PÁGINAS PENDIENTES
“Yo tuve un profesor que me caía muy bien y que aseguraba que la tarea de la buena escritura era la de darles calma a los perturbados y perturbar a los que están calmos”. David Foster Wallace
Por María José Viera-Gallo

Lo leí (no todo) pero nunca fui su fan. No lo conocí (para nada) y sin embargo lo echo de menos. Lo primero que me gustó de David Foster Wallace fue su nombre, tan laberíntico y enigmático como el título de sus libros de cuentos y ensayos “La niña del pelo raro” (1989), “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” (1997), “Entrevistas breves con hombres repulsivos” (1999) o “Hablemos de langostas” (2005). La noticia de su suicidio, ocurrido el pasado 12 de septiembre, me descoloca como esas notas a pie de página de su mega-novela de más de 1.000 páginas, La broma infinita (1996), que alguna vez tuve entre mis manos y no me animé a leer. En esa época ningún escritor joven y con un ADN pop, escribía tal volumen de palabras. Todos —y me incluyo— queríamos ser minimal y depurados como un Carver o simplemente no sabíamos ser de otra manera. Sé que le debo algo a Foster Wallace, algo comparable a una comida de varios meses de digestión, y no soy la única que lo siente así. Infinite Jest (ese es su título original), publicada a sus 33 años, si bien en su momento gozó de una verdadera fiebre de culto, nunca lo sitió en el best seller de las ventas.
Ahora está sold out en amazon.
De por qué un escritor cuando muere vende más que mientras vive y se encuentra en plena actividad creativa, es un tema que merecería una mesa redonda entre Hunter S. Thompson, quien también se suicidó este año y Kurt Cobain, el muerto que genera más millones en el mundo, que se mató hace ya más de una década.
No sé cómo explicarlo, pero hay algo especialmente perturbador y al mismo tiempo iluminador en el suicidio de alguien cuya obra está atravesada por la misma nausea contemporánea que en parte, lo llevó a colgarse.
Es cierto que DFW era un maníaco depresivo, y su literatura a primera vista pop, irradiaba un pesimismo cancerígeno sobre el destino de la humanidad. Pero en una sociedad como la norteamericana saturada de pastillas, curas y terapias de todo tipo, es revelador que ni siquiera el arte tenga un poder de saneamiento. Con esa mezcla de irracionalidad y conocimiento de causa de un niño que deja sus juguetes botados, DFW salió de escena. Y no se despidió de nadie.
No hay desestimar el poder de los conejos
Yo leí a David Foster Wallace porque quería comprender (y criticar) mejor el mundo en que vivía; con todos sus links, absurdos, hipérboles, contaminación de información, loops sin sentido, y espejismos de consumo y contracultura real o imaginaria, interpretó como nadie en su generación el postmodernismo de los 90s. Más que entusiasmarse con la cultura pop que lo rodeaba, dio un paso atrás, y cual chico filósofo nihilista, comprobó una y otra vez que el Caos era el reino de Dios en la Tierra.
El tipo además era irónico sin ser cínico. Su ficción, igualmente cerebral, panorámica y profética que un Don De Lillo, tenía algo íntimo y desgarrador. Daba la impresión que al describirte un set televisivo podía hablarte del estado de ánimo del mismo conductor, David Letterman y de paso, de sí mismo. Aunque se enredara entre sus cables mentales, jamás le hizo el asco al sentimiento. No sólo eso: nunca se cansó de experimentar con el lenguaje, pasando de lo superlativo a lo minimal, con esa naturalidad y confianza de los grandes escritores.
Ahora que DFW no está, es inevitable que su obra resuene con más urgencia y gravedad. Suena estúpido: pero a veces sólo los gestos más radicales hacen que tomemos en serio lo que siempre tuvimos cerca, incluso en el velador.
Ahora que DFW no está, pienso en esos cuentos “simples”, agridulces como una pastilla de jengibre de La niña del pelo raro. De todos esos relatos habitados por chicas punks, vaqueros, jóvenes republicanos, figuras históricas, me quedo con el sueño que le cuenta el personaje de “Pequeños animales sin expresión” a su psiquiatra: “Sueño que estoy parado en la mitad de una colina, sonriendo. (...) Hay millones de conejos en el campo. Están quietos y me miran, un millón de conejos, y yo los miro”.
Por ese sueño, más otras razones —no todas literarias— quise ser amiga de DFW, el narrador que veía el mundo en pantalla Imax pero su vida trascurría en una pequeña TV en blanco y negro. Porque odiaba Internet (nunca se conectaba) pero su mente operaba como un servidor Google. En lugar de ser la estrella del mundo editorial neoyorkino, prefería hacer clases de “escritura creativa” en una pequeña universidad con 12 alumnos por clase. Tenía dos perros y una mujer. El pelo largo, y según adivino por sus fotos, grasiento. Su look parecía el de un loser de fines de los 80s, un estudiante de literatura que creció ajeno a la banda sonora de películas como Footloose pero nunca ingresó a las filas de los outsiders cool llámese new wave, punk o dark de esos años.
Y eso que era el Príncipe de la Tinieblas.
Nunca he sentido tanto pánico como al leer su famoso ensayo “Algo supuestamente divertido... ”, sobre un viaje organizado en un crucero. Gracias a la mirada incisiva de DFW, navegar por los mares de la sociedad de confort puede ser una experiencia comparable a meter los dedos a un enchufe. Quieres gritar y llorar a la vez. O tirarte al mar calipso. Y sobretodo reírte de asco cada vez que te encuentras con la pérfida “sonrisa profesional” de quienes te atienden a bordo. Ojalá todo el periodismo compartiera algo de su escepticismo. Se atreviera a ir más allá de la apariencia de las cosas.
Una de las pocas entrevistas televisadas que dio fue al respetado Charlie Rose en la TV pública americana y si bien publicaba artículos en New York Times o Rolling Stone nunca se convirtió en la cara de su lisérgica y asertivas crónicas (todos se aprontan a republicar su perfil sobre John McCain, escrito en el 2000), ni en una especie de opinólogo. Quienes querían escucharlo, lo leían.

Fue catalogado de “genio” por sus colegas literarios —Jonathan Franzen, Ricky Moody, A. M.Homes, Richard Powers y al otro lado del Atlántico Zadie Smith, por nombrar algunos— y cosa aún más rara, muy querido por cada uno de ellos.
Es el primero de su generación que muere, algo parecido al vocero del curso.
Nunca apagaba su cigarro frente al letrero no smoking del campus de Pomona College donde hacía clases y sus alumnos lo recuerdan como un tipo generoso, cándido y accesible, cualidades que sus lectores jamás esperarían encontrar en DFW, el hombre.
Pero no hay que engañarse: fue un escritor ambicioso. Al igual que sus maestros amados-odiados, Don De Lillo, Kurt Vonnegut, Thomas Pynchon convivió con el monstruo de escribir la Gran Novela Americana, y lo intentó, cuando tenía 24 años con aclamada La escoba del sistema pero lo logró —y dicen magistralmente— con La broma infinita.
Siempre he pensado que la mejor manera de descubrir el reverso del sueño americano es leyendo a estos monstruos. Que en lugar de viajar a Estados Unidos es más instructivo abrir esas 1.000 páginas pendientes de David Foster Wallace.
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