarte de lo que pasó debajo de tus narices diez años después, o salir a verlos en vivo. ¿Te lo quieres perder?