CLANDESTINOS
27 de octubre. Bouna Traore (15) y Zyed Benna (17) ríen y conversan con sus amigos -todos de orígen africano- en la esquina de un barrio periférico de París. La verdad, no hay mucho que hacer, aparte de fumar hash o soñar con unas zapatillas Nike o un scooter. El liceo los prepara para la universidad, la realidad casi siempre les ofrece limpiar baños, podar el césped o aplanar calles con un currículum que rechazarán luego de leer el apellido de raíz extranjera. En sus casas la hermana chica está enferma, el padre aún no llega de su trabajo temporal y la radio sintoniza una lejana señal de Marruecos, Túnez o Argelia. Países que fueron colonia y que ahora son una carga para el ex imperio. Y en la calle, al menos existe aire, hip hop y gente que está en la misma que ellos. O sea, en ninguna parte.
Aunque les aseguren que son “ciudadanos franceses”, claro. Aunque no lo parezcan. Porque cuando la policía les fue a pedir los documentos, ellos salieron huyendo. Instintivamente. Sin pensarlo mucho se escondieron en un transformador de alta tensión. Sus amigos escucharon la explosión que los mató. Y comenzó el estallido en Francia. Al otro día 400 jóvenes de origen árabe se enfrentaron a unos 300 policías y más de 40 vehículos fueron incendiados. Cientos de camisetas con la leyenda “Muertos por nada” son impresas para una marcha pacífica. Pero el fuegoya se estaba extendiendo a otras localidades del país, repletas de inmigrantes que buscaban un destino y sólo encontraron pan duro en la mesa.
UNA TRIBU EN PARÍS
“Existe una mayoría de hijos de inmigrantes que se quedaron en la periferia de París, conformando ghettos. No se sienten parte ni de Francia ni de su país de origen; de hecho, ni siquiera han viajado a conocerlo. Ellos son vistos por el ciudadano promedio como rebeldes y delincuentes. De hecho, dan susto”, cuenta Mamoun Ghallab (20, en la foto). Él es marroquí y llegó a París hace dos años. Ahora está en Chile como estudiante de intercambio de Ciencias Políticas en la Universidad Católica de Chile. A él lo salvó venir de una familia acomodada (su mamá es doctora y su papá exportador agrícola) y haber recibido una educación que lo dejó hablando francés a la perfección, lo que le permitió ser visto como uno más.
Dice que los chicos de los ghettos son distinguibles por su uniforme, cruza entre el fútbol y hip-hop –las dos grandes vías de escape para ellos-: zapatillas con onda, gorros y los calcetines encima de los jeans, nada muy distinto a las poblaciones chilenas. Para esos adolescentes será muy difícil entrar a la universidad debido a lo deficiente de la educación pública en los extramuros. Nada muy distinto, otra vez. “Envían a profesores jóvenes y sin preparación. Los únicos dispuestos a trabajar en esos lugares tan duros”, cuenta Ghallab.
“Para rematar, la policía los trata pésimo. Cada vez que hay un problema, ya sea en París o en los suburbios, la emprenden contra ellos. Por eso surgieron las pandillas”, dice Ghallab, quien ha seguido las noticias desde Chile. Lo que no le deja de sorprender, eso sí, es la intensidad del conflicto. “Pero claro, es algo que lleva más de 30 años”, concluye.
PARÍS ESTABA EN LLAMAS CUANDO DESPERTÉ
Elsa Delacroix (20, en la foto) creció en la zona francesa de la periferia de París, rodeada de hijos de inmigrantes. Ahora estudia Ciencias Políticas en la Universidad Católica. “Ellos viven en barrios duros, feos, sin infraestructura ni centros culturales. Es evidente que se van a sentir marginados. Es fuerte el odio de la policía hacia ellos. Yo veo como los amedrentan y les preguntan por sus identificaciones”, cuenta. Percepción que es compartida por Francisca Allamand: “El francés te mira distinto si tienes acento norafricano. A los latinos al menos nos encuentran exóticos, tal vez porque no somos tantos comparados a ellos. Hay mucho inmigrante. Te subes al metro y la mitad proviene del África dura”.
Francisca Allamand (24) es chilena y hace un par de meses reside en París como estudiante de intercambio de Ciencias Sociales en la prestigiosa Universidad Sciences-Po(Fundación Nacional de Ciencias Políticas). Desde allá responde el llamado de la Zona. “El gran tema es la crisis de los valores de la República. En todas partes se habla de eso. A pesar del toque de queda y la calma que llega de a poco, es “El” tema. Por ejemplo, en un diario sale un artículo donde se analiza punto por punto el fracaso de los planes de educación, la crisis del empleo, la seguridad, las fallas de las políticas migratorias”. Francisca dice que no por casualidad los manifestantes incendian hospitales y escuelas de sus propios barrios, sin avanzar hacia el centro de París, donde todo se mantiene calmo. "Un profesor me explicaba que eso era un “signo de inmovilidad”: queman lo que el Estado les ofrece".
El baldío –la periferia parisina- es un territorio duro como muchas periferias. Un lugar dominado por pandillas y donde todos se conocen. Es como algunas poblaciones chilenas, pero repleta de gente de otra cultura y religión que no se siente parte del sistema.
|
|
|
 |
|
¿Cómo andamos por casa?
Hacinamiento, discriminación, mala educación y falta de oportunidades son problemas globales, que en mayor o menor medida afectan a todas las grandes ciudades. Porque casi todas poseen un cordón periférico que las rodea. Quizás por eso, si uno compara las cifras que miden la discriminación y falta de oportunidades de los hijos de inmigrantes en Francia con lo que sucede en Chile, se da cuenta que al parecer sólo hay una gran diferencia: acá, los afectados son compatriotas.
Según la BBC,el desempleo entre los graduados universitarios franceses es de un 5%, mientras que el de los descendientes de nacionales del norte de África en la misma condición académica, alcanza un 25,5%.
En Chile, un estudio de Seminarium Head Hunting publicado el 2003, demuestra que sólo un 18% de las personas educadas en liceos fiscales ocuparán posiciones relevantes en las empresas. La baja movilidad social queda en evidencia en el estudio “Clasismo, discriminación y meritocracia en el mercado laboral: el Caso de Chile”, de los economistas de la U. de Chile Javier Núñez y Roberto Gutiérrez.
Ahí se demuestra que en Chile, de dos egresados de la misma carrera, de la misma universidad y con igual rendimiento académico, pero uno proveniente de un colegio particular y el otro de uno fiscal, recibirá mejor sueldo aquel que estudió en colegio privado. La principal razón: la red de contactos que se establecen en esos colegios, donde los apoderados son los principales dueños del poder económico del país. Otro tipo de ghetto.
Eso obviamente ayuda a mantener la pésima distribución del ingreso que se produce en nuestro país: en Chile, el 20% de la población más pobre recibe sólo el 3,9% del ingreso nacional y el 20% de la población de más altos ingresos capta el 59,5% del ingreso nacional. O sea, los más ricos tienen un ingreso 14,5 veces superior al que reciben los más pobres. Con eso nos ganamos el premio de ser uno de los países con peor distribución del ingreso del mundo, al nivel de Níger y Zambia. ¡Viva Chile!
“A mí no me parece un error comparar al chico de origen árabe o africano de un baldío de París, con uno que viva en una población de Santiago de Chile. Guardando las proporciones, en ambos países, detrás de una apariencia próspera se esconde marginalidad, desigualdad y exclusión. Pero no tienen tanto que ver con los bienes de consumo, sino con la posibilidad de desarrollar una vida plena”, señala el historiador Sergio Grez.
Especialista en movimientos populares, Grez vivió más de una década en París. Para él, lo sorprendente es que haya tardado tanto en manifestarse el descontecto de la población de inmigrantes en Francia. “La educación no es la solución de todos los problemas. Yo no creo eso. Es más un asunto de estructuras, porque por muy buenos profesionales que salgan, si no tienen trabajo, no llegamos a ninguna parte. La reforma (a esas estructuras) debe ser radical, redistribuyendo el ingreso o redistribuyendo el poder”, postula.
Al parecer, no existe mucha diferencia entre una tarde en una esquina de la periferia de Santiago, o de Arica, Temuco, París o Puerto Montt. Lugares donde muchas veces no hay mucho más que hacer, aparte de fumar y soñar con las zapatillas de marca.
|
|
|
 |
|
¿Y qué dicen los candidatos?
Durante algún tiempo, todos los candidatos presidenciales coincidieron en dar relevancia mediática al tema de la desigualdad. Analizando sus programas de Gobierno,vemos que todos aspiran a una mejoría de la calidad de la educación y a generar condiciones que acorten la brecha entre los ricos y pobres. Pero de soluciones concretas, casi nada. Esto es lo que encontramos:
Sebastián Piñera: Propone una lista de cosas como “erradicar el analfabetismo” o “mayor acceso a la educación” mediante el conocido sistema de créditos.
Joaquin Lavín: Promete “ampliar el financiamiento para la educación superior y crear un “nuevo trato laboral”
Michelle Bachelet: Busca promover “la innovación empresarial” para tener ciudadanos más emprendedores.
Tomás Hirsch: Habla de “reajustar los sueldos, salarios y pensiones mínimos”.
A fin de cuentas son frases, ideas, eslóganes con formato de propuesta. Tal vez debamos buscar alguna letra chica en sus programas.
|
|
|
|
|
|